Archivos para octubre 18th, 2006

Blancanieves y los siete enanitos

octubre 18, 2006

Blancanieves

Había una vez una niña muy bonita, una pequeña princesa que tenía un cutis blanco como la nieve, labios y mejillas rojos como la sangre y cabellos negros como el azabache. Su nombre era Blancanieves.

A medida que crecía la princesa, su belleza aumentaba día tras día hasta que su madrastra, la reina, se puso muy celosa. Llegó un día en que la malvada madrastra no pudo tolerar más su presencia y ordenó a un cazador que la llevara al bosque y la matara.

Como ella era tan joven y bella, el cazador se apiadó de la niña y le aconsejó que buscara un escondite en el bosque.

Blancanieves corrió tan lejos como se lo permitieron sus piernas, tropezando con rocas y troncos de árboles que la lastimaban. Por fin, cuando ya caía la noche, encontró una casita y entró para descansar.

Todo en aquella casa era pequeño, pero más lindo y limpio de lo que se pueda imaginar. Cerca de la chimenea estaba puesta una mesita con siete platos muy pequeñitos, siete tacitas de barro y al otro lado de la habitación se alineaban siete camitas muy ordenadas. La princesa, cansada, se echó sobre tres de las camitas, y se quedó profundamente dormida.

Cuando llegó la noche, los dueños de la casita regresaron. Eran siete enanitos, que todos los días salían para trabajar en las minas de oro, muy lejos, en el corazón de las montañas.

-¡Caramba, qué bella niña! -exclamaron sorprendidos-. ¿Y cómo llegó hasta aquí?

Se acercaron para admirarla cuidando de no despertarla. Por la mañana, Blancanieves sintió miedo al despertarse y ver a los siete enanitos que la rodeaban. Ellos la interrogaron tan suavemente que ella se tranquilizó y les contó su triste historia.

– Si quieres cocinar, coser y lavar para nosotros -dijeron los enanitos-, puedes quedarte aquí y te cuidaremos siempre.

Blancanieves aceptó contenta. Vivía muy alegre con los enanitos, preparándoles la comida y cuidando de la casita. Todas las mañanas se paraba en la puerta y los despedía con la mano cuando los enanitos salían para su trabajo.

Pero ellos le advirtieron:

- Cuídate. Tu madrastra puede saber que vives aquí y tratará de hacerte daño.

La madrastra, que de veras era una bruja, y consultaba a su espejo mágico para ver si existía alguien más bella que ella, descubrió que Blancanieves vivía en casa de los siete enanitos. Se puso furiosa y decidió matarla ella misma.

Disfrazada de vieja, la malvada reina preparó una manzana con veneno, cruzó las siete montañas y llegó a casa de los enanitos.

Blancanieves, que sentía una gran soledad durante el día, pensó que aquella viejita no podía ser peligrosa. La invitó a entrar y aceptó agradecida la manzana, al parecer deliciosa, que la bruja le ofreció. Pero, con el primer mordisco que dio a la fruta, Blancanieves cayó como muerta.

Aquella noche, cuando los siete enanitos llegaron a la casita, encontraron a Blancanieves en el suelo. No respiraba ni se movía. Los enanitos lloraron amargamente porque la querían con delirio. Por tres días velaron su cuerpo, que seguía conservando su belleza -cutis blanco como la nieve, mejillas y labios rojos como la sangre, y cabellos negros como el azabache.

- No podemos poner su cuerpo bajo tierra -dijeron los enanitos. Hicieron un ataúd de cristal, y colocándola allí, la llevaron a la cima de una montaña. Todos los días los enanitos iban a velarla.

Un día el príncipe, que paseaba en su gran caballo blanco, vio a la bella niña en su caja de cristal y pudo escuchar la historia de labios de los enanitos. Se enamoró de Blancanieves y logró que los enanitos le permitieran llevar el cuerpo al palacio donde prometió adorarla siempre. Pero cuando movió la caja de cristal tropezó y el pedazo de manzana que había comido Blancanieves se desprendió de su garganta. Ella despertó de su largo sueño y se sentó. Hubo gran regocijo, y los enanitos bailaron alegres mientras Blancanieves aceptaba ir al palacio y casarse con el príncipe.


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La literatura es una gran mentira de la imaginación

octubre 18, 2006

José Pablo Feinmann
Escritor

feinmann

- ¿Qué diferencia a los escritores de los ’70 y de los ’90?
Que hoy el escritor juega con lo real y no intenta cambiarlo, como antes. Yo todavía incurro en aquella ingenuidad.

- ¿La literatura apuesta a una vida plena?
La literatura es una gran mentira de la imaginación.

- ¿Qué son dos tazas de café?
Un dialogo, con verdades profundas.

- ¿Hay una sola verdad?
No. La única verdad no es la realidad.

- ¿Las utopías pasaron de moda?
No, cuando son el juego hermanado de pasión e imaginación.

- ¿Qué es la noche?
Develación de secretos, silencio creativo, amor: plenitud.

- ¿Y el día?
Son los miedos. Al banco, a los impuestos, a la competencia y a la mediocridad.

- ¿Una hoja de papel es una invitación?
Es un desafío.

¿Los posmodernos reniegan de la pasión?
Si, niegan que los hombres pueden transformar la historia.

- ¿La palabra compatriotas quiere decir algo?
Me suena a lenguaje castrense, a no diferenciación.

- ¿Cuál es el buen cine?
El que seduce y entretiene, pero ofrece elementos críticos.

- ¿Una dosis de estupidez es necesaria?
Sí, si la entendemos como permiso para hacer lo inesperado.

- ¿Qué cosa es un tilingo?
Es alguien alejado de toda posibilidad de conciencia profunda.

- Su perfil de un cholulo, por favor.
Es el argentino careciente-deseante, que mira al exitoso y se entrega, admirándolo.

- ¿Lo único incuestionable es Gardel?
¿Qué habrá hecho de malo Gardel para ser incuestionable?

- ¿Cómo es lo incuestionable?
Como un muro de silencio frente al pensamiento. No me gusta.

- ¿Hay algo perverso en el sexo?
Sí, el sexo sin amor.

- ¿Qué tiene en la cabeza un asesino?
La visión de otro como obstáculo de su propio deseo.

- ¿Por qué lo que es rico engorda?
Ah… esa es una maldición bíblica.

- ¿Qué es lo más dramático de nuestra especie?
La lucha entre el bien y el mal en el corazón del hombre.

- ¿El lenguaje es una arma?
Es un bello sentido, es una arma de comunicación.

- ¿También es poder?
Sí, cuando se lo usa para la dominación y para la mentira.

- Hay que crecer dicen… ¿cómo?
Con un arduo trabajo del espíritu.

- ¿La madurez tiene magia?
Tiene el encanto de lo que fue puesto a prueba por la vida.

- ¿Cuál es la gran “prueba por la vida”?
La experiencia fecunda del dolor, porque enseña la felicidad.

- ¿Y de dónde se aprende?
De la alegría.

© Copyright Cristina Castello
“Viva”, revista dominical del Diario Clarín
Buenos Aires, – Argentina, 28 de agosto de 1994


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Alí Babá y los cuarenta ladrones

octubre 18, 2006

alibaba

Anónimo

Había una vez un señor que se llamaba Alí Babá y que tenía un hermano que se llamaba Kassim .

Alí Babá era honesto, trabajador, bueno, leñador y pobre. Kassim era deshonesto, haragán, malo, usurero y rico. Alí Babá tenía una esposa, una hermosa criada que se llamaba Luz de la Noche, varios hijos fuertes y tres mulas.

Kassim tenía una esposa y muy mala memoria, pues nunca se acordaba de visitar a sus parientes, ni siquiera para preguntarles si se encontraban bien o si necesitaban algo. En realidad no los visitaba para que no le salieran pidiendo algo.

Un día en que Alí Babá estaba en el bosque cortando leña oyó un ruido que se acercaba y que se parecía al ruido que hacen cuarenta caballos cuando galopan. Se asustó, pero como era curioso trepó a un árbol.

Espiando, vio que eran, efectivamente, cuarenta caballos. Sobre cada caballo venía un ladrón, y cada ladrón tenía una bolsa llena de monedas de oro, vasos de oro, collares de oro y más de mil rubíes, zafiros, ágatas y perlas. Delante de todos iba el jefe de los ladrones .

Los ladrones pasaron debajo de Alí Babá y sofrenaron frente a una gran roca que tenía, más o menos, como una cuadra de alto y que era completamente lisa. Entonces el jefe de los ladrones gritó a la roca: “¡Sésamo: ábrete!”. Se oyó un trueno y la roca, como si fuera un sésamo, se abrió por el medio mientras Alí Babá casi se cae del árbol por la emoción. Los ladrones entraron por la abertura de la roca con caballos y todo, y una vez que estuvieron dentro el jefe gritó: “¡Sésamo: ciérrate!”. Y la roca se cerró.

“Es indudable -pensó Alí Babá sin bajar del árbol- que esa roca completamente lisa es mágica y que las palabras pronunciadas por el jefe de los ladrones tienen el poder de abrirla. Pero más indudable todavía es que dentro de esa extraña roca tienen esos ladrones su escondite secreto donde guardan todo lo que roban.”

Y en seguida se oyó otra vez un gran trueno y la roca se abrió. Los ladrones salieron y el jefe gritó: “¡Sésamo: ciérrate!”. La roca se cerró y los ladrones se alejaron a todo galope, seguramente para ir a robar en algún lado. Cuando se pedieron de vista, Alí Babá bajó del árbol.

“Yo también entraré en esa roca -pensó-. El asunto será ver si otra persona, pronunciando las palabras mágicas, puede abrirla.” Entonces, con todas las fuerzas que tenía, gritó: “¡Sésamo: ábrete!”. Y la roca se abrió.

Después de tardar lo que se tarda en parpadear, se lanzó por la puerta mágica y entró. Y una vez dentro se encontró con el tesoro más grande del mundo. “¡Sésamo: ciérrate!”, dijo después.

La roca se cerró con Alí Babá dentro y él, con toda tranquilidad, se ocupó de meter en una bolsa una buena cantidad de monedas de oro y rubíes. No demasiado: lo suficiente como para asegurarse la comida de un año y tres meses. Después dijo: “¡Sésamo: ábrete!”. La roca se abrió y Alí Babá salió con la bolsa al hombro. Dijo: “¡Sésamo: ciérrate!” y la roca se cerró y él volvió a su casa, cantando de alegría. Pero cuando su esposa lo vio entrar con la bolsa se puso a llorar.

- ¿A quién le robaste eso? -gimió la mujer.

Y siguió llorando. Pero cuando Alí Babá le contó la verdadera historia, la mujer se puso a bailar con él.

- Nadie debe enterarse que tenemos este tesoro -dijo Alí Babá-, porque si alguien se entera querrá saber de dónde lo sacamos, y si le decimos de dónde lo sacamos querrá ir también él a esa roca mágica, y si va puede ser que los ladrones lo descubran, y si lo descubren terminarán por descubrirnos a nosotros. Y si nos descubren a nosotros nos cortarán la cabeza. Enterremos todo esto.

- Antes contemos cuántas monedas y piedras preciosas hay -dijo la mujer de Alí Babá.

- ¿Y terminar dentro de diez años? ¡Nunca! -le contestó Alí Babá.

- Entonces pesaré todo esto. Así sabré, al menos aproximadamente, cuánto tenemos y cuánto podremos gastar -dijo la mujer.

Y agregó:

- Pediré prestada una balanza.

Desgraciadamente, la mujer de Alí Babá tuvo la mala idea de ir a la casa de Kassim y pedir prestada la balanza. Kassim no estaba en ese momento, pero sí su esposa.

- ¿Y para qué quieres la balanza? -le preguntó la mujer de Kassim a la mujer de Alí Babá.

- Para pesar unos granos -contestó la mujer de Alí Babá.

“¡Qué raro! -pensó la mujer de Kassim-. Éstos no tienen ni para caerse muertos y ahora quieren una balanza para pesar granos. Eso sólo lo hacen los dueños de los grandes graneros o los ricos comerciantes que venden granos.”

- ¿Y qué clase de granos vas a pesar? – le preguntó la mujer de Kassim después de pensar lo que pensó.

- Pues granos… -le contestó la mujer de Alí Babá.

- Voy a prestarte la balanza -le dijo la mujer de Kassim .

Pero antes de prestársela, y con todo disimulo, la mujer de Kassim untó con grasa la base de la balanza.

“Algunos granos se pegarán en la grasa, y así descubriré qué estuvieron pesando realmente”, pensó la mujer de Kassim .

Alí Babá y su mujer pesaron todas las monedas y las piedras preciosas. Después devolvieron la balanza. Pero un rubí había quedado pegado a la grasa.

- De manera que éstos son los granos que estuvieron pesando -masculló la mujer de Kassim-. Se lo mostraré a mi marido.

Y cuando Kassim vio el rubí, casi se muere del disgusto.

Y él, que nunca se acordaba de visitar a Alí Babá, fue corriendo a buscarlo. Sin saludar a nadie, entró en la casa de su hermano en el mismo momento en que estaban por enterrar el tesoro.

-¡Sinvergüenzas! -gritó-. Ustedes siempre fueron unos pobres gatos. Díganme de dónde sacaron ese maravilloso tesoro si no quieren que los denuncie a la policía.

Y se puso a patalear de rabia. Alí Babá , resignado, comprendió que lo mejor sería contarle la verdad.

- Mañana mismo iré hasta esa roca y me traeré todo a mi casa -dijo Kassim cuando terminaron de explicarle.

A la mañana siguiente, Kassim estaba frente a la roca dispuesto a pronunciar las palabras mágicas.

Había llevado 12 mulas y 24 bolsas ; tanto era lo que pensaba sacar.

- ¿Qué era lo que tenía que decir? -se preguntó Kassim-. Ah, sí, ahora recuerdo… Y muy emocionado exclamó: “¡Sésamo: ábrete!”.

La roca se abrió y Kassim entró. Después dijo “Sésamo: ciérrate”, y la roca se cerró con él dentro.

Una hora estuvo Kassim parado frente a las montañas de moneda de oro y de piedras preciosas.

“Aunque tenga que venir todos los días -pensó-, no dejaré la más mínima cosa de valor que haya aquí. Me lo voy a llevar todo a mi casa.”

Y se puso a morder las monedas para ver si eran falsas. Después empezó a elegir entre las piedras preciosas.

“Aunque me las llevaré todas, es mejor que empiece por las más grandes, no vaya a ser que por h o por b mañana no pueda venir y me quede sin las mejores.” La elección le llevó unas cinco horas. Pero en ningún momento se sintió cansado. “Es el trabajo más hermoso que hice en mi vida. Gracias al tonto de mi hermano, me he convertido en el hombre más rico del mundo.” Y cuando cargó las 24 bolsas se dispuso a partir.

-¿Qué era lo que tenía que decir? -se preguntó-. Ah, sí, ahora recuerdo… Y muy emocionado dijo: “Alpiste: ábrete”.

Pero la roca ni se movió.

-¡Alpiste: ábrete! -repitió Kassim .

Pero la roca no obedeció.

- Por Dios -dijo Kassim-, olvidé el nombre de la semilla. ¿Por qué no lo habré anotado en un papelito?

Y, desesperado, empezó a pronunciar el nombre de todas las semillas que recordaba: “Cebada: ábrete”; “Maíz: ábrete”; “Garbanzo: ábrete”.

Al final, totalmente asustado, ya no sabía qué decir: “Zanahoria: ábrete”; “Coliflor: ábrete”; “Calabaza: ábrete”.

Hasta que la roca se abrió. Pero no por Kassim sino por los cuarenta ladrones que regresaban. Y cuando vieron a Kassim, le cortaron la cabeza.

-¿Cómo habrá entrado aquí? -preguntó uno de los ladrones.

-Ya lo averiguaremos -dijo el jefe-. Ahora salgamos a robar otra vez.

Y se fueron a robar, después de dejar bien cerrada la roca.

Pero Alí Babá estaba preocupado porque Kassim no regresaba. Entonces fue a buscarlo a la roca.

Dijo “Sésamo: ábrete”, y cuando entró vio a Kassim muerto. Llorando, se lo llevó a su casa para darle sepultura. Pero había un problema: ¿qué diría a los vecinos? Si contaba que Kassim había sido muerto por los ladrones se descubriría el secreto, y eso, ya lo sabemos, no convenía.

- Digamos que murió de muerte natural -dijo Luz de la Noche .

- ¿Cómo vamos a decir eso? Nadie se muere sin cabeza -dijo Alí Babá .

- Yo lo resolveré -dijo Luz de la Noche, y fue a buscar a un zapatero .

Camina que camina, llegó a la casa del zapatero.

- Zapatero -le dijo-, voy a vendarte los ojos y te llevaré a mi casa.

- Eso nunca -le contestó el zapatero-. Si voy, iré con los ojos bien libres .

- No -repuso Luz de la Noche. Y le dio una moneda de oro.

- ¿Y para qué quieres vendarme los ojos? -preguntó el zapatero.

- Para que no veas adónde te llevo y no puedas decir a nadie dónde queda mi casa – dijo Luz de la Noche , y le dio otra moneda de oro.

- ¿Y qué tengo que hacer en tu casa? -preguntó el zapatero.

- Coser a un muerto -le explicó Luz de la Noche.

- Ah, no -dijo el zapatero-, eso sí que no -y tendió la mano para que Luz de la Noche le diera otra moneda.

- Está bien -dijo el zapatero después de recibir la moneda-, vamos a tu casa.

Y fueron. El zapatero cosió la cabeza del muerto, uniéndola. Y todo lo hizo con los ojos vendados. Finalmente volvió a su casa acompañado por Luz de la Noche y allí se quitó la venda.

- No cuentes a nadie lo que hiciste -le advirtió Luz de la Noche .

Y se fue contenta, porque con su plan ya estaba todo resuelto. De manera que cuando los vecinos fueron informados que Kassim había muerto, nadie sospechó nada.

Y eso fue lo que pasó con Kassim, el malo, el haragán, el de mala memoria. Pero resulta que los ladrones volvieron a la roca y vieron que Kassim no estaba . Ninguno de los ladrones era muy inteligente que digamos, pero el jefe dijo:

- Si el muerto no está, quiere decir que alguien se lo llevó.

- Y si alguien se lo llevó, quiere decir que alguien salió de aquí llevándoselo – dijo otro ladrón.

- Pero si alguien salió de aquí llevándoselo, quiere decir que primero entró alguien que después se lo llevó – dijo el jefe de los ladrones.

- ¿Pero cómo va a entrar alguien si para entrar tiene que pronunciar las palabras mágicas secretas, que por ser secretas nadie conoce? -dijo otro ladrón.

Después de cavilar hasta el anochecer, el jefe dijo:

- Quiere decir que si alguien salió llevándose a ese muerto, quiere decir que antes de salir entró, porque nadie puede salir de ningún lado si antes no entra. Quiere decir que el que entró pronunció las palabras secretas.

- ¿Y eso qué quiere decir? – preguntaron los otros 39 ladrones.

- ¡Quiere decir que alguien descubrió el secreto! -contestó el jefe.

- ¿Y eso qué quiere decir? -preguntaron los 39.

- ¡Que hay que cortarle la cabeza!

- ¡Muy bien! ¡Cortémosela ahora mismo!

Y ya salían a cortarle la cabeza cuando el jefe dijo:

- Primero tenemos que saber quién es el que descubrió nuestro secreto. Uno de ustedes debe ir al pueblo y averiguarlo.

-Yo iré -dijo el ladrón número 39. (El número 40 era el jefe).

Pero espera, hay más !

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