Un genio llamado Jacques
por Pablo Mendieta Paz
A propósito de las monumentales investigaciones que se vienen realizando acerca del legado filosófico dejado por Jacques Derrida tras su desaparición en el año 2004, este prolífico francés, nacido en Argelia y muerto en París, profesor de Filosofía en la École Normale Supérieure de París, en la École des Hautes Études de la misma ciudad, y en las universidades de Yale y Harvard, este filósofo -decía- dio luz a una atrevida corriente del pensamiento denominada deconstruccionismo, cuyos argumentos, a grandes rasgos, apuntan a fracturar la tradición filosófica occidental poniendo en tela de juicio diferencias esenciales centradas particularmente en el lenguaje, como por ejemplo –y muy llanamente- la de significado (idea o contenido que tenemos en la mente) y significante (conjunto de sonidos o de letras con que transmitimos el contenido). En otras palabras, se trata de un pensamiento “que critica, analiza y revisa fuertemente las palabras y sus conceptos”.
Aunque el deconstruccionismo de Derrida formula estrategias de estudio que paralelamente se han prolongado a la literatura, la filosofía, el derecho, e incluso a la arquitectura y la música, el pensamiento de este filósofo de la generación del 68 -coetáneo de Althusser, Lacan, Foucault, Barthes y Deleuze- se concentra ante todo, como ya se ha dicho, en el lenguaje, cuya tesis de fondo se resume en que ningún plan o concepto puede transmitirse en forma pura, lo que, consecuentemente, daría lugar a muchas interpretaciones, tan legítimas unas como otras.
En fin, su Teoría de la deconstrucción, divulgada a través de una fértil producción escrita (La escritura y la diferencia y De la gramatología, por citar sólo dos obras), enseña que en las disciplinas a que se ha hecho mención –y con más propiedad en el lenguaje- hay diversos estratos de significados no necesariamente premeditados, e inclusive hasta incomprendidos por el propio autor.
Semejante teoría, obviamente, levantó mucho polvo y voces disonantes entre otros filósofos, quienes lo hicieron responsable -achacándole una abundante dosis de rebeldía y de crítica a lo ya establecido- de echar por tierra los fundamentos de la filosofía en cuanto a poner en entredicho lo verdadero de lo falso; motivo más que suficiente para calificarlo como un pensador de extrema izquierda.
Pero muy poco le importó a Jacques Derrida el enjuiciamiento de sus detractores, y hasta el momento de su muerte conservó intacta la originalidad de su doctrina, que inclusive había sido modelada con mayor hondura a través del tiempo.
Pero en su innovadora percepción de las cosas, concibió, además, independientemente de su maciza como audaz construcción filosófica, una práctica de lectura para quienes asumen en sus vidas la responsabilidad de devorar libros y empaparse lo más posible de la inagotable literatura universal.
Y persuadido de ese ánimo propuso, con el mismo sentido peculiar y unívoco de su Teoría de la deconstrucción, hacer de la lectura una acción que no ponga espuelas o que provoque angustias en la carrera por acumular conocimientos.
Y así, en un documental sobre su vida que se estrenó en el 2003, se ve en la película que uno de los realizadores, caminando por la biblioteca personal del filósofo, le pregunta:
– ¿Ha usted leído todos los libros que hay aquí?
– No, responde imperturbable Derrida; sólo a cuatro de ellos. Pero a esos los he leído muy, pero muy cuidadosamente…
Via: Bolpress.com
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