Suicidio y antropofagia
La tenía con él en todo momento. Dormían juntos. ¿Dónde la pondría? ¿Bajo la almohada? ¿En el cajón de la mesa de luz? No lo sabremos. Tal vez dejaba la pistola dentro de la cartuchera y cuando se sacaba la ropa la dejaba apoyada sobre una silla, o encima de la cómoda.
Por Pepe Eliaschev
La tenía con él en todo momento. Dormían juntos. ¿Dónde la pondría? ¿Bajo la almohada? ¿En el cajón de la mesa de luz? No lo sabremos. Tal vez dejaba la pistola dentro de la cartuchera y cuando se sacaba la ropa la dejaba apoyada sobre una silla, o encima de la cómoda.
Lo ignoramos, porque Miguel Angel Echagüe hizo algo enorme y de una oscuridad demasiado truculenta como para concebirla: consiguió que lo “suicidaran”, se las ingenió para lograr que lo liquidara un killer de su propia sangre.
Le dijo a su hijo: “O me matás vos a mí, o te mato yo a vos”. Tiene 9 años y es el mayor de cuatro hermanos. No pudo decirle que no a su padre, que tenía 34 y era policía. Así que el niño, uno más de los centenares de miles de infantes adultos antes de tiempo que produce la Argentina, ejecutó la orden paterna y mató a su viejo. Miguel Angel era policía. Lo mató un balazo disparado por su propia arma “reglamentaria”.
El relato lo recogió el juez de instrucción de turno, José Manuel García Porta, y corresponde a lo sucedido el martes pasado en una casa de Pedro de Vega 3475, en el barrio Los Hornos de la ciudad de Santa Fe, según la versión del chico.
Se asegura que Echagüe obligó a su hijo a que le disparara al pecho con la pistola suministrada por la repartición. Baleado en el tórax, se derrumbó y falleció enseguida, según constató después el médico policial.
La crónica no nos dice el nombre de la criatura. Sabemos que, inmediatamente después de haber escuchado el disparo, la esposa del policía y madre del chico, entró al dormitorio y vio a su marido tendido en el piso rodeado de un charco de sangre. La policía llegó minutos después al lugar del hecho.
El magistrado penal mantuvo extenso diálogo con el chico, que, hundido en una angustia que no puede ni podrá siquiera intuir, narró lo que, según dice por decisión de su padre, fue un parricidio filicida. Al darle la orden de matarlo, Echagüe “mató” a la vez a su hijo, le arruinó la vida.
El chico le dijo al juez que su padre lo llamó varias veces a la habitación matrimonial. Fue y ahí el policía le puso la 9 mm. en las manos y le dio la orden. El hijo tuvo miedo de que le pasara algo y obedeció a su padre. Empuñó y disparó. Su papá cayó al piso.
El juez dice que nunca le había tocado un caso como éste. Enciende luces de advertencia: con relación a la intervención del chico, pide “cautela y prudencia”.
Aclara que, pese a contar con esa declaración, habrá que esperar los resultados de los estudios psicológicos para ver qué veracidad tuvo su relato.
“Es un chico de 9 años y por ende inimputable de manera absoluta”, advierte. Reconoce también que cuando llegó a la casa, el chico estaba shockeado e insiste en que hay que esperar los estudios.
Echagüe revistaba en las Tropas de Operaciones Especiales (TOE) de la Policía santafesina y estaba de licencia. La Policía dice que no tenía antecedentes psiquiátricos en su foja personal y desde hace 7 años prestaba servicios en esa fuerza.
El barrio Los Hornos donde vivía y murió, al norte de la capital provincial, es de clase media. El suboficial habría caído, se afirma, en crisis depresiva al ser notificado de su traslado a la Unidad Regional 1, hace 15 días. Se encontraba con licencia y no estaba bajo tratamiento psiquiátrico.
Además de la endémica barbarie argentina que obliga a los policías a vivir con su arma a cuestas, las 24 horas, los 365 días, este episodio acentúa la sensación de escalofrío producida por una antropofagia creciente.
El hijo del policía ha sido destruido porque su padre lo convirtió en sicario: el “contrato” habría sido una imposición. Como si, remedando en cierto sentido a Don Corleone, le hubiese dicho al niño: “Voy a darte una orden que no podrás desobedecer”.
Tal orden es de un contenido siniestro sin parangón. Revalida la filigrana profunda que marca a fondo la capacidad de odio del ser humano, autopista venenosa por la que discurren fluidos tóxicos de terrible poder. El odio encaramado al sitio de la exasperación letal: aquí está el carozo de un episodio embebido de una oscuridad cruel que asombra.
Condena imposible de apelar, la orden paterna convierte al vástago en autor de un crimen que aniquila al padre-juez que ha hecho de su hijo un asesino.
Fuera de las previsibles y fatuas ensoñaciones psicoanalíticas, ¿cómo arbitrar una satisfactoria rendición de cuentas de episodio tan abominable?
No hay respuesta satisfactoria a un interrogante que hunde raíces en la vieja pregunta por los orígenes del mal. Vieja y estéril, porque seguimos absortos, demudados, inútiles.
No valen, claro, las condenas políticas, las tonterías sociológicas o los jugueteos psicologizantes.
Ante la constatación imponente de que los humanos tenemos conductas imposibles de comprender y justificar, el parricidio/filicidio de Santa Fe es otra historia más sumergida rápidamente en el silencio incómodo de una sociedad a la que le cuesta aceptar que sus roperos siguen llenos de cadáveres.
En un reportaje de hace varios años, hablando sobre ídolos literarios y jóvenes en ascenso que los impugnan, David Viñas decía:
“Si el parricidio se entiende como cuestionamiento de lo canonizado, de los criterios museicos, es saludable. El parricidio es una forma fecunda desde todo punto de vista, incluso maliciosamente podría aludir al complejo de Edipo. Lo de los padres es un recorte sobre algo mucho más amplio que es el poder, la ley y el cuestionamiento de todo eso. (…) Esa actitud iconoclasta (…) ha sufrido un bajón, pero ese bajón se puede verificar en otros campos”.
No lo estigmatizaba, al contrario:
“Rescato el parricidio como metáfora que condensa una serie de actitudes de cuestionamiento de lo consagrado, de lo que tiene una entonación casi religiosa, pero el cuestionamiento referido también a la propia práctica”.
Decía Viñas en 2005 que “el parricidio (…) presupone pensar contra sí mismo”.
Vale: hablaba de valores, conductas, estéticas, modelos, no de balear padres o de asesinar hijos, claro.
Ahí estamos: si la versión se confirma, ese hijo de policía, un chico de 9 años, fue obligado a actuar contra sí mismo, una dramatización más de esa vida cotidiana desplegada en la gran ciudad atiborrada de niños cartoneros que tiran de sus carros y vacían bolsas de basura.
Nadie pierde el sueño por ellos. Sin embargo, como hace varios años apuntó Mónica B. Morales en un seminario de psicoanálisis celebrado en Rosario, “cuando se mata a un padre, es un hijo el que muere. Todo acto es fallido”, dice Lacan. “El único acto logrado es el suicidio”.
Via: Perfil
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