Si eliminamos todos los síntomas dejamos al sujeto sin nada

«El psicoanálisis no establece diferencias absolutas entre lo normal y lo patológico»
«Si uno va directamente a eliminar síntomas, deja al sujeto sin nada»
       

baldizManuel Baldiz. ángel gonzález

MANUEL BALDIZ PSICOANALISTA, PARTICIPÓ EN LA IV JORNADA DE LA ESCUELA DE PSICOANÁLISIS DE LOS FOROS DEL CAMPO LACANIANO. Eloy MÉNDEZ

El psicoanalista catalán Manuel Baldiz protagonizó ayer una de las charlas de la IV Jornada de la Escuela de Psicoanálisis del campo lacaniano, donde participan especialistas pertenecientes a seis foros españoles.

Los encuentros se articulan en torno a varias conferencias agrupadas bajo el título «Tiempos del sujeto en el psicoanálisis», a través de las cuales los asistentes comparten conocimientos y experiencias referidas a la percepción subjetiva que cada paciente tiene respecto al tiempo.

Baldiz, como el resto de sus compañeros, participará hoy en la asamblea general que cerrará, a partir de las diez de la mañana, el encuentro.

– En el tratamiento psicoanalítico, ¿hasta qué punto influye la duración de cada una de las sesiones?

Hay una concepción de las sesiones que es posterior a Freud y en la cual el tiempo que dura la sesión se ha fijado de antemano. Pase lo que pase en la sesión, el tiempo está ya determinado previamente.

Jacques Lacan plantea una subversión importante en este modo de entender las sesiones. Dice que esto no es lo más adecuado para la buena lógica de la cura psicoanalítica, que hay que buscar el momento pertinente de terminar, que no puede haber un tiempo prefijado.

Es la idea de las sesiones a-temporales, que ahondan en un concepto más complicado de explicar, que es el concepto del objeto a.

Hay que buscar un modo de intervenir en las sesiones para buscar el punto adecuado de interrupción del paciente, y eso puede permitir que aparezca algo de la dinámica que es eso tan misterioso llamado objeto a. Ese objeto a es lo que nos hace sufrir, nos hace gozar, es como la zona clave de los deseos humanos.

– ¿Cómo llega el psicoanalista a conocer ese objeto?

Si el tiempo de las sesiones están pactadas previamente, es mucho más difícil llegar al objeto a, porque el paciente puede jugar con el tiempo y reservarse las cosas más importantes para el último momento.

Además, saber que no tienes la certeza de cuándo se va a acabar la sesión es como una metáfora de la vida misma, porque la vida no sabes cuándo se te va a acabar.

Cualquier sabiduría o cualquier disciplina que ha pensado mínimamente en los problemas del ser humano dice que es bueno vivir sabiendo que uno se tiene que morir, pero sin saber cuándo se va a producir ese hecho. Los antiguos decían: el hecho cierto que es la muerte, pero en la hora incierta.

– ¿Interpretan todos los pacientes por igual el paso del tiempo?

No. También otro de los niveles en esta idea del tiempo libre que antes comentaba es poder brindar al paciente que se ponga en evidencia algo de su propia temporalidad subjetiva.

Hay pacientes que con 20 minutos tienen de sobra y han dicho cosas muy valiosas sobre las que pensar hasta la siguiente sesión. Y para otros, sin embargo, no es así. Otros tienen otro tiempo de «tempo» vital o de «tempo» subjetivo, necesitan más rato. La concepción lacaniana de los tiempos en las sesiones tiene que ver también con eso. Con respetar los tiempos vitales de cada uno.

– ¿Busca el psicoanálisis como fin único la curación del paciente?

Hay un posible final lógico del análisis. Pero el psicoanálisis no trata de hacer desaparecer los síntomas como objetivo fundamental. No se trata de eso.

Hay síntomas que pueden desaparecer, porque el psicoanálisis tiene efectos muy terapéuticos, pero a la vez, hay otros síntomas que, más que desaparecer, se reconvierten y el sujeto puede vivirlos de otra manera y puede incorporarlos a su estilo personal, a su manera de estar en el mundo.

Si uno va directamente a suprimir todos los síntomas, deja al sujeto sin nada. Hay síntomas que hacen sufrir y que, evidentemente, hay que resolverlos. Pero hay otros que no hay que resolver a toda costa. Y además, en el análisis no se trata sólo de curar, sino de que el sujeto pueda entender mejor lo que le pasa. No hay que buscar sólo una finalidad curativa, sino una finalidad de saber, epistémica.

– ¿Todo en el psicoanálisis se basa en una concepción sexual del ser humano?

Depende de cómo se entienda la sexualidad. Si se entiende como la entienden los sexólogos, como una cuestión puramente genital, entonces no. Sería una burrada decir que todo tiene que ver con lo sexual.

La concepción psicoanalítica de la sexualidad implica que hay una cosa que Freud llamaba la libido que no se remite solamente a lo genital, sino que tiene que ver con la oralidad, con la mirada, con la voz… y que hace que en todas las cosas que hacemos los seres humanos haya una dimensión que se escapa a la razón y que es una dimensión libidinosa.

– ¿Determina la infancia el modo que tiene cada persona de entender la sexualidad?

Eso es indiscutible. Incluso corrientes no muy afines a lo psicoanalítico lo reconocen. En esto habría que discutir qué hay de hereditario, de genético, de las experiencias tempranas… Pero está claro que en los primeros años es cuando se fraguan más las características de cada persona. Sin lugar a dudas.

– ¿También las patologías se «incuban» durante los primeros años de vida?

Sí, claro. Puede que se vaya creando una estructura que no se pone de manifiesto hasta la edad adulta, pero es en la infancia. Se crea en los primeros encuentros con los padres. Cosas tan difíciles a veces de captar de una manera objetiva como, por ejemplo, si el hijo es o no deseado, determinan la posterior evolución de una persona.

– ¿Cómo se establece el límite entre lo que es y no es patológico?

El psicoanálisis, en el fondo, dice que no hay diferencias absolutas entre lo normal y lo patológico. Todos los seres humanos tenemos algún punto de neurosis o de psicosis. Absolutamente todos. El normal no deja de ser una ficción. Como decía Freud, lo que se puede hacer es convertir las miserias neuróticas en miserias normales, miserias de la vida cotidiana, y convivir con ellas.

Fuente: La Nueva España

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