Como siempre, finalmente NADIE lo hizo…

Ocurre que había que hacer un trabajo importante, y TODOS sabía(n) que ALGUIEN lo haría.

CUALQUIERA podría haberlo hecho, pero NADIE lo hizo.

Alguien se enojó cuando se enteró, porque le hubiera correspondido a TODOS.

El resultado fue que TODOS creía(n) que lo haría CUALQUIERA, y NADIE se dio cuenta de que ALGUIEN no lo haría.

Cómo termina la historia?

ALGUIEN reprochó a TODOS porque en realidad NADIE hizo lo que hubiera podido hacer CUALQUIERA.


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Hoteles alojamiento… aguantaderos del deseo

Ardor por horas

Por Alan Pauls

Algún día se sabrá por qué adoramos los moteles de las carreteras norteamericanas y los hôtels de passe de París y escondemos los hoteles alojamiento en ese sótano húmedo donde enmohecen, sepultados por la culpa, los accesorios más baratos de nuestro deleite.

Eden

Dos o tres páginas de Sam Shepard bastan para erizarnos la piel con la mitología de esos cuartos vulgares, bañados de neón, con paredes de madera balsa, cubrecamas chillones y alfombras que raspan.

Vemos Vivir su vida de Godard o La piel suave de Truffaut, entramos- -polizones anhelantes– a esas habitaciones altas, frías, con pisos que crujen y vecinos que gimen, y la atmósfera rancia y fugitiva de esos aguantaderos del deseo nos pone al borde del éxtasis.

¿Por qué, entonces, para recuperar la iconografía de nuestras amuebladas, no tenemos otro remedio que sintonizar Volver y abismarnos en La cigarra no es un bicho (Daniel Tinayre), Hotel alojamiento (Fernando Ayala), El telo y la tele (Hugo Sofovich) o cualquier avatar de esa picaresca envilecidallena de adúlteros de whiskería, eyaculadores precoces y mucamas de minifaldaque detenta su monopolio?

Salvo Buenos Aires viceversa (Alejandro Agresti), donde Fernán Mirás y Vera Fogwill protagonizan un largo forcejeo neurótico-amoroso en una pieza tapizada de espejos, no recuerdo muchas películas respetables del cine argentino que hayan asomado la nariz al Mundo Telo sin reducir sus posibilidades ficcionales (y por lo tanto su imaginario) a los deprimentes enredos de un enjambre de discapacitados sexuales que corretean por los pasillos con la lengua afuera y los calzones a la altura de las pantorrillas.

Entendería el desdén, la caricatura o incluso el escarnio si todos los días florecieran sedes del placer, si la gente pudiera gozar en las plazas, al aire libre, o en los estadios de fútbol, los gimnasios, las iglesias y los cines.

Pero en un país mataplacer como éste, ¿cómo no reivindicar la única institución inmobiliaria que hace del placer sexual su ley primera y última, a tal punto que la dictadura de Videla, creyendo que “albergue” era menos pecaminoso que “hotel”, se sintió obligada a cambiarle el nombre?

Por lo demás, ¿no son alarmantes las encuestas? El deseo baja; las inhibiciones e impedimentos aumentan; psicólogos y sexólogos aconsejan activar la imaginación, flirtear con el pecado, convertir en libreto las fantasías que antes nos acosaban como traumas.

Eden2El hotel alojamiento promueve todos esos milagros sin siquiera proponérselo. Cualquier hotel –no sólo avatares sofisticados como Le Nid, clásicos como el O’Tello de Villa Devoto o cualquiera de esos freaks arquitectónicos que, en un alarde de versatilidad temática: los hay egipcios, góticos, romanos–, acechan a los costados del Acceso Oeste como italparks de la lascivia.

La vida cotidiana –dicen– dispersa el deseo; la pieza de hotel lo concentra.

A fuerza de estrés, alienación y vértigo, el día a día erosiona el placer; el hotel, como si fuera un laboratorio, lo aísla y lo purifica, devolviéndole las propiedades que lo hicieron famoso: su perseverancia y su ceguera, su capricho y su irreductibilidad.

De todas las proposiciones lúbricas con las que nos tienta –espejos, videos porno, consoladores, hidromasaje, ese potro curvo, forrado en cuerina, que invariablemente nos contempla con soberbia–, hay una sola que es verdaderamente eficaz: el encierro.

Porque el encierro es el mejor afrodisíaco; nos corta del mundo –de ese magma indolente o aciago que es el mundo–, reagrupa nuestras fuerzas, hasta entonces atomizadas, y las somete al imperio de un solo afán: gozar.

Nos encerramos en un cuarto de hotel y –no importa con quién nos hayamos encerradosomos automáticamente clandestinos; y ya se sabe que si hay una droga a la que el deseo es sensible, ésa es la ilegalidad.

Y después están la iluminación artificial, las plantas de plástico, las falsas cascadas, los aromatizadores, las ventanas de paño fijo, la higiene de la rotación permanente, la falta de huellas; es decir: todas las claves, a menudo despreciadas en nombre del “buen gusto”, la “calidez”, la “humanidad” o incluso la “naturaleza” (como si hubiera algo más contra natura que el placer), que hacen del hotel el espacio extraterritorial por excelencia: un lugar de puras posibilidades, donde las leyes del mundo se suspenden y son reemplazadas por otras, desenfrenadas o cándidas, perversas o convencionales, que rigen la única dimensión en la que no hay otro rey que el deseo: la ficción.

Fuente: Página/12. 15 de Abril de 2002


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Cuando el viejito estorba… el geriátrico mata !!!

Sepa cuándo un geriátrico mata
por Esteban Mirol

Abril 07 de 2006

El de los geriátricos es uno de los temas pendientes en la sociedad moderna. ¿Ayudan o matan? ¿Son un depósito de viejos o lugares preparados para asistir a las personas mayores? ¿Usted es de los que vive con culpa o se justifica? ¿Se anima a contar su historia?

ViejitosEn general, y con razón, los geriátricos tienen mala imagen pero podemos profundizar el tema señalando específicamente cuándo matan al ser humano que transita la tercera o cuarta edad.

Sí o sí un geriátrico mata a una persona mayor cuando ésta se sabe manejar bien, es decir, que tiene buena movilidad y se mantiene espiritualmente activo. Pero la familia necesita el departamento para venderlo o alquilarlo o para que vayan a vivir los hijos adolescentes.

Cuando la persona necesita de otras por una cuestión de movilidad pero tiene lucidez total. Es decir que con familiares que pudieran realizarle una compra semanal en el supermercado y con una visita diaria de 1 hora el jubilado podría seguir manejándose en su ámbito con cierta independencia.

En estos dos casos,  la muerte de la actitud, de la voluntad, de las ganas de vivir es total e inmediata… en pocos meses.

Es cuando la persona advierte que lo llevan a un geriátrico para sacárselo de encima. Le están diciendo: te llevamos a un geriátrico “porque nos molestás”.

Y eso es la muerte de “un viejo” que está en una etapa de enorme sensibilidad y, como los bebés, espera más que nunca caricias y mimos.

Fuente: Infobae


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El Holocausto. Quién debe perdonar?

HolocaustoHace unos treinta años, el rabino Abraham Joshua Heschel fue invitado a dar unas conferencias en una convención de ejecutivos de AT&T. Durante las sesiones habló sobre el arrepentimiento, la expiación y el perdón. En cierto momento, uno de los directores de la compañí­a levantó la mano y preguntó:

– “Rabino Heschel, usted habló sobre el concepto del perdón. ¿Por qué no pueden los Judíos perdonar a los alemanes por el Holocausto?”

Heschel respondió contando el siguiente relato: “Un dí­a, el rabino Jaim de Brisk, uno de los grandes rabinos lituanos, viajaba en un tren. Como acostumbraba, se puso a leer textos sagrados. Tres campesinos judí­os ascendieron al tren y lo invitaron a jugar cartas con ellos. Jaim de Brisk se negó.

Ellos se pusieron a jugar, pero continuaron insistiendo que se uniera al juego. Jaim de Brisk continuó negándose.

Finalmente, los jugadores comenzaron a burlarse de él y lo empujaron hasta el siguiente vagón. Cuando el tren llegó a Brisk, el Reb Jaim descendió y fue recibido por una enorme multitud y fue saludado por muchos que estaban en el andén.

Los tres campesinos estaban sorprendidos ante esta escena.

Preguntaron:

–¿A quién están honrando?

Uno de los aldeanos respondió:

–¿No sabes que ese es Rabi Jaim de Brisk, uno de los grandes estudiosos de todos los tiempos?

Los tres hombres avergonzados intentaron acercarse al Reb Jaim para expiar su comportamiento. Bajaron sus rostros y con el sombrero en la mano, le pidieron disculpas:

– “Si hubiéramos sabido quien era usted, no lo habrí­amos tratado así­ de mal. Por favor perdónenos.

Reb Jaí­m se negó:

“Le están pidiendo disculpas a persona equivocada. Se las están pidiendo a Reb Jaim de Brisk. Deberí­an pedí­rsela al judí­o anónimo que estaba sentado estudiando en el tren.”

Heschel continuó:

Durante la Guerra, fui afortunado de estar aquí­. Mi madre y mis hermanas fueron asesinadas por los nazis. Yo me salvé. A nosotros no nos afectó el Holocausto. El perdón deben darlo solo aquellos que sufrieron, los millones que fueron torturaron y a quienes les quitaron la vida. Sólo ellos tienen la capacidad de perdonar. Yo no”.

Esta es una historia poderosa. Y sigue teniendo vigencia.

Heschel sugirió que sólo los que fueron atacados pueden otorgar el perdón. Y yo estoy de acuerdo con él.

Pero a medida que el tiempo pasa, en la medida en que nos alejamos en el tiempo, en la medida en que para muchos nuevos ciudadanos del mundo la Shoá será en el mejor de los casos algún breve capí­tulo de algún mediocre libro de historia, o algún documental en la televisión, en esa misma medida, yo, como su rabino debo hacerme y debo hacerles a ustedes las preguntas.

Debo preguntarles: ¿Puede haber perdón? ¿Quién debe perdonar? ¿Cuándo será el tiempo de perdonar? Y cada uno debe responder.

Debo preguntarles: ¿Cómo asegurar que nuestros descendientes conocerán la historia y la sentirán como propia? ¿Cómo encaminar nuestra energí­a comunitaria para garantizar que no habrá olvido individual y colectivo?

Heschel tení­a razón, nosotros no podemos ser los que perdonemos. Tampoco podemos olvidar ni permitir que el mundo olvide. Pero después de decir esto, ¿qué sigue?.

Yo pienso que ya hemos construido suficientes monumentos a la muerte y a la destrucción; pero faltan construir muchos monumentos a la fe en una vida judí­a más rica y más comprometida. Y cómo recordemos, y cómo respondamos determinará la naturaleza de la vida judí­a en este siglo y en el próximo.

Y en este nuevo aniversario de uno de los momentos más trágicos de nuestra historia, a aquellos que claman que ya es tiempo que el pueblo judí­o perdone, les respondo como lo hizo Heschel:

“Le están pidiendo disculpas a la persona equivocada. Deberían pedírsela al judío anónimo que estaba sentado estudiando en el tren.”

Amigos: Contemos la historia. La de los asesinos, la de los “neutrales” que no fueron neutrales, la de los silenciosos y la de los indiferentes.

Cada dí­a contemos lo sucedido. Contémoslo a nuestros hijos, a nuestros amigos, a nuestros conocidos, a todos los seres humanos.

Recuerda. No somos quienes debemos perdonar. Pero sí­ quienes no debemos olvidar.


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