La escarapela también es del campo ?

10 falacias sobre el conflicto del campo


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La dictadura inolvidable. El alma de los verdugos. Documental completo

El juez español Baltasar Garzón y el periodista Vicente Romero presentaron “El alma de los verdugos”, una investigación sobre la psicología de los dictadores argentinos con entrevistas a víctimas y a torturadores.

El_alma_de_los_verdugosExtraordinario trabajo de investigación periodística sobre la represión de la dictadura argentina, en el que se trata de responder a la pregunta de “quiénes son esas personas aparentemente normales, padres ejemplares o trabajadores modélicos que cada mañana despiden a sus hijos en el colegio para a continuación entrar en un sótano y torturar a un prisionero político”.

A través de entrevistas a numerosas víctimas y de sobrecogedores relatos de los propios verdugos, el juez Baltasar Garzón y el periodista Vicente Romero retratan y analizan la represión más cruenta que ha tenido lugar en América Latina.

Cada capitulo dura alrededor de media hora, es decir que el que tenga ganas de mirarlo deberá hacerse un tiempo para conectarse con algo diferente a alguna película Hollywoodense o algún partido de fútbol de segunda división  ;)

Fuente: Lo bueno si breve dos veces bueno


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La locura ecocida I. Destruir nuestro medio ambiente

Ecosofía: La locura ecocida

Escrito por Luis Tamayo Pérez
18 de Mayo de 2008

QuemabosquesHistóricamente la humanidad ha concebido de maneras muy diversas la locura. Nuestros locos han sido considerados desde portadores de verdad hasta pecadores o enfermos.

De la primera posibilidad contamos con muy diversos ejemplos, desde el caso del sintoísmo oriental hasta la de algunos pueblos mesoamericanos o árabes (para los cuales el loco era un enviado de la divinidad y, por tanto, sus palabras valiosas para la comunidad) o la que refleja la Ilíada en la historia de Casandra, esa que, como bien sabemos, era considerada loca porque no dejaba de gritar a sus conciudadanos que su, hasta entonces, inexpugnable ciudad sería destruida y sus habitantes aniquilados.

La consideración de que nuestros locos son pecadores no es menos antigua. Ruth Padel en su libro A quien los dioses destruyen muestra que la locura fue concebida como un castigo no sólo a partir de la era cristiana sino desde la Grecia clásica. Así, Orestes sufrirá durante años la persecución de las Erinias como consecuencia de su parricidio.

O Dioniso será castigado con la locura por Hera a causa de ser el fruto de la infidelidad de su marido con una mortal. Y el asesinato de la propia descendencia era la manifestación máxima de la locura en la Grecia antigua.

El loco tiene un mensaje a transmitir, incluso a espetar, a la humanidad toda, y mientras su estafeta no sea entregada no puede desprenderse de su estado.

Así como Pierre Bordieu escribió El oficio del sociólogo, en este ámbito es posible tratar de El oficio del loco para referir la importante, aunque olvidada, función social de la locura.

Hace muy poco el Arzobispo plenipotenciario Gianfranco Girotti, en entrevista con L’Osservatore Romano, indicó que el hombre moderno está amenazado por nuevos pecados que tienen un peso más social, como los experimentos genéticos, la contaminación, las drogas y la desigualdad social.

Muy rápidamente la prensa mundial sumó tales pecados a los anteriormente existentes (soberbia, envidia, gula, lujuria, ira, avaricia y pereza). Ante la reacción de la prensa, el Vaticano se aprestó a minimizar el comentario indicando que no había nada nuevo en lo indicado por el arzobispo Girotti.

Y si bien es cierto que el afán de lucro generador de la desigualdad social cabe dentro del antiguo pecado de la avaricia, el abuso de drogas dentro de la gula y la manipulación genética dentro de la soberbia, cuesta trabajo encontrarle lugar entre los anteriormente existentes al pecado de la tendencia humana a contaminar el medio ambiente.

Varios de ellos parecen conjuntarse para producir este último y recientemente nombrado pecado. Esto es así pues la historia humana toda puede considerarse como la lucha a muerte del hombre contra su medio ambiente.

Lucha iniciada desde los albores de la humanidad, cuando el hombre abandonó el mundo de las cosas para vivir en un mundo de palabras, para habitar en la ficción del lenguaje.

Pues este neoteno que somos, vive en un mundo de lenguaje. Y, no sobra decirlo, las palabras no son las cosas.

Como el hombre moderno vive en el mundo de las palabras cree que puede etiquetar a personas y cosas y, de tal manera, hablar “en general” (en términos de conceptos “universales”).

Así encontramos incontables discursos acerca de la naturaleza de “los hombres” (como si todos fuésemos iguales), “las mujeres”, etc. Pensar en tales términos nos permite evitar la angustia que derivada de darnos cuenta de que las cosas son singulares y que “haber conocido una mujer no implica conocerlas a todas”.

Cuando la cosa (eso que Heidegger y Lacan tematizaron como das Ding) asoma su terrible rostro sólo contamos con dos actitudes posibles: la angustia o el asombro.

Al mundo de las palabras ingresamos gracias a nuestra alienación en el mundo del lenguaje, alienación que nos hace identificarnos con fonemas o rasgos de escritura.

Nuestro nombre propio no es sino nuestro ticket de entrada al mundo del lenguaje. Nuestros sueños y anhelos son lenguaje y también muchos de nuestros terrores y obsesiones.

Vivir en el mundo de las palabras nos hace creer en la existencia de la “vida eterna” pues mientras todas las cosas del mundo son transitorias (fallecen o se modifican) las palabras conservan por siempre su lozanía.

Cuando una palabra desaparece, por hacerlo junto a su comunidad de hablantes, no hay a quién le “haga falta”. Pero mientras la comunidad de hablantes existe sus palabras son, para ellos, eternas.

Vivir en el mundo de las palabras, asimismo, nos permite vivir en la ilusión de un universo estable y uniforme. Esto es así porque, a diferencia de las cosas (las cuales constantemente varían en su magnitud), las palabras no menguan.

El vocablo “agua” es el mismo si tengo mil millones de metros cúbicos en mi pozo que si poseo tan sólo un litro. El vocablo “agua” no varía. Vivir en el mundo de las palabras nos permite no prever el agotamiento de nuestros recursos y vivir en esa ilusión… hasta que el destino nos alcance.

Nuestras conductas ecocidas provienen, en buena medida, de vivir ciegos en el mundo de las palabras.

El recientemente nombrado pecado de la destrucción del medio ambiente deriva directamente de nuestro habitar ciego en el mundo de las palabras. Vivir en el mundo de las palabras conduce a que el medio ambiente del neoteno humano sea uno depredado por su incapacidad para mirar la mengua de las cosas, por interrumpir su capacidad de previsión y de pensamiento de largo plazo.

Todo ello produce la denominada “tiranía transgeneracional” que tanto se ha agravado en el último siglo y que no es sino el nombre actual de eso que en la Grecia antigua se consideraba el grado máximo de locura: el asesinato de la propia descendencia.

Bastaron sólo una centena de años para producir una enorme masa de seres humanos estupidizada por los mass media, dependiente de tecnologías que no comprende y pobremente utiliza, incapaz de producir los alimentos que consume y que en nuestro país sólo podemos importar gracias a los recursos petroleros.

Una masa que, como puede apreciarse, es increíblemente vulnerable a las catástrofes ambientales y económicas.

¿Está todo perdido? No necesariamente. Si logramos dar el golpe de timón que la situación requiere quizá podríamos minimizar el daño.

Pero Lacan, sabiamente, nos ha hecho ser más bien pesimistas pues los depredadores ecocidas, esos locos que ejercen la tiranía transgeneracional y han sido denominados recientemente pecadores, tan sólo manifiestan una verdad presente desde los orígenes de la humanidad: el anhelo de control y, en su caso destrucción, continuo, y cada vez más perfecto, del hombre respecto a la naturaleza.

Fuente: La Jornada Morelos

Relacionadas:
   La locura ecocida II
   Carta escrita el año 2070


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Divorcio por desamor… sin culpa de ningún cónyuge

El amor no siempre es más fuerte
29 de Mayo de 2008

Acercamos a nuestros lectores la decisión de la Cámara de Apelaciones en lo Civil que decretó un divorcio sin culpables sino por “desamor“. Los jueces sostuvieron que “no podría saber si el culpable de la separación es el cónyuge que comete el adulterio o el otro, que con su frialdad y su desamor ha provocado aquella reacción”.

Divorcio

La Sala “B” de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Civil revocó la sentencia de primera instancia que decretaba un divorcio con culpa de uno de los cónyuges por haber cometido adulterio. El Tribunal sostuvo que el matrimonio “quebró su convivencia por cuestiones conyugales y no a raíz de hechos extraños” a la unión.

Los camaristas Mauricio Luis Mizrahi, Gerónimo Sanso y Claudio Ramos Feijo sostuvieron en la causa “Mastellone Héctor Andrés y López María Cristina s/ divorcio art. 214 inc. 2do. Cód. Civil” que no se acreditó en autos ni que el señor había comenzado su relación con otra mujer previo al momento de la separación de hecho, ni que haya habido alguna intención entre los casados de reconciliarse, es decir, de retornar a la vida que compartían cuando convivían dentro de un mismo hogar.

Los magistrados entendieron que “el juez no puede conocer lo que ha sucedido en la intimidad del hogar, no podría saber si el culpable de la separación es el cónyuge que “comete el adulterio o el otro, que con su frialdad y su desamor ha provocado aquella reacción”.

En tal sentido, entendieron que señalar un “culpable” y un “inocente” en el marco del proceso del divorcio vincular “podrá constituir tal vez una sentencia arbitraria” y además, podría deteriorar aún más el estado de crisis del grupo familiar.

“La norma jurídica inscribe el hecho objetivo de la separación, por lo que a tal fin le es indiferente las causas que la originaron; claro está en tanto se compruebe la falta de voluntad de unión al menos en uno de los esposos, como requisito indispensable”, dijo el juez Mizrahi.

Según consta en el expediente, la separación de hecho de los cónyuges data de noviembre del 1997 y la culpabilidad que alega la mujer sería en el año 2003, lo que califican los jueces como un “absoluto silencio” de la afectada, que representó “una suerte de consentimiento” hacia la relación extramatrimonial que el actor pudo haber mantenido antes o contemporáneamente al matrimonio.

Así concluyeron los jueces que no existía suficiente acreditación del adulterio, sino “desamor” en el matrimonio y que ésa sería entonces la verdadera causal del divorcio por lo que revocaron la sentencia de primera instancia y ordenaron el divorcio sin culpa de ningún cónyuge. - Dju


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