La locura ecocida I. Destruir nuestro medio ambiente

Ecosofía: La locura ecocida

Escrito por Luis Tamayo Pérez
18 de Mayo de 2008

QuemabosquesHistóricamente la humanidad ha concebido de maneras muy diversas la locura. Nuestros locos han sido considerados desde portadores de verdad hasta pecadores o enfermos.

De la primera posibilidad contamos con muy diversos ejemplos, desde el caso del sintoísmo oriental hasta la de algunos pueblos mesoamericanos o árabes (para los cuales el loco era un enviado de la divinidad y, por tanto, sus palabras valiosas para la comunidad) o la que refleja la Ilíada en la historia de Casandra, esa que, como bien sabemos, era considerada loca porque no dejaba de gritar a sus conciudadanos que su, hasta entonces, inexpugnable ciudad sería destruida y sus habitantes aniquilados.

La consideración de que nuestros locos son pecadores no es menos antigua. Ruth Padel en su libro A quien los dioses destruyen muestra que la locura fue concebida como un castigo no sólo a partir de la era cristiana sino desde la Grecia clásica. Así, Orestes sufrirá durante años la persecución de las Erinias como consecuencia de su parricidio.

O Dioniso será castigado con la locura por Hera a causa de ser el fruto de la infidelidad de su marido con una mortal. Y el asesinato de la propia descendencia era la manifestación máxima de la locura en la Grecia antigua.

El loco tiene un mensaje a transmitir, incluso a espetar, a la humanidad toda, y mientras su estafeta no sea entregada no puede desprenderse de su estado.

Así como Pierre Bordieu escribió El oficio del sociólogo, en este ámbito es posible tratar de El oficio del loco para referir la importante, aunque olvidada, función social de la locura.

Hace muy poco el Arzobispo plenipotenciario Gianfranco Girotti, en entrevista con L’Osservatore Romano, indicó que el hombre moderno está amenazado por nuevos pecados que tienen un peso más social, como los experimentos genéticos, la contaminación, las drogas y la desigualdad social.

Muy rápidamente la prensa mundial sumó tales pecados a los anteriormente existentes (soberbia, envidia, gula, lujuria, ira, avaricia y pereza). Ante la reacción de la prensa, el Vaticano se aprestó a minimizar el comentario indicando que no había nada nuevo en lo indicado por el arzobispo Girotti.

Y si bien es cierto que el afán de lucro generador de la desigualdad social cabe dentro del antiguo pecado de la avaricia, el abuso de drogas dentro de la gula y la manipulación genética dentro de la soberbia, cuesta trabajo encontrarle lugar entre los anteriormente existentes al pecado de la tendencia humana a contaminar el medio ambiente.

Varios de ellos parecen conjuntarse para producir este último y recientemente nombrado pecado. Esto es así pues la historia humana toda puede considerarse como la lucha a muerte del hombre contra su medio ambiente.

Lucha iniciada desde los albores de la humanidad, cuando el hombre abandonó el mundo de las cosas para vivir en un mundo de palabras, para habitar en la ficción del lenguaje.

Pues este neoteno que somos, vive en un mundo de lenguaje. Y, no sobra decirlo, las palabras no son las cosas.

Como el hombre moderno vive en el mundo de las palabras cree que puede etiquetar a personas y cosas y, de tal manera, hablar “en general” (en términos de conceptos “universales”).

Así encontramos incontables discursos acerca de la naturaleza de “los hombres” (como si todos fuésemos iguales), “las mujeres”, etc. Pensar en tales términos nos permite evitar la angustia que derivada de darnos cuenta de que las cosas son singulares y que “haber conocido una mujer no implica conocerlas a todas”.

Cuando la cosa (eso que Heidegger y Lacan tematizaron como das Ding) asoma su terrible rostro sólo contamos con dos actitudes posibles: la angustia o el asombro.

Al mundo de las palabras ingresamos gracias a nuestra alienación en el mundo del lenguaje, alienación que nos hace identificarnos con fonemas o rasgos de escritura.

Nuestro nombre propio no es sino nuestro ticket de entrada al mundo del lenguaje. Nuestros sueños y anhelos son lenguaje y también muchos de nuestros terrores y obsesiones.

Vivir en el mundo de las palabras nos hace creer en la existencia de la “vida eterna” pues mientras todas las cosas del mundo son transitorias (fallecen o se modifican) las palabras conservan por siempre su lozanía.

Cuando una palabra desaparece, por hacerlo junto a su comunidad de hablantes, no hay a quién le “haga falta”. Pero mientras la comunidad de hablantes existe sus palabras son, para ellos, eternas.

Vivir en el mundo de las palabras, asimismo, nos permite vivir en la ilusión de un universo estable y uniforme. Esto es así porque, a diferencia de las cosas (las cuales constantemente varían en su magnitud), las palabras no menguan.

El vocablo “agua” es el mismo si tengo mil millones de metros cúbicos en mi pozo que si poseo tan sólo un litro. El vocablo “agua” no varía. Vivir en el mundo de las palabras nos permite no prever el agotamiento de nuestros recursos y vivir en esa ilusión… hasta que el destino nos alcance.

Nuestras conductas ecocidas provienen, en buena medida, de vivir ciegos en el mundo de las palabras.

El recientemente nombrado pecado de la destrucción del medio ambiente deriva directamente de nuestro habitar ciego en el mundo de las palabras. Vivir en el mundo de las palabras conduce a que el medio ambiente del neoteno humano sea uno depredado por su incapacidad para mirar la mengua de las cosas, por interrumpir su capacidad de previsión y de pensamiento de largo plazo.

Todo ello produce la denominada “tiranía transgeneracional” que tanto se ha agravado en el último siglo y que no es sino el nombre actual de eso que en la Grecia antigua se consideraba el grado máximo de locura: el asesinato de la propia descendencia.

Bastaron sólo una centena de años para producir una enorme masa de seres humanos estupidizada por los mass media, dependiente de tecnologías que no comprende y pobremente utiliza, incapaz de producir los alimentos que consume y que en nuestro país sólo podemos importar gracias a los recursos petroleros.

Una masa que, como puede apreciarse, es increíblemente vulnerable a las catástrofes ambientales y económicas.

¿Está todo perdido? No necesariamente. Si logramos dar el golpe de timón que la situación requiere quizá podríamos minimizar el daño.

Pero Lacan, sabiamente, nos ha hecho ser más bien pesimistas pues los depredadores ecocidas, esos locos que ejercen la tiranía transgeneracional y han sido denominados recientemente pecadores, tan sólo manifiestan una verdad presente desde los orígenes de la humanidad: el anhelo de control y, en su caso destrucción, continuo, y cada vez más perfecto, del hombre respecto a la naturaleza.

Fuente: La Jornada Morelos

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6 Comments »

  1. 1
    sonia Says:

    pueden ayudarme a encontrar mas noticias sobre el hombre destruyendo el medio ambiente?

  2. 2
    Maribel Says:

    Qué bueno… gracias

    … “la tendencia humana a contaminar el medio ambiente”… = “LA PEREZA”, = ignorancia = falta de conciencia = lo inevitable, aunque se vea venir de lejos…

  3. 3
    fany Says:

    hola el medio ambiente está contaminado de cosas horribleeeeeeeeeeeeees com elm sexooooo

  4. 4
    lupita Says:

    Hola pues que mal que ya no haya extinciones por que sino nos quedarían muy pocos animales

  5. 5
    Francisco Z.Lantos Says:

    8) Destrucción de nuestro medio ambiente natural, flora y fauna de nuestro planeta: Antes de la revolución industrial, en la época del Renacimiento la población del mundo ha sido distribuido de nuestro planeta en asentamientos humanos (ciudades y poblados) de escala humana, definidas en sus tamaños ordenadas en sus estructuras, funcionales en sus distribuidas y uso, expresando sus contenidos con sus formas y relacionadas en perfecta armonía con su medio ambiente.

    Las ciudades y poblados eran compactas, respetando formalmente las características geográficas y climatologicas de la Naturaleza circundante donde se construian, realzado con su unión, a base de contraste, la belleza del medio ambiente con lo que formaban parte integrante.

    Esta perfecto relación entre la obras creadas por el hombre y de la Naturaleza, con el empiezo de la revolución industrial de nuestras civilizaciones estaba perturbándose y tal como iban creciendo la materialista “filosofía del mundo y de la vida”, de los hombres y el anormal crecimiento y consumo de energía de la población del mundo, nuestros asentamientos humanos han perdido su escala humana y el anterior tamaños y formas perfectas, llegando hoy a unos indefinidos aglomeraciones dispersado arbitrariamente en el espacio de la Naturaleza, creando unos vulgares conurbaciones, en las que se fusionaron 30-60 ciudades y poblados en una extensión de 50-80 Km., y algunos de estos de tener ya 5-40 millones de habitantes, en los que no se ve donde se termina la “ciudad”, y empieza el paisaje, sintiendo un caos y fealdades, tanto dentro de este aglomeración artificial, como en el paisaje circundante.

    Para evitar que empeore aún más esta situación, tenemos que abandonar nuestra política de permitir que nuestras “ciudades” se proyecten y construyen, basada en los intereses creados, que permite su crecimiento indefinido, sino dirigir las construcciones de nuestros nuevos tipos de ciudades y poblados, exigidos por las justas e intrínsecas necesidades de nuestra naturaleza psicosomática, con los que evitaremos que nuestras ciudades existentes continuaran extendiéndose arbitrariamente, y destruyen la belleza natural del medio ambiente con lo que forman una unidad única, y si lográremos cambiar nuestro erróneo modo de vida, y recuperar el perfecto estado de nuestra naturaleza especial humana se restablecerá también el perfecto equilibrio entre la flora y fauna en nuestro planeta.

  6. [...] de crisis económica actual (que no de recursos, recordemos) y que nos tiene inmersos en la locura ecocida. [...]


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