Después de la Segunda Guerra Mundial Checoslovaquia suministró armamentos a los judíos que proclamaron en 1948 el Estado de Israel. En esta edición les contaremos cómo nació la idea de volver a crear un Estado hebreo en Palestina, un territorio habitado mayoritariamente durante siglos por árabes, y a qué circunstancias se debió la ayuda militar checoslovaca al naciente Estado judío.
La idea de volver a crear en Palestina un Estado hebreo empezó a ser promovida a finales del siglo XIX por un judío centroeuropeo.
Su nombre era
Theodor Herzl. Este
periodista austríaco,
corresponsal parisino del
periódico vienés Neue Freie Presse,
quedó consternado al
presenciar en la
capital francesa la
violenta histeria antisemita,
provocada por el proceso contra el
capitán Alfred Dreyfus, de origen judío,
acusado injustamente de espionaje.
Fue el impulso para que
Herzl convocase a la ciudad suiza de
Basilea el
primer congreso sionista que
trazó como su objetivo renovar tras 19 siglos el Estado judío.
Después de la
muerte de Herzl, en
1904,
encabezaron el
movimiento sionista Chaim Weizmann,
científico oriundo de
Rusia, que
residía en
Inglaterra, y el
destacado jurista estadounidense,
Louis Brandeis, cuya familia procedía de
Bohemia.
El político checoslovaco, Tomáš Garrigue Masaryk, se encontró con Louis Brandeis durante la Primera Guerra Mundial en los Estados Unidos donde éste se desempeñaba como magistrado del Tribunal Supremo y era amigo personal del presidente Wilson.
Masaryk entabló contactos también con otros líderes sionistas que lo respaldaron en su lucha por la independencia de Checoslovaquia.
Cabe recordar que durante la
Primera Gran Guerra que había estallado en
1914, las
tierras checas y
Eslovaquia formaban todavía parte del
imperio austro-húngaro.
Masaryk apoyó el esfuerzo de los
líderes judíos por la creación de un país hebreo en Palestina, que
en aquel entonces estaba
controlada por
Turquía.
Durante la Primera Guerra Mundial las legiones checoslovacas combatieron en el extranjero contra la coalición de Alemania, Austria-Hungría y Turquía.
Una
brigada judía internacional combatía en
Oriente Próximo bajo el mando británico contra el mismo enemigo: las
tropas germano- turcas que amenazaban el
Canal de Suez.
La
victoriosa contraofensiva británica liberó en
1917 la
parte sur de Palestina. En noviembre de ese año, el
ministro de RR EE de Reino Unido, lord
Balfour,
publicó una declaración en la que el
Gobierno británico asumía el compromiso de apoyar la creación de un Hogar Nacional Judío en Palestina.
Terminada la
Primera Guerra Mundial, la
Sociedad de Naciones,
antecesora de la
ONU,
confirmó el
mandato de
Gran Bretaña para la
administración de Palestina.
También en los años 20, cuando se desempeñaba como el primer presidente checoslovaco, Tomáš Garrigue Masaryk siguió considerando justa la aspiración de los judíos a tener un Estado propio.
En 1927 visitó Jerusalén donde se entrevistó con el rabino Sonerfeld y otros líderes sionistas.
En 1930, con motivo del 80 cumpleaños de Masaryk, fue plantado en su homenaje en Palestina un bosque que lleva hasta la actualidad su nombre, al igual que un kibutz al norte de Israel.
El tema de la creación de un Hogar Nacional Hebreo en Palestina volvió al primer plano al término de la Segunda Guerra Mundial cuando los supervivientes judíos de los campos de concentración y de los guetos no tenían adónde ir.
Sus familiares habían perecido en las cámaras de gas, su patrimonio había sido robado por los nazis.
Además, los
judíos del
Centro y
Este de
Europa no querían regresar a sus países de origen donde tomaron el poder regímenes comunistas y donde
existía un antisemitismo latente. Por ejemplo,
70 mil judíos abandonaron a la católica Polonia y con ayuda del Gobierno checoslovaco se trasladaron a Alemania Occidental,
ocupada por las
tropas estadounidenses, francesas y británicas.
Esperaban que desde allí les sería más fácil emigrar a los Estados Unidos o a Palestina. Querían salir del continente europeo donde los nazis exterminaron a 6 millones de judíos.
La Administración estadounidense no estaba dispuesta a abrir su país a una inmigración masiva de judíos, afirman los historiadores. Por eso presionó a Gran Bretaña a que ampliara los cupos para inmigrantes en Palestina.
Los británicos se resistieron porque temían, y con fundamento, que un intenso aflujo de inmigrantes judíos a las tierras habitadas durante siglos por árabes, pudiera provocar caos e incluso desencadenar una guerra.
Pero la opinión de Gran Bretaña, una potencia colonial en declive, ya no valía.
Después de la Segunda Guerra Mundial irrumpieron en la arena mundial dos superpotencias, Estados Unidos y Unión Soviética, que aspiraban a expandir su dominio a la estratégica área de Oriente Próximo. Ambas empezaron a jugar con la carta judía para ganar la hegemonía en la región.
El
líder soviético Stalin procuró ganar en Oriente Medio un aliado.
Desconfiaba, sin embargo, de
los partidos comunistas árabes que,
a su juicio,
estaban bajo influencia británica.
Reanudó entonces las
relaciones con las
organizaciones sionistas que
había contactado ya en los años 30.
Así esperaba obtener influencia en la región, parar el avance de los ambiciosos estadounidenses y obtener dividendos políticos entre la diáspora judía en el mundo.
En la sede de la
ONU, en
Nueva York, la
Unión Soviética inició en
mayo de 1947 una
sorprendente ofensiva diplomática a
favor de la creación de un Estado judío. El
representante soviético,
Andrei Gromyko, argumentó con la
difícil situación de centenares de miles de personas que después de la contienda bélica no tenían hogar.
Seis países árabes declararon inmediatamente la
guerra al nuevo Estado. La
Unión Soviética siguió apoyando a su aliado hebreo y así
pasó por alto el destino de casi 700 mil palestinos expulsados del territorio, ocupado por Israel.
En diciembre de 1948 Moscú votó incluso en la ONU contra la resolución que posibilitaría a los refugiados palestinos regresar a sus tierras o percibir una compensación financiera.
Tanto
por sus tradicionales lazos con la comunidad judía como por
ser un fiel aliado soviético,
Checoslovaquia suministró armamentos al
naciente Estado de Israel. El
primer contrato fue
suscrito con los
emisarios israelíes en
enero de 1948.
Checoslovaquia vendió a los israelíes ametralladoras, fusiles y municiones, así como 29 cazas Avia y 61 aviones Spitfire. En los aeródromos checoslovacos se entrenaron pilotos y otros especialistas israelíes.
Israel adquirió en
Checoslovaquia armas por
20 millones de dólares.
“Estos armamentos nos salvaron”, solía repetir el dirigente israelí,
David Ben Gurion. Los
suministros se
realizaron de
manera secreta porque
la ONU había decretado su embargo sobre la venta de armamentos a Palestina.
En 1949 ganaron las elecciones en Israel las fuerzas prooccidentales.
Stalin comprendió que su plan de instalarse en Oriente Próximo por intermedio de Israel había fallado. De la noche a la mañana, el Estado de Israel se transformó de amigo en enemigo.
En la
Unión Soviética volvió a desatarse otra de las
feroces campañas contra el sionismo que
no tardó en propagarse a
Checoslovaquia. Como
supuesto agente del sionismo acabó su
vida en la horca, entre otros, el
secretario general del Partido Comunista,
Rudolf Slánský, de
origen judío.
Los mejores amigos del bloque comunista en Oriente Próximo serían en adelante los países árabes…
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Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.
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