Soberbias y clases medias
lunes 29 de junio de 2009
Sobre nuestro rostro, sonoro y picante, el sopapo de la tan mentada derrota cultural. Llegándonos con dimensiones que la imaginación más pesimista no hubiera anticipado, con facciones oscuras y difusas, como una entelequia convertida súbitamente en garrotazo terrenal al occipital: despabilate, todo terminó, perdiste.
Somos una raza atípica, tal vez un resabio de un amplio imaginario colectivo resistiendo la extinción, dueños de ideologías que otrora fueron reinas, hoy parias incomprendidas.
Siempre entendimos que en política importaban los objetivos: hacia eso estaban trazadas las líneas. Usábamos palabras que parecían acuñadas para nuestro uso exclusivo: sistemas políticos, modelos, matrices de acumulación económica; idioma pintoresco, incomprensible dialecto para Doña Rosa. Importaban los fines, el “hacia donde”.
Entendíamos que la política tenía un “para quien” –lease: un sujeto que debía resultar ganancioso del conflicto de intereses con su antagonista- y jugábamos para un bando: fuimos militantes de un pueblo idealizado que reclamaba su parte de riqueza, que era explotado y que en esa explotación –torpemente velada, prontamente evidente- comprendería sin necesidad de palabras su papel en la disputa.
Todo era cuestión de quien, de para quien y, sobre todo, de hacia donde. No importaba el como: es el rasgo taxonómico más notorio de nuestra genealogía. Y nos derrotaron, una vez más; un puñado de sal sobre la carne herida.
Es que en el túmulo derruido de la ideología del conflicto y la lucha de intereses, germinó una nueva clave, que difícilmente queramos comprender: la política quedó reducida a un juego gestual, a una estampita sonriente vendida al buen gusto de las almas cándidas.
Casi un torneo de monigotes que culmina con la coronación de las formas alzándose victoriosas sobre las cuestiones de fondo: hoy importa más la corrección de apariencias de un Macri que a la hora de ubicarse junto a Michetti elige estar sentado en un banquito –entiendo, para que no se note que, por razones obvias, es más alto que Michetti; como si Kirchner hubiera elegido mantener la mano derecha quieta y todo el tiempo metida en el bolsillo- y hablando con carisma ya no de líder político, si no de maestra jardinera.
En la Provincia de Buenos Aires, nos ganó un candidato que tiene un imitador más famoso que él mismo. Un tipo que no tiene la capacidad de entender que decir que el mejor gobierno de Perón fue el tercero corresponde a uno de los desatinos intelectuales más frondosos de la historia política argentina.
Que acompañó a Ménem en el 2003, pero prometió estatizar todo rubro de la producción y los servicios para luego desdecirse por intermedio de emisarios ante el establishment. Un legislador que no legisla, pero no importa: porque lo importante era castigar la soberbia de una oradora que puede dar un discurso de una hora sin perder el hilo y sosteniendo la coherencia.
Todo este desatino formal del oficialismo –creer que el conflicto es condición sine que non para revertir las cuestiones de fondo, hacer gala de ideología y coherencia, plantear que no hay nueva Patria emergente si no es desde la profundización del cambio en la matriz de acumulación económica- se paga caramente.
Porque supera la capacidad intelectual del votante medio, y por lo tanto, ofende su mediocridad.
¿Cómo no va a a ofender una mujer exitosa y bella, inteligente y firme, que además ni siquiera les regala el gusto de no tener hijos o una soltería deprimente?
La oposición eligió el fértil campo del vacío absoluto, que debería leerse como deliberado ocultamiento de intereses, si esto no fuera otro alarde de obsoleta analítica, que el gran votante calificado y descalificador de la clase media argentina marida automáticamente con la cháchara politiquera propia de los soberbios.
Sólo el gobierno propuso discutir modelos; del otro lado, apenas Macri trastabilló torpemente, recomendando la novedad de que privatizar es ahorro y negocio para el pueblo, y tuvo el tino de callar prontamente.
Será innegable que perdimos contra el establishment, las patronales del agronegocio, el gran monopolio mediático, la iglesia y los resabios del partido militar; en suma: contra la derecha inveterada que sabe moverse en el vacío como pez en el agua, que sabe proponer slogans y carteles vacíos, que sabe operar y destruir como un boxeador dispuesto a una sucesión interminable de rounds de desgaste al oponente.
Pero también asumiremos que hay un pueblo que se parece cada vez menos al que soñamos todas las noches cuando apoyamos la nuca contra la almohada, y que hace gestos inequívocos de hallarse gustoso en esta cultura del individualismo y la sospecha permanente ante lo colectivo.
Fuente: El Moscardón
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Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.
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