El hombre mediocre o el buen hombre
07 de Julio, 2009
Columnistas – Juan Pedro Manghera
Mediocre: D.R.A.E.: En su primera acepción: “de calidad media”, pero el término, históricamente, tiene mala prensa y fue masivamente asociado a la persona de poco mérito y de escasa aspiración.
Me propongo otra mirada más benévola sobre las personas comunes que son las que cotidianamente mantienen la convivencia y el bienestar social.
Esta es una sociedad en la que hay que triunfar a cualquier precio casi como condición de vida, como si la Cultura que nos alberga no aceptara la mediocridad; o sea, el término medio, cuando en realidad éste es el parámetro de vida en la comunidad.
- “Profesor cómo se triunfa, cómo se llega al éxito”…
-” Sinceramente, no sé, más aun no me interesa el éxito o sobresalir sobre los demás, si eso representa el éxito”.
La historia de esta idea arranca en el aula en un intento de aprender a hablar con un grupo de chicos jóvenes que interpelan a sus adultos buscando respuestas de vida, y a quienes malogro por mi asumida y reconocida mediocridad.
A continuación, y en mi carácter de docente, los invito a reflexionar sobre el tema dándoles mi punto de vista.
El hombre mediocre o el buen hombre siempre está provisto de una dosis de timidez, de un ingrediente de vergüenza o de una cuota de pudor.
Lo acompaña la tolerancia y la autocrítica 0, ya que acepta sus debilidades y fragilidades porque se sabe contradictorio, imperfectible y sin afán de coherencia. No lo impulsa la envidia o el rencor porque sabe de sus limitaciones.
Está convencido de equivocarse varias veces porque “meter la pata” lo hace más humano e inevitablemente, de este modo, se resguarda en la ética del sentido común, que no es comodidad sino un cacho de autopiedad y perdón a los renuncios humanos.
Comprende que el hombre en su empecinamiento por ser coherente, de no contradecirse, de ser infalible, lleva a los perfeccionistas a la intolerancia y a otros males mayores. Nunca estará en el filo del exceso o la extravagancia porque su modelo de vida es vivir y dejar vivir, en todos los géneros y edades.
Cómo ser un hombre exitoso
Ser un triunfador es una tarea “enfermiza” y para personas excedidas de revoluciones, porque es la pretensión, nada menos que de ser diferente, de ser distinto y, para serlo, hay que ajustarse con puntualidad a los nuevos códigos de este mundo actual de extremos: ansiedad extrema, desbordes extremos, insatisfacción extrema, y búsqueda alocada del éxito máximo, siempre inalcanzable en una carrera interminable.
Ser triunfador es instalarse en una condición imaginaria de superior, sentirse más ante los demás por encima del hombre medio(cre) y común.
Investirse de un talento propio, que como un don personal lo ubica en otra dimensión social, desde donde pretende mirar al resto con una mirada oblicua, que acrecienta su ego y lo hace el centro de su propia vida.
Sus características personales lo llevan a tener:
- Un ego inflado, mostrado con sobrecargado exhibicionismo y forzada apariencia. Necesita atraer la atención de terceros para ser tenido en cuenta, tiempo completo.
- Ansiedad sostenida en apetencias insaciables, que nunca cubren su línea de equilibrio.
- Apuro de vivir precipitadamente porque sus objetivos de vida no tienen límite, no puede marcar un principio y final de algo.
- Disconformidad creciente, con una severidad excesiva que le quiebra la espontaneidad y, por ende la capacidad de amar a otros.
- Compulsividad de liderazgo que lo hace innecesariamente competitivo. Obsesión por ser primero aunque el motivo fuere banal.
- Sin actitud previsora porque erotiza el riesgo, que es el que le da mérito.
- Adictos al éxito, porque en lugar de proyectos humanos a compartir, tienen desafíos con su propia personalidad.
En definitiva, el edificio espiritual de un triunfador de estos tiempos, nos delinea la presencia de un prospecto humano muy exigido ante lo paradigmático del triunfo y su profunda dificultad para convivir comunitariamente.
El referente Evangélico
Las raíces de este panorama humano morboso, se hunden en la letra bíblica, y curiosamente el referente religioso es una trampa despiadada de insaciabilidad que ya sienta sus precedentes para brotar con furia en nuestros tiempos.
En Mateo 18 y 25, la palabra evangélica nos invita, autoritariamente, a hacer uso de los talentos y a castigar sin piedad a aquellos que renunciaran a no usar lo que Dios le legó como un don.
La tarea es triunfar como un compromiso irrenunciable a riesgo de ser castigados severamente por el Padre Supremo: …
“Quitadle pues el talento y dadle al que tiene diez talentos. Porque al que tiene le será dado, y tendrá más, y al que no tiene, aún lo que tiene le será quitado. Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera, allí será el lloro y el crujir de dientes.”…
Sin temor a equivocarme veo los inicios, en esta marca evangélica, de los siniestros comienzos de la búsqueda desenfrenada del éxito, como actitud egoísta e individual frente al prójimo.
Entiendo como hombre mediocre o buen hombre, y lo comparto como docente, que la vida es un regalo para compartirla en convivencia y nuestra tarea humana no es obsesionarnos por el éxito en sí mismo, sino cuanto de calidez común podemos desarrollar con los otros, en nuestra situación de padres, de hermanos, de vecinos, de pedagogos, de políticos, de gobernantes, de ciudadanos, de creadores y en esa dimensión si acierta el evangelio cuando invita a triunfar en la caridad como condición esencial de la vida y del planeta.
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Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.
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