El lenguaje militar en la medicina
La medicina está acostumbrada al uso de un lenguaje militar y mecánico. De tan incorporado y automático, pasa por desapercibido. Explorémoslo más en profundidad.
Nosotros y el mundo en que habitamos se crean a partir del lenguaje. Él organiza nuestras vivencias, refleja los pensamientos y las formas de conciencia. Así y todo, esta palabra que engendra al mundo puede, de acuerdo a su contexto, significar cosas diferentes, o bien cargar por sí misma con el peso de la connotación, tras la cual se esconden fragmentos de ideología.
La medicina está repleta de metáforas ligadas a estrategias agresivas o militares.
Para partir desde la base, al hablar del cáncer el paciente es una víctima, duplicando así su carácter pasivo respecto a la situación. El organismo cae bajo las garras de un ataque invasivo, el tratamiento es un contraataque que pulveriza las células enemigas.
Incluso muchos llaman guerra química a la Quimioterapia y a la arsefenamina se le dio el rótulo de “bala mágica” en sus inicios. El lenguaje militar está tan expandido que se llegó a naturalizar por completo, olvidando que su empleo mismo puede ocasionar que se desencadene una serie de emociones y sensaciones desagradables que dificultan la pronta recuperación.
Si bien lo que se busca es lograr un estado de equilibrio en el paciente, a la hora de llevarlo a las palabras se prioriza la batalla que el cuerpo debe ganar, aplicando la lógica del sargento: combatir, vencer, conquistar.
Los tratos no tan amenos que reciben las personas en los hospitales guardan estrecha relación con la deshumanización, así, la relación médico-paciente se torna impersonal, más distante de lo que sería prudente. Esto se puede ver con claridad en la patologización de las personas, al borrar su nombre y cambiarlo por la enfermedad: Mario López es, en el hospital, la fractura de la cama 17.
Las cosas existen sólo cuando alguien las nombra, y respecto al uso del lenguaje militar en la medicina, siquiera puede decirse que el asunto se susurre a media voz: el silencio es total. Pero no sólo los pacientes caen en esta despersonalización, sino también los mismos médicos: la jerarquía de las residencias hace que cada residente se nombre con la letra erre seguida de un número.
Y esta peste se extiende incluso a las instalaciones: guardias, consultorios de alto, mediano y bajo riesgo.
El lenguaje modifica el modo en que se percibe el medio que nos rodea.
Cambiar el lenguaje es, entonces, cambiar el mundo. Si se altera la conciencia de los médicos, de rebote sucederá lo mismo con la opinión pública.
Y esto, ¿con qué fin? Simple: el pasar de una actitud pesimista a una optimista, borrando la carga bélica y negativa del lenguaje médico, pueden aumentar las posibilidades del paciente para mejorarse.
La recuperación es más simple cuando se alienta y apoya al enfermo, cuando el médico deja de verlo como un despertador averiado y se digna a darle el rol que merece como persona, no reduciéndolo ya a un nombre en una planilla, un diagnóstico y un tratamiento.
Agustina Jazmín
agustina.jazmín@mancia.org
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Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.
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La verdad, leí el titulo, y la verdad, aunque los médicos se resistan, los pacientes somos clientes, y, hay que mirarlo desde esa óptica, va a tardar, pero, llegará el momento