LUEGO DE LAS POLÉMICAS DECLARACIONES DEL EX PRESIDENTE
La sinceridad de Duhalde y el “problema” de la inseguridad
Por Edgardo Mocca
Lanzada su precandidatura presidencial, Eduardo Duhalde promete una renovación política en la Argentina. Los aspectos más salientes ya conocidos de su propuesta son el empleo de las Fuerzas Armadas en la seguridad interior y la presencia de Luis Barrionuevo como figura de recambio en los primeros planos de la estructura sindical.
Seguramente, en los meses que le quedan hasta el comienzo de la campaña electoral seguirá desplegando su arsenal de novedades políticas capaces de entusiasmar a los sectores más democráticos de nuestra sociedad y galvanizar así su oposición al populismo kirchnerista.
Más interesante que la discusión -por ahora irrelevante- sobre las posibilidades electorales del ex presidente provisional, es la percepción de los temas que propone al debate público.
Sus dichos tienen la rara virtud de poner negro sobre blanco algunas de las tensiones que subyacen al incesante bombardeo mediático de oposición.
No es políticamente correcto colocarse en la defensa de las “humilladas” Fuerzas Armadas; es decir en el cuestionamiento de los juicios en marcha al terrorismo de Estado. Mucho menos aún lo es rebelarse contra una de las más importantes conquistas de la democracia, como es la ley 14.059, que excluye a las Fuerzas Armadas de funciones en materia de seguridad interior.
No es el ciclo corto del kirchnerismo lo que se discute: es la democratización de la sociedad, incluidas las fuerzas armadas, iniciada en 1983. Es por eso que son raras las voces con cierto impacto político que se animan a poner en la agenda esos temas; se limitan a algunos círculos de nostálgicos de la dictadura militar y a personajes políticos menores como Melchor Posse o Diego Guelar.
Duhalde cree que ha llegado el momento de reabrir el tema, lo que tal vez esté abriendo un capítulo de sinceramiento de la discusión política, superador de los sonsonetes sobre los malos modales del gobierno o la “caja kirchnerista”.
Sería muy sano para la democracia que esa discusión se abriera. Evitaría la incubación de un proceso de recambio político apoyado en una sustracción del debate.
Pondría freno a tanto consensualismo vacío, a tanta apelación a Pactos de la Moncloa que esconden detrás de atractivos eslogans el simple y puro regreso a la “Argentina normal” del ajuste económico, de la capacidad de veto de los poderes fácticos, de una “paz social” sustentada en el silenciamiento sistemático de los perdedores.
No es extraño que la seguridad sea la voz de orden de la “Argentina normal”. Ya que estamos en verano y están de moda los comentarios sobre lecturas y relecturas, vale traer a cuento algunas reflexiones valiosas sobre la cuestión. Pertenecen a Zygmunt Bauman y están en el libro En busca de la política (Fondo de Cultura Económica, 2001).
Dice el autor que Freud, en su Malestar en la cultura utiliza, para explicar la construcción del gran edificio de la cultura (occidental) la palabra alemana sicherheit, que ha sido sistemáticamente traducida como seguridad.
La cultura sería el proveedor central de seguridad “con respecto a los muchos peligros que proceden de la naturaleza, del propio cuerpo y de las demás personas”.
Ahora bien, la mencionada palabra alemana condensa, según Bauman, los significados de tres vocablos, “seguridad”, “certeza” y “protección”.
Seguridad significa que lo que hemos ganado seguirá en nuestro poder, que el mundo es estable y con él lo son los modos y las habilidades necesarias para enfrentar los desafíos de la vida.
Certeza es el conocimiento de la diferencia entre lo útil y lo inútil, lo correcto y lo incorrecto.
Protección quiere decir que si nos comportamos correctamente ningún peligro extremo afectará nuestro cuerpo, nuestro hogar y nuestras propiedades.
No es difícil percibir que todo el contenido de la sicherheit freudiana se ha conmovido mundialmente en los últimos 30 años; siempre según el autor de estas reflexiones, la humanidad tiende a invertir el intercambio que describiera el padre del psicoanálisis: ha vuelto a poner la libertad como valor central y sacrificado, en consecuencia los pilares de la seguridad, la certeza y la protección.
Ese proceso al que se ha codificado como “globalización” y que constituye un gigantesco cambio productivo, cultural y social ha conmovido todas las certezas, vaciado todas las certezas y reducido la siempre imaginaria seguridad de nuestros cuerpos.
Las elites políticas, en estos últimos años han aprendido a convivir con el capitalismo global, financiarizado y mediatizado de nuestros días.
Aceptan y hasta hacen el elogio de la incertidumbre a la que, aconsejados por los expertos económicos, han aprendido a llamar con los más atractivos nombres de “responsabilidad”, “transparencia” y “flexibilidad”.
Especialmente durante la década del 90 se han ejercitado en expresar las ambiciones y los temores de los ganadores de la competencia y en amonestar a los perdedores llamándolos a adquirir los hábitos de la eficiencia y la innovación.
Es decir se han resignado a ser funcionarios de la incerteza y la inseguridad en cuanto a las reglas del trabajo, a la desocupación, a la desaparición de prácticas y saberes, al descompromiso del Estado con relación a quienes quedan fuera del juego.
El nuevo contrato político de la era global se ha centrado en la cuestión de la protección: más policías, más dureza del código penal, menos garantías para quienes amenazan a los cuerpos y a las propiedades, siempre en referencia a los delincuentes de los bajos fondos y no a los vaciadores de empresas o a los tahúres del casino financiero.
Los Estados nacionales, según este relato de época, no pueden hacer nada ante los gigantescos flujos financieros que recorren instantáneamente el planeta. Tampoco, en consecuencia, pueden hacer nada en defensa de las fuentes de trabajo, de la dignidad de su pago y de su estabilidad. Lo prohiben las leyes no escritas del capitalismo global.
En realidad, tampoco pueden tener demasiada efectividad en el combate de la delincuencia, con frecuencia protagonizada por poderosas redes trasnacionales. Pero, en este último aspecto todavía les queda la capacidad de crear ilusiones.
De construir lo que el jurista León Arslanian llama el “fetichismo de la norma penal”, es decir la idea de que los delincuentes -sistemáticos estudiosos de la ley como se sabe que son- procederán a disminuir su actividad ante la amenaza de más tiempo de cárcel en los poco frecuentes casos en que son descubiertos.
Disponen hoy, además, de canales televisivos “independientes” que ocupan buena parte de sus 24 horas de pantalla transmitiendo en detalle los peores crímenes y recogiendo las propuestas penales de los allegados a las víctimas.
Han construido el llamado “problema” de la seguridad, lo que implícitamente postula la existencia de una “solución”, generalmente asociada a una mayor “libertad” de la policía para reprimir. La desastrosa experiencia de la provincia de Buenos Aires bajo el imperio de la mano dura de Carlos Ruckauf no alcanza para persuadir a los histéricos.
Por el contrario, y lamentablemente, la administración provincial ha producido una marcada involución que facilitó en los últimos tiempos la reaparición de las peores prácticas de “la bonaerense”.
Duhalde es un reconocido lector de encuestas. Sabe que su propuesta será maltratada públicamente pero tiene un potencial transgresor con mucha llegada al “ciudadano de a pie”.
La imaginación represiva y la nostalgia de un orden ejercen su magnetismo en la sociedad argentina. Es un acto de sinceridad del ex presidente ponerlos en escena. Claro está, es una horrorosa sinceridad.






