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Laclau. Presidencialismos fuertes son motor de cambio en América Latina

agosto 16, 2010

ENTREVISTA CON EL FILOSOFO ERNESTO LACLAU, AUTOR DE LA RAZON POPULISTA
“Vamos a una polarización institucional”

17–05–2010 / Laclau sostiene que el proceso político en Argentina tiende hacia “un sistema relativamente estable” dividido en dos ejes, centroizquierda y centroderecha. Critica “la parlamentarización del poder” y aboga por presidentes fuertes como motor del cambio en Latinoamérica.


Por Javier Lorca

LaclauAunque hace más de 3 décadas vive en Inglaterra, cada mañana Ernesto Laclau cumple con el rito de leer los principales diarios argentinos para seguir de cerca la política nacional.

“La Argentina está evolucionando hacia una polarización dentro de un sistema institucional”, dice en esta entrevista, pero aclara que no cree que, por lo menos por ahora, las identidades mayoritarias se ordenen alrededor de la dicotomía kirchnerismo / antikirchnerismo.

Con una mirada macro sobre la situación latinoamericana, y con afán polémico, aboga por “presidencialismos fuertes” para enfrentar los avances conservadores a través de “la parlamentarización del poder”.

– ¿Las identidades políticas hegemónicas hoy en Argentina están configuradas en torno del eje kirchnerismo-antikirchnerismo? ¿Por qué?

No creo que las identidades hayan llegado a constituirse en torno de ese eje, porque el kirchnerismo todavía no ha logrado crear una frontera interna en la sociedad argentina que divida al campo popular del otro campo.

El peronismo clásico dividía a la sociedad en esos términos, el chavismo en Venezuela y Evo en Bolivia dividen a la gente en esos términos.

El kirchnerismo no ha llegado al punto de cristalización de una identidad popular que divida a la sociedad de esa manera, aunque hay indicios de que el proceso está avanzando en ese sentido. Pero es un proceso que no está cerrado.

– ¿Por qué se están produciendo esos indicios?

En qué sentido?

– Por ejemplo, algunos discursos relacionan ese proceso con una voluntad belicosa del kirchnerismo, otros…

Esa idea de una voluntad belicosa del kirchnerismo se liga a la idea de que hay un autoritarismo kirchnerista. Es un discurso frecuentemente presentado por la derecha, la idea de que hay una tendencia autoritaria en los regímenes populistas latinoamericanos.

Mi respuesta es que, si hay un peligro de deriva autoritaria en los regímenes políticos latinoamericanos, esa deriva no está dada por el populismo sino por el neoliberalismo.

Un régimen autoritario fue el de Pinochet en Chile, que fue la forma para que el programa de ajuste de los Chicago Boys fuera implementado. Un régimen autoritario fue el de Videla, la condición necesaria para aplicar el plan de Martínez de Hoz.

Ahí es donde hay que buscar el peligro del autoritarismo, y no en los populismos, que han sido regímenes que han intentado incorporar a las masas y no han afectado las bases del sistema institucional.

– ¿Hacia dónde cree entonces que va el proceso político nacional?

El espectro político tiende a la polarización, pero la polarización no ha encontrado su límite ni su forma definitiva. La Argentina está evolucionando hacia una polarización dentro de un sistema institucional. Puede parecer un poco optimista, pero creo que es así. De a poco se está llegando a una situación de un país vivible, con un sistema político relativamente estable, en el que va a haber un centroizquierda y un centroderecha.

De un lado y de otro va a haber también unos loquitos marginales. Por centroderecha estoy pensando que podría crearse un espectro opositor viable electoralmente, un tándem entre –menciono nombres tentativos, sólo como ejemplo– Ricardo Alfonsín y Hermes Binner.

Me dirán que Binner no es de derecha; claro que su ideología no es de derecha, pero muchas veces una fuerza política puede jugar un papel estabilizador dentro del statu quo aunque su ideología no corresponda exactamente.

Por ejemplo, el Partido Comunista era parte de la Unión Democrática de 1946. En la Argentina actual pienso que la derecha galopante no va a poder presentar una fórmula política viable, entonces puede mover su apoyo hacia una formación de centroderecha. Más a la derecha, puede haber figuras como Lilita Carrió o gente así, que va a representar un papel marginal, sin significación.

– ¿Y del otro lado?

En el centroizquierda, la única opción viable es el kirchnerismo. Con una transversalidad real y creíble –no como la que llevó a Cobos–, el kirchnerismo puede ser un factor aglutinante. Como con Carrió a la derecha, también habrá fórmulas de izquierda aberrantes.

Mucho me temo que mi viejo amigo Pino Solanas está representando ese papel. Ahora, si llegáramos a un sistema político con una fuerza de centroizquierda y una fuerza de centroderecha, que configuraran el espacio del poder, la Argentina podría tener un sistema institucional bastante estable.

Siempre los sistemas políticos oscilan entre las fuerzas institucionalistas, que tienden a mantener las relaciones de poder, y las fuerzas del cambio.

Si el centroderecha gana las próximas elecciones, en ese caso las fuerzas del statu quo habrán predominado sobre las fuerzas del cambio, que han sido representadas por el kirchnerismo.

– ¿Por qué sostiene que los presidencialismos fuertes son condición necesaria para el cambio en América latina y, por otro lado, que la parlamentarización de lo político es una modalidad de intervención conservadora?

El antipersonalismo ha sido una línea de apelación a la derecha. Fue la línea que se opuso a Yrigoyen y a Perón.

Hay una tradición por la cual el antipersonalismo y el antipopulismo son las formas a través de las cuales la derecha se va consolidando. El problema fundamental es que, cuando se da una ruptura, se precisa una cristalización simbólica, ideológica, que no está dada por las meras fuerzas que participan.

Si pensamos en la crisis de la IV República en Francia, ahí había un sistema parlamentario donde las elites habían llevado el país al borde del caos y se necesitó la cristalización simbólica alrededor de la figura de De Gaulle para fundar la V República y un sistema viable de poder; ahí el momento del personalismo jugó un papel decisivo en la solución de la crisis.

En América latina creo que vamos a tener regímenes presidencialistas fuertes como una posibilidad de cambio, porque cualquier régimen que sea una democracia diluida en una pluralidad de fracciones es incapaz de, como dirían los ingleses, delivering the goods (N.de la R.: entregar la mercadería, cumplir los compromisos).

Todo régimen político democrático está en un punto intermedio entre el institucionalismo puro, que sería la parlamentarización del poder, y el populismo puro, que sería la concentración del poder en manos de un líder.

Siempre ese espacio intermedio va a tener que jugar en las dos puntas. Pero en América latina, más que en Europa, el momento presidencialista, el momento populista, va a ser más fuerte que el otro.

– ¿Cómo concilia esta apuesta al presidencialismo con los ideales pluralistas de la democracia, que parecen mejor representados por la diversidad de voces que admite el Congreso?

El pluralismo se puede dar a nivel de las bases democráticas de un sistema, pero ese pluralismo no necesariamente coincide con el pluralismo del parlamentarismo, porque un poder parlamentario puede ser un parlamentarismo basado en formas clientelísticas de la elección de diputados o senadores.

Esas formas clientelísticas pueden ser muy poco democráticas.

Un ejemplo: si existe una demanda concreta de un grupo local sobre un tema como transporte y la municipalidad la niega, hay una demanda frustrada. Pero si la gente empieza a ver que hay otras demandas en otros sectores y que también son negadas, entonces empieza a crearse entre todas esas demandas una cierta unidad y empiezan a formar la base de una oposición al poder.

En cierto momento es necesario cristalizar esa cadena de equivalencias entre demandas insatisfechas en un significante que las significa a ellas como totalidad: es el momento de la ruptura populista, cuando la relación líder-masa empieza a cristalizar. Pero hay todo un renglón intermedio que es el momento parlamentario.

Ese momento muchas veces opera sobre bases clientelísticas y puede tratar de interrumpir la relación populista entre masa y líder. Cuando ocurre, entonces tenemos a un poder parlamentario, antipersonalista, que se opone a la movilización de bases.

Por eso, no hay que pensar que la parlamentarización del poder significa una tendencia más democrática, puede significar lo opuesto: el ahogo de las demandas democráticas a través de los estratos intermedios que, de una forma corporativa, administran las instituciones.

– Un poder presidencial fuerte sería, desde esa perspectiva, un fenómeno coyuntural y necesario para producir un quiebre: ¿no sería luego difícil delimitar cuándo ese cambio ya se produjo y la apelación al líder se vuelve innecesaria?

Es muy difícil decir cuánto debería durar, diría que por todo un período histórico. No necesariamente es antidemocrático. Nyerere lideró un régimen en el cual hubo amplia participación democrática (N. de la R.: en Tanzania).

Pero la experiencia de Mugabe llegó a un efecto completamente diferente (N. de la R.: en Zimbabwe). ¿Hasta cuándo y cómo? No lo sé. Pero soy partidario hoy en América latina de la reelección presidencial indefinida. No de que un presidente sea reelegido de por vida, sino de que pueda presentarse.

Por ejemplo, por el presente período histórico, sin Chávez el proceso de reforma en Venezuela sería impensable; si hoy se va, empezaría un período de restauración del viejo sistema a través del Parlamento y otras instituciones. Sin Evo Morales, el cambio en Bolivia es impensable.

En Argentina no hemos llegado a una situación en la que Kirchner sea indispensable, pero si todo lo que significó el kirchnerismo como configuración política desaparece, muchas posibilidades de cambio van a desaparecer.


Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.


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Reflexiones de Ernesto Laclau acerca del POPULISMO

agosto 16, 2010

Laclau y el populismo (notas para una investigación, entregas I y II)

LaclauAnte el embrollo que significó para todos los partidos del régimen en América del Sur la súbita aparición en la política de las masas que implicó la caída uno a uno de los distintos gobiernos llamados “neoliberales”, diferentes intelectuales asociados a posiciones teóricas y políticas muy heterogéneas intentaron dar respuesta al fenómeno que implicaron las protestas sociales de principios del siglo XXI en todo el continente.

Una de ellas, la de Ernesto Laclau (discípulo de Hobsbawn, compañero de Zizek, historiador argentino residente en Inglaterra) intenta dar cuenta del fenómeno denominado “populista”, específico de las formaciones sociales periféricas (en la acepción de Samir Amin).

Como Laclau muestra, el mismo término “populismo“, fue acuñado por la tradición liberal sudamericana (de extracción social oligárquica agro-exportadora y asociada estrechamente a los intereses del capital extranjero en la región, primero inglés, luego norteamericano, en el período posterior a las guerras de la independencia contra España) con un claro sesgo peyorativo.

Según Laclau, “lo que está implícito en un rechazo tan desdeñoso es la desestimación de la política tout court y la afirmación de que la gestión de los asuntos comunitarios corresponde a un poder administrativo cuya fuente de legitimidad es un conocimiento apropiado de lo que es la ‘buena’ comunidad“, es por esto que el significante-Amo “populismo”, “estuvo siempre vinculado a un exceso peligroso, que cuestiona los moldes claros de una comunidad racional”, es decir un exceso propio de lo político mismo.

Entonces el objetivo de esta operación, sería ya, no negar la política misma (puesto que por medios llamados “democráticos”, como el simple y brutal golpe de estado las clases dominantes la han hecho y la siguen practicando), sino la política entendida -esto es practicada, ya que política implica pensamiento en si misma- por las masas, esto es política verdaderamente democrática.

Laclau afirma, junto con Freud, que el “exceso inasimilable” es inherente (y podríamos decir inmanente, en un sentido fuerte) a la formación de toda identidad social (Psicología de Masas y análisis del yo, Sigmund Freud).

Pero (y por suerte, agregaríamos) no todo es color de rosas. Por su propia característica de significante flotante, y vacío, el referente de la palabra “populismo” siempre ha sido ambiguo y vago en el análisis social (el fenómeno de diseminación y diferencia derrideana), entonces Laclau aclara que

“nuestro intento no ha sido encontrar el verdadero referente del populismo, sino hacer lo opuesto: mostrar que el populismo no tiene ninguna unidad referencial porque no está atribuido a un fenómeno delimitable, sino a una lógica social cuyos efectos atraviesan una variedad de fenómenos. El populismo es, simplemente, un modo de construir lo político“.

Entonces, la claridad conceptual ausente (o fantasmática en el sentido de Lacan) en las referencias al populismo, sería de algún modo “sintomática” de lo propio de la política, atravesada por el antagonismo, la articulación y la lucha por la hegemonía, como características estructurales (ver Laclau y Chantal Mouffe, “Hegemonía y Estrategia Socialista”).

En próximos desarrollos continuaremos con el estudio del punto de vista de Laclau sobre el tema.


Parte II.

Les propongo una pequeña arqueología histórica del “caso Americano” (no es el sueño, porque del que yo hablo es crudamente realista, antionírico y es del Sur no del Norte… jaja).

En la entrega anterior habíamos conceptualizado el “populismo” como significante flotante, esto es, de significado permanentemente excedido y diseminado. Los intentos de explicarlo no han salido de una banal explicación que remite a términos como “impresición” o “vaguedad“; gran parte de la “culpa” de esto la tiene nuestra propia historiografía americana.

La tradición liberal americana, siempre estuvo (por cuestiones materialistas o de “sueldo”) asociada estrechamente a los intereses extranjeros, cuando no eran directamente hijos de comerciantes o propietarios de tierras que mandaban a sus hijos a estudiar a la Vieja Europa.

Es por esto que si uno revisa toda la historia intelectual y política americana verá como las élites dominantes se dirimían entreafrancesados” o “ingleses“.

Pero, subrepticiamente, crecía en los áridos terrenos de la campaña pampeana (campaña era como se le llamaba al desierto o a las provincias que no eran Buenos Aires o Lima en el siglo XIX, es decir al sitio de residencia de los marginales y los nómades o periféricos), a base de una tradición criolla (porque provenían de tradiciones culturales hispánicas no anglo-francesas, vestigios de las viejas revoluciones por la independencia) una cultura popular que cooptada primariamente por la Iglesia católica, sería junto con los inmigrantes de principios del siglo XX, el futuro “proletariado” argentino y americano.

Aquí empezamos a imaginar como, toda la verdadera cultura “subalterna” no era algo homogéneo y determinado, sino un espacio simbólico muy rico, pero atravesado por infinitas contradicciones.

Al producirse el éxodo del campo a la ciudad o de las provincias al puerto, producto de las tardías revoluciones industriales y urbanizaciones que se dieron en la década del 30 del siglo XX en toda américa, los “nómades” se vieron enfrentados directamente a los patrones de la metrópoli.

Del relativamente fuerte peso que tenía el proletariado versus la relativa debilidad del capital autónomo (en comparación con el capital extranjero) surge un “árbitro” que es el Estado (generalmente comandado por las Fuerzas Armadas) que media en un sentido más o menos progresivo para evitar que la confrontación social devenga guerra civil (y revolución).

Todas las diferentes alternativas teóricas (tanto de izquierda como de derecha) que se propusieron abordar el populismo, parten de éstos análisis, en versiones más o menos cambiadas.
El populismo entonces, se explicaría como un fenómeno de alianza de clases o bonapartismo (en el sentido de equilibrio inestable entre clases mediadas por un árbitro social) propio de la retrasada realidad social americana, hija de la más retrasada de las retrasadas realidades europeas: la Española (aún hasta el día de hoy alguna que otra vieja de barrio dice que deberíamos haber aceptado las invasiones inglesas de 1806 y no repelerlas, porque de tantos abuelos gallegos así quedamos…).

Encontramos así, desde las mismas elaboraciones teóricas, un problema insalvable al abordar la cuestión del populismo, en palabras de Laclau, “el impasse que experimenta la teoría política en relación con el populismo está lejos de ser casual, ya que encuentra su raíz en la limitación de las herramientas ontológicas actualmente disponibles para el análisis político; que el “populismo”, como lugar de un escollo teórico, refleja algunas de las limitaciones inherentes al modo en que la teoría política ha abordado la cuestión de cómo los agentes sociales “totalizan” el conjunto de su experiencia política.” (Ernesto Laclau, La razón populista)

“Si al populismo se lo define sólo en términos de “vaguedad”, “imprecisión”, “pobreza intelectual”, como un fenómeno de un carácter puramente “transitorio”, “manipulador” en sus procedimientos, etcétera, no hay manera de determinar su differentia especifica en términos positivos.

Por el contrario, todo el esfuerzo parece apuntar a separar lo que es racional y conceptualmente aprehensible en la acción política de su opuesto dicotómico: un populismo concebido como irracional e indefinible.

Una vez tomada esta decisión intelectual estratégica, resulta natural que la pregunta “¿qué es el populismo?” sea reemplazada por otra diferente: “¿a qué realidad social y política se refiere el populismo?”.

Al ser privado de toda racionalidad intrínseca, el explanans sólo puede ser completamente externo al explanandum.” (Ernesto Laclau, ibid.)

Entonces dice Laclau, si la pregunta por “qué es el populismo”, es reemplazada por “¿de qué realidad o situación social es expresión el populismo?”, el populismo está realmente relegado a un nivel meramente epifenoménico.

En palabras de Laclau,

“de lo único que estamos hablando es de los contenidos sociales (intereses de clase u otros intereses sectoriales) que expresa el populismo, mientras que permanecemos en tinieblas con respecto a las razones por las cuales ese tipo de expresión resulta necesario”.

Entonces: “en lugar de contraponer la “vaguedad” a una lógica política madura dominada por un alto grado de determinación institucional precisa, deberíamos comenzar por hacernos una serie de preguntas más básicas: “la ‘vaguedad’ de los discursos populistas, ¿no es consecuencia, en algunas situaciones, de la vaguedad e indeterminación de la misma realidad social?”

Y en ese caso,

“¿no sería el populismo, más que una tosca operación política e ideológica, un acto performativo dotado de una racionalidad propia, es decir, que el hecho de ser vago en determinadas situaciones es la condición para construir significados políticos relevantes?”

Finalmente,

“el populismo, ¿es realmente un momento de transición derivado de la inmadurez de los actores sociales destinado a ser suplantado en un estadio posterior, o constituye más bien una dimensión constante de la acción política, que surge necesariamente (en diferentes grados) en todos los discursos políticos, subvirtiendo y complicando las operaciones de las ideologías presuntamente ‘más maduras’?” (Ernesto Laclau, ibid.)

Se dice que el populismo “simplifica” el espacio político, al reemplazar una serie compleja de diferencias y determinaciones por una cruda dicotomía cuyos dos polos son necesariamente imprecisos.

“Por ejemplo, en 1945, el general Perón adoptó una postura nacionalista y aseveró que la opción argentina era la elección entre Braden (el embajador estadounidense) y Perón. Y, como es bien sabido, esta alternativa personalizada tiene lugar en otros discursos mediante dicotomías como ser el pueblo vs. la oligarquía, las masas trabajadoras vs. los explotadores, etcétera. Como podemos ver, existe en estas 3 dicotomías –así como en aquellas constitutivas de cualquier frontera político-ideológica– una simplificación del espacio político (todas las singularidades sociales tienden a agruparse alrededor de alguno de los dos polos de la dicotomía), y los términos que designan ambos polos deben necesariamente ser imprecisos (de otro modo, no podrían abarcar todas las particularidades que supuestamente deben agrupar).” (Ernesto Laclau, ibid.)

Estamos en presencia aquí, de algo muy importante. La lógica misma de la política nos dice Laclau (y esto lo podemos ver muy bien en su libro “Hegemonía y estrategia…”), como lógica específicamente discursiva y que pone en juego la hegemonía, necesariamente es dicotómica.

Generalizadora y vaga, pero condición misma del llamado a la interpelación (recordemos aquel viejo y celebérrimo texto de Marx, el Manifiesto, en el que Marx nos dice que el mundo se divide en burgueses y proletarios), la dicotomía sería la condición de posibilidad misma de la articulación hegemónica, es decir, la posibilidad de otorgar un sentido precario al Significante-Amo (Revolución, Liberación, República, Comunismo, Pueblo, etc, etc.).

En un pasaje verdaderamente esclarecedor, Laclau nos dice:

Sólo en un mundo imposible, en el cual la administración hubiera reemplazado totalmente a la política y una piecemeal engineering (Piecemeal engineering es un término técnico usado por Karl Popper que significa un cambio lento y gradual que excluye toda ruptura súbita), al tratar las diferencias particularizadas, hubiera eliminado totalmente las dicotomías antagónicas, hallaríamos que la “imprecisión” y la “simplificación” habrían sido realmente erradicadas de la esfera pública”.

Entonces los tecnócratas cuando nos hablan de “complejidad de la cuestión social” o de una esfera ”pública” y otra “privada”, ¡quieren política sin política!, comienzo a sentir hedor a autoritarismo “light”… La especificidad propia de lo político es lo discursivo, como bien ve Laclau.

Entonces como el arte discursivo, el “arte político” sería el espacio… de la retórica.

“Tomemos el caso de la metáfora. Como sabemos, ésta establece una relación de sustitución entre términos sobre la base del principio de analogía.

Ahora bien, como ya hemos mencionado, en toda estructura dicotómica, una serie de identidades o intereses particulares tiende a reagruparse como diferencias equivalenciales alrededor de uno de los polos de la dicotomía.

Por ejemplo, los males experimentados por diferentes sectores del pueblo van a ser percibidos como equivalentes entre sí en su oposición a la “oligarquía”. Pero esto es simplemente para afirmar que son todos análogos entre sí en su confrontación con el poder oligárquico. ¿Y qué es esto sino una reagregación metafórica?”. (Ernesto Laclau, ibid.)

Cuando los mismos tecnócratas nos hablan de demagogia o de retórica, parecen olvidar que lo político mismo se constituye de ese modo: nuevamente braman porque la política se les ha infestado de… política.

No nos sorprenderemos, si revisamos que lo que contraponen frente al fenómeno populista es la vieja y querida Racionalidad.

Con esta operación se condena éticamente a todo movimiento popular, denigrando y degradando al populismo a la esfera “irracional” o “prerracional” en el mejor de los casos (Un “prócer” de nuestra historia argentina, Sarmiento, emulando a Montesquieu decía que los caracteres irracionales de los movimientos de las montoneras y los gauchos se anclaban en las tradiciones españolas, consideradas bárbaras y pre-modernas en relación a las “demócraticas” actitudes franco-sajonas… hubo que esperar algunos años para ver el ideal democrático francés realizado en los escuadrones de la muerte en Argelia, pero bueno no seamos injustos con nuestro querido Domingo Faustino…).

Pero, como dice Laclau, este fenómeno de denostación de las experiencias políticas populares, se inscriben dentro de lo que podríamos denominar el “pánico a las masas” y su correlato “científico” -ideológico, la psicología de masas (en este sentido ver el muy ilustrativo ejemplo que da Latour en “La esperanza de Pandora” sobre cómo se construyó la ficción “natural” por el mismo miedo a las masas).

Este debate está dentro de las viejas discusiones (que se remontan hasta Durkheim) en lo social sobre lo normal/patológico (ver las sugerentes y profundísimas reflexiones de Michel Foucault al respecto).


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O aborto u orfanato (via La nodriza de las hadas y el rey carmesí)

agosto 16, 2010

O aborto u orfanato Recientemente me encontraba haciendo una busqueda en pubmed para documentarme sobre los conflictos entre Eros y Tanathos a fin de escribir un artículo que ando preparando, cuando por causalidad -en realidad por serendipia- apareció un artículo que llamó mi atención: se titulaba “Más alla del aborto: la recurrente batalla sobre la cultura de la muerte” y estaba publicado en Bioethics y firmado por un tal James Evans…. Leer más

via La nodriza de las hadas y el rey carmesí

25 cosas que odiamos de facebook

agosto 16, 2010

25 cosas que odio de Facebook

facebookzuckerberg¿Qué cosas que hacen los usuarios de Facebook te pueden llegar a molestar? Bastantes.

Hay quienes se han dedicado a elaborar una curiosa lista que enumera casi todas las prácticas de los usuarios de Facebook que enfadan al resto.

El vídeo original es en inglés y circula desde hace tiempo en la red, pero hay que reconocer el mérito de los chicos que han grabado la versión en español. Merece la pena verlo. Algunas son realmente buenas…


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Feinmann pregunta: Si Magnetto fracasa, quién bajará del “cielo” para conducir la guerra ?

agosto 16, 2010

Los megaimperios mediáticos

Por José Pablo Feinmann

Además todo es muy simple, de aquí que si no se quiere entender es o porque no se quiere o porque se obedece o porque se quiere imponer otra cosa que no puede sino mentir sobre cuestiones elementales para presentarse como válida.

Monopolemediatique

Adam Smith (al padre teórico del capitalismo) no creía en los monopolios. Creía en lo que se suele llamar competencia atomística, dentro de la cual muchos productores compiten entre ellos.

Al hacerlo, los precios nunca son establecidos por un solo vendedor, sino que surgen de la libre competencia.

En cambio, cuando aparece el monopolio, que es (según creo) la tendencia inevitable del libre mercado, ya no hay competencia atomística porque el precio lo fija un solo polo, precisamente: el monopolio.

La ambición de todo grupo capitalista es entonces constituirse en monopolio.

Regirá por completo el mercado. Establecerá una dictadura de mercado. Sofocará toda libre competencia. El oligopolio es una formación de monopolios. Un acuerdo de paz entre ellos, siempre pocos.

El mercado lo manejan 2 o 3. Oligopolio, según suele saberse o no, proviene del griego, como tantas otras cosas. Oligoi significa pocos. Y polein, vender.

Resulta claro que un mercado dominado por oligopolios es uno en el que son pocos los que deciden: los que venden, los que compran, o los que fijan los precios. El monopolio se forma por la acumulación de empresas regidas por una que las ha ido incorporando a todas.

Se le aplica el eufemismo “Grupo” para limarle el sentido autoritario que tiene en el mercado. Hay una empresa madre del monopolio. La que ha iniciado el proceso de acumulación.

El proyecto es asimilar –bajo la hegemonía de una– a la mayor cantidad posible de empresas del mercado. Constituido el monopolio, vemos por fin con claridad que su proyecto es eliminar la libertad de mercado.

Donde manda uno. O mandan dos que se ponen de acuerdo entre ellos. O manda uno con el poder suficiente para sofocar a los demás, la libertad de mercado ha muerto.

Este poder económico se expresa en el campo político.

El monopolio es el enemigo central de la democracia. Condiciona a la política sometiéndola a la visión de la empresa monopólica. El monopolio financia campañas electorales.

A menudo (a causa de su gran poder económico), el grupo político que triunfa es aquel que el monopolio ha financiado. El que llega al poder (aunque nadie lo advierta) no es un partido político, es el monopolio. O el partido político que representa al monopolio y acepta su hegemonía y responderá a sus intereses.

El monopolio es enemigo de la democracia tanto en el campo económico como en el político. El mercado es “libre” si se cumple la exigencia smithiana de la competencia atomística. Ahí todos compiten con todos.

Pero hubo muchas cosas que Smith no vio. (Igual que Marx.)

La competencia atomística –que sería el alma democrática del mercado– es devorada por la dictadura del monopolio. Un solo polo es la negación de la competencia de muchos. Un solo polo es la dictadura de ese polo y la desaparición (devorados por éste o llevados a la quiebra) de los restantes.

La cuestión es grave cuando se da en el campo de la información, en lo mediático, que es acaso donde más se ha desarrollado.

En EE.UU. la información fue suplantada lisa y llanamente por la propaganda corporativa. Dejó de existir el ‘derecho a la información’, garantizado por la Primera Enmienda de la Constitución. Los ciudadanos estadounidenses perdieron su derecho a la información veraz y oportuna sin darse cuenta (…).

Las frecuencias para las señales de radio y televisión constituyen un bien público, de toda la sociedad, pero su control pasó a manos de unos pocos megaimperios mediáticos:

1.) AOL/Time Warner Inc.
2.) Gannett Company, Inc.
3.) General Electric.
4.) News Corporation.
5.) The McClatchy Company.
6.) The New York Times Company.
7.) The Washington Post Company.
8.) Viacom y las cadenas CBS y UPN.
9.) Vivendi Universal, la dueña de Universal Studios.
10) Walt Disney Company (José Pablo Feinmann, La filosofía y el barro de la historia, Prólogo de Franco Volpi, Planeta, Buenos Aires, 2008).”

La existencia de estos megaimperios mediáticos les permite a los grupos políticos que los dominan imponer “su” verdad como la verdad de todos.

Dan forma a la opinión pública. Crean la realidad. Tiene razón Jean Baudrillard –en su libro El crimen perfecto– cuando dice: el crimen perfecto se ha cometido: ha sido asesinada la realidad.

Hoy, el capitalismo, se fundamenta en 2 fuerzas esenciales, en 2 palancas que le permiten seguir adelante y sin las cuales entraría en colapsos más graves que los recientemente exhibidos:

1) Devastación del planeta para alimentar su sistema bélico-industrial. Nada lo detendrá en esta tarea. Ni la guerra colonialista ni la tortura ni siquiera la utilización de armamento nuclear en caso de que sea necesario, y posiblemente lo sea en cualquier momento.

2) Posesión del poder mediático mundial para dar forma a la “opinión pública”, para colonizar las subjetividades, para sujetar a los sujetos y convencer a todos que así tienen que ser las cosas y así serán.

Este poder megacomunicacional tiene sus representantes en cada país y todos saben que luchan –una vez más y como siempre– por la razón occidental, por el poder de unos pocos para dominar a todos los demás.

Algunos dicen que la “revolución” que profetizó Marx no se cumplió. En efecto, no. Pero hemos asistido y continuamos asistiendo a una revolución tecnológica trascendente: la comunicacional. Esta revolución no es “represiva”. No quiere eliminar nuestros cuerpos.

Sólo nos pide entrar en nuestras almas, aprisionarlas e instalarse ahí. Sólo nos pide que la verdad sea para nosotros –siempre– lo que ella dice.

Sólo nos pide que pensemos como ellos piensan.

  • Que odiemos a quienes ellos odian.
  • Que nos divierta lo que ellos quieren y nos dan para que lo haga. (Esencialmente basura.)
  • Que creamos en lo que sus escribas escriben. En lo que sus pensadores piensan.
  • Que no se los toque.
  • Que no se los inquiete.
  • Que si apoyaron dictaduras fue porque (aunque sanguinarias) eran dictaduras pro-occidentales y anticomunistas.
  • Que la verdad es una y es la que ellos dicen.

Aún no lo han logrado, pero muy pronto –si avanzan los planes de contrainsurgencia contra el terrorismo– disentir con ellos será estar con los terroristas.

Hay algo que los asombra. En un país del sur, un gobierno proveniente de un partido de raíz popular se ha tomado el extremo atrevimiento de desmontar (si lo prefieren: de deconstruir, ¿no suena interesante?) a un monopolio de alto poder y larga y fiel trayectoria a las causas de Occidente.

La situación es novedosa. ¿Cómo se atreven? ¿Desconocen que un grupo monopólico es la esencia concentrada del capitalismo de mercado? ¿Qué son? ¿Populistas?

El populismo –más allá de sus tendencias distributivas y estatistas, de raíces keynesianas– nunca cuestionó la esencia del capitalismo. Ejerció una verborragia antipatronal (para volverse creíble ante sus bases obreras) pero sólo eso. Aquí, algo huele mal.

No en vano ha tenido que dar la cara uno de esos personajes que están para darla. De éste, por ejemplo, hay una foto en que el hombre enfrenta al fotógrafo e intenta tapar con su mano el foco del aparatejo chismoso, de esa maquinita develadora, peligrosa, enemiga de las intimidades y de las intrigas, que ese gremio maneja.

El “señor Magnetto” no había nacido para las luces cenitales del centro de la escena. Ha tenido que dar la cara. ¿Tan grave es la cosa?

Al dar, él, la cara, reveló que las caras que hasta ahora veíamos eran secundarias, eran voces como ecos, ecos de lo que se resolvía en el “piso de arriba”, donde siempre estaban los que nunca se exponían y hoy tienen que salir a poner el pecho.

Tampoco la cara del “señor Magnetto” tiene mucho encanto. Semeja un presbítero huraño, enjuto, ajado.

Si “el señor Magnetto” fracasa, ¿quién será el próximo/a en bajar del cielo para conducir “la guerra”?

Porque los “jóvenes del Mayo Francés” eran muchos. Estos no. Aunque –en un texto ya célebre, algo ridículo, algo patético pero sin duda divertido– se los compare con aquellos.

Pronto se los comparará con los jóvenes románticos del Salón Literario y la Asociación de Mayo, que también luchaban contra una feroz tiranía encarnada por una pareja, la del Restaurador de las Leyes y Encarnación Ezcurra, que si no usaba costosas carteras francesas era porque aún no existían, pero le armó al Gaucho de los Cerrillos una revolución, la de los Restauradores, que lo llevó al poder. No hay caso: en este país las mujeres fueron siempre peligrosas.


Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.


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