23–12–2010 / De los vínculos subterráneos y los acuerdos tácitos a las movidas en conjunto y los lazos más visibles. Mauricio Macri y Eduardo Duhalde ya no esconden su entendimiento.
Por Néstor Leone
Compiten entre sí y se necesitan. Quieren ser candidatos a Presidente, pero no está claro si habrá lugar para ambos en la línea de largada. Hace rato que no se los ve juntos. Una foto algo lejana, en el estadio de Banfield, sirve todavía para ilustrar en los medios la relación entre ambos.
Pero en el mundillo político se da por hecho que los vínculos subterráneos y los acuerdos tácitos no dejaron de existir más allá de las coyunturas.
La estratégica política de Mauricio Macri para llegar a la jefatura de Gobierno porteña, en su momento, propició la distancia.
Desperonización se llamó la jugada. Necesidades combinadas de armado político y oposición obtusa a los Kirchner produjeron, en estos días, el deshielo.
Macri considera que puede ser útil a Duhalde para sumar aliados de los que hoy carece, aunque no le sume votos. Eduardo Duhalde supone que puede subordinar a Macri a sus pretensiones, y no duda en sacarle frutos.
Los vasos comunicantes, por lo pronto, parecen más visibles. El conflicto de Villa Soldati los puso en evidencia, pedido de “mano dura” mediante. Las movidas posteriores, más todavía. Algunos nombres propios los sintetizan de manera clara.
Por un lado, Cristian Ritondo, jefe del bloque PRO en la Legislatura y peronista con ligazón de larga data con el ex presidente.
Entre bambalinas, se le adjudica un protagonismo mayor al conocido en aquellos incidentes y varios de sus punteros quedaron señalados como agitadores durante los días más violentos.
Por el otro, Luis Barrionuevo, dirigente gastronómico opuesto a la CGT oficial y hombre siempre presto para las operaciones non-sanctas.
El almuerzo compartido el mediodía del martes 21 entre su esposa y referente duhaldista, Graciela Camaño, con el primo del jefe porteño y dirigente PRO de la provincia de Buenos Aires, Jorge Macri, parece rubricar la voluntad de dar marcha firme a algunos acuerdos parciales. Por caso, el bonaerense, donde los intereses de unos y otros parecen complementarios.
Los reclamos, casi al unísono, para “poner orden” y evitar así un eventual “clima pre-anárquico” les dieron, en pocas semanas, una misma ilación discursiva.
Macri la utilizó para despojarse del alto grado de responsabilidad que le correspondía asumir, y delegarla en el gobierno nacional. Y, de paso, posicionarse como su principal contrincante.
Aunque, claro, cabe preguntarse si tanto desatino hecho palabras y acciones de gobierno (declaraciones xenófobas incluidas) no le jugará una mala pasada a la hora de construir las mayorías que necesitará para ganar o evitar el ballottage.
Duhalde, en cambio, la utilizó como recurso de supervivencia, ante la alta imagen negativa de la que no puede librarse y la imposibilidad de perforar la disciplina partidaria que hoy puede mostrar el kirchnerismo.
El teatral lanzamiento de candidatura -en un día altamente simbólico como lo es el 20 de diciembre, aniversario de los acontecimientos trágicos de la crisis de 2001- no parece haber hecho mella ni en una cosa ni en la otra.
NO TAN NUEVA
Mauricio Macri llegó a jefe de Gobierno luego de someterse a una cuidada ingeniería de marketing.
Escondió sus elementos más retrógrados, moderó su discurso clasista y despectivo, esculpió su perfil con mohines de dirigente moderno y se apegó al combo de eficiencia-profesionalismo, impuesto por sus asesores, para aventar detractores entre el volátil electorado porteño.
Por ejemplo, pasó de argumentar la necesidad de “limpiar las calles” de cartoneros a “saltar charcos” o fotografiarse con los sectores más postergados del sur porteño.
Con el ecuatoriano Jaime Durán Barba como estratega y el latiguillo de la “nueva política” como expresión recurrente, pudo lograr en junio de 2007 lo que se le había negado antes: construir una inesperada mayoría, vía ballottage.
Desde entonces, la gestión. Y, sobre todo, las dificultades para llevar a la práctica no sólo la mayoría de las promesas de campaña (muchas de ellas, sobredimensionadas; otras tantas, de simple ejecución), sino también para garantizar cuestiones básicas del funcionamiento de la Ciudad.
Hasta que irrumpió el conflicto de Villa Soldati, y con él reaparecieron los contornos de un Macri más definidamente de derechas, sin el beneficio de la ingeniería marketinera y más desnudo.
Las declaraciones xenófobas para explicar el origen del conflicto (habló de una “inmigración descontrolada” y mezcló inmigrantes, narcotráfico y delito) fueron sólo el comienzo.
El pedido a la Presidenta para desalojar los predios tomados mediante la fuerza de la represión, ya ocurridas 3 muertes, marcaron el punto más alto de su denuesto discursivo.
Es cierto que el gobierno de Macri tenía en su foja de servicio la creación de un sistema paraestatal de espionaje, la creación de la UCEP (Unidad de Control del Espacio Público), la designación del cuestionado Abel Posse como ministro, entre otras marcas reñidas con aquella moderación y cierto espíritu bienpensante, pero se había cuidado hasta aquí de actuar de manera tan desembozada.
¿Exabrupto? ¿Declaración no pensada? Cuesta creerlo en un espacio que no deja esas cosas libradas al azar. Más bien, la decisión de consolidar el núcleo duro de votantes y cerrar filas internamente.
En ese sentido, no hay que olvidar el fuerte dilema que atravesaba al gobierno porteño los días previos al estallido del conflicto de Villa Soldati.
En pocas palabras: qué hacer en un año electoral que será clave para el futuro de la fuerza, sin candidatos de peso que puedan reemplazar a Macri como líder porteño y con el riesgo de quedarse sin nada si el jefe de Gobierno pierde a nivel nacional. Varios pasos se habían dado como respuestas posibles.
Pero todos habían generado demasiado revuelo interno. Por ejemplo, el anuncio de un eventual adelantamiento de las elecciones locales para marzo próximo, con el posible desdoblamiento de candidatura para Mauricio Macri como punta de lanza, había dejado cerca de dar el portazo de salida a Gabriela Michetti, marginada del diseño y de la articulación del armado.
El discurso duro de Macri puso afuera el eje del problema, dejando en claro cierta uniformidad de la base programática, y disciplinó a la tropa. Incluida a la díscola Michetti, quien no dudó en asumir los argumentos del jefe de Gobierno.
Lo que no queda claro es cuánto suma a Macri esa redefinición táctica. Sobre todo, teniendo en cuenta la persistente fragmentación política porteña y el escenario de ballottage casi seguro que se dibuja en el horizonte electoral de la Ciudad.
Consolida su núcleo duro, es cierto, pero le quita posibilidades de extender adhesiones y de construir así la mayoría que necesita para ganar, como lo había hecho en 2007.
Ya no podrá apelar al discurso de la eficiencia, como cáscara vacía, tal como hizo para la campaña anterior, porque 3 años de gestión (con subejecución incluida) se lo impiden.
Y, según se supone, tampoco parece dispuesto a seguir la senda del discurso moderado, hecho que amerita pensar que le quitará caudal de votos entre los votantes independientes y menguará su esquema de alianzas sociales.
Claro que es posible que, ya comenzada la campaña, vuelva sobre sus pasos.
PUENTES
Sin cuadros, una estructura partidaria consolidada, fiscales y militantes en el resto del país, el macrismo pretende convertir un eventual triunfo en la Ciudad en su trampolín para lanzarse a nivel nacional.
Por eso dan por descontado que adelantará las elecciones y que apostará todo su capital político al triunfo porteño, ya sea con él de candidato o con algunos de sus candidatos alternativos (Horacio Rodríguez Larreta o la misma Michetti). Pero saben que necesitan de aliados con algún peso territorial.
Sumar al peronismo disidente o no kirchnerista siempre figuró a la cabeza de las prioridades macristas, por más discurso “desperonizante” que se esbozara vía Durán Barba. Pero, claro, que ese peronismo fuera a sus pies, sin generarle litigios a su etiqueta de referentes de la “nueva política”.
Esto no sucedió, y se duda de que suceda. De ahí la necesidad de entablar otro tipo de acuerdos. Duhalde no le aporta votos y, muchos presumen, puede ser un verdadero cinturón de plomo. Pero bien podría sumarle algunos cuadros avezados en contextos críticos y know-how para hacer más eficaz la confrontación contra el gobierno nacional.
Duhalde, por supuesto, supone que quien podría hacer uso del capital macrista sería él. En términos ideales, lo piensa como su candidato a jefe de Gobierno en la Ciudad.
Aunque sabe que es difícil que lo sea. El recelo mutuo persiste y ninguno de los dos parece dispuesto a bajarse de sus aspiraciones presidenciales.
Aun así, de ambos lados han habilitado los contactos y han dado visibilidad a los vasos comunicantes que preexistían. El jefe de la bancada del PRO en la Ciudad, y reconocido peronista, Cristian Ritondo, es uno de ellos.
De buena sintonía con el ex jefe de la SIDE de Duhalde, Miguel Ángel Toma, conoce las dos veredas y tiene a su cargo un número importante de punteros, barrabravas y matones sindicales que oscilan entre el duhaldismo y el PRO.
Algunos de ellos adquirieron notoriedad con la toma de tierras en Villa Soldati y la posterior gresca entre vecinos.
Por ejemplo, Miguel Ángel Rodríguez, alias el Comandante, Julio Capella, quien apareció filmado con un arma en la mano, o Eva Ferrero, titular del Centro de Gestión y Participación Nº 8, de quien se dice que promovió una manifestación de vecinos para reclamar por las tierras del parque Indoamericano.
Según algunos testimonios periodísticos, Ritondo los habría reunido en un asado en el club José Hernández, de Mataderos, para hacer un balance y evaluar la marcha del conflicto.
Otros puentes entre Macri y Duhalde son Luis Barrionuevo y Graciela Ocaña. Distanciados todos de Francisco de Narváez, consideran que la provincia de Buenos Aires puede ser territorio fértil para explorar la alianza. Ahí, los intereses podrían ser complementarios como en ningún otro territorio.
En el mencionado almuerzo del martes 21, además de Jorge Macri y Graciela Camaño, estuvieron, por el PRO, los diputados nacionales Cristian Gribaudo y Soledad Martínez, y varios legisladores provinciales.
Acompañaron a Camaño los diputados Carlos Acuña y Gustavo Ferri, este último, yerno de Duhalde.
Mientras, otros señalan a Abel Posse, viejo amigo de Duhalde y “malogrado” funcionario macrista, como otro de los puentes.
El ex presidente juega sus fichas a todo o nada. Sabe que son las últimas. La ausencia de candidato opositor de peso lo envalentona. El apoyo del Grupo Clarín, también.
La nula capacidad para mover el amperímetro de la totalidad de las encuestas le marca serios límites. Se muestra como un piloto de tormentas, y por eso azuza los vientos.
Sabe que ésa es la única forma de sobrevivir políticamente ante un contexto adverso, una sociedad que no deja de verlo como parte del pasado y un partido, como el Justicialista, que le es cada día más ajeno.
Por todo eso, cuando encuentra la oportunidad se monta a los conflictos y trae viejos fantasmas. Como lo hizo días pasados, desde Estados Unidos, cuando dijo que el país estaba en una situación preanárquica y llamó a poner orden. O cuando empuñó la palabra represión y le dio una connotación positiva.
En ese juego, Duhalde niega ser parte de un operativo desestabilizador. Pero, implícitamente, reconoce que es la forma en que quiere que lo vean.
En el acto de lanzamiento, el lunes 20, estuvo más moderado en su discurso, asesorado por el semiólogo Eliseo Verón. Pero los apoyos con los que contó no le permitieron desviarse demasiado de ese tufillo rancio. El rabino Sergio Bergman, por caso. O Juan “Tata” Yofre, ex titular de la SIDE menemista. O Cecilia Pando, la apologista del terror militar. Y esto, por más que guste de compararse con Lula, Michelle Bachelet o Pepe Mujica.
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Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.
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