El kichnerismo en su apogeo ante el desafío de una posible sucesión

Ante los desafíos del éxito

El carácter extraordinario del kirchnerismo y los caminos posibles de institucionalización del sistema político.

Por Luis Tonelli

Escarapelaescudosol28–10–2011 / Fueron elecciones aburridas e históricas a la vez.

Aburridas porque su resultado estaba cantado y precisamente por eso, históricas, al quedar superados varios récords.

Cristina Fernández, junto con Juan Domingo Perón e Hipólito Yrigoyen, se convirtió en uno de los presidentes más votados de la Argentina, superando a Raúl Alfonsín.

También obtuvo una diferencia enorme sobre su inmediato competidor, Hermes Binner, a tal punto que pese a que fue el 2º que menos votos sacó en la historia, su intento primerizo se convirtió en una gran elección, dado el diluvio del resto de los competidores.

Sin embargo, a pesar de la previsibilidad de los resultados que confirman la continuidad en el poder, estas elecciones inauguran una nueva fase en el kirchnerismo.

Una en que la ausencia de Néstor Kirchner tendrá un sentido político concreto, decisivo, al margen de todas las interpretaciones del significado político que tuvo su muerte en la recuperación electoral que lleva desde la derrota de 2009 a la enorme victoria de la semana pasada justo a pocos días de su primer aniversario.

Esta vez, la ausencia de Kirchner deja al kirchnerismo sin la posibilidad de la alternancia interna, ese gambito que le permitía a su jefatura bipersonal eludir la cláusula constitucional de la prohibición de reelección.

De este modo, una vez más la cuestión de la sucesión se constituye en el factor de mayor incertidumbre que dominará el tiempo que viene en la política argentina. (Nota bene: la sucesión es un problema mayor porque se estima que el actual elenco gobernante seguirá fuerte en el poder. Si estuviera “de salida”, la cosa podría resolverse de modo más sencillo).

Evitando el darse una institucionalidad interna (que hubiera significado algún tipo de reparto del poder y así mismo una jerarquía sucesoria), el kirchnerismo siempre fue ese hecho extraordinario que probó su carácter y eficacia enfrentando y promoviendo hechos extraordinarios: el magro 22 % electoral, el intento de tutelaje de Eduardo Duhalde, el cambio de la Corte Suprema, la reapertura de los Juicios, el enfrentamiento con el C.A.M.P.O., la guerra a Clarín & Cía. 

Todos sucesos en donde la personalidad de Kirchner, su pasión, su entrega, ese hiperactivismo que le costaría la vida tuvieron también una función simbólica decisiva en la recuperación de la confianza social de esa Argentina temerosa, golpeada y humillada por la tremenda crisis del 2001.

Y fue su muerte, acontecimiento extraordinario si los hubo, quizás la prueba más decisiva de esa capacidad para enfrentar la adversidad que ahora, Cristina Fernández tuvo que enfrentar como líder única del kirchnerismo.

Prueba que no sólo superó sino que potenció una recuperación política inédita, luego de la dura derrota de 2009, sobre la base de la persistencia de ese esquema de gobernabilidad generado por Kirchner, ahora funcionando como sistema neurovegetativo del “modelo”, y sirviendo de plataforma para la aparición y lucimiento de los “nuevos valores”: Juan Manuel Abal Medina, Amado Boudou, Diego Bossio, los “pibes de La Cámpora”, etcétera. 

Hoy, ha llegado el momento en que la muerte de Kirchner se conjuga dialécticamente con la imposibilidad legal de una nueva reelección de Cristina Fernández.

Esa “negación de la negación” kirchnerista, como hacía notar agudamente el sociólogo Eduardo Fidanza, tan esencialmente hegeliana, justo protagonizada por quien se ha definido como hegeliana: tesis, antítesis, y ahora está en las manos de CFK decidir cuál será la síntesis superadora. Ella y sólo ella será quien elija y decida el “qué hacer”.

No son muchos los caminos básicos que la Presidenta puede recorrer aunque sus posibles combinaciones y, en especial, sus consecuencias son tan pletóricas como impredecibles: uno, es el de la reforma constitucional, que aparece como muy difícil (tanto porque parecería ir a contramano de la postura histórica que la presidenta Cristina Fernández ha presentado frente a la reelección indefinida como por los enormes y conflictivos requerimientos institucionales que demanda una reforma constitucional).

El otro escenario de la sucesión presidencial consiste en encumbrar un delfín, lo que implicaría, en su versión número uno, una suerte de institucionalización del kirchnerismo -cosa que, hasta ahora, fue poco menos que una contradicción en términos-. Se dice por ahí que, ese delfín versión uno, hoy por hoy “pareciera ser” el vicepresidente electo Amado Boudou

Hay una variante número dos de este escenario, en la que el delfín no sería “del palo” sino producto de una negociación de las continuidades y de los cambios, siendo el candidato natural para este papel Daniel Scioli, dado que fue el que más ha trabajado para esto y el que más ha sido mencionado como el protagonista del peronismo poskirchnerista.

El escenario restante es el de la utilización de las P.A.S.O. para que cumplan con el objetivo formal para el que fueron creadas – y que quedó soslayado justo en la que fue su primera aplicación -: que a través de la competencia interna de los precandidatos de los diferentes partidos y frentes partidarios quedasen seleccionados los candidatos definitivos presidenciales.

Este escenario es obviamente impulsado por aquellos gobernadores peronistas que han sido reelegidos, y que hoy ocupan una expectante segunda fila, caso Jorge Capitanich o Juan Manuel Urtubey, o José de la Sota – digamos que Scioli no vería con malos ojos tampoco este tercer escenario -.

Si consideramos la esencia y nervio del kirchnerismo, sólo el intento de reforma constitucional para lograr la reelección de Cristina Fernández es compatible con su ADN político (lo que implicaría ciertamente que quede abortada su evolución dialéctica).

Todas las demás opciones que se le presentan a la Presidenta implican, entonces, una desnaturalización de ese ADN originario.

O bien, mediante una construcción política que institucionalice la selección de quien será el candidato oficial (o sea, la emergencia de un kirchnerismo propiamente dicho, que paradójicamente resultaba imposible con la presencia de Néstor Kirchner).

O simplemente en su conversión y metamorfosis como un episodio más en la extensa experiencia peronista de conversiones y metamorfosis, siempre tan espectaculares como impensadas.

Lo que es lo mismo que decir que hoy, y como quizás nunca en toda la historia argentina, se concentra en una sola persona la posibilidad de decidir racional y estratégicamente los caminos hacia la institucionalización del sistema político (y también no decidir nada, para que las cosas sigan en el estado gaseoso actual).

Un modelo de institucionalización viene del Norte. Pero esta vez, del Norte cercano, de Brasil, en donde Lula resolvió el problema de la sucesión gracias a la combinación de una base institucional partidaria que consolidó durante su mandato -el PT-, con la selección y apoyo irrestricto a un nuevo liderazgo -el de Dilma- y también de su vocación personal por el “bronce” y el bancarse el síntoma de abstinencia del poder y todas las pérdidas asociadas.

Aun descontando los dos últimos factores de la ecuación, la construcción política de algo nuevo, de lo que no puede ser ajeno a esa cosa que llamamos peronismo no aparece como tarea fácil.

Piénsese las complejidades que representan la renovación del liderazgo sindical, o los chisporroteos causados por la modesta decisión de Cristina Fernández de intercalar en la lista de diputados nacionales personas de su confianza.

Sin embargo, que la política argentina ahonde su fragmentación e inorganicidad institucional es una invitación a que puedan emerger y consolidarse fenómenos políticos como el de Silvio Berlusconi, quien pese a todos los escándalos que ha protagonizado y su nefasta gestión de la economía italiana, la única posibilidad de que deje el poder parecería pasar más por cuestiones de su ciclo biológico antes que por la iniciativa política de sus dispersos opositores.


Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.


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