Archivos para junio 3rd, 2012

Para repensar la re-re. La desconfianza de un pueblo sin Cristina

junio 3, 2012

Volver a pensar la reelección

03–06–2012 / Resulta absolutamente necesario pensar, reflexionar, discutir seriamente el tema de la reelección democrática en la Argentina. Y hacerlo sin fetichismos ni histeriqueadas intelectuales.

Cris54

por Diario Calchaqui

Si yo –con mis características personales– fuera la presidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner, y especulara con mi futuro político y personal, si calculara milimétricamente la futura escritura de la historia, el 11 de diciembre de 2015 iría a descansar a mi casa y disfrutaría de haber sido la primera presidenta elegida por el voto popular, me iría con el porcentaje de imagen positiva más alto de la democracia argentina desde 1983 y dejaría que me recuerden “simplemente” por ser la mandataria que interpeló culturalmente a la sociedad, la que le mostró a los ciudadanos la verdadera cara de la Sociedad Rural, la que sancionó la Asignación Universal por Hijo, la Ley de Medios, el matrimonio igualitario, la reforma del Código Civil, la Ley de Identidad de Género, las nacionalizaciones de Aerolíneas Argentinas, de YPF, el salvataje de las jubilaciones, la inclusión de dos millones de personas al servicio previsional, la que abrió el Banco Central, y gobernó con los números macroeconómicos en regla, con años de crecimiento económico sostenido y sobre todo con el control de la desocupación en apenas un dígito.

Además, sabría que retirarse en el mejor momento siempre garantiza dos cosas:

a) que la última imagen sea la de una estadista que, supuestamente, renuncia a su propio beneficio personal y respeta el fetiche de la institucionalidad –en términos coloquiales, “te deja con las ganas”–; y

b) evitar esa ley de la política que dice que a mayor longevidad de los gobiernos aumenta la posibilidad de la creación de un contrapoder brutal que termine destrozando lo construido por la gestión anterior.

Es más, hasta podría convocar a una reforma constitucional, me abstendría de poder ser reelecto y le sumaría a mi historial “para el procerato” el galón de haber modernizado y renovado el decimonónico sistema presidencialista –aunque aclaro que en mi opinión personal soy alberdiano respecto de la figura presidencial para los pueblos americanos– por un actualizado parlamentarismo.

Y si mantuviera cierta cuota de legitimidad de poder pactaría con mi sucesor condiciones de respeto a las transformaciones realizadas durante los últimos años.

Y después de todo eso, yo –que soy un poco vagome sentaría cómodamente en mis laureles y, por ejemplo, me dedicaría a leer literatura, historia, política, escribiría un libro de memorias y me dedicaría a estar más tiempo con mi familia.

Claro, yo, por suerte para millones de argentinos, no soy presidente de la Nación.

Pero más allá de la ironía, resulta absolutamente necesario pensar, reflexionar, discutir seriamente el tema de la reelección democrática en la Argentina. Y hacerlo sin fetichismos ni histeriqueadas intelectuales.

Sino sopesando seriamente los pro y los contra que tenga la posibilidad de que un pueblo elija por todo el tiempo que quiera a un presidente de la Nación. Porque la cuestión es muy sencilla y podría enunciarse como un silogismo monteagudiano:

¿A quién pertenece la soberanía en los sistemas democráticos?

Al pueblo, claro. Entonces, si la soberanía popular es la base de las democracias,

¿qué autoridad hay por encima de esa soberanía que se permite limitar justamente esa soberanía?

¿Las ideas de quién?

¿La institucionalidad impuesta por quién?

¿Debe ser la institucionalidad más soberana que el propio pueblo soberano?

Podría decirse en contra de esta argumentación que permite el siguiente razonamiento: si una mayoría desea hacer desaparecer a una minoría, tiene el derecho a hacerlo porque tiene la soberanía para hacerlo. Sería válida esta cuestión si la democracia fuera sólo un manojo de procedimientos metodológicos. Pero por suerte, es también una serie de principios sustantivos por sobre lo meramente litúrgico.

Un párrafo aparte merecen claro los cancerberos del fetiche de la institucionalidad al que dividiría en tres sectores:

a) los liberales conservadores, como Mariano Grondona o Joaquín Morales Solá, que no son más que fariseos que se rasgan las vestiduras por las continuidades de gobiernos populares pero no tuvieron el más mínimo recato en andar por allí defendiendo a cuanta dictadura militar se campeara por nuestro país y no tuvieron problemas en brindar por gobiernos eternos como el de Augusto Pinochet en Chile, y aún hoy celebran la institucionalidad chilena;

b) los supuestamente progresistas bien intencionados que no tienen problemas en que Felipe González o François Mitterrand hayan gobernado 14 años seguidos o sienten fascinación por el glamour de las monarquías europeas a pesar de que sean mamotretos incomprensibles en pleno siglo XXI.

Podrán retrucarme que la monarquía es una tradición europea engarzada en la historia de los pueblos.

Y contestaré que entiendo el argumento y que por eso apoyo los liderazgos populares y personalistas en América Latina, porque son parte de la tradición del caudillismo popular que, como decía Juan Bautista Alberdi, conformaron “la verdadera democracia” en estas tierras (Pequeños y grandes hombres del Plata);

c) los ignorantes supersticiosos.

Pero aquí estoy tratando de política y no de religión.

Un párrafo aparte merece la cuestión de los liderazgos populares latinoamericanos.

La formación de las republicoides oligárquicas de fines del siglo XIX constituyó en nuestros países sistemas institucionales cerrados sin movilidad social-política, en el que verdaderas camarillas compuestas por partidos y familias determinados dirigieron los destinos de esos países sin la participación popular.

Hubo algunas excepciones: la Revolución Mexicana, el varguismo brasileño, el peronismo en la Argentina, la Revolución Cubana, el socialismo allendista en Chile, y el chavismo venezolano actual, entre otras.

En algunos de esos casos la aparición de hombres “providenciales” –como los titula irónicamente el conservadurismo intelectual funciona como catalizador de las voluntades populares y mayoritarias no representadas por los viejos esquemas institucionalistas.

Desde el enfrentamiento de Cayo Julio César, el líder popular romano, con el senado aristocrático, hasta Hugo Chávez, existe una larga lista de fructíferos encuentros entre individualidades y mayorías colectivas.

Porque en muchas ocasiones, los pueblos no encuentran otra forma mejor para hacer frente a las oligarquías que hallar un conductor o conductora que los represente.

Dirán algunos que los movimientos populares latinoamericanos son demasiado líderes-dependientes; y es posible que así sea. Pero también es cierto que son los individuos los que diferencian, a través de sus decisiones, el rumbo de un gobierno.

Por ejemplo, Roberto Lavagna, hubiera querido terminar la negociación por la quita de la deuda en un porcentaje mucho menor del que después terminó resultando.

Esa fue una decisión personal del propio Néstor Kirchner.

¿Eduardo Duhalde habría terminado con la impunidad de los asesinos de la dictadura militar?

¿Elisa Carrió habría sancionado el matrimonio igualitario?

Incluso hace pocas semanas, la decisión de nacionalizar YPF la tomó la presidenta en su más absoluta soledad.

¿Estamos seguros que muchos de los políticos de dentro y fuera del peronismo habrían tomado esa decisión?

E interpelo al peronismo porque es un actor fundamental en este entramado. El kirchnerismo fue un proceso de transformación en la Argentina de hoy.

Pero hay un riesgo altísimo en que su existencia, finalmente y contra la voluntad de sus conductores, se transforme en un simple relegitimador del instrumento partidario justicialista que, una vez terminado el kirchnerismo, regrese a su estado anterior que era la visión conservadora en la que lo encorsetó Carlos Menem pero con mística renovada.

Viendo algunas conductas de dirigentes supuestamente representativos de los sectores populares que a la primera de cambio se sientan al banquete de Clarín para mandar mensajes mafiosos al gobierno nacional, el panorama no parece ser muy alentador en ese sentido.

La construcción de los liderazgos populares no suele dejar mucho espacio a sucesiones desapasionadas.

Pero también es cierto que no se vislumbran en el peronismo de hoy sub liderazgos los suficientemente aplomados como para romper la dependencia de las jefaturas legitimadas en las urnas.

También es cierto que bajar a un supuesto candidato hoy significa quemarlo y exponerlo a las operaciones constantes del Grupo Mafioso de la calle Tacuarí –el vicepresidente Amado Boudou y, recientemente, José Ottavis (vergonzoso, muchachos periodistas, vergonzoso. ¿Quieren meterse en las camas de los diputados, también, así terminan de defecar en el artículo 19 de la Constitución Nacional?), pueden dar fe de esas metodologías–, pero no parece haber en la liga de gobernadores muchas opciones que garanticen la continuidad del “nunca menos”.

Bajo este estado de situación, se hace claro que es necesario rediscutir la reelección de los poderes ejecutivos en Argentina y Latinoamérica. Y hacerlo sin prejuicios y sin falsos encorsetamientos.

Doce años de gobierno no pueden ser regalados al liberalismo conservador argentino para que vuelva a hipotecar el futuro de millones de argentinos con sus políticas de vaciamiento de país al que nos tiene acostumbrados desde 1862 hasta el 2001.

Es mucho lo obtenido en este siglo como para regalarlo por la delimitación de la cancha realizada por una institucionalización producto de acuerdos cupulares. Argentina se merece una reforma integral de la Constitución Nacional, sin dudas.

Inicié esta nota ironizando sobre qué haría yo si estuviera en el lugar de la primera mandataria.

Dije que me iría por la puerta grande. He expuesto los motivos de por qué no hay que negar abstractamente la posibilidad de una re-reelección de Cristina Fernández de Kirchner; sus cuestiones formales, sustantivas, políticas e incluso en términos de hegemonía histórica del movimiento nacional y popular frente al liberalismo conservador.

No creo que haya más limitaciones que la soberanía popular para un tercer nuevo mandato de la presidenta.

Pero si usted me pregunta qué me dice mi propia intuición política y personal respecto de qué ocurrirá, debo confesarle que me inclino a pensar que la presidenta, por su perfil racionalista moderno e institucionalista, no hará nada que esté por afuera de las reglas del juego. Y creo esto casi con melancólico fatalismo.


Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.


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Eficiencia

junio 3, 2012

Prolmoreno


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En Terapia. Viernes, Guillermo y Lucía. 3º encuentro

junio 3, 2012

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Argentinos dólardependientes. Objeto fetiche aunque no sea lo más rendidor

junio 3, 2012

Drogadólar dependiente

 Por Alfredo Zaiat

Drogadolar03–06–2012 / Las operaciones de compraventa de dólares en el mercado marginal son ilegales.

Están alcanzadas por la ley penal tributaria, al suponer que ese movimiento de dinero proviene de fondos no declarados al fisco, y por la ley penal cambiaria, que sanciona esas transacciones.

Estas condiciones del circuito irregular de divisas no es información confidencial.

Pese a que se conocen esas características de una actividad penada por la ley, en estos días analistas y comunicadores sociales han reiterado en varias ocasiones que si alguien recibe la validación de la AFIP resulta conveniente la compra de dólares en el mercado oficial para luego venderlos en el paralelo.

La impunidad, la casi nula condena social y la ausencia de una advertencia de compañeros de trabajo a esa convocatoria a la ilegalidad están naturalizadas por el objeto fetiche en cuestión: el dólar.

El Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) con el dólar provoca que desaparezcan represiones y se traspasen límites que se cuidan en otras actividades o negocios, al menos en la forma. Hasta el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, se interesa en que se conozca una insólita reunión que mantuvo con cambistas para “ordenar” la dinámica y la cotización en ese mercado.

Es difícil encontrar opiniones aprobando el contrabando o justificando públicamente la evasión impositiva. En cambio, con el dólar todo es válido.

Presentar amparos judiciales para comprar 10 dólares; viajar a Colonia para conseguir dólares en el casino, simulando jugar con fichas previamente obtenidas entregando pesos; y hasta hacer contrabando hormiga de divisas a través de Bolivia, Paraguay o Chile.

Eso sí, todos los que de una u otra manera participan de esta anomalía luego levantan el dedo admonitorio por la falta de justicia, la corrupción y los niveles de pobreza.

El TOC con el dólar es un síntoma que se arrastra desde hace años, con manifestaciones de mayor o menor intensidad, pero ahora se ha descompensado a partir de la abrupta medida de la AFIP de impedir la compra de divisas sin importar el monto demandado ni la capacidad patrimonial del interesado.

Es una decisión desproporcionada en función de que el régimen de control instaurado a principios de noviembre del año pasado ya había adquirido fluidez y aceptación, o resignación.

Como en los tratamientos a los alcohólicos, la terapia de cura es gradual para evitar brotes de desesperación por un shock de abstinencia.

Abordar al drogadólar dependiente con esa última estrategia, interrumpiendo casi todas las transacciones de compra de billetes verdes, ha generado un exagerado cuadro de incertidumbre económica.

Esta situación se agudiza por la ausencia de una comunicación oficial contundente sobre el origen y el objetivo de la medida, como sí la hubo cuando el Estado recuperó el control de YPF con las exposiciones de Axel Kicillof. Ahora quien explica es Aníbal Fernández.

A diferencia de otros momentos históricos, en el actual existe más margen para recuperar plenamente la soberanía monetaria afectada gravemente por la convertibilidad, que aún hoy sigue irradiando sus efectos perversos sobre el funcionamiento de la economía.

Existe un dato contundente, ocultado por el coro afinado de economistas del establishment que alienta la dolarización y una fuerte devaluación: el dólar ha ingresado en una etapa de declive a nivel internacional.

Una referencia ineludible de ese ciclo es la nueva etapa que se abrió anteayer, cuando China y Japón, la segunda y tercera potencias económicas mundiales, comenzaron a intercambiar directamente sus divisas para operaciones comerciales sin emplear el dólar.

El movimiento comercial entre ambos países asiáticos demanda un elevado monto de divisas, más de 350.000 millones de dólares al año, que ahora será canalizada con yenes y yuanes.

La inmensa tarea de ampliar la soberanía monetaria en un contexto internacional convulsionado requiere información precisa, tranquilizadora, regulaciones de compraventa de moneda extranjera que se respeten y explicaciones sobre la disponibilidad de divisas, compromisos de deuda y condiciones económicas locales e internacionales.

Además de intervenir en una fuerte disputa política y económica en el terreno del dólar, el Gobierno debe ser consciente de que el TOC con el dólar es un extendido síntoma social más allá de qué sectores compran billetes verdes.

Como apuntó el lector Aníbal Perpetua, desde Bahía Blanca,

Argentina es el único país del mundo donde el cemento se vende en pesos, los ladrillos se venden en pesos, la mano de obra se paga en pesos y los departamentos cotizan en dólares”.

Las manifestaciones de ese trastorno se presentan en forma tan aguda que el resultado de inversiones financieras de los últimos diez años, con el dólar siendo la peor alternativa, es negado.

Los economistas Estanislao Malic y Andrés Asiain elaboraron el documento “El dólar, ¿la mejor opción para el ahorrista?” que compara el rendimiento acumulado que obtuvo un ahorrista que optó por invertir en la Bolsa local, accediendo a través de cualquier fondo común de inversión comercializado por bancos líderes –cuyo rendimiento se expresa en la evolución del índice de acciones líderes Merval–, otro que optó por un plazo fijo y un tercero que prefirió comprar dólares (midiendo su cotización al cambio oficial y al paralelo).

Tomaron como base enero de 2003 definiendo que los tres invirtieron 10.000 pesos.

El análisis de los rendimientos muestra que el ahorrista que compró acciones es el más favorecido debido a que sus ahorros en mayo de 2012 alcanzaron los 43.000 pesos. El que optó por un plazo fijo en pesos (lo menos riesgoso) pasó a tener 21.400 pesos. En cambio para quien eligió el dólar sus ahorros pasaron a representar 13.100 pesos, y si se arriesga a la ilegalidad y busca cambiarlos al valor del paralelo tendría 17.000 pesos.

“Es decir, menos aún que quien optó por la tranquilidad de un plazo fijo”, afirman Malic y Asiain, para agregar que el objetivo de ese informe es

desnudar la falsedad de una de las principales fábulas financieras que circulan por la city local, ésta es, que el dólar es la mejor opción de ahorro”.

Ante la contundencia de este recorrido financiero, economistas de la city argumentan que la corrida hacia el dólar es una estrategia defensiva frente a la inflación. Sólo el TOC con el dólar de sus interlocutores les facilita la tarea a esos profesionales de pronósticos equivocados.

Si el objetivo es mantener el poder adquisitivo del capital, además de las opciones financieras mencionadas, el camino es adquirir bienes muebles, inmuebles o cualquier otra mercadería, no la compra de dólares.

En un reciente informe de la consultora Econométrica elaborado por Ramiro Castiñeira se afirma que

la inflación explica en buena medida por qué el sector privado prefiere ahorrar en activos externos y preferentemente sin intermediación de instituciones locales, ya sean públicas o privadas”.

El aspecto notable de esta sentencia es que en ese mismo documento se destaca que

“el sector privado duplicó su tenencia de activos externos de 50 a 100 mil millones de dólares entre 1991 y 2001”.

Esos fueron años de la convertibilidad cuando el índice de precios estaba deprimido por el congelamiento cambiario y la apertura importadora indiscriminada.

En esos años de estabilidad de precios, la tenencia de activos externos del sector privado pasó de 25 a 35 % del PBI, según Econométrica. Esto significa que sin inflación, en la convertibilidad se aceleró la fuga de capitales.

“Esta proporción actualmente se mantiene. El sector privado hizo crecer su cartera de activos externos a igual ritmo que la economía”, afirma el informe.

O sea, en estos años de inflación no aumentó la proporción de dólares en manos del sector privado en relación con la dimensión de la economía. En el trabajo se menciona que en 2010 los activos de residentes en el exterior sumaban 173 mil millones de dólares, equivalentes al 36 % del PBI.

La adaptación de una definición del novelista vasco Pío Baroja sobre la existencia de distintas clases de españoles realizada a principios del siglo pasado colabora para acercarse al comportamiento de argentinos con el dólar.

Esa conducta se manifiesta en siete situaciones

1. los que no saben;

2. los que no quieren saber;

3. los que odian saber;

4. los que sufren por no saber;

5. los que aparentan que saben;

6. los que triunfan sin saber, y

7. los que viven gracias a que los demás no saben.

Estos últimos se llaman a sí mismoseconomistas profesionales”, conocidos por su debilidad por el establishment y por circular por los grandes medios con el objetivo de alimentar la ansiedad del drogadólar dependiente.


Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.


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Verbitsky. Genocidios. La Verdad y la Memoria, como camino hacia la Justicia

junio 3, 2012

ARMENIA (1915-1920), EUROPA (1941-1945), ARGENTINA (1976-1983)
Genocidios

03–06–2012/ El exterminio de los judíos europeos durante la Segunda Guerra Mundial se inspiró en el genocidio del pueblo armenio al promediar la Primera. Un llamativo paralelo entre las racionalizaciones del régimen nazi de Alemania y las de la dictadura argentina de 1976-1983. Los apoyos eclesiásticos y empresariales con que contaron y los argumentos con que intentaron justificar sus crímenes.

 Por Horacio Verbitsky

Lamejorsalsa
George Grosz, 1919, “No hay mejor salsa que la sangre”, luego del asesinato de los líderes comunistas Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht.

El asesinato masivo de la población judía europea durante la Segunda Guerra Mundial se inspiró en el genocidio del pueblo armenio que comenzó al promediar la Primera Guerra Mundial.

A su vez, la política concentracionaria y exterminadora del nazismo tuvo un reflejo sudamericano a partir de 1976, en lo que los militares argentinos consideraban la Tercera Guerra Mundial.

El Holocausto se llevó a cabo mediante un encuadre jurídico y en forma gradual, lo que venció las resistencias y facilitó la subordinación de la sociedad y del aparato estatal, incluyendo las Fuerzas Armadas alemanas.

El primer campo de concentración, Dachau, se inauguró en 1933, en cuanto Hitler fue electo, para alojar a cuadros de los partidos comunista y socialdemócrata. Luego vino la prohibición de los sindicatos y la creación del partido único.

La persecución a los judíos, que a su vez recorrió distintas etapas, comenzó por la cultura y la economía, contra periodistas y banqueros, alcanzó luego a la universidad y a los profesionales de la medicina y el derecho.

Más adelante se creó un registro de propiedades, se prohibió que los judíos practicaran el comercio y la agricultura.

En momentos sucesivos se obligó a que antecedieran sus nombres con Sara o Israel, se les vedó usar armas, se expropiaron sus bienes, sus hijos fueron expulsados de las escuelas, se les privó de cualquier beneficio previsional.

Después se decretó que no podían salir de noche, tener aparatos de radio, vivir en cualquier barrio, manejar vehículos, ir al cine, al teatro, los museos y las bibliotecas.

Completaron el cuadro asfixiante la imposición de trabajos forzados, la requisa de joyas, oro y hasta cubiertos de plata, la rescisión de los contratos de alquiler, el uso obligatorio de una estrella amarilla y el confinamiento en ghettos, recién en 1939.

Tampoco el ascenso de Hitler al poder absoluto fue instantáneo. Primero fue designado supremo magistrado judicial, luego censuró la prensa y el arte, consiguió que se unificaran los cargos de presidente y canciller, en una fase posterior fue designado máximo jefe militar y más tarde abolió la autonomía de los lander, los estados provinciales.

El antecedente del genocidio del pueblo armenio, ejecutado entre 1915 y 1920 por el régimen nacionalista conocido como de los jóvenes turcos, y el estudio sobre las distintas etapas de la persecución a los judíos alemanes, provienen de la Historia de la solución final, escrita luego de diez años de trabajo por el juez federal Daniel Rafecas.

Un millón y medio de armenios fueron conducidos a los desiertos de Siria y Anatolia para que allí murieran lejos de la mirada del mundo. Los armenios fueron sindicados como el enemigo interno a depurar y la guerra mundial fue la ocasión para exterminarlos, bajo guisa de deportación masiva.

Aunque el paralelismo con la dictadura argentina no es el objetivo del autor, el material que transcribe permite completar esa parábola impresionante.

Como magistrado Rafecas realizó la instrucción más completa sobre crímenes de lesa humanidad, en la causa del Cuerpo I de Ejército. Con el mismo método trabajó como historiador a partir de la copiosa bibliografía internacional existente, que ordenó en forma cronológica para exponer la progresión del proyecto criminal.

El Holocausto no fue un arrebato irracional, sino una expresión de la modernidad, la burocracia y la producción industrial, sostiene.

Aunque se trata de un libro de historia, por fortuna escrito en buen castellano y no en jerigonza judicialés, no refleja el impacto de la derrota en la Primera Guerra Mundial y de las reparaciones impuestas por los vencedores, con las consecuencias devastadoras que nadie retrató con la profundidad de Georg Grosz y Otto Dix.

En cambio, es detallista en la descripción de las sucesivas medidas que a lo largo de 12 años condujeron a un resultado espantoso, imprescindibles para no minimizar en el presente señales que deberían encender a tiempo todas las luces de alarma.

Licencia para matar

En 1938 tuvo lugar la conferencia de Evian, donde los aliados se negaron a recibir a los refugiados judíos que por entonces Hitler quería expulsar de Alemania. Tampoco asistió a esa conferencia la Organización Sionista.

La explicación de esa llamativa ausencia consta en otro libro, del periodista israelí Tom Segev, El séptimo millón. La dirigencia que encabezaba David Ben Gurion sentía la emigración de judíos hacia otros países como una amenaza al Sionismo.

Para impedirlo llegó a negociar con la sección de la Gestapo que dirigía Adolf Eichmann que los judíos que Hitler quería expulsar de Alemania sólo se dirigieran hacia Palestina.

También la Argentina, Uruguay, Paraguay, Chile, Brasil, Colombia, Panamá y Canadá rechazaron a los refugiados que llegaron en barcos a sus puertos, donde se les impidió desembarcar, recuerda Rafecas.

Ese capítulo de la catástrofe forma parte de una de las primeras novelas que escribió mi padre, En esos años. De acuerdo con los académicos Philippe Burrin y Saul Friedlander, cuando Hitler hablaba de aniquilar a los judíos, en 1939, se refería a su existencia como comunidad y todavía no al asesinato masivo de los individuos que la componían.

Es imposible no asociar estas disquisiciones con las que sucedieron en la Argentina acerca del significado del verbo aniquilar en los decretos firmados por Isabel Martínez e Italo Luder.

En el juicio de 1985, la defensa de los ex Comandantes argumentó que habían cumplido con las órdenes de un gobierno constitucional, aunque no pudieran explicar en forma congruente por qué acataron sólo esa orden y desconocieron el resto de las disposiciones institucionales.

Como testigo, Luder defraudó esas expectativas y dijo que la orden de “aniquilar el accionar de los elementos subversivos” se refería a privarlos de la voluntad de combate y no a matarlos.

Este año, Videla terminó por reconocer que para continuar la represión no era necesaria la toma del poder, por lo que el golpe de 1976 fue un error político que les quitó legitimidad.

Pero aún así, insiste en que Luder les había dado “licencia para matar”.

La similitud entre algunos aspectos de los procesos alemán y argentino recorre asombrosos vericuetos.

Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, la colectividad alemana en la Argentina tuvo un órgano de expresión opuesto al nazismo, el diario Argentinisches Tageblatt, propiedad de la familia de Roberto y Juan Alemann.

Sin embargo, cuando el terrorismo de Estado se incubaba en la Argentina, ese mismo diario publicó un editorial en el que sostenía que

el gobierno podría acelerar y facilitar ampliamente su victoria actuando contra las cabezas visibles, de ser posible al amparo de la noche y la niebla y calladamente, sin echar las campanas al vuelo. Si Firmenich, Quieto, Ortega Peña entre otros, desaparecieran de la superficie de la tierra, ello sería un golpe fortísimo para los terroristas”.

Días antes había muerto Perón, días después fue asesinado Ortega Peña. Los hermanos Alemann fueron parte fundamental en los equipos económicos de la dictadura, Juan con Videla, Roberto con Galtieri.

Forman parte de esa capa de la burguesía argentina que desde 1955 en adelante avaló las peores atrocidades con la imperturbable buena conciencia de quienes creen que la democracia es el gobierno de los democráticos. O como la caracterizó Walsh:

“Las sagradas ideas, los sagrados principios y, en general, las bellas almas de los verdugos”.

De Madagascar a Siberia

El exterminio del pueblo judío recién comenzó a programarse cuando la resistencia británica a los devastadores bombardeos alemanes frustró el trasplante forzoso de todos los judíos a la gigantesca isla africana de Madagascar.

En la etapa siguiente, iniciada con la invasión alemana a la Unión Soviética, Madagascar fue sustituida por Siberia.

Las pugnas entre distintos sectores de la burocracia nazi por la conducción de la política antisemita, entre las SS, las oficinas de asuntos judíos de los ministerios del Interior, de Relaciones Exteriores y de Justicia, la Gestapo y los gobernadores de las naciones europeas ocupadas, evocan las disputas entre Videla y Massera durante la guerra sucia militar contra la sociedad argentina, el rol que el jefe de la Marina atribuyó a la ESMA como instrumento en su lucha por el poder político y el eje que conformó con los jefes de cuerpos de Ejército Luciano Menéndez y Carlos Suárez Mason.

Al comienzo, Hitler se propuso “eliminar a la intelectualidad judeo-bolchevique”.

Aplicaba a los judíos el mismo término con el que conduciría su campaña la dictadura argentina: la subversión.

Massera era antisemita y en la conferencia que dio luego de recibir la distinción que le otorgó Bergoglio acusó a Marx, Einstein y Freud de todos los males de la sociedad contemporánea.

Videla, Viola y Galtieri nunca se declararon antisemitas y no se proponían exterminar a los judíos sino a “los subversivos”, pero es bien conocido el plus de crueldad que padecieron los prisioneros judíos en los campos de concentración, en algunos de los cuales se utilizaron cruces svásticas, retratos y discursos de Hitler.

Cuando las Naciones Unidas adoptaron en 1948 la Convención sobre la Prevención y la Represión del Crimen de Genocidio, lo definieron como “la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal”.

Stalin impidió que incluyera también a los grupos políticos, porque temía que pudiera aplicarse a su gobierno.

Tuvo que pasar medio siglo para que el juez español Baltasar Garzón y la sala penal de la Audiencia Nacional de Madrid interpretaran en la causa por los crímenes de la dictadura argentina que la definición de “grupo nacionalcomprendía a cualquier “grupo humano diferenciado, caracterizado por algo, integrado en una colectividad mayor”.

Aprobación moral

El primer tratado internacional que Hitler celebró fue el Concordato con el Vaticano, representado por su secretario de Estado, cardenal Eugenio Pacelli.

Garantizaba la libertad de profesar la religión católica, consideraba a los sacerdotes empleados públicos protegidos por el Estado y reclamaba que los obispos prestaran juramento de lealtad al Reich y sus gobernantes.

Hitler lo interpretó como la aprobación moral de la Iglesia a su política de persecucióncontra la judería internacional”.

Pacelli lo negó, pero él mismo se había expresado con desprecio por los judíos.

El archivo del Vaticano guarda una carta suya firmada y anotada a mano, en la que narra su presentación en 1919 como nuncio ante uno de los fugaces gobiernos revolucionarios de Baviera, a la que considera “sometida a la tiranía revolucionaria judeo-rusa”.

Describe esa sede como “el mismísimo infierno”, en el que le llamó la atención

una banda de mujeres jóvenes, de dudoso aspecto, judías como todos los demás, dando vueltas sin hacer nada por todos los despachos con ademanes libidinosos y sonrisas sugerentes. La jefa de esa chusma femenina que lo supervisaba todo era la amante de Levien, una joven rusa, judía y divorciada. Ese Levien es un joven de entre treinta y treinta y cinco años, también ruso y judío. Pálido, sucio, con ojos de drogado, voz ronca, vulgar, repulsivo, con un rostro a un tiempo inteligente y taimado”.

Mientras Pacelli era nuncio en Baviera, su amigo el cardenal Achille Ratti cumplía la misma función en Varsovia. Llegó allí con el encargo de atender a la situación de los judíos, perseguidos por los católicos polacos.

Lejos de ello, alertó al Vaticano sobre el peligro que suponían los judíos, a quienes consideraba la fuerza principal del bolchevismo. Ratti y Pacelli no eran dos cardenales del montón: ambos ascendieron al trono de Pedro, con los nombres de Pío XI y Pío XII.

Hitler sabía cómo tratar con la jerarquía católica. Al obispo de Onsnabrück, Hermann Wilhelm Berning, le dijo que

durante 1.500 años la Iglesia ha considerado a los judíos como seres nocivos, los ha exiliado en ghettos, porque reconoció cómo eran. Este peligro dejó de verse en tiempos del liberalismo. Yo retrocedo en el tiempo y hago lo que se hizo durante 1500 años”.

Sopesar cada palabra

En 1937, aquel nuncio en Polonia devenido Papa firmó la EncíclicaMit brennender Sorge”, que ni siquiera menciona la persecución a los judíos y, lejos de condenar al racismo, lo considera “necesario y honorable”.

Pío XI sólo dijo allí que la Iglesia era una y la misma para todas las razas y las naciones. Es decir, puso el acento en la Iglesia y no en el racismo nazi. Una ambivalente referencia a Cristo decía que “tomó Su naturaleza humana de un pueblo que lo crucificaría”, lo cual reforzaba el antisemitismo teológico en el que, como señala Rafecas, se basaba Hitler.

Mit brennender Sorge” informaba que el Episcopado alemán había recomendado moderación y sopesado cada palabra para no endurecer con su severidad el corazón de los fieles.

El cardenal Raúl Primatesta usó casi la misma frase cuando le dijo a Videla que la Iglesia medía cada palabra porque conocía “el daño que se le puede hacer al gobierno”.

Aunque la Encíclica reclamaba por el envío de sacerdotes a campos de concentración, anunciaba que seguiría con su mano tendida para restaurar la paz entre la Iglesia y el Estado nazi.

Aun este texto conciliador disgustó al presidente del Episcopado alemán, cardenal Adolf Bertram, quien había sugerido que en vez de una Encíclica Pío XI enviara una carta reservada a Hitler.

La reserva, el ocultamiento de todo lo que sus integrantes sabían, fue también la política central del Episcopado argentino en la década de 1970.

En mayo de 1976 catorce de los 57 obispos que asistieron a la Asamblea Plenaria del Episcopado informaron sobre los secuestros, torturas y asesinatos que sucedían en sus diócesis desde el golpe de marzo, pero una vez enterados, por votación de 38 contra 19 decidieron no difundirlo.

El fracaso de sus ejércitos en Leningrado y Moscú y el ingreso de Estados Unidos a la guerra luego del bombardeo japonés a una base en el Pacífico frustraron el plan Siberia.

Recién entonces Hitler pasó a ejecutar la “solución final”, que constituía sobre todo un problema de logística y escala de producción.

La descripción que Rafecas hace de estas cuestiones recuerda la respuesta que dio Jean-Luc Godard cuando le preguntaron por qué había rodado una película sobre la guerra de Argelia pero no sobre el Holocausto.

Contestó que sólo podría filmar un diálogo entre dos verdugos sobre los trenes que no llegan a horario, la escasez de personal y la mala calidad del gas, y que esa película sería insoportable.

Tal vez por eso, el nazismo recurrió al uso de eufemismos, como “el reasentamiento” o “el transporte”, tan parecidos a “el traslado” que usaba la dictadura argentina.

La respuesta a esos problemas técnicos fue la escala industrial del exterminio que se comenzó a aplicar en los lager de Auschwitz-Birkenau, con la colaboración de grandes empresas alemanas, como Siemens y Krupp.

Este es un dato de especial relevancia en la Argentina de hoy, cuando la Justicia comienza a investigar la complicidad de los hombres de negocios con la guerra sucia.

Si empresas alemanas construyeron los hornos y suministraron el gas, empresas argentinas recibieron en sus plantas a las tropas militares, les suministraron información sobre los activistas gremiales y políticos que debían desaparecer y hasta les proporcionaron vehículos para transportar a los secuestrados, como la firma Ledesma en la Noche del Apagón.

Métodos más humanos

Otra asociación que salta a la vista se refiere a las justificaciones del nazismo y de la dictadura argentina para sus métodos bárbaros.

En las primeras semanas de la invasión hacia el Este, grupos de tareas que acompañaban al Ejército alemán fusilaron a decenas de miles de judíos en Lituania, Polonia, Letonia, Ucrania y Bielorrusia.

Pero cuando se trató de eliminar también a mujeres, niños y ancianos fueron precisos otros procedimientos que requirieran una cantidad menor de ejecutores y que fueran “más eficientes e impersonales”.

Para Himmler, las cámaras de gas constituían “métodos más humanos”. Comenta Rafecas: “por supuesto, para los ejecutores”.

Esa frase tiene una inocultable familiaridad con la que el Comandante de Operaciones Navales usó para comunicar a toda la oficialidad de la Armada que los prisioneros serían arrojados al mar desde aviones.

El vicealmirante Luis Mendía les dijo que ese método fue aprobado por la jerarquía eclesiástica, porque lo consideraba “lo más humanitario”, una “forma cristiana y poco violenta”, según narró uno de los asistentes, el Capitán de Fragata Adolfo Scilingo. Así podían evitar la mirada de las personas que iban a matar, no recordar ni un grito.

Un problema no menor, allí y aquí, era el de la justificación de los asesinos ante sí mismos. Así surgió la idea de evitar “la venganza, sobre nuestros hijos y nietos”, que Himmler transmitió a todas las unidades ejecutoras.

Salvando las debidas distancias, porque en la Argentina el plan no fue asesinar a los hijos de los subversivos sino privarlos de su identidad y su historia, la racionalización fue similar.

La formuló el general de Justicia Carlos Horacio Cerdá, el cerebro jurídico de los sucesivos presidentes militares, desde Videla hasta Bignone, autor de la ley de autoamnistía:

“Las Fuerzas Armadas han establecido como doctrina que los hijos de subversivos no se eduquen con odio a las Fuerzas Armadas. Para eso se decidió entregarlos en adopción a otras familias”, le dijo a Emilio Mignone.

Durante el gobierno de Fernando de la Rúa, el ministro de Defensa Horacio Jaunarena propuso a Cerdá a las Naciones Unidas como “experto independiente” que supervisaría la aplicación del derecho humanitario en conflictos armados. Advertido por el CELS, el entonces canciller Adalberto Rodríguez Giavarini retiró esa candidatura perversa.

La estrategia de la impunidad

Rafecas se formula una pregunta que me hice a mediados del siglo pasado, como adolescente judío en la Argentina:

¿Cómo fue posible que hubiera tan escasa resistencia colectiva al genocidio, con excepciones heroicas pero tardías, como los levantamientos en lo que quedaba de los ghettos de Varsovia y Bialystok?

Hubo sí, gestos individuales, como el suicidio del presidente del Consejo Judío de Varsovia, Adam Czerniakow, quien no aceptó entregar a la muerte a los niños de su pueblo como le exigía el ocupante.

Un último rasgo que enlaza al genocidio de los armenios con el Holocausto y con los crímenes de la dictadura argentina es la estrategia de la impunidad, como parte del plan de exterminio.

Las biografías de los sobrevivientes de la Shoah refieren las arengas de los verdugos: si alguno escapara, ¿quién se molestaría por escuchar su relato en vez de la verdad del vencedor?

Tuvieron que pasar 7 décadas para que el genocidio de los armenios fuera reconocido por las Naciones Unidas y 8 para que una investigación académica, la de Vahakn Dadrian, lo reconstruyera en detalle.

Tal vez sea un exceso de optimismo pensar que si hubiera sido castigado a tiempo no se hubiera producido el Holocausto. Pero aún así, esta secuencia muestra la importancia de la Verdad y de la Memoria, como camino hacia la Justicia.


Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.


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