La “esperanza negra” del país blanco, el débil “Grito de Moyano” y la cuestión del horizonte de gobernabilidad.
Por Luis Tonelli

29–06–2012 / Todo iba muy rápido. Demasiado rápido. De repente, los comentaristas de siempre anunciaron que el Grito de Moyano iba a poner una bisagra en la historia.
Que la rebelión del líder de la CGT y anterior lugarteniente kirchnerista, no sólo resultaría en una demostración de poder de quien “era dueño de la calle”, sino que iba a dar comienzo al renacer de la oposición en la Argentina, después de tanto tiempo de su ausencia con aviso.
Incluso, estaban quienes se relamían en sus deseos imaginarios “destituyentes” (horrible dictu, pero que hay que reconocer les calzaba como anillo al dedo a quienes entusiasta y convencidamente creían que “lo de Moyano” terminaba en un “megalombo” muy superior al conflicto de la 125 con el C.A.M.P.O.).
El análisis procedía del siguiente modo: en la Argentina existen, digamos, ciudadanos con preferencias opositoras de diferentes calibres, que no encuentran expresión ni menos representación en ninguna de las fuerzas y/o personajes opositores.
Por las razones que fueran, este porcentaje que (naturalmente) tienen las sociedades democráticas de gente que está “en contra”, dada la crisis del sistema de partidos vernáculo, se encuentra vacante.
En estos años, y especialmente, después de la derrota kirchnerista en las legislativas de 2009, los referentes opositores institucionalizados sólo exhibieron impotencia para generar daños de magnitud en la popularidad presidencial, y el rol opositor fue tomado “testimonialmente” por los Medios que se colocaron en una posición furibundamente crítica.
Las elecciones presidenciales repitieron amplificadamente el síndrome de Blancanieves y los Siete Enanitos que disfrutó Cristina Fernández en su primera elección presidencial.
La oposición argentina pasó a figurar en los records Guinness de distancia del candidato oficial victorioso por obra y gracia no sólo de su performance (54 %), sino debido, especialmente, a la fragmentación en Pinipons opositores jugando a ver quién se minimizaba más.
Pero hete aquí que apenas de asumir la Presidenta en su nuevo período en la Casa Rosada, le sucedió lo mismo que sufrió en sus inicios como presidenta.
Quizás por eso de que todo es más costoso arriba de tacos altos o lo que fuera, arreciaron problemas y desventuras que contribuyeron a un contexto político que se polarizó cada vez más, diluyéndose la sensación de bonanza económica.
Por su parte, a nivel sistémico (esa dimensión desconocida por el gobierno nacional), la creciente inflación generó problemas colaterales de cierta envergadura, y diferentes traspiés, entuertos y mala onda.
Todo lo cual contribuyó a que se consolidara la creencia de que la Presidenta no iba a poder disfrutar de un contexto favorable en la opinión pública que le permitiera reformar la Constitución para quedar así habilitada a competir por un tercer mandato – y a triunfar, si no, ¿para qué?
Una parte del peronismo comenzó, entonces, su deporte favorito: eso que se conoce en ciencias sociales pomposamente como “inducción retrospectiva”.
O sea, los actores se imaginan cómo será el último movimiento del juego político que tiene lugar y deducido su resultado, se lo traslada del futuro al presente, haciéndolo valer hoy.
O sea, adelantar todos los tiempos y comenzar a plantear a operar y a rosquear la cuestión de la sucesión a sólo ocho meses de transcurrida la segunda presidencia de Cristina Fernández y cuando falta tanto, tanto, tiempo.
Hugo Moyano apareció casi fatalmente como ese acto que la trama buscaba. Con sentencia dictada y de cumplimiento casi en lo inmediato, el mandamás hoy formal de la CGT no tenía más opción que salir para adelante -y con el estilo de siempre, “metiendo la trompa, para después pasar el mionca entero.
Sus primeros movimientos en contra del Gobierno fueron recibidos -oh (no tanta) sorpresa- con beneplácito por medios hipercríticos y muchos de los opositores huérfanos de oposición.
El Negro Moyano devenía entonces la “esperanza negra” del país blanco.
Posicionamiento reforzado al poder instalar en escena la cuestión del atraso del mínimo no imponible del impuesto a las Ganancias debido al incesante ritmo inflacionario -lo cual, redundó en un aumento de la presión impositiva sobre trabajadores que antes ganando igual o más no tenían que contribuir con ese impuesto.
De algunas bocazas oficialistas salió, incluso, ese disparate de la existencia de una “oligarquía obrera” conformada por aquéllos que ganaban más de 6.000 pesos y que representan sólo el 15 % de la Población Económica activa.
Como si fuera un pecado que algunos obreros pudieran ganar unos mangos más, fuera por lo que fuere (dinero que no sale, al menos directamente, de la explotación de otros obreros, sino que se descuenta de la plusvalía del capitalista, para decirlo en términos kicillofianos).
Por arte de alguna alquimia rara el despiste oficial se convertía más bien en un argumento opositor: después de 8 años de crecer casi al 8 %, los salarios argentinos del 85 % de los trabajadores a gatas superaban los mil dólares -cambio oficial, por supuesto, no seamos cipayos.
En semejante escenario bélico, la prospectiva era obvia. La oposición encuentra en Moyano el vehículo -nunca más apropiado el concepto, tratándose de un camionero-, para que la mufa se materializara en una acción que, por su magnitud, iba a herir considerablemente al Gobierno.
Y, algunos, yendo a más en su ansiedad, ya pasaron a considerar a Moyano el Gran Conductor -algo que el propio líder de los camioneros, esta vez, parece que no se la creyó.
Claro, el análisis presuponía que una anomalía se había vuelto normalidad. El voto de Palermo Chico a Eduardo Duhalde permitía, según algunos estudiosos, inferir que la gente, con tal de votar en contra, vota cualquier cosa.
Pero claro, pocos repararon en el hecho de la desperonización de Duhalde de sus últimos días, y en la construcción mediática que lo presentaba como ese “Estadista” (que, en realidad, nunca fue).
La cuestión pasa, entonces, por si la oposición al Gobierno podía surgir desde adentro del peronismo (dada la anemia opositora no oficialista), desde un ex aliado íntimo (y ahora enemigo íntimo) del kirchnerismo y de alguien que como principal capital político exhibe la capacidad de acción directa de su gremio de decuriones autotransportados.
O sea, un capital puramente negativo, después de haber perdido el capital positivo de la contención de los trabajadores en términos de piso, pero también techo de las demandas salariales.
Por lo que fue el acto de protesta sindical el miércoles pasado, todo índica que no.
Que ese electorado mayoritariamente gorila ni siquiera está dispuesto a ceder al apotegma de la realpolitik de que el “enemigo de mi enemigo es mi amigo” y que poca clase media está dispuesta a subirse al camión de Moyano.
Y eso antes de que los medios difundieran profusamente la “danza del tetrabrik” en Plaza de Mayo, propia de barras bravas -remedo indigno de esa rebelión fundante del “lavarse las patas en la fuente” -o del tan esperado como flojísimo discurso-.
Sencillamente, lo que sucede es una contradicción insalvable, una cesura fundamental entre el electorado potencialmente opositor con rasgos marcadamente gorilescos y un personaje que concentra su poder político en la amenaza de desabastecer a los sectores que se quejan de antemano de un imaginado desabastecimiento.
Y hasta uno podría decir, por estas horas, que el “Grito de Moyano”, como esas vacunas que inoculando una versión débil de un virus inmunizan al organismo de esa enfermedad, le ha servido al Gobierno para estirar su horizonte de gobernabilidad.
El “gran desestabilizador” resultó ser, frente a las expectativas generadas, un mero camión de papel maché.
El kirchnerismo, ahora, confía en que en su “fuga hacia delante” alcance a las elecciones legislativas para que los compañeros, todos unidos, triunfen y recarguen así al oficialista Frente para la Victoria. La foto de hoy -o mejor dicho la del miércoles pasado, y hasta nuevo aviso, avala esas expectativas.
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Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.
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