Archivos para julio 17th, 2012

Alemania. La mayor beneficiaria de la triste Eurozona…

julio 17, 2012

La economía alemana no es un ejemplo

17–07–2012 / Este artículo critica el mal llamado milagro alemán que está basado en unas situaciones de dominio sobre su propio mundo del trabajo y sobre otros países de la Eurozona que están en una situación muy difícil que les impide alcanzar el nivel de competitividad de la economía alemana.


por Vicenç Navarro

MerkelalmandoLa canciller alemana Angela Merkel ha indicado que el supuesto éxito del modelo alemán se debe a las políticas de austeridad que el gobierno alemán realizó en la primera década de este siglo, políticas iniciadas por el gobierno de coalición socialdemócrata-verde, y continuadas por la coalición gobernante cristianodemócrata-socialdemócrata, y más tarde por la coalición cristianodemócrata-liberal.

De ahí que la Sra. Angela Merkel y su gobierno estén presionando para que todos los países de la Eurozona hagan lo mismo.

El problema con esta postura es que ignora u oculta varios hechos esenciales. Uno es que su éxito como país exportador se debe a una situación de dominio sobre su propia clase trabajadora y sobre otros países que bien podría definirse como explotación.

Puesto que este tipo de terminología raramente aparece en los medios, siento la necesidad de explicar el significado de tal término. A explota a B cuando A vive mejor a costa de B, que vive peor. A y B pueden ser clases sociales o países.

Pues bien, comencemos por clases. El complejo exportador alemán ha basado su éxito (que ha repercutido en una explosión de sus beneficios) en parte en que ha evitado que la clase trabajadora alemana sea beneficiaria del incremento de su productividad.

Como bien ha dicho Mark Weisbrot, el Estado y el mundo empresarial alemanes no han permitido un aumento de los salarios paralelo al crecimiento de su productividad. La mayoría de este crecimiento ha enriquecido las rentas del capital, y no las del trabajo.

En realidad, estas últimas, como porcentaje de todas las rentas, han disminuido. Al capital le ha ido muy bien a costa de que al mundo del trabajo no le haya ido tan bien como podría o debería haberle ido.

Veamos ahora explotación de nación. Alemania es el centro de la Eurozona. Sus partners son los países de tal unidad monetaria cuya competitividad es menor que la alemana, lo cual favorece el crecimiento de las exportaciones alemanas a estos países.

Pero el hecho de que todos utilicen la misma moneda explica que a los países con menor competitividad les es imposible ganar competitividad porque no se les permite la devaluación de la moneda (que conllevaría una reducción de costos de producción).

Ello limita sus posibilidades de poder ser más competitivos.

Y una de las pocas maneras posibles es bajando los salarios (como constantemente los autores neoliberales insisten), bajada que tiene que ser muy acentuada para alcanzar mayor competitividad como consecuencia que los salarios alemanes son más bajos de lo que podrían y deberían ser, asegurándose así diferencias de competitividad que favorecen únicamente a Alemania, a costa de los demás.

Así es como ocurre no sólo la explotación de clase, sino también de nación.

Es casi imposible que en esta situación los países periféricos puedan alcanzar el nivel de competitividad alemana.

Es más, los Estados de tales países también tienen sus manos atadas porque no tienen un Banco Central que imprima dinero y pueda proteger su deuda pública (como hace un Banco Central digno de su nombre) de la especulación de los mercados financieros.

No pueden, por lo tanto, expandir su gasto y estimular la economía creándoseles un problema grave, pues sus economías están en recesión (camino de depresión en algunos países), disparándose el desempleo.

Esta situación, enormemente desfavorable a los países periféricos, se mantiene debido al enorme dominio del establishment financiero alemán sobre el Banco Central Europeo (BCE, que es un lobby de la banca alemana) y de la Comisión Europea.

Empeorando la situación, el BCE chantajea a los Estados periféricos imponiéndoles la austeridad y las reformas laborales que empeoran el desempleo.

Paradójicamente, sin embargo, en cuanto a las reformas laborales que el BCE impone, no sigue el modelo alemán.

En realidad, el bajo desempleo alemán se debe, no a la facilidad que tengan los empresarios en despedir a los trabajadores (medida promovida por la Sra. Merkel, por la Comisión Europea, por el FMI, y por el BCE) sino a la cogestión existente en los centros de trabajo, que en su sistema de negociación colectiva impide la destrucción de puestos de trabajo, repartiendo el trabajo (las horas trabajadas) en su lugar.

El BCE jamás ha presionado por esta medida de cogestión.

Una última observación. He indicado en otros textos que la percepción generalizada de que el Estado alemán es el que está ayudando a los países periféricos del euro no se corresponde con la realidad.

Esta ocurriendo al revés. Hoy existe un gran flujo de capitales de estos últimos países a Alemania.

Y la supuesta “ayuda” a la banca española es, como bien indica Peter Böfinger en una entrevista en Die Spiegel (Chatterjee, Pratap, Bailing Out Germany: The Story Behind The European Financial Crisis), “esta ayuda no es a estos países, sino a nuestros propios bancos, que tienen gran cantidad de la deuda privada en aquellos países”.

Tal señor es consejero económico de la Sra. Merkel. Mientras, el Deutsche Bank y el Commerzbank, dos de los bancos alemanes más importantes y que consiguieron magníficos beneficios prestando dinero a la banca española, han tenido los mejores beneficios obtenidos en los últimos cinco años.


Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.


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Imperialismo, siempre vigente. Sudamérica. La importancia de reformas constitucionales

julio 17, 2012

La reforma constitucional y el contexto sudamericano

carlosraimundi17–07–2012 / Sin aferrarme a ningún dogma ideológico, afirmo que el Imperialismo existe y está plenamente vigente.

Todas las medidas adoptadas hasta ahora por las economías desarrolladas con la pretensión de paliar su crisis confirman la decisión de persistir en el modelo financiero, que, precisamente, es el causante de la misma. En lugar de dirigirlas al estímulo de sus fuerzas productivas, van al rescate de los bancos, es decir, de quienes nuclean el tráfico de derivados financieros que apresuró el estallido, debido a su desconexión de la economía real.

La insistencia en el desenfreno financiero por parte de los países del Norte, va acompañada de una demanda cada vez mayor de recursos energéticos que no poseen en la medida de sus necesidades, y, por lo tanto, conlleva al control político y militar de zonas estratégicas.

La naturaleza misma del modelo los lleva a repetir el ciclo de dominación ilimitadamente, tanto en su sostenimiento en el tiempo como en su inescrupulosidad en cuanto a los medios.

Se trata de un círculo vicioso del cual América Latina no es ajena desde hace cinco siglos, y, en especial, desde nuestro proceso emancipatorio, a principios del siglo XIX. Y que nos costó la sangre de miles de mártires.

La diferencia que marca esta primera década del siglo XXI es la confluencia de gobiernos populares, encarnados por liderazgos muy fuertes, dispuestos a cuestionar aquella hegemonía de la dependencia económica, la depredación de los recursos naturales y el tutelaje político-ideológico.

LA ALTERNATIVA SUDAMERICANA.

En el G-20, los países emergentescon gran protagonismo de la Argentinavienen denunciando ese modelo.

Asimismo, en su encomiable discurso ante el Comité de Descolonización, nuestra presidenta desplegó un conjunto de axiomas que trascienden la disputa bilateral por un territorio, para situarse en el plano de los nuevos paradigmas de civilización.

En la misma semana, la Argentina lideró la posición de numerosos países emergentes en la Cumbre Ambiental de Río de Janeiro, denunciando la estrategia de los poderosos. Al mismo tiempo que depredan el ambiente, incumplen los tratados que firmaron y exportan al Sur sus tecnologías más sucias.

Están obligados a incumplir con las metas ambientales debido a su necesidad de sostener el desenfreno del modelo, y proponen pagar bonos a nuestros países a cambio del incumplimiento.

Esto acarrea dos consecuencias graves:

1) No detiene la depredación; y

2) Para pagar su incumplimiento necesitan seguir concentrando divisas, convierten al medio ambiente en un nuevo derivado financiero, y reproducen el ciclo de explotación.

Si juntamos estas tres sólidas posiciones internacionales sostenidas por nuestra presidentaG-20, Comité de Descolonización y Cumbre Ambiental– con las últimas medidas de política interna –regulación del mercado de divisas, administración del comercio exterior, recuperación de autoridad monetaria del Banco Central, recuperación de YPF y el programa de construcción masiva de viviendasnos encontramos con una consistencia notable de la filosofía de un proyecto global, que es, entre otras cosas, lo que le ha dado a Cristina Fernández de Kirchner, un alto predicamento entre los líderes políticos de la región y del mundo.

PARAGUAY COMO CUÑA.

El golpe perpetrado por la corporación política de Paraguay, en connivencia con los grupos de poder oligárquico, fundamentalmente terratenientes, se inscribe en esta disputa de hegemonía regional.

Los gobiernos populares del Mercosur y la Unasur suspendieron transitoriamente la participación del Paraguay en esos organismos, hasta que se repare la anomalía institucional.

Sin embargo, los EE UU, el Vaticano, el gobierno de derecha español y la Alemania de Angela Merkel fueron los primeros en reconocer al nuevo e ilegítimo gobierno.

En el caso del Mercosur, de fuerte sello comercial, Paraguay se siente desobligado de sus compromisos, y liberado, por lo tanto, no sólo para establecer con los EE UU acuerdos de libre comercio, sino también para permitir la instalación de bases, el ingreso del Comando Sur o de equipamiento militar, además de ejercer una tolerancia mucho mayor respecto de sus operaciones de inteligencia.

En estas condiciones, Paraguay se reafirma como un territorio apto para todas las políticas que los EE UU quieran hacer sobre la región.

Qué coincidencia, además, que la corporación política que propinó el golpe al presidente Lugo, es la misma que venía impidiendo el ingreso de Venezuela al Mercosur.

Por eso, había que responder con una medida política y simbólica muy fuerte y muy autónoma, como fue la incorporación de Venezuela. En estos procesos no se puede andar con medias tintas.

Un cambio significativo en la ecuación política de la integración sudamericana: Venezuela, con todo su potencial energético y político, accede al bloque del Cono Sur y nos conecta a este con el Caribe.

A su vez, los EE UU y los grupos de derecha de la región encuentran en la nueva situación paraguaya el canal de entrada al Cono Sur, la cuña al proceso de integración, que no habían logrado con otros gobiernos afines.

Está demostrado que la vocación de cambio, expresada por los pueblos sudamericanos en la última década, ha permitido el surgimiento de los liderazgos presidenciales con mucha más celeridad que lo que tardan sus sistemas de partidos e instituciones demoliberales, en adecuarse a los nuevos paradigmas.

Y esto, sumado a las sucesivas intentonas destituyentes que atraviesan nuestros países, no hace más que ratificar la dimensión de la batalla cultural que aún tenemos pendiente.

POLÍTICAS PERMANENTES VS. MANDATOS CORTOS.

Sin aferrarme a ningún atavismo, dogma ideológico, ni preconcepto arcaico, y dispuesto a analizar la realidad desde las teorías más recientes, afirmo que el Imperialismo existe y está plenamente vigente. Recubierto de ropajes nuevos y apelando a formas más lozanas y sutiles, pero tan preciso, obstinado y eficiente como siempre.

Apoyado en sus acólitos locales, tiene sus intereses puestos en la región, maneja estrategias, y está dispuesto a ejecutarlas. Sus políticas de intromisión –justificada, sucesivamente, con la “Doctrina Monroe”, la política del garrote, la Doctrina de la Seguridad Nacional o los golpes blandos del presenteresponden a una idea permanente.

La idea permanente de que, en la medida en que cualquier país sudamericano aplique políticas que desentonen con sus intereses, los poderes fácticos –que de ellos se trata– se ven obligados a intervenir en los asuntos internos para reordenarlo.

El esquema descripto es una “política permanente”, que ha recurrido a la invasión, el golpismo, la hegemonía cultural, la dependencia financiera y otros mil formatos, desde los albores mismos de nuestra emancipación.

En algunos países más que en otros, dichas políticas han tenido la inteligencia de construir toda una arquitectura institucional, que genera tantas mediaciones entre la voluntad popular y la decisión política, que finalmente termina desdibujando aquella voluntad popular y jugando a favor de sus propios intereses.

El ejemplo más palpable es el reciente golpe en Paraguay, dado, nada menos, que por una institución “democrática” como el Parlamento, a través de otra institución “democrática”, como lo son los partidos políticos tradicionales.

Una clase política que no actúa en representación de los más pobres, sino de los más poderosos; que no es independiente ni soberana, sino servil a las directivas de los terratenientes y los grupos trasnacionales ligados al agronegocio.

Está en disputa, pues, el significado y el contenido de lo democrático. Y una disputa semejante amerita revisar el sistema institucional en el que se apoyaron los sucesivos ajustes sociales, y pensar en instituciones nuevas, que afiancen los actuales procesos populares y consoliden los nuevos paradigmas.

Tal lo hecho en países hermanos como Venezuela, Bolivia y Ecuador, justifica el debate sobre una Reforma Constitucional.

Una Reforma, que, al andamiaje tradicional de instituciones liberales, lo interpele desde una nueva mirada institucional, con anclaje en conceptos como el poder popular y la economía social y solidaria, con una metodología que saque la discusión de los laboratorios para situarla en el seno de las enriquecedoras experiencias que arroja el debate público de estos tiempos.

Por último, es ese mismo sistema de poder el que, de su lado, aplica políticas permanentes. Pero que, al mismo tiempo, limita a mandatos cortos la legitimidad de la política, de modo de debilitar o interrumpir los procesos populares cuando estos tienen la osadía de disputar su hegemonía.

Y saltan con la cantinela de la alternancia y la excusa de que los líderes populares no deben “perpetuarse”.

Justamente son los inspiradores de políticas perpetuas, los que necesitan mandatos cortos de la política, de modo que esta no se aventure a poner en tela de juicio sus intereses, no pueda dar batallas culturales que suelen ser más largas que un mandato o dos de un presidente.

No doy por cerrado el debate. Pero tampoco permitamos que sean “ellos” quienes lo cierren. Y procuro que nos preguntemos si hay o no una relación estrecha entre la Reforma Constitucional, y el desafío de consolidar los procesos populares de nuestra querida Sudamérica.


Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.


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Bajada de Línea. (15-07-2012) Chávez y la crisis perfecta, dos fantasmas que recorren el mundo

julio 17, 2012

La crisis perfecta, una nueva fase del capitalismo
Hace un año los medios auguraban la muerte de Chávez
Entrevista al periodista y locutor Eduardo Aliverti, que estuvo 10 días en Venezuela.
Hugo Chávez, el temor del neoliberalismo.
Invitados en el twitter @bdlvictorhugo: Arbolito, integrante de la banda arbolito; Lucas Carrasco, periodista autor del blog La República de la Soja; Atilio Boróm, sociólogo y politólogo.
América Latina, el continente de la esperanza: Lula y un análisis el último lunes 06/07/2012 sobre la necesidad de la integración sudamericana y caribeña.
Spot de campaña de Lula en 2003
América latina
, una alternativa al neoliberalismo
El mundo del mañana, el programa de Julián Assange y entrevistas a: Noam Chomsky, filósofo y activista estadounidense; Tariq Alí, escitor y activista pakistaní.
La relación entre Obama y Chávez. Mitt Romney, candidato Republicano demoniza a Chávez. Chávez se defiende por iquierda.
Operación mediática de los golpistas paraguayos. Operaciones de prensa y golpismo en Paraguay.
La operación de prensa golpista suma a Ecuador.
Prensa y poder en América latina.
Nuevos recortes en España.
El Gran Wyoming, humorista y vocero anticrisis en España.


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Rumbo al 7 de diciembre. Tiempo de descuento

julio 17, 2012

Democratización de la palabra y afianzamiento político
Tiempo de descuento

15–07–2012 / Existe una relación posible entre las definiciones de Moyano, las indefiniciones de Scioli y la inminente e irreversible desmonopolización mediática. Dividir el frente político oficialista: la última gran arremetida de las corporaciones.

Moyanoytn

Hugo Moyano se acercó al grupo Clarín al tiempo que se alejó del apoyo al proyecto nacional

Por Ernesto Espeche

La cuenta regresiva hacia el 7 de diciembre se percibe en el sistema de medios hegemónicos. A medida que se acerca la fecha fijada por la Corte Suprema de la Nación para la efectiva vigencia del artículo 161, las operaciones desestabilizadoras aumentan su tenor.

Las corporaciones de la comunicación -erigidas en centros estratégicos de articulación opositora- entienden que los tiempos se agotan. Ya nada será como hasta ahora: su eficacia en la formación de opinión pública y climas sociales sucumbirá, finalmente, ante los imperativos de la democracia.

La última gran apuesta del poder mediático es enfrentar al gobierno nacional con sectores sindicales y gobiernos provinciales. Bajo los límites de la lógica televisiva, se fogonea la idea de aislamiento de la presidenta Cristina Fernández respecto de los puntales de su armado político.

Hugo Moyano y Daniel Scioli no quisieron ni supieron escapar a un trazado político que los subordina a intereses que exceden en demasía las particularidades de sus espacios.

Se pretende generar un clima de disgregación y achicamiento del entorno oficial. El combo incluye, de modo alternado, denuncias infundadas de corrupción, datos imprecisos sobre estancamiento económico y alarmas estruendosas sobre la estabilidad cambiaria.

La explicación certera de todos los males que aquejan al país están, siguiendo esa lógica, en una “obstinada e imprudente soberbia presidencial“. Eso fue lo que repitió Moyano cuando tuvo que asumir y fundamentar públicamente su nuevo lugar en el tablero político.

Eso mismo le permite a Scioli presentar su habitual constipación ideológica como una virtud. Nada nuevo, si entendemos que la letra para los diferentes armados opositores se escribe, primero, en las páginas de los medios hegemónicos.

Decimos “medios hegemónicos” sin, con ello, apelar solo a una definición de moda. Son hegemónicos, en el sentido estricto del término, porque logran imponer sus valores como los valores de un conjunto más amplio (en este caso, el arco opositor), porque definen una estrategia capaz de subordinar a las prácticas y los discursos de un grupo de dirigentes y porque sus ideas de la realidad tienen cierto impacto en un sector de la sociedad.

En este escenario, no hay gestos ni pronunciamientos emitidos desde cualquier tribuna opositora que no tenga la impronta de los diseños mediáticos. Nada de lo que diga o haga desde las heterogéneas entrañas del abanico opositor queda fuera de las grandes definiciones de las corporaciones mediáticas.

Así, por más que el propio Moyano se esfuerce en decir que no le teme a “ningún funcionario ni a ningún monopolio“, los ejes de su discurso en el estadio de Ferro -y los anteriores- fueron los mismos con los que día a día se ataca al Gobierno Nacional desde Clarín: “soberbia, aislamiento y falta de diálogo”.

Es esa capacidad hegemónica la que se verá afectada en poco tiempo. El impacto de las corporaciones sobre la opinión pública será menor en la medida en que se democratice el mapa de medios.

También es presumible -y esperable- que ese desplazamiento se traduzca en una mayor autonomía de los espacios de organización política -sea cual fuere su posición en la coyuntura- respecto de las megaempresas productoras de consensos. De eso se trata, en definitiva, la tan mentada recuperación de la política en los últimos años.

(*) El autor es Director de APAS, docente e investigador universitario, Doctor en Comunicación de la UNLP y director de Radio Nacional Mendoza

De dónde surge la dólar-dependencia de los argentinos? El trauma…

julio 17, 2012
 
Un trauma cultural
Los argentinos y el dólar
 
 Pesodolar
 
¿De dónde surge la dólar-dependencia de los argentinos?
 
El antropólogo Alejandro Grimson, autor de este artículo –publicado en Le Monde Diplomatique, edición julio 2012 **esboza una respuesta: de las experiencias vividas a lo largo de cuatro décadas y de memorias sociales de injusticias, que no han sido reparadas y siguen operando emocionalmente.
 
Alejandro Grimson * / Decano del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín.
 
 Cotizacion
 
El dólar vuelve, una y otra vez: tablita, uno a uno, pesificación asimétrica, corralito, corralón, devaluación administrada.
 
Con sólo considerar algunas palabras surge la pregunta de si se trata de un deporte (corridas, reservas, fugas), de una paleta de pintura (verde, negro, blue) o del encaje de un vestido; y, obviamente, si el arbolito dejará ver el bosque.
 
Si hace diez años, cuando el dólar arañó los 4 pesos, alguien hubiera dicho que una década más tarde iba a llegar a 4,50 todos nosotros, expertos en el valor del dólar, nos hubiéramos muerto de risa.
Los argentinos sabemos del dólar como nadie. En el noticiero de la radio dicen la cotización del día. En los 90, después de una década de uno a uno, ya habíamos buscado otra medición: el riesgo país, útil por ser análogo a la sensación térmica, un dato medible, duro: la sensación de los intereses.
 
Hacia el 2001, cuando todo estaba por estallar, el informativo informaba en tiempo real si bajaba o subía. Y nosotros, más ignorantes con el riesgo país que con el dólar, preguntábamos: y si supera los mil puntos, ¿qué sucede?
 
Se cae el país, respondían. Eso era antes de que pasara los mil y los mil quinientos. Pero claro, los que sabíamos por dónde volaba el riesgo país no sabíamos que esa calificación sólo tiene relevancia en el contexto de una política de alto endeudamiento. Atentos al datito del día, se desatendía el marco ideológico del fin de siglo.
¿Sólo compran dólares las clases altas?
 
Recuerdo, como si fuera hoy, que a mediados de 1989 los empleados públicos salíamos con el salario del mes, cruzábamos la Plaza de Mayo hasta la calle San Martín y convertíamos el 80% de nuestro sueldo en 50 dólares, para ir vendiendo de a poco cada semana y así intentar acercarnos un poco a fin de mes.
 
Aunque sólo los grandes compran de a millones, el dólar les importa a todos, lo compren o no. Importa porque es leído, con o sin razón, como un indicador de nuestro presente y nuestro futuro.

Dólar y ciencia

El dólar no es un indicador natural ni un indicador científico. Cualquiera sabe que el tipo de cambio es una variable que en muchos países se comporta con bastante autonomía respecto de otras variables de la economía.

Hay que leer bastante más que el valor de una moneda extranjera para entender el funcionamiento económico de un país. Y a veces ni los economistas entienden.
 
Sin embargo, en Argentina, cuando la sociedad se preocupa mira el dólar, como si el dólar dijera algo. Si el que apuesta al dólar gana, es porque vamos mal.
 
Si los funcionarios gritan “El que apuesta al dólar, pierde”, la sensación de que la situación es complicada se profundiza. Pero si el que apuesta al dólar pierde y no deja de perder quizás la maraña comienza a desenredarse.
 
Un país independiente, comprometido con su propia autonomía como para apoyar una dura renegociación de la deuda o la nacionalización de YPF, pero que no puede dejar de pensar en dólares: el panorama parece desolador.
 
¿El problema es psicológico, económico, genético o cultural?
La respuesta tiene varias aristas que merecen ser consideradas con cuidado. Primero es necesario detenerse en qué significa exactamente “cultural”.
 
Muchas veces pareciera afirmarse que el dólar es un “problema cultural” para indicar que es un “problema ficticio”. Si fuera cultural, se infiere, no sería tan grave como si fuera económico, porque en este último caso sería “real”.
 
Si es un problema simbólico, en cambio, sería puramente imaginario, contrario a las matemáticas. Un ejemplo ayuda a ilustrar la idea: si usted atesoró en dólares desde 2003 a la fecha, ha perdido muchos de sus ahorros; si usted atesoró en pesos, ha perdido un poco menos; si usted adquirió propiedades, ha ganado.
 
Como obviamente sólo un sector muy pequeño de la población alcanza a atesorar en propiedades, nos queda el sector dólar-maníaco (que perdió mucho) y el más diversificado en monedas (que perdió menos) (1).
Pero muchas personas no hacen las cuentas exactamente de este modo.
 
Quienes compraron dólares para atesorar, más bien hacen la cuenta desde (digamos) el año 2000. En este caso, aquellos que mantuvieron sus dólares fuera de los bancos ganaron mucho dinero en los años inmediatamente posteriores.
 
Hoy muchos ahorristas pequeños y medianos que compran dólares se preguntan si habrá una mega devaluación en base a la experiencia del 2001, aunque toman nota de que no fue la mejor inversión en el período 2003-2012 (y menos aun si se considera la pérdida de valor de compra del dólar por la inflación en dólares en Estados Unidos).
 
Lo central, en todo caso, es que hay muchas formas de sacar las cuentas y que las matemáticas están enredadas con razonamientos culturales.
Por otra parte, para adquirir propiedades, es decir para acceder a una de las mejores inversiones conservadoras de la última década, hacen falta dólares, ya que no hay vendedores dispuestos a vender en pesos, ni a calcular en pesos el valor de su propiedad.
 
Eso también es un problema cultural, es decir un problema real, en el sentido de un problema con enorme incidencia sobre la economía real.
La cuestión, entonces, es indagar por el peso abrumador del dólar en Argentina. ¿De dónde viene? Propondremos una hipótesis: viene de las experiencias vividas a lo largo de cuatro décadas y de memorias sociales de la injusticia, sobre las cuales no ha habido –ni podrá haber– reparación, pero que de todos modos siguieron operando, en estos años, como un trauma cultural.

Dólar y memoria

La memoria es una cuestión típicamente cultural. Nadie puede recordar, como “Funes el memorioso”, todos y cada uno de los detalles. La memoria cultural siempre es muy selectiva, narrada, construida desde el presente. Se alude a la memoria para referirse a cuestiones muy diversas del pasado.

 
En este sentido, no podría afirmarse que Argentina sea un país de memoria corta. De hecho, la presencia del pasado reciente es muy poderosa, dados los juicios vinculados al terrorismo de Estado y al hecho de que la sociedad y la propia Presidenta se muestran interesadas en indagar y revisar la historia nacional, incluyendo la batalla de Caseros, homenajes a Felipe Varela y a Manuel Dorrego.
 
Si alguien cree que los argentinos no se interesan por la historia es porque no ha entendido la peculiar preocupación, muy cultural, de los argentinos por su pasado.
 
Los best sellers sobre historia argentina, sean estos mejores o peores, expresan claramente ese fenómeno, que por otra parte no parece resultado de la convicción en un pasado considerado glorioso sino más bien en lo contrario, en el sentido de entender por qué en el siglo XX el país no fue lo que podría haber sido.
Pues bien, ¿qué sucede con la memoria económica?
 
Si se quiere analizar seriamente esta cuestión cultural habrá que separar las narrativas puramente ideológicas de la historia, las memorias sociales relevantes y los traumas irresueltos de los argentinos.
 
Es necesario puntualizar entonces al menos dos cuestiones. La primera: hacia el año 2002 o 2003 se fue construyendo un consenso muy amplio alrededor de la certeza de que Argentina había vivido una larga etapa de decadencia.
 
Se discutía si la época de oro había sido a inicios del siglo XX con el auge agro exportador, o en el primer peronismo con la industrialización sustitutiva y la integración social, o incluso si las cosas habían funcionado más o menos bien a pesar de las dificultades hasta 1976.
 
Nunca hubo acuerdo sobre cuándo había comenzado la decadencia, pero sí sobre el declive dramático (iniciado hacía un siglo, medio siglo o un cuarto de siglo).
 
La última década, con altos índices de crecimiento, dividió las percepciones, entre quienes creen que hemos ingresado a un nuevo modelo sustentable, quienes creen que se trata de una etapa pasajera resultado de los precios de la soja y quienes no están muy seguros de si Argentina superó sus crisis cíclicas o si se está asomando a una nueva hecatombe.
 
La segunda cuestión a puntualizar se refiere a las crisis y sus impactos: el Rodrigazo de 1975, la crisis del 82, la crisis hiperinflacionaria del 89-90, el estallido de la convertibilidad en 2001-2002.
 
Se trata en todos los casos de traumas culturales poco elaborados y profundamente injustos.
Del Rodrigazo encontramos entre las personas más cercanas historias opuestas: alguien había dejado sus ahorros en una caja de zapatos, se anunció un ajuste nunca visto en la historia del país, y sus ahorros se convirtieron en nada.
 
Los precios volaron por los aires y los billetes en moneda nacional perdieron todo valor.
 
Pero también es posible escuchar la historia opuesta: una persona que había tomado un crédito hipotecario en pesos vio cómo, tras la devaluación, el valor de la cuota terminó siendo equivalente al de un paquete de cigarrillos.
 
El impacto fue durísimo entre los trabajadores: el Rodrigazo fue en esencia una transferencia de ingresos fenomenal y los sindicatos salieron a las calles.
 
La carrera de Celestino Rodrigo como ministro fue breve, pero la injusticia tuvo larga vida: allí comenzó la caída del salario real consolidada después por Martínez de Hoz. La injusticia fue una experiencia real con profundas consecuencias en el imaginario social.
 
En las formas culturales de hacer cuentas, los argentinos recordamos mejor cuando fuimos estafados que cuando alguien salió ganando.
 
Podría decirse que ambas situaciones fueron injustas, pero en nuestra memoria sólo la primera de ellas se vive de ese modo. Probablemente porque quienes ganaron fueron menos, pero además porque, salvo los sectores más concentrados, las grandes mayorías, en términos estructurales, no dejaron de perder en este tipo de episodios.

La cultura en la economía

Pese a que algunos todavía siguen creyendo que la economía es una ciencia exacta, hace décadas que los economistas aluden a la “confianza”. Y aunque los ortodoxos crean que con sus recetas tienen los mecanismos para “fabricar” confianza, la experiencia de Argentina, que estuvo en sus manos muchos años, demuestra que no es así.

En este contexto, no son pocos los problemas culturales de la economía en el país. De un lado, persiste una idea de que la esfera económica es independiente de las otras. De otro, es posible encontrar una idea de “cultura”, bastante tonta, que alude al ADN de los argentinos.
 
Pero la cultura es lo contrario de los genes, la cultura se relaciona con el lenguaje y el sentido común: es lo que aprendemos en la vida social más allá de los genes que portamos y es algo que siempre puede ser hasta cierto punto transformado por los propios seres humanos.
 
Una forma de mirar el tema es analizar la relación de los argentinos con los impuestos.
 
En este caso, podrá constatarse fácilmente que detrás de expresiones muy habituales, como por ejemplo “el único gil que paga impuestos soy yo”, hay diversos elementos culturales.
 
En primer lugar, una tensión irresuelta entre Estado y sociedad: en ciertos sectores prevalece la idea de que todo lo que se paga de impuestos el Estado lo desvía hacia algún lugar indebido. Sería difícil explicar así la Asignación Universal, las políticas sociales o de ciencia, por mencionar algunos casos.
 
Pero además subyace a aquella frase la idea de que quien habla es una suerte de caballero europeo que paga impuestos en un país en donde todos los demás evaden.
 
Esta idea es técnicamente equivocada: todos los consumidores pagan IVA, por ejemplo. La relevancia de esa expresión queda más clara si se tiene en cuenta la facilidad con la que muchas personas cuentan cómo se las ingenian para pagar menos impuestos. No se ha instalado aún, en la cultura argentina, una condena moral al delito de evasión: un problema cultural con consecuencias económicas.
Este tipo de análisis permite iluminar otras características culturales que inciden en la economía, como el cortoplacismo o el corporativismo. Es conocida (y sumamente interesante) la explicación de la inflación a través de la “puja distributiva”.
 
Pero dicha puja no está determinada por la economía, sino por la cultura política. Comprenderlo es clave: los aumentos de precios, que por historia más que por conocimiento técnico empujan a contar los ahorros en dólares, son multicausales. Entre las causas, las cuestiones políticas y culturales cumplen un papel decisivo.

Corto/largo plazo

La gran pregunta de estas semanas es cómo terminar con la dólar-dependencia cultural. Por supuesto, si alguien tuviera la fórmula exacta ya la habría implementado. Hay además muchos intereses en juego: de sectores que apuestan a una mega devaluación, de otros que buscan que no se dispare el espiral inflacionario.

 
En este contexto, lo que suceda en los próximos meses será decisivo para poder iniciar un cambio cultural sobre bases sólidas. Y en este sentido es crucial, primero, que el Banco Central confirme que ninguna corrida cambiaria podrá torcer al poder político.
 
Segundo, que una vez que se deje de hablar del dólar, porque eso es lo que va a suceder, se recupere la mirada sobre las necesidades de divisas y las opciones de políticas públicas.
 
Es importante que la sociedad perciba que puede adquirir dólares en relación con sus ingresos declarados y, a la vez, que perciba que no le conviene hacerlo. Si se lograra eso, que es justamente lo que sucedió en los años anteriores y que en la actual coyuntura internacional plantea otros desafíos, se abre la oportunidad para una verdadera política integral orientada a que los argentinos pensemos en pesos.
Pensar en pesos no es pesificar. Es, por ejemplo, lograr que se realicen en pesos todas las transacciones inmobiliarias, es decir desdolarizar actividades habituales de la economía. Utilizar la palabra “pesificación” implica llamar a los traumas sociales del pasado, a situaciones de profunda injusticia que no han sido elaboradas.
 
Diseñar, desde las políticas culturales y de comunicación, un análisis histórico de aquellos episodios es una tarea relevante. Donde la justicia institucional no puede actuar es necesario que la sociedad elabore los episodios dramáticos del pasado, no exentos de terrorismo económico, para al menos construir un balance justo.

1. Véase un ejemplo de este razonamiento en Página/12, Buenos Aires, 3-6-12.
* Antropólogo, investigador del CONICET y decano del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín.
** Le Monde Diplomatique (edición en español) Nº 157 julio de  2012.

Fuente: El Arca Digital


Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.


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