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Joe Cocker. Don’t Let Me Be Misunderstood (LIVE in Baden)

febrero 17, 2014

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09-02-1964. Memorable. La primera presentación de los Beatles en EE.UU

febrero 12, 2014

El día que cambió la historia de la cultura joven en EE.UU.

El 9 de febrero de 1964, una banda de jóvenes ingleses con “extraños” peinados apareció en The Ed Sullivan Show, el programa más popular del país. En sus palabras, los cuatro fabulosos recuerdan aquellos días de beatlemanía pura.

Los Beatles hicieron una sesión de grabación por la tarde, que sería retransmitida después de su partida, y por la noche tocaron en directo en el Ed Sullivan Show.

Thebeatles

George: –Me dolía la garganta y por eso no estoy en las fotos publicitarias de Central Park. Salen ellos tres con el cielo de Nueva York al fondo. (Lo mismo ocurrió en los ensayos para el Ed Sullivan Show: en las fotos aparecen ensayando sin mí.) Nunca he entendido cómo se les ocurrió salir para hacerse fotos en Central Park con el montón de fans que había por todas partes.

Ringo: –Lo que más recuerdo de cuando actuamos en el primer Ed Sullivan Show es que ensayamos durante toda la tarde. El equipo de la televisión era tan malo (normalmente sigue siéndolo, pero entonces era peor) que grabábamos los ensayos y luego lo trabajábamos en la mesa de sonido. Lo dejamos todo listo con el técnico de sonido y salimos para airearnos. Según dicen, la mujer de la limpieza entró a limpiar la sala y la mesa de mezclas mientras estábamos fuera y pensó: “¿Qué son todas estas marcas de tiza?”, y las borró. Todo nuestro trabajo se fue al carajo. Tuvimos que ir con muchísimo apuro para que el equipo suene bien.

George: –Supimos que el show era importante porque recibimos un telegrama de Elvis y del Coronel Parker. Y me han contado que, mientras se retransmitía, el índice de criminalidad fue casi nulo. Cuando Los Beatles salimos en el Ed Sullivan Show, hasta los delincuentes se dieron un respiro durante diez minutos.

Paul: –El primer programa tuvo 73 millones de teleespectadores. Se cree que aún hoy es uno de los mayores índices de audiencia que ha habido en EEUU. Fue muy importante. Aparecimos de improviso, con un peinado raro y pinta de marionetas. Causamos sensación. Creo que fue decisivo para nuestra fama: el peinado, más que la música, al principio. Muchos padres quisieron quitar la tele diciéndoles a sus hijos: “No se dejen engañar. Llevan peluca”.

John: –Debieron de ser las únicas pelucas con caspa…

Paul: –Muchos padres lo cambiaron, pero muchas madres y sus hijos volvieron a ponerlo. Aquellos niños son ahora adultos y nos dicen que no lo han olvidado. Es como: “¿Dónde estabas cuando asesinaron a Kennedy?”. Hay gente, Dan Akroyd, por ejemplo, que me ha dicho: “Ey, me acuerdo de aquel domingo por la noche; alucinábamos, viendo el Ed Sullivan Show”. Hasta entonces habían sacado a malabaristas y cómicos como Jerry Lewis, y luego, zas, Los Beatles.

John: –Estaban locos, locos de atar. Nunca había visto nada igual. Es como si estuviéramos viendo una película. Tenías la sensación de que a vos no te pasaba, sobre todo cuando veías a George y pensabas: “Oh, ese es George, con toda esa gente subiéndosele encima”. Tenían muchísimos programas y salíamos en todas las noticias. Era absurdo. Al principio no nos lo imaginábamos. Cuando tuvimos los dos primeros éxitos pensamos: “Bueno, ya está. Probablemente ahora nos iremos para abajo”. Pero, parece que seguimos con la buena racha. Ni en un millón de años nos habríamos imaginado nada igual. Suponían que íbamos a actuar como si fueramos una grandes estrellas, pero creo que casi todo el mundo prefería nuestra manera de ser. Venían con esa idea preconcebida. Nosotros actuábamos con naturalidad, y pareció que eso les gustó. No hacíamos más que eso. Si estábamos cansados, se nos notaba, si estábamos contentos, también. No fingíamos. Si no teníamos un buen día, les decíamos la verdad: “Hoy no me encuentro muy bien, lo siento, no voy a estar muy ocurrente”.

Paul: –Murray the K, un DJ neoyorquino, fue el que más de cerca vivió el fenómeno Beatles; las vio venir y no dejó pasar la oportunidad. En realidad era un periodista caradura que en la conferencia de prensa nos hizo unas cuantas preguntas atrevidas, desde la primera fila en lugar de quedarse detrás sin abrir la boca. Sus modales eran: “Hola, ¿todo bien, muchachos? ¿Qué opinan de…?”. Nos dejó muy impresionados y por eso solíamos llamar a su programa de radio cuando estaba en el aire. Le dábamos todas las exclusivas porque lo adorábamos. Y hacía programas en la calle para poder hablar sobre gente como Smokey Robinson, a quien conocía. Para nosotros, Smokey Robinson era un dios.

George: –A menudo me pregunto cómo pudo Murray irrumpir en nuestra habitación y quedarse con nosotros durante todo el viaje. Es curioso, francamente. Nunca he acabado de entender cómo lo consiguió.

Ringo: –Murray the K estaba loco de atar. Era un tipo fenomenal, un DJ fabuloso, un genio en lo suyo. Casi lo matamos, porque venía de gira con nosotros y no se perdía nada de lo que hacíamos. Luego, cuando ya no podíamos más, nos íbamos a dormir, y él tenía que emitir su programa. Se mantenía con veinte minutos de sueño diarios. Lo veíamos languidecer, esfumarse ante nuestros ojos. En Nueva York estaban él y el DJ Cousin Brucie. A Murray lo llamaron el “quinto Beatle” porque siempre ponía nuestro disco: contribuyó a que fuera un éxito.

John: –La radio norteamericana nos dejó tan impresionados que Epstein tuvo que pararnos: telefoneábamos a todas las emisoras de radio de la ciudad, diciendo: “¿Podés poner esto de The Ronettes?”. Queríamos escuchar música. No pedíamos nuestros discos, sino los de otros. Naturalmente, en los viejos tiempos escuchábamos a Elvis, Chuck Berry, Carl Perkins, Little Richard y Eddie Cochran, por citar unos pocos; pero después nos gustaban Marvin Gaye, The Miracles, Shirelles, todo eso. No hacíamos otra cosa en todo el día. Cada uno tenía una radio, todas a un volumen distinto, y cuando en uno ponían un disco que nos gustaba, la subíamos. Era genial. Después empezaron en Gran Bretaña –emisoras pirata, las llamaban– instaladas en barcos, lejos de la costa. Eran parecidas a la británica. Tenés buenos discos todo el día, a diferencia de antes. Me encantaba. Cuando llegamos a Estados Unidos, los anuncios publicitarios nos parecieron excesivos. Supongo que nos acostumbramos. La gente que venía de Gran Bretaña (gente que no tenía televisión comercial), encontraba horrible tanta publicidad; pero te acostumbrabas.

Ringo: Nueva York me encantó en aquella época. Nos paseábamos por Central Park en un coche de caballos. Teníamos unas suites enormes en el Hotel Plaza, con televisión en todas las habitaciones, y radios con auriculares. Era lo mejor. Los medios de comunicación iban a una velocidad de vértigo. Recuerdo que en un canal de televisión ponían una película italiana sobre Hércules. Cuando nos levantamos al día siguiente y pusimos la tele, Hércules seguía en pantalla. Salimos a hacer no sé qué y volvimos por la tarde. Al poner la tele, seguía allí. Y luego salimos por la noche, y al regresar puse ese canal y ¡aún daban la misma película! Pensé que estaba desvariando. Lo que sucedía era que en aquel canal había una “película de la semana”, y la ponían continuamente. Cuando terminaban los créditos, volvían a pasarla. Aquello era demasiado, viniendo de Inglaterra donde sólo hacía un par de años que teníamos televisión en casa. Ahí había incluso un canal que hacía una locura como aquélla.

George: –Lo que me molestaba de la televisión norteamericana era que al levantarte por la mañana ponían un partido de fútbol, que evidentemente no se jugaba por la mañana. Hay cosas que me niego a ver a ciertas horas del día. No soportaría ver I Love Lucy y todos esos programas que ponen por la noche si los pusieran por la mañana. Para mí, las películas no empiezan hasta la tarde.

Ringo: –La actitud nos salvó el pellejo en más de una ocasión, sobre todo entonces, en el tren a Washington, porque la prensa estaba encima nuestro todo el tiempo. Aquellos reporteros de Nueva York empezaron a gritarnos. Pero nosotros no nos achicamos. Cuando luego conocimos mejor a algunos de ellos, nos dijeron: “Veníamos con la intención de hundirlos, pero ustedes se plantaron. Nos parecía increíble”. Hasta entonces, los grupos pop eran un dechado de virtudes ante la prensa, de los que dicen “No, no fumo” y todo eso. Y allí estábamos nosotros, fumando, bebiendo y haciéndoles frente. Aquello nos granjeó su total simpatía.

John: –Para nosotros no era nada nuevo: ya sabíamos tratar a la prensa cuando llegamos. La británica es la más implacable del mundo. Podíamos con todo lo que nos echaran. Sé que durante el viaje pensé: “Oh, no lo lograremos”, pero ésa es mi vena pesimista: sabíamos que los barreríamos si nos daban la oportunidad. No me importaba que la gente nos criticara, porque hubiera sido un problema gustarle a todo el mundo. Tiene que haber gente que te critique. No es nada bueno que todos te encuentren genial. Además, había críticas que nos gustaban. Eran muy divertidas; algunas de las inteligentes, no las que no tenían ni idea, pero algunas de las inteligentes estaban muy bien. Cuando estábamos saturados de trabajo, lo que nos daba fuerzas era sobre todo el humor. Podíamos reírnos de cualquier cosa. Esa es nuestra forma de ser: nos burlamos de todo, incluso de nosotros mismos. Nunca nos tomamos en serio.

Ringo: –En Washington asistimos a una celebración lamentable en la embajada británica. A principios de los años 60 aún había mucha diferencia entre la gente del norte de Inglaterra y los diplomáticos ingleses. Ellos eran muy finos, del estilo de Brian Epstein, y nosotros preferíamos llamar a las cosas por su nombre. Pero fuimos. Dios sabe por qué. Tal vez porque de repente nos habíamos convertido en embajadores y querían conocernos, y creo que Brian lo consideraba importante. Allí estábamos, comportándonos y tomando algo, cuando alguien me cortó un mechón de pelo. Me puse furioso. ¿Por qué llevaba unas tijeras? Me volví y le dije: “¿Qué carajo hace?”. Él respondió: “Oh, no pasa nada, amigo…”. Fue un incidente absurdo; querer cortarle el pelo a un Beatle.

John: –La gente nos tocaba al pasar, cosas así, y allí adonde íbamos, nos miraban como a bichos raros. Por lo visto teníamos que aguantar todas las pelotudeces de los diplomáticos y sus esposas, y que nos tocaran y acosaran como en Qué noche la de aquel día, sólo que un millón de veces más. En la embajada estadounidense, o la embajada británica en Washington, un animal le cortó el pelo a Ringo. Me largué, maldiciéndolos a todos. Me fui en plena celebración.

Paul: –Después tocamos en el Carnegie Hall, porque a Brian le hacía ilusión que actuáramos en un auditorio clásico, y luego fuimos a Miami y rodamos el segundo Ed Sullivan Show. Miami nos pareció un paraíso. Nunca habíamos estado en un sitio donde hubiera palmeras. Éramos como turistas; íbamos con las cámaras Pentax y sacamos un montón de fotos. Aún conservo muchas de la policía montada. Nunca habíamos visto policías armados, y los de Miami tenían una pinta genial. Nos lo pasamos en grande. Tocamos en uno de los hoteles. Todos los grandes hoteles tenían cabarets en el sótano. Y veíamos la playa, donde las fans escribían en la arena I love John, en letras tan grandes que las leíamos desde la habitación.

John: –Pero si las saludábamos, siempre nos decían: “No las saluden, que las están provocando”.

Ringo: –Es el mejor sitio en el que he estado jamás. La gente nos dejaba su yate, todo lo que queríamos. Me pasaron dos cosas geniales en Florida. Una: dos chicas amabilísimas me llevaron a mi primer autocine en un Lincoln Continental. Dos: una familia nos prestó su yate y me dejó conducirlo.

Paul: –Le habíamos dicho a Brian que queríamos ir a una pileta, y un tipo de la discográfica tenía una. Para ser de Miami, era una bastante modesta. Nada del otro mundo. Íbamos por la tarde y nadie nos molestaba. Para cuatro pibes de Liverpool era genial. “¡A ponerse la malla!” La revista Life nos sacaba fotos mientras nos bañábamos.

George: –Estábamos causando sensación, desde luego, porque toda aquella gente se moría por conocernos. Como Muhammad Ali, por ejemplo. Nos llevaron a conocerlo en nuestro primer viaje. Fue un montaje publicitario tremendo. Ser un Beatle implicaba que te llevaran de aquí para allá y te metieran en una sala llena de periodistas que te hacían fotos y preguntas. Muhammad Ali fue muy astuto. Al cabo de un par de días combatía con Sonny Liston.

Ringo: –Yo entrené con Cassius Clay, como entonces se llamaba; le enseñé todo lo que sabía. Aquello era muy emocionante, por supuesto, y yo había apostado por Liston. ¡Sabía lo que me hacía!.


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