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“La obligación de ser feliz es agotadora, como la de ser un triunfador”

agosto 28, 2014

Gustavo Dessal

27–08–2014 / El psicoanalista y escritor Gustavo Dessal considera que la sociedad terapéutica que da forma a una de las versiones del mundo contemporáneo, es de una sofisticación acorde su objetivo: división entre privilegiados y excluidos, mercantilización de la vida y la muerte, ilusiones de prevención de la contingencia.

Dessal


El ensayista -que acaba de publicar un libro junto al sociólogo polaco Zygmunt Bauman- vive en España desde 1982. Es analista de la ELP (Escuela Lacaniana de Psicoanálisis) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).

Este es el diálogo que sostuvo con Télam desde Madrid, donde reside.
 
T : ¿Cómo piensa un psicoanalista el auge de la sociedad terapéutica, ese modelo de asistencialismo evangélico, digno heredero de Teresa de Calcuta, saturado de intensivistas y otros profesionales del laicismo policial?

D : Me gusta mucho esa expresión: sociedad terapéutica. No era esa la idea que Freud tenía de la sociedad. Pensaba que una de las fuentes fundamentales del sufrimiento humano reside precisamente en la relación con los otros.

Pero el amo moderno (que por supuesto no se encarna en ningún ente real, sino que es un modo de nombrar la complejidad actual de los poderes) ha decidido que el orden actual debe ser terapéutico. No es una idea totalmente nueva, puesto que el higienismo que surge a finales del siglo XIX ya iba en esa dirección.

Pero aquella ideología estaba avalada por un modelo de tutelaje patriarcal, que en la actualidad ya no funciona de la misma manera. Ahora es el paradigma científico el que asume la responsabilidad de medicalizar y terapeutizar todo.
 
Es apasionante, si uno toma una mínima distancia sentimental, advertir las innumerables formas en las que puede ejercerse un totalitarismo sutil, blando, astutamente disfrazado de buenas intenciones.

Consiste fundamentalmente en elevar los criterios de prevención hasta el extremo de creer (y hacer creer) que, conforme se incremente el progreso tecnológico, la contingencia se irá eliminando cada vez más.

Tenemos muestras elocuentes: detección precoz en la temprana infancia de signos de futuro comportamiento delictivo; protocolos para prolongar la vida que se aproximan al límite del sadismo sublimado; baremos para que las aseguradoras calculen sus primas mediante algoritmos que calculan el riesgo que asumen cuando emiten una póliza.

Por supuesto, la sociedad terapéutica lo es en ciertas regiones del planeta. En otras, se siguen empleando métodos de coerción no muy alejados del sistema feudal. No son realidades aisladas. Desde luego, están perfectamente conectadas.
 
El bienestar terapéutico y médico de una parte del mundo se basa en el vampirismo: se extrae la sangre de una parte del mundo, para inyectarla en otro. Es mucho más que una metáfora, desgraciadamente.

No es novedad que algunos ciudadanos de la Comunidad Europea, por ejemplo, viven gracias a un órgano que ha sido vendido por alguien de Bangladesh. Pero tu pregunta tiene muchas más facetas y aristas.

La sociedad terapéutica está diseñada siguiendo un protocolo que tiene que definir previamente en qué consiste lo terapéutico. Eso a su vez implica una definición de salud, de bienestar, de felicidad, en suma, de todos esos espejismos que hemos perseguido desde la era de las cavernas.

Por supuesto, nos hemos sofisticado un poco. El discurso capitalista actual es más refinado. Ahora se muerde la lengua (a veces) y aprende a hablar un nuevo lenguaje, eso que se califica como políticamente correcto.

Si algo debemos reconocerle a ese discurso, es su extraordinaria plasticidad. Es camaleónico. Puede asumir todos los semblantes según las circunstancias. El nazismo o la socialdemocracia. Su baúl de disfraces es inagotable.
 
En la actualidad hay muchos ideólogos y políticos que se dan cuenta de los réditos que supone el liberalismo de algunas ideas.

Lo terapéutico ya no es necesariamente ser straight, como dicen los norteamericanos, o sea recto, en alusión a la heterosexualidad. La nueva sociedad terapéutica tiene manga ancha, y está dispuesta a incorporar toda clase de modalidades de vida y de sexualidad.

Podemos permitirlo casi todo, a condición de que tenga la licencia correspondiente. ¿Usted quiere ser transexual? ¡Ningún problema! Incluso pagamos la intervención. Lo único que nos importa es que siga sirviendo a las leyes del mercado.

Vamos abriendo la mano de a poco, para que no vengan en estampida, y para ir avanzando en los sistemas de control que vamos a aplicar para que la supuesta libertad de elección esté debidamente vigilada. ¡Pasen, pasen, que podemos hacer muy buenos negocios!


Gustavo Dessal – ¿Qué sentido tiene hoy la felicidad?
 
T : ¿Qué dice el psicoanálisis lacaniano de síntomas como la fatiga crónica, la falta de atención, el cansancio del que habla el filósofo coreano-alemán Byung Chul Han?

D : Creo haber dicho en una ocasión que ese nuevo síndrome de fatiga crónica es el correlato del imperativo moderno a vivir sin límites, a extraer de la vida lo máximo (lo cual suele ser casualmente lo más caro).

La obligación de ser feliz es agotadora, como la de ser un consumidor modélico, o un triunfador. En los Estados Unidos, los padres de clase adinerada preparan con psicólogos y pedagogos a sus niños para que puedan pasar las severas pruebas que les imponen en las guarderías de elite.

La carrera hacia el éxito debe asegurarse desde el principio. Aunque se trate de una aberración, tiene sentido. Para garantizar el éxito hay que empezar por elegir el terreno apropiado donde sembrar la semilla. ¿Es delirante? Por supuesto que lo es.

Tan delirante como el concepto de triunfo social. Se habla mucho de los niños hiperactivos. Pero muy poco de los padres hiperactivistas, que imponen a los hijos una agenda diaria extra escolar más ocupada que la de un ejecutivo de Wall Street: clases de música, idiomas, artes marciales, squash, tenis.

No es una crítica a los padres, pobres diablos prisioneros del imperativo del éxito. Vivimos una crisis del saber.

Lacan descubrió una cosa muy interesante: que no existe el deseo de saber. Es una idea extrañísima, puesto que el sentido común parece indicar lo contrario, que el ser humano es una criatura ávida de saber.

Sin embargo, Lacan es muy astuto. Que no exista el deseo de saber, no implica que no se quiera saber. Uno no busca el saber por deseo, lo hace por la satisfacción que puede aportar. El saber no es objeto de un deseo, sino algo de lo que puede obtenerse un goce.

No todo el mundo lo obtiene. El síndrome de desatención en los niños es el síntoma de un mundo en el cual el saber ya no produce gran cosa en materia de goce. Freud lo comprendió muy rápidamente.

Se dio cuenta de que el aprendizaje está articulado a la libido, y que sin libido no se puede aprender nada. Eros es imprescindible para que alguien pueda saber algo.

Pero la sociedad terapéutica no promueve el Eros, sino que administra la pulsión de muerte de forma liminar.
 
T : Marcelo Barros habla de una articulación entre la psicosis y la sociedad de control, en tanto la segunda opera mejor -según entiendo- sobre la forclusión del Nombre del Padre. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

D : No he leído aún el libro de Marcelo, pero en la entrevista que le hiciste, aprecio de entrada algo que para mí es fundamental. Y lo voy a decir con un rodeo. Lacan comentó un caso clínico muy famoso, que había sido analizado por dos célebres analistas.

Se trataba de un hombre que tenía la obsesión de ser un plagiario. Voy directamente a la conclusión que saca Lacan en su lectura de esta historia clínica: al ser humano le resulta verdaderamente difícil soportar el hecho de tener una idea propia, de pensar por sí mismo. Por fortuna, no le sucede a todos.

A lo que iba: Marcelo Barros parece no tenerle miedo a eso, y apagó la Máquina de Citar. Cuando uno se aparta del pensamiento canónico, es posible que tenga una idea interesante.

En El retorno del péndulo, el libro que escribí junto con Zygmunt Bauman, se plantea la idea de que el paradigma contemporáneo invierte lo que Freud afirmaba en El malestar en la cultura.

En esa época, los hombres estaban dispuestos a renunciar a la seguridad en pos de un aumento de libertad. En la actualidad los valores se han invertido, y la sociedad de control ajusta con mayor fuerza sus instrumentos de restricción de las libertades, con la coartada de mejorar la seguridad.

El control se expande en todos los ámbitos, y ya no solo la felicidad es una cuestión de estado, sino que la vida individual ha dejado de pertenecernos.

En El marketing existencial, el ensayista Miguel Roig ha formulado con extraordinaria claridad lo que este título anticipa: que la existencia misma, en todas sus dimensiones, ha entrado en un proceso de cálculo y protocolización.

La vida y la muerte, la enfermedad y la salud, se administran como otras tantas mercancías, siguiendo una lógica de costo/beneficio idéntica a la que se emplea para cualquier proceso de explotación y comercialización de bienes de consumo.

No sé de qué modo Marcelo Barros articula este tema a la idea de la psicosis, en un sentido transclínico, supongo, pero imagino que debe referirse a que el estado actual del poder y sus efectos sociales no pueden entenderse si no se introduce el problema de la descomposición del orden simbólico tradicional, es decir, lo que ocurre cuando no hay mapa con el que orientarse, salvo el de Google, o el Ton Ton, cuyo solo nombre lo dice todo…
 
T : ¿Qué cosa es la práctica política en el siglo XXI bajo la mirada del psicoanálisis? Ayer leí una columna donde un tipo dice que las sociedades que cultivan arroz tienden a formar lazos comunitarios, mucho más que las que cultivan trigo, soja, etcétera, paradigmas individualistas.

D : Tu pregunta es más adecuada para mi colega Jorge Alemán, que ha dedicado muchos años a pensar este tema de la relación entre psicoanálisis y política, y lo hace con gran rigor.

No obstante, me limito a señalar que el psicoanálisis puede aportar a la política precisamente aquello que contribuya a salvarla del desprestigio y la degradación absoluta.

Sin el reconocimiento del factor subjetivo en la acción política, en la vida social, en la relación del hombre con la economía, la praxis política queda reducida a una burocracia ineficiente, reaccionaria y envenenada por la corrupción.

Pero a la vez, y es mi posición personal, el psicoanálisis no debe adscribirse a una corriente política determinada y oficial. En ese sentido, creo que Freud y Lacan lograron construir algo diferente, un discurso que no se deja inscribir en una definición política al uso.

Lacan admiraba a Sócrates por su atopía, porque sus ideas no admitían una etiqueta. Creo que, en ese punto, Lacan se identificaba a Sócrates. Lacan era inclasificable, incluso políticamente.

  
Gustavo Dessal – Algunas maneras discretas de estar loco


Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.


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El ser humano miente siempre. La mentira nos es consubstancial

mayo 28, 2014

Tú mientes, yo no

La mentira, bajo cualquiera de sus presentaciones nos es consubstancial. 

Marcelinoperello28–05–2014 / Todos decimos mentiras, y no es una mentira decirlo. Cuando Jacques Lacan, el insoslayable, afirma que el psicoanálisis no es ni podrá ser nunca una ciencia, lo exhibe en una frase mínima y lapidaria: “El sujeto miente”.

Como claramente lo fundamenta la epistemología, toda disciplina científica se propone estudiar objetos y enunciar sus propiedades. Es decir, establecer las relaciones causa-efecto que les son propias.

Los objetos no mienten. No engañan. Puede engañarse el observador, el estudioso al atribuirle rasgos falsos. Pero en este caso la falsedad proviene de aquel que observa, no de aquello que es observado.

Al analizar el comportamiento de una molécula o de un planeta, el hombre de ciencia podrá incurrir en errores y llegar a conclusiones equivocadas, pero nunca será el objeto estudiado el que lo inducirá en esas equivocaciones.

Cuando decimos que tal o cual cosa “engaña”, en realidad somos nosotros los que nos engañamos. Las apariencias de las cosas son responsabilidad de quien las juzga, no de las cosas. Las cosas no hablan, por lo tanto no engañan.

En cambio el sujeto, es decir, el ser humano, sí habla. Y puesto que habla, miente. Mentimos. Mentimos desde el momento en que podemos, sabemos y queremos hablar, antes no. El bebé de seis meses es un objeto, que no intentará vendernos pesos a tostón.

En cuanto pueda formular oraciones, empezará a tener ideas y empezará a mentir. Es ineluctable. Es ésta una de las características definitorias del ser humano y que lo distingue del reino de las cosas inanimadas y del resto de los animales.

Es por ello que Lacan sentencia que el psicoanálisis no puede pretender constituirse en una disciplina científica ni estudiar al “paciente”. Ese individuo que está sentado frente al terapeuta o recostado sobre un diván no es “estudiable”.

Se puede establecer una relación intersubjetiva con él, y esa relación podrá ser, si todo va bien, propiciatoria, y analista y analizante llegarán eventualmente a conocerse bien.

Hasta donde una persona puede conocer a otra. Sin olvidar nunca que toda persona, si es persona, es siempre impredecible.

Es ahí donde tropiezan los abordajes mecanicistas y conductistas de la condición humana.

En esta semiserie dedicada a la actuación y a sus oficiantes, actores y actrices, he afirmado de manera contundente que aquel que actúa no miente, puesto que su propuesta escénica es patente y exige la complicidad del espectador. En otras palabras, el histrión finge, pero no engaña. Al menos en el ejercicio estricto de su profesión.

Hay por lo menos dos maneras distintas en las que el sujeto miente. La primera, por obvia, es aquella en la que el hombre sabe que está mintiendo. Es consciente de que esconde, inventa, deforma o manipula. Tal categoría conoce a su vez un buen número de variedades.

Existe la mentira-mentira con la que estamos bien familiarizados y a la que recurrimos a cada rato con tal de ofrecer el blanco menos vulnerable posible a los juicios del congénere, sea éste el jefe, el maestro, el colega, el padre, el hijo o el espíritu santo.

Se trata de esquivar las saetas y de no dar una impresión distinta a la que nosotros creemos conveniente. No se trata de evitar el ofrecer una falsa imagen. Se trata, exactamente al contrario, de ofrecerla.

A menudo esa falsa imagen que construimos e intentamos vender, está paradójicamente sustentada en nuestro deseo de verdad, en el propósito de evitar una impresión que consideramos errónea. “No se vaya a hacer ella una opinión equivocada” o “qué iba a pensar de mí” son coartadas morales frecuentes en las que se sustenta la mentira.

También es habitual recurrir a las distintas modalidades del engaño como una manera de simplificar la vida y evitar conflictos o situaciones embarazosas de las que no necesariamente saldría uno mal librado, pero que de todos modos prefiere ahorrarse.

En otras ocasiones la mentira se presenta como piadosa, y su propósito es el de no lastimar. Así se le esconde su dolencia al que padece una enfermedad terminal, por ejemplo.

Tales hábitos y recursos conocen su contraparte en aquellos que en nombre de la sinceridad y bajo el estandarte del combate a muerte contra la hipocresía, van lanzandoverdadesa diestra y siniestra por innecesarias, incómodas o hirientes que sean.

En nombre de la “franqueza” no titubean en amarrar navajas o humillar al que cometa la imprudencia de parárseles enfrente en momentos inadecuados.

“Qué mal te ves, ¿has estado enfermo?”, “pero qué vestido horrible te pusiste, te sienta fatal, ¿dónde te lo agenciaste, en el tianguis de la San Felipe?”, son algunas de las fórmulas punzo cortantes utilizadas por aquellos (as) que se precian de “no tener pelos en la lengua”. Los han de tener en el cerebro.

Existe, sin embargo, otro registro de la mentira, mucho más incisivo y significativo, y por ello mismo mucho más desconocido. Es la mentira inconsciente, en la que el sujeto ignora que la está profiriendo, de palabra o de obra. Es la mentira que se miente a sí misma.

Nadie puede escapar a ella y puede ser mucho más definitiva, y en ocasiones dañina que la otra, la consciente y sabida (sabida por el mentiroso, claro).

En la mentira inconsciente residen las más poderosas componentes de la personalidad, y también los más íntimos e intensos conflictos a los que nos enfrentamos. O no.

De ella hablaré más adelante. Merece capítulo aparte. Hoy me limito a enunciarla. En todo caso, la mentira, bajo cualquiera de sus presentaciones nos es consubstancial. Y esencial. Ni siquiera se trata de que sea benéfica o admisible. Es simplemente inevitable. Sorprendentemente, sin embargo, no es sino hasta el siglo XX que su importancia y autenticidad son formalmente establecidas.

Puestos a reconocer aquí ese lugar genuino ocupado con esmero, procedamos a reconsiderar algunos elementos legítimos antes muy ostentosamente repudiados. Visiones intransigentes concitan animosidades, sólo obstruyen la obligada ecuanimidad liberando la acritud. Nadie ostenta sus aprensiones bajo envoltorios frágiles al lustrar las afrentas recibidas.

En el encuentro con el otro, con el que está enfrente, al lado o en nosotros mismos, asumir el lugar y el peso específico de la buena mentira es un componente fundamental del bienestar y de la sabiduría. Contra viento y marea. Contra la hipocresía de los honestos.


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A propósito de Borges y “Funes el memorioso”

mayo 5, 2014

Entrevista al escritor argentino Jorge Luis Borges (1993)

Borges[ ] ¿No sufre de insomnio?

He sufrido mucho de insomnio y he escrito un cuento que refleja eso.

Por eso le preguntaba. Pensaba en “Funes el memorioso”.

Ese cuento voy a contarle un detalle que quizá pueda interesarle. Yo padecía mucho de insomnio. Me acostaba y empezaba a imaginar. Me imaginaba la pieza, los libros en los estantes, los muebles, los patios. El jardín de la quinta de Adrogué esto era en Adrogué. Imaginaba los eucaliptos, la verja, las diversas casas del pueblo, mi cuerpo tendido en la oscuridad. Y no podía dormir.

De allí salió la idea de un individuo que tuviera una memoria infinita, que estuviera abrumado por su memoria, no pudiera olvidarse de nada, y por consiguiente no pudiera dormirse.

Pienso en una frase común, “recordarse”, que es porque uno se olvidó de uno mismo y al despertarse se recuerda. Y ahora viene un detalle casi psicoanalítico, cuando yo escribí ese cuento se me acabó el insomnio. Como si hubiera encontrado un símbolo adecuado para el insomnio y me liberara de él mediante ese cuento.

Como si el escribir el cuento hubiera tenido una consecuencia terapéutica.

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Eric Laurent. La política ya no brinda más respuestas a la pregunta por el sentido

marzo 27, 2014

Eric Laurent
“La época en que la política daba respuestas a la pregunta por el sentido, está terminada”

26–04–2014 / A pocos días del inicio del IX Congreso Internacional de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP), el psicoanalista francés Eric Laurent argumentó sobre el agotamiento de la búsqueda de sentido en la práctica política y en la religión en una época hegemonizada por el sueño absolutista de la razón científica cifrada en el cálculo y el individualismo democrático de masa, advirtiendo sobre la concentración empresaria en los espacios del común.

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Laurent, quien fue analizante de Jacques Lacan, también es docente; del 2006 al 2010 presidió la AMP, cuya acta de fundación se firmó en Buenos Aires el 3 de enero de 1992.

Entre sus libros figuran El goce sin rostro, La batalla del autismo, Ciudades analíticas, Psicoanálisis y salud mental, Lost in cognition, El sentimiento delirante de la vida y Los objetos de la pasión.
 
Esta es la conversación que sostuvo con Télam desde París, donde reside.
 
- T : El congreso internacional de 2012 se centró en el orden simbólico. Este, que empieza en unos días, tal como indicó Jacques-Alain Miller, sobre un real. Sin embargo, en ambos casos se incluye la perspectiva siglo XXI. ¿Cuáles serían las diferencias respecto al siglo pasado?

- L : La diferencia esencial con el siglo pasado es que estamos en una época de triunfo de los poderes del cálculo; entramos en the digital age. Como dijo Jacques-Alain Miller, esto fue anunciado por Lacan en su fórmula Hay l’ Uno, en francés Y’a dlun.

Con esta contracción, quienes piensan que el individualismo democrático de masa está fundamentado sobre el uno del cuerpo, se equivocan. Lo nuevo es la manera con la cual los cuerpos se articulan con el uno del cálculo.

Esto se puede ver en el libro de los responsables de Google, Jared Cohen y Eric Schmidt, The new digital age, como en Big Data, de Viktor Mayer-Schönberger y Kenneth Niel Cukier. Ambos exploran cómo la acumulación de los cálculos cambian nuestra relación con el mundo.

El horizonte del cálculo es una utopía. Un mundo puramenta calculable, sin nada que pueda quedar afuera. Si nada escapa al cálculo, estaríamos en un mundo sin contingencia, un mundo sin Real. El psicoanálisis propone, al revés de esta utopía, el reconocimiento de un real: un real vinculado al hecho de que la relación sexual como tal no se puede calcular.

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- T : Precisamente, uno de los últimos seminarios de Miller en castellano se titula El ultimísimo Lacan. ¿Qué hay más allá de ese ultimísimo?

- L : Las consecuencias clínicas que hay que explorar. La articulación de los cuerpos al cálculo de las máquinas permite el sueño de una transparencia total del uso de los cuerpos. Se sueña un yo cuantificado, quantified self.

Pero esta articulación a las máquinas, a los smartphones, que pueden saber todo del funcionamiento del cuerpo, sólo sostienen el discurso del superyo contemporáneo. Un superyo a medida que nos grita ¡Goza!, o tenés que mejorar tu performance. El goce se revela aún más como lo que escapa al cálculo. Lo que huye.
 
- T : El discurso de la ciencia, ¿en qué relación cree usted está con las infinitas variantes de la religión (incluso laicas) y con cierto agotamiento epocal de las formas republicanas de la política?

- L : El discurso de la ciencia nos promete the theory of everything. Lo que hay de común con las promesas del Big Data es el sueño de un mundo completamente simbolizado, pero sin sentido. El sentido es de lo que se ocupa la religión. Es la nueva complementariedad entre ciencia y religión. No fue siempre así. En el siglo XVII, cuando surgió la ciencia, era considerada un peligro para las creencias. Ya no es el caso.

La época del todo político en la cual la política daba respuestas a las preguntas sobre el sentido, está terminada. Las religiones laicas que cumplían esa función son cosas del siglo XX. El individualismo de masa no permite más estas creencias absolutas. Hay una fragmentación de los modos de vivir la pulsión. Pero subsisten trozos de común.

El problema de la política mundial, como dice Paul Krugman, es saber si la concentración oligárquica del capital no pone en peligro todo el espacio de lo común. Parece que la política ha perdido su poder de regulación. Hay una llamada a un más allá de la política. Es un síntoma de la época. 


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Los vericuetos del Deseo y las trampas de la Demanda

febrero 18, 2014

Originalmente publicado en Planeta Freud:

por Isidoro Vegh

Que hoy nos encontremosquiere decir que tanto ustedes como yodeponemos nuestra soberbia y decimos: necesito del otro para sostener esto a la cual me dedico, porque ?ahora, avanzo a puertas cerradas, espero que no haya ningún infiltrado- nosotros somos gente rara.

Psimiau

Ustedes pasan por Lázaro Costa o Casa Sierra, comentan : ¡Mirá este tipo a qué se dedica ! Y ustedes a qué se dedican ?

Advirtieron que cuando hay una reunión familiar a veces algunos nos miran con aprehensión, hacen chistes. Siempre hay una broma para el psicoanalista. Por qué ? Porque intuyen que somos tipos raros : no tenemos resuelta la relación con el sexo, con la muerte, con el amor, igual que todo el mundo, patinamos igual que cualquiera y dedicamos el tiempo a eso.

A veces recuerdo una tía que me quiere mucho y…

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