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Chomsky y sus famosas 10 Estrategias de Manipulación Mediática

mayo 18, 2013

Avram Noam Chomsky

Manipulacionmediatica

 

El lingüista estadounidense Noam Chomsky elaboró la lista de las “10 estrategias de manipulación” a través de los medios:
 
1 – LA ESTRATEGIA DE LA DISTRACCIÓN.

El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las élites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes.

La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética.

“Mantener la Atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para pensar; de vuelta a granja como los otros animales (cita del texto ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.
 
2 – CREAR PROBLEMAS, DESPUÉS OFRECER SOLUCIONES.

Este método también es llamado “problema-reacción-solución”. Se crea un problema, una “situación” prevista para causar cierta reacción en el público, a fin de que éste sea el mandante de las medidas que se desea hacer aceptar.

Por ejemplo: dejar que se desenvuelva o se intensifique la violencia urbana, u organizar atentados sangrientos, a fin de que el público sea el demandante de leyes de seguridad y políticas en perjuicio de la libertad.

O también: crear una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.
 
3 – LA ESTRATEGIA DE LA GRADUALIDAD.

Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente, a cuenta gotas, por años consecutivos. Es de esa manera que condiciones socioeconómicas radicalmente nuevas (neoliberalismo) fueron impuestas durante las décadas de 1980 y 1990: Estado mínimo, privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo en masa, salarios que ya no aseguran ingresos decentes, tantos cambios que hubieran provocado una revolución si hubiesen sido aplicadas de una sola vez.
 
4 – LA ESTRATEGIA DE DIFERIR.

Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular es la de presentarla como “dolorosa y necesaria”, obteniendo la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Es más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato. Primero, porque el esfuerzo no es empleado inmediatamente. Luego, porque el público, la masa, tiene siempre la tendencia a esperar ingenuamente que “todo irá mejorar mañana” y que el sacrificio exigido podrá ser evitado. Esto da más tiempo al público para acostumbrarse a la idea del cambio y de aceptarla con resignación cuando llegue el momento.

5 – DIRIGIRSE Al PÚBLICO COMO CRIATURAS DE POCA EDAD.

La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discurso, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental.

Cuanto más se intente buscar engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantilizante. Por qué? “Si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos de edad (ver “Armas silenciosas para guerras tranquilas”)”.

6 – UTILIZAR EL ASPECTO EMOCIONAL MUCHO MÁS QUE LA REFLEXIÓN.

Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar un corto circuito en el análisis racional, y finalmente al sentido critico de los individuos. Por otra parte, la utilización del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones, o inducir comportamientos…

7 – MANTENER AL PÚBLICO EN LA IGNORANCIA Y LA MEDIOCRIDAD.

Hacer que el público sea incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para su control y su esclavitud.La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposibles de alcanzar para las clases inferiores (ver ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.

8 – ESTIMULAR AL PÚBLICO A SER COMPLACIENTE CON LA MEDIOCRIDAD.

Promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto…

9 – REFORZAR LA AUTOCULPABILIDAD.

Hacer creer al individuo que es solamente él el culpable por su propia desgracia, por causa de la insuficiencia de su inteligencia, de sus capacidades, o de sus esfuerzos. Así, en lugar de rebelarse contra el sistema económico, el individuo se autodesvalida y se culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de su acción. Y, sin acción, no hay revolución!

10 – CONOCER A LOS INDIVIDUOS MEJOR DE LO QUE ELLOS MISMOS SE CONOCEN.

En el transcurso de los últimos 50 años, los avances acelerados de la ciencia han generado una creciente brecha entre los conocimientos del público y aquellos poseídas y utilizados por las élites dominantes. Gracias a la biología, la neurobiología y la psicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado de un conocimiento avanzado del ser humano, tanto de forma física como psicológicamente.

El sistema ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que él se conoce a si mismo. Esto significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el de los individuos sobre si mismos.


Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.


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“El deseo suele aparecer bajo la forma de lo que uno no quiere” ???

abril 21, 2013

El deseo

por María-Cruz Estada

moebius12–04–2013 / “El deseo suele aparecer bajo la forma de lo que uno no quiere” (Jacques Lacan: Subversion del sujeto, Escritos).

Esta es una frase que mosquea bastante y, lo que es raro, incluso a los psicoanalistas.

Cada vez que se le dice a alguien, pone cara de extrañeza o sea que arruga la nariz, el ceño y hace un pequeño gesto con el cuello como quien se aleja para mirar mejor.

Y es que el ser humano se ha acostumbrado a poner en el mismo plano lo que quiere, lo que le da ganas, su voluntad, y lo que inconscientemente causa su deseo. Pero no son lo mismo.

La cosa es de Perogrullo: sólo se puede desear lo que a uno le falta, por eso cuando se consigue algo, se abre de nuevo el deseo por otra cosa… ¡por suerte! Pero es que, además, el proceso por el que deseamos es inconsciente.

Claro, es cierto que después la persona intentará dar un nombre a eso que le falta creyendo, no sólo que es eso lo que le falta, sino además que, al poseerlo, va a quedar ya para siempre satisfecho. ¡Y ahí le duele!

Pero Lacan lo dice muy clarito y es que el ser humano se pasa la vida transitando entre la insatisfacción y la angustia, o bien acepta que no existe ni en el macrocosmos ni en el microcosmos un objeto que le satisfaga por completo y para siempre, y en ese caso, en lugar de quejarse de insatisfacción, se dedica a hacer proyectos, búsquedas que suponen hacer algo activo con esa insatisfacción, búsqueda que le produce alegría (no felicidad), o bien decide que nada merece la pena sino ese único objeto que falta, y entonces no sólo se pasa la vida quejándose y dando la lata a los demás, sino que también se angustiará pero, eso sí, seguirá creyendo a pies juntillas que existe el objeto que produce la felicidad, pero que a él o ella no les ha tocado en la vida, o bien que alguien lo posee pero no se lo quiere dar.

Así, a la queja unirán como mucho la reivindicación de justicia, que para un momento puntual está bien, pero como algo que tiñe la vida es una gaita y con ello no harán nada más que entristecerse.

Así que no sólo lo que causa el deseo es algo que falta, sino que ir en pos del deseo, los proyectos, el esfuerzo por conseguir algo que ilusiona… pues eso, que aunque luego da alegría, así de momento es un esfuerzo y eso da a veces mucha pereza y hace creer que lo que uno desea es lo que da ganas, por ejemplo, comer helado a todas horas.

Pero eso no es el deseo, sino la apetencia. Y la pereza que da preparar un trabajo o una conferencia, o actualizar el Currículum Vitae, se identifica con lo que uno NO quiere, cuando en realidad eso no es más que parte de las dificultades que se encuentran en el camino hacia el deseo. De ahí la frase de Lacan en el inicio.


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DSM-V. Psiquiatría vs. psicoanálisis: ¿Estamos todos locos?

abril 12, 2013

Dsm5La “biblia” de los psiquiatras experimenta su mayor actualización en 30 años. Y la guerra con los psicoanalistas quizás entre en un punto sin retorno.

Por Matías Loewy

Juan M., un docente de La Plata de 44 años, casado y con dos hijos, es un acaparador serial. No puede dejar de amontonar en la casa de su madre (una viuda de 87 que vive a pocas cuadras) recortes de madera, electrodomésticos en desuso, restos metálicos, cubiertas o piezas mecánicas de vehículos que va juntando de la calle.

Los trastos, aunque podrían tener algún uso potencial, terminan en la práctica juntando polvo e invadiendo habitaciones.

Pero le cuesta muchísimo desprenderse de ellos. La casa de su mamá, dice con culpa, “se fue vaciando de gente y llenando de objetos”. Pero la pulsión recolectora es más fuerte.

Aunque Juan M. tiene recuerdos de esa costumbre desde la infancia, “desde hace un par de años se ha convertido en un problema que se magnificó y al que no pude encontrarle solución“.

¿Qué hacer entonces? Una alternativa clásica podría ser la siguiente: embarcarse en un largo tratamiento psicoanalítico, a menudo durante años, para develar la raíz íntima y biográfica de esa manifestación.

Pero, como advierte Gabriel Rolón en el prólogo del bestseller Historias de diván, quien opte por ese método deberá saber que va a entrar en un mundo que lo llenará de confusión y perplejidad. “Cada analizante (paciente) trae con él un jeroglífico, algo que se oculta y que desde su escondite se resiste a salir a la luz“, grafica.

Otra opción, en cambio, le resulta en principio más seductora. Desdeña las búsquedas de significados y promete soluciones más expeditivas.

Para hacer el diagnóstico, el psiquiatra o psicólogo tildará los síntomas del paciente como si se tratara de ir tachando los útiles de la lista del colegio a medida que se los consigue.

Y luego, implementará un tratamiento específico, si es posible breve, con psicofármacos o algún tipo de terapia cognitiva, para corregir la desviación o intentar “reformatear” la mente.

Son dos enfoques, dos paradigmas, cuyos defensores han ido radicalizando posiciones en las últimas décadas.

Y que podría entrar en un punto sin retorno a partir de mayo próximo, cuando se publique la quinta edición del DSM: la influyente guía de clasificación estadística y diagnóstico de enfermedades mentales que se considera una “biblia” de los psiquiatras.

El lanzamiento ya está produciendo una tormenta en el universo psi. El DSM, elaborado por la Asociación Psiquiátrica de Estados Unidos (APA) pero adoptado extensamente en nuestro país, va a experimentar su mayor renovación en tres décadas.

Y mientras algunos especialistas valoran el intento de refinar la detección de distintos trastornos que no encajaban en las guías previas, otros denuncian que el DSM-V avanza en el proceso de “patologización” de conductas normales, promueve el diagnóstico “fast-food” por parte de no expertos y alienta el uso desmesurado de psicofármacos, incluso desde la infancia.

“El efecto va a ser nefasto”, pronostica Néstor Yellati, psiquiatra y psicoanalista de la Escuela de Orientación Lacaniana, en Buenos Aires.

El DSM-V, dice, va a seguir favoreciendo “epidemias de diagnósticos“. “No necesitamos más enfermedades, sino profesionales a la altura de su época que sepan escuchar y abordar las problemáticas de sus pacientes“, agrega.

El DSM, sobre todo a partir de su tercera edición, ha buscado objetivar las características de las dolencias psiquiátricas y unificar criterios entre los profesionales.

Aunque la guía fue diseñada originalmente sólo con fines investigativos epidemiológicos, su impacto en la Argentina y muchos otros países del mundo es marcado: las coberturas médicas la utilizan como referencia para definir qué aflicciones van a cubrir, por cuánto tiempo y bajo qué enfoque de tratamiento.

Sin embargo, los críticosmuchos, aunque no todos, psicoanalistasdenuncian que la propuesta tiende a “mecanizar”, burocratizar y expandir los diagnósticos, de manera arbitraria y sin valorar las características subjetivas de cada paciente.

Mientras el DSM-II, de 1968, listaba 180 trastornos; el DSM-III, de 1980, hizo subir la cifra a 265. Y el DSM-IV, de 1994, a 297.

Ahora, el DSM-V no sólo añade nuevas patologías definidas como entidades separadas (tales como el “trastorno de acumulación compulsiva” que padece Juan M. o los atracones nocturnos), sino que también va a bajar en algunos casos los “umbrales diagnósticos“, lo cual permitirá incluir a más personas de la población general como enfermas.

“Si antes se podía diagnosticar [con alguna enfermedad psiquiátrica] a un 20 por ciento de la población, tal vez ahora la cantidad llegue al 40 ó 50 por ciento“, denuncia Elías Klubok, presidente honorario del Capítulo “Nomenclatura, clasificación y diagnóstico” de la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA).

Para este tipo de grillas de clasificación y diagnóstico, “los sufrimientos existenciales y hasta el mismísimo desborde vital se entienden como un síntoma vergonzoso que hay que eliminar“, fustiga por su parte Miguel Benasayag, filósofo y psicoanalista argentino radicado en París, en la última edición del periódico psi Actualidad Psicológica.

Las controversias no son nuevas en la historia del DSM. La más notoria se desató con el arcaico DSM-II, que etiquetó la homosexualidad como trastorno mental hasta que las protestas públicas condujeron a su eliminación, en 1973.

Sin embargo, el circo alrededor del DSM-5 tuvo un pico de conflicto cuando, en diciembre pasado, el principal editor de la versión precedente lanzó críticas furibundas.

Allen Frances, profesor emérito de la Universidad Duke y presidente de la fuerza de trabajo que elaboró el DSM-IV, se mostró desolado cuando la junta directiva de la APA aprobó la versión final del DSM-V.

“Es el momento más triste de mis 45 años en la psiquiatría”, escribió en Psychology Today. Según Frances, el manual presenta sesgos o distorsiones profundas y contiene muchos cambios claramente inseguros y sin base científica.

Frances es quizás el más prominente de una larga lista de profesionales y activistas psi que han firmado peticiones para rechazar el documento y sospechan una alianza de los autores del DSM-V con las corporaciones farmacéuticas para expandir el número de diagnósticos que obliguen a tomar alguna pastilla.

En la Argentina, donde el psicoanálisis tiene fuerte predicamento, esa desconfianza alcanza el paroxismo. Para Yellati, el DSMes producto de una época en la que el capitalismo de mercado se ensaña en producir consumidores de medicamentos y la investigación científica se muestra dócil a los intereses de la industria”.

Alicia Bertaccini, investigadora de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Rosario, considera el DSM como “un instrumento óptimo para producir ganancias al menor costo de las diversas piezas de una red medicalizada, que desecha del acto médico todo lo que pueda tener de humanizante“.

Andrés Rascovsky, presidente hasta hace pocas semanas de la Asociación Psicoanalítica Argentina, sentencia: “Todo es parte de una estrategia para que el gran imperio farmacológico siga vendiendo sus productos”

En “EFECTOS colaterales“, el nuevo thriller de Steven Soderbergh, nada parece librar al personaje de Rooney Mara del “venenoso banco de niebla” de la depresión, como ella lo llama, mientras toma sin resultados diversos antidepresivos y lucha con ideas suicidas.

Sin opciones, su agobiado psiquiatra (Jude Law) prueba con ella un medicamento nuevo: el ficticio Ablixa, que promete en los avisos “devolver el mañana”.

Y el Ablixa realmente parece funcionar para Mara, pero (celebran los psicoanalistas) por un precio muy alto.

La película llega en un momento en el que la psiquiatría y los laboratorios necesitan confrontar sus propios demonios.

En la reunión anual de la Asociación Psiquiátrica de EE. UU. del año pasado, el psiquiatra David Healy dijo que su profesión se estaba suicidando al ignorar su relación incestuosa con la industria farmacéutica.

En la Argentina, el psiquiatra Federico Pavlovsky (ex jefe de residentes del Hospital Álvarez e hijo del dramaturgo Eduardo “Tato” Pavlovsky) ha revelado que en los dos congresos de psiquiatría más importantes de la Argentina, más del 90 por ciento de los inscriptos son becados por los laboratorios.

A su vez, sus visitadores médicos, “cuando entran en confianza“, escribió en la revista Topía, llegan a ofrecer una suma de dinero como “retorno” por la cantidad de recetas en las que se prescriba una droga específica.

Otros, como Harrison Pope, profesor de Psiquiatría en Harvard, apunta que la crisis resulta fundamentalmente de la multitud de médicos, no sólo psiquiatras, que recetan con indiferencia medicamentos aunque no estén funcionando.

El mercado de los psicofármacos crece con vigorosa despreocupación por esos reparos. En la Argentina, según el INDEC, es el segmento de medicamentos de mayor facturación, por encima de los destinados al aparato digestivo y el metabolismo, los fármacos cardiovasculares y los antitumorales.

Hace dos décadas, el vademecum DPF listaba en el país 31 productos en la categoría “antidepresivos”. Hoy la cifra supera el centenar. Había una sola marca de clonazepam, Rivotril, y ahora hay 16 distintas.

“Tengo la impresión de que si le sacaran el Rivotril a Buenos Aires, la ciudad se desmoronaría”, bromeó días atrás Gabriel Schultz en “TVR“.

Para 2020, se va a consumir más antidepresivos que remedios para la presión arterial, señala la psiquiatra Norma Derito, subdirectora del Hospital Moyano.

Pero el evidente exceso en el uso de ciertos psicofármacos, así como la inevitable posibilidad de efectos secundarios, no ocultan el hecho de que, en los pacientes adecuados, producen beneficios demostrables.

“Los medicamentos se han vuelto fenomenales“, destaca la psiquiatra forense Sasha Bardey, coproductora de la película “Efectos colaterales”.

“Ayudan a las personas que, como el personaje de Rooney, sufren innecesariamente de manera terrible”. Sólo que no funcionan para todos. Y deben ser indicados por especialistas.

“Yo no me atrevería a tratar a un cardiópata”, dice Derito. “En cambio, los cardiólogos y clínicos recetan de rutina medicación psiquiátrica”.

Las pastillas, sin embargo, no son las únicas armas que esgrimen los defensores de un modelo “científico” del tratamiento de la enfermedad mental.

El auge de las psicoterapias breves, y, en particular, las de tipo cognitivo-conductual que procuran “reeducar” ideas para corregir conductas, asoma como una amenaza incluso más insidiosa para el psicoanálisis: contra ellas no se puede agitar el fantasma del lucro de las corporaciones farmacéuticas.

En una década, los ensayos clínicos con ese tipo de enfoque publicados en la literatura internacional (para tratar desde fobias y depresión hasta dolor de oídos o colon irritable) crecieron 150 por ciento.

¿Solamente “aplastan” el síntoma? Quizás. Pero a un número creciente de pacientes (y a los sistemas de salud que financian esas terapias) no parece importarles demasiado.

No es que el psicoanálisis vaya camino de ser una “pieza de museo”, aclara el psicoterapeuta cognitivo uruguayo Alberto Chertok, autor de El neurótico que llevamos dentro (Vergara, 2013). “Pero en toda disciplina científica es normal el desarrollo de nuevos paradigmas, los cuales a su vez serán enriquecidos y eventualmente reemplazados por otros enfoques“, dice.

Las fragorosas polémicas en el mundo psi tienen su raíz en la naturaleza elusiva de la enfermedad mental.

Aunque parte de la rutina cotidiana de los médicos consiste en decidir qué es (y no es) normal, otras especialidades disponen de equipos y pruebas objetivas —electros, radiografías, análisis de sangre, biopsias— para recoger evidencias tangibles, trazar la línea y controlar la evolución de los tratamientos que indican.

Sin embargo, como explica Marcelo Cetkovich, jefe de Psiquiatría de INECO y del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro, el gran problema de la psiquiatría es que “aún no tenemos modelos neurobiológicos que se correspondan en forma exacta y precisa con los cuadros clínicos“.

No hay alteraciones medibles de neurotransmisores, proteínas o genes que expliquen, por ejemplo, la esquizofrenia, la depresión o el trastorno bipolar. No existe una tomografía que confirme que Juan M. es un acaparador compulsivo o un “coleccionista” algo fanatizado.

Los psiquiatras, entonces, sólo tienen a mano su inteligencia, el interrogatorio clínico y un puñado de pastillas: nada de aparatos ni muestras al microscopio.

Lo cual, por otra parte, propició la multiplicación de enfoques terapéuticos eclécticos que a menudo han desestimado la pertinencia de medir y documentar su eficacia.

Y que muchas veces, más allá del sustrato teórico, funcionan con la única condición de que el paciente crea en su terapeuta y el terapeuta, en su orientación [el fenómeno se ha bautizado "efecto dodo", por un pasaje de Alicia en el País de las Maravillas en el cual el dodo dictamina el resultado de una carrera: "Todo el mundo ha ganado y todos deben tener premio"].

El DSM, en ese contexto, pretendió confirmar el carácter científico de la psiquiatría, demostrando que tiene una base de evidencias codificada y rigurosa para clasificar de manera objetiva las afecciones mentales y orientar la forma de tratarlas.

Por otro lado, procuró establecer un “lenguaje común” que facilitara la comunicación entre clínicos e investigadores de distintas disciplinas y líneas teóricas, lo que ha sido “beneficioso“, afirma Marina Drake, ex presidente de la Sociedad de Neuropsicología de la Argentina, docente en las universidades Favaloro y Maimónides, y coordinadora del centro Neuropsic.

La estrategia resultó exitosa y ha permeado desde entonces gran parte de la práctica psi en el mundo (además de granjear a la APA más de US$ 100 millones solamente con la IV edición).

Sin embargo, no logró disipar del todo las sospechas de que las enfermedades, definidas como una constelación de síntomas que producen un efecto durante cierto tiempo, no dejan de ser construcciones arbitrarias y con contornos maleables ["No se trata de enfermedades reales como el sarampión o la hepatitis, sino de constructos útiles que reflejan la manera en que la gente comúnmente sufre", escribió el psicoterapeuta Gary Greenberg en The New York Times].

La nueva clasificación que va a proponer el DSM-V, para sus detractores, potencia esos rasgos evanescentes.

Uno de los cambios más significativos es que, en lugar de basar el diagnóstico sólo en categorías, introduce un criterio “dimensional”: ya no se tratará solamente de marcar una cruz cuando el paciente tiene un síntoma, sino también, en muchos casos, de valorar su severidad y variación en el tiempo.

Un veredicto de depresión mayor, por ejemplo, va a incluir un sistema de puntaje para cada uno de los síntomas, como insomnio o ideas suicidas. Lo mismo para el déficit atencional (ADD), la esquizofrenia y otros cuadros.

Este cambio de paradigma habilita la delineación de “espectros”. Así, cada persona puede caer en un rango que va desde el comportamiento típico o normal hasta el patológico más severo, con muchos grises en el medio. El lugar en la escala que ocupe el paciente va a determinar si los síntomas ameritan (o no) su tratamiento.

La propuesta es, en principio, difícil de cuestionar: ninguno de nosotros está totalmente sano o totalmente enfermo.

La gradación también ayudaría a precisar el tipo de terapia adecuada e identificar a personas en los extremos más benignos del espectro pero en riesgo de agravar su condición (alguien con alguna alucinación aislada, por ejemplo), lo cual permitiría estrategias precoces de prevención.

Sin embargo, los críticos rechazan esa perspectiva. El psicoanalista Juan Vasen, médico del Hospital Tobar García y autor de Una nueva epidemia de nombres impropios.

El DSM5 invade la infancia en la clínica y las aulas (Noveduc, 2011), considera que la inminente edición del manualva a extender el manto clasificatorio y medicalizante sobre cada vez más cuadros difusamente definidos“, legitimando, por ejemplo, intervenciones farmacológicas en chicos que resulten englobados en nuevos “espectros”.

En la misma línea, Klubok sostiene que la nueva versión hacer una “sintonía gruesa” de los diagnósticos. “Cualquier cambio de ánimo pasajero ahora puede entrar como enfermedad“, alarma.

La inclusión de espectros puede tener otras aristas negativas. El DSM-V, por ejemplo, va a meter dentro de un nuevo “espectro autista” a los pacientes con síndrome de Asperger: una condición que afecta a personas con gran capacidad para sistematizar información, pero con dificultades para establecer vínculos con los otros.

Desde Abraham Lincoln y Franz Kafka hasta Albert Einstein, Bob Dylan y Bill Gates podrían tener o haber tenido Asperger.

Aunque el Asperger guarda cierta relación con el autismo, algunos especialistas temen que borrarlo como diagnóstico específico y meter “todo en la misma bolsa” produzca cierta estigmatización de los chicos y, por otra parte, dificulte su detección.

“Preferiríamos que siga siendo una entidad propia”, indica Rodolfo Geloso, presidente de la Asociación Asperger Argentina y papá de un estudiante universitario con Asperger de 19 años.

Otro espectro que introduce la guía es el “obsesivo compulsivo“, que incluye el TOC pero también otras enfermedades novedosas o que eran consideradas “harina de otro costal”.

Por ejemplo, el “trastorno de acumulación compulsiva“, que antes se consideraba una variante del TOC; el “trastorno dismórfico corporal“, que describe una preocupación excesiva por alguna anormalidad percibida en el cuerpo (desde el tamaño de los genitales hasta los poros de la piel) y que antes estaba en la misma categoría que la hipocondría; y la excoriación o “skin-picking“, la necesidad imperiosa y exagerada de hurgar en la superficie de la cara.

Para el psiquiatra Ricardo Pérez Rivera, director de la filial en Buenos Aires del Bio-Behavioral Institute de Nueva York y coordinador de Trastornos de Ansiedad de la Asociación de Psiquiatras de América Latina (APAL), estos cambios facilitarán la indicación de medicación más específica y la búsqueda de nuevos tratamientos.

Fernando Torrente, director de Psicoterapia de INECO y de la carrera de Psicología de la Universidad Favaloro, rescata el intento del DSM-V de evitar o limitar la superposición del diagnóstico de dos o más trastornos en el mismo paciente, así como la introducción de las dimensiones y la consideración del aporte de los últimos avances en neurociencias.

De todas maneras, dice, “las dimensiones no están suficientemente integradas y parece que el cambio quedó a mitad de camino”.

En cambio, la psiquiatra Derito y un colega, Federico Rebok, vicepresidente del próximo Congreso Internacional de Psiquiatría en Buenos Aires, cuestionan que la nueva guía haya eliminado las subformas de esquizofrenia, lo que podría propiciar sobrediagnósticos.

Hay tiempo de subsanarlo. El DSM-V trae otra novedad: su estructura estaría abierta a revisiones puntuales en la medida en que aparezcan hallazgos sólidos, apunta Cetkovich, quien añade: “Creo que es temprano para hacer más críticas significativas. Tenemos que esperar para ver la versión final publicada y, sobre todo, estudiarla y ver su utilidad y limitaciones en la práctica clínica cotidiana”.

“El problema no son los libros, sino quienes y cómo los usan”, resume Juan Manuel Tenconi, presidente del Capítulo de Psiquiatría de Interconsulta y Psiquiatría de Enlace de APSA.

Tal vez estemos en víspera de la batalla dialéctica final. Quienes usan el DSM, y también quienes lo rechazan, no parecen dispuestos a retroceder.

La nueva versión parece reafirmarlos. Donde los discípulos de Freud critican rótulos y tratamientos que se reparten como si fueran pizzas, según la analogía de Benasayag, los psiquiatras de base biológica contraatacan.

“Toda la teoría psicoanalítica se cae cuando en la práctica hay que resolver un problema específico”, dispara Alberto Monchablón Espinoza, director del Moyano y vicepresidente de la Asociación Argentina de Psiquiatras (AAP).

“El diagnóstico no es una etiqueta, sino una hipótesis de trabajo”, agrega Cetkovich.

Es notable que se siga usando ese argumento falaz. El objetivo de la psiquiatría no es ocuparse de la mente de las personas y regular su funcionamiento, sino concurrir en auxilio de aquellos que por sus padecimientos perdieron la capacidad de proyectarse como seres humanos”.

Fuente: Newsweek


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El psicoanálisis, cura... ¿sí o no?

enero 21, 2013

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¿ El psicoanálisis cura ?

Patrick Pouyaud – Sophie Lalay

Por J.-D. Nasio

16–01–2013 / Lo afirmo de inmediato; sí, el psicoanálisis cura.

No es una opinión personal ni una vaga impresión sino una constante establecida por numerosos profesionales.

Yo mismo, he tenido la satisfacción de haber tratado muchos pacientes cuyos problemas, a menudo graves, se han esfumado. …

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El “amor a distancia” contemporáneo y el test de la realidad

enero 17, 2013

EL “AMOR A DISTANCIA” EN LA CONTEMPORANEIDAD
“Te quiero… lejos”

17–01–2013 / Hoylos amantes pueden vivir en distintos países o en distintos continentes”. “Con Internet se abre un mundo de posibilidades ilimitadas y también el horror de las posibilidades ilimitadas”, advierten los autores al tematizar el “amor a distancia”, y señalan el riesgo de que “el ‘ojalá estuvieras aquí’ de los amantes a distancia se convierta en un ‘ojalá estuvieras allí’”.


  Por Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernscheim *

CompuloveEl amor a distancia se caracteriza por la separación geográfica. Los amantes viven a muchos kilómetros de distancia, en distintos países o incluso en distintos continentes.

Uno de los rasgos distintivos de la actual elección de pareja es que se ha ampliado enormemente el campo de posibilidades.

El mundo de las barreras amorosas se ha convertido en el mundo de las posibilidades amorosas. En primer lugar, las barreras sociales se han permeabilizado y los controles sociales se han relajado.

Antes era la unidad familiar la que regulaba y encarrilaba la elección de la pareja con arreglo a la propiedad y al status social.

En nuestros días, la unidad familiar –cuando existe– ha perdido gran parte de su poder. Incluso la institución de la señora de compañía, la mujer a la que en su día se encomendaba la tarea de vigilar la observancia de los imperativos de la decencia y la posición social, ha desaparecido sin dejar rastro.

También el encuentro de los amantes se ha liberado de las reglas relativas a la procedencia que imperaban en la así llamada “buena sociedad”: las listas de invitados de las clases altas ya no se pliegan estrictamente a la regla de la procedencia social.

Han surgido campos de encuentro –el trabajo, las asociaciones, los gimnasios– enteramente mixtos desde el punto de vista social.

Antes, la mayoría de las veces, la vida se desarrollaba en el marco de la vecindad en sentido amplio. En nuestros días, el medio vital, el mundo de la vida, abarca un espacio mucho mayor.

Cursos de idiomas, viajes de trabajo, vacaciones: la movilidad de una localidad a otra, de un país a otro, hace ya tiempo que forma parte de la vida corriente. Como consecuencia, el espacio de posibles encuentros entre personas se ha ampliado enormemente, y con ello, el de potenciales parejas.

A esto se suma, como un nuevo espacio de encuentro que gana adeptos a gran velocidad, Internet. Los buscadores nos traen directamente a casa, mejor dicho, al ordenador portátil, una oferta mundial que se renueva cada minuto.

Con Internet, las tentaciones se multiplican hasta el infinito. Se abre un mundo de posibilidades ilimitadas y también el horror de las posibilidades ilimitadas. Los buscadores son causa, instrumento y resultado de una búsqueda que camina hacia y trabaja en la ampliación de sí misma.

El imperativo inmanente de esta búsqueda es la optimización. Cuanto más amplia sea la oferta, mayor será la tentación. Quizás el próximo clic me ofrezca al candidato ideal.

Así que, ¡a seguir clicando! Hay que encontrar al mejor o a la mejor, pero nunca se encuentra. “No dejo de mirar qué nuevas mujeres o interlocutoras interesantes y guapas aparecen ahí. Puedes entrar todos los días. ¿Qué vida podrían depararme las de hoy?”, confiesa el romántico de la maximización y el realista de lo virtual.

¿Dónde se encuentran los que buscan amor? Sobre todo en el trabajo, luego en el círculo de amistades, después en Internet, que ocupa el tercer puesto, por encima del club, la discoteca, las vacaciones o el supermercado.

Un estudio actual revela que, entre personas de entre treinta y cincuenta años, un tercio de los contactos que acaban en emparejamientos se establece a través de internet. Y es una tendencia creciente.

El amor fue y sigue siendo amor imaginado. Tiene lugar en la cabeza, y lo sabemos. Lo peculiar del amor a través de Internet radica en que solo tiene lugar en la cabeza. Internet modifica la condición grupal del amor. Hace posible, en primer lugar, la no presencia de los implicados; en segundo lugar, el anonimato de su contacto.

Con ello, en tercer lugar, libera la imaginación. Y, para terminar, puede imponer el imperativo de la optimización: “Antes de atarte para la eternidad, comprueba que no haya algo mejor”.

La ausencia de corporalidad en el amor a distancia y el anonimato que garantiza Internet como punto de encuentro pueden incrementar el romanticismo de la búsqueda, pero también engendran desinhibición.

Ya sabemos cómo se organiza y escenifica la búsqueda de pareja a través de Internet: hoy las agencias mediadoras ya no facilitan dos o tres parejas posibles a los que buscan, sino unos cuantos cientos de miles, unos cuantos millones.

Se informa a los usuarios de que hay varios cientos de miles o millones de personas que están ahora conectadas y con las que se puede contactar ahora mismo, cuántos contactos por hora están teniendo lugar, cuántos miles de fotos se han colgado en internet durante la última hora.

La búsqueda de pareja por internet se desvincula del espacio y del tiempo. Es posible más allá de la ciudad, a cualquier hora.

La fluidificación del espacio, fenómeno que se observa en las ciudades, se traslada también al campo. Los excesos de la noche no caracterizan ya sólo a la vida nocturna.

Las personas se encuentran con mayor número de personas, los rostros se suceden aún más deprisa. Internet implanta en todos la idea de “posibilidades ilimitadas”. Y también el que no busca pareja sexual o amorosa vive su mundo como el de Internet. Conoce las posibilidades. Sabe lo que hacen otros. Tiene imaginación.

Un amor “conventual”

No solo es novedosa la multiplicación hasta el infinito de las posibilidades de encuentro entre personas.

Con el amor a distancia también cambia el ámbito en el que se despliega el anhelo amoroso, lo que el amor significa para el deseo, lo que puede y no puede, la sensualidad del amor, la relación entre amor, sexualidad, intimidad, la relación entre amor y vida cotidiana, amor y trabajo.

Vivir la variante geográfica del amor a distancia significa creer en la posibilidad de una intimidad y afectividad intensas entre personas que durante largos períodos no pueden mantener relaciones sexuales.

En el amor mediado por las tecnologías de la comunicación, en el amor por teléfono o Internet, debe renunciarse a muchas formas de sensualidad. Tiene que salir adelante sin contacto físico de las manos, la piel, los labios, sin un verdadero encuentro de las miradas, sin que los implicados puedan llevarse mutuamente al éxtasis del orgasmo.

Queda la sensualidad de la voz y el lenguaje, del contar y escuchar, del ver y ser visto.

El amor en proximidad puede ser o tornarse silencioso, en cambio el estímulo y sostén del amor a distancia en su variante geográfica radica única y exclusivamente en el lenguaje y la mirada.

Funda por ello especiales oportunidades y, paralelamente, adolece de una especial fragilidad. La unidimensionalidad de sus recursos sensoriales puede significar: vida breve, muerte rápida.

En una cultura como la occidental, en la que el encuentro físico inmediato y el contacto corporal desempeñan un papel esencial en el amor, el amor a distancia es difícilmente sostenible a largo plazo.

El lugar “puro” del amor a distancia es la voz, el relato que tiene noticia de los paisajes de sentido interior del interlocutor y se adentra en ellos, con otras palabras, el que domina el arte de la intimidad: hacer perceptible la cercanía en la distancia. Aquí “arte” debe entenderse en el sentido literal de la palabra. La intimidad de la voz vive del intercambio del autorretrato narrado en el que el otro o la otra se hace presente.

Esto, justamente, es lo que quiere decir “modernidad reflexiva”: las consecuencias colaterales de la modernización radicalizada socavan los fundamentos y las dicotomías institucionales, legales, políticas, morales y sociales de la primera modernización estado-nacional como algo obvio y cotidiano.

A las relaciones a distancia se les brinda por ello la oportunidad de romper el silencio sonoro de las relaciones cercanas.

Y si ambos disponen de espacios para hablar con el otro enteramente reservados al intercambio y la comunicación mutua, el amor a distancia puede incluso articular un espesor y una intensidad particulares.

El hecho de que otros sentidos no distraigan de la conversación, concentrarse enteramente en la fuerza del lenguaje y/o de la contemplación, hace posible que se aborden las principales preguntas relativas al “tú y yo”.

Con todo, el amor a distancia geográfica posee un carácter monacal, monjil, conventual. Permanece en lo abstracto, pues su lugar son los correos electrónicos, Facebook, los sms y Skype.

El puro amor a distancia, el “solo” amor a distancia, es difícilmente practicable para los que no son monjes ni monjas. Para las personas normales tienen que darse regularmente oasis de sensualidad directa que involucren todos los sentidos, de “hartazgo de amor”.

Y para los otros momentos necesitan rituales y símbolos que recuerden una y otra vez, redescubran, sostengan y afiancen lo común. Puede que el concepto de “intimidad a distancia” suene muy romántico, pero es una forma de romanticismo que se alimenta de las sobrias virtudes de la regularidad, la fiabilidad, la planificación.

La intimidad a distancia depende de acuerdos estables, del sostenimiento del vínculo interior (por ejemplo, hablar por Skype todas las tardes, verse cada seis meses). Y puede fracasar.

“Isla de los Bienaventurados”

Tanto el amor cercano como el lejano tienen sus propagandistas. Unos recomiendan el amor a distancia como terapia contra las decepciones del amor en proximidad, otros alaban las virtudes del amor en proximidad contra las decepciones del amor a distancia.

Es incuestionable, sin embargo, que el amor a distancia tiene sus ventajas, especialmente cuando los miembros de la pareja lo adaptan a sus necesidades y deseos. Hay incluso quien afirma que la cercanía no es más que un mito.

La proximidad amorosa que anhelan los amantes a distancia –aseguran– no queda asfixiada por la rutina de la vida diaria. Demasiada cercanía mata el amor. La lejanía lo mantiene vivo. Descarga a los amantes de las exigencias y sobreexigencias de tener que amarse siempre y explícitamente. Hace posible lo imposible, concilia los opuestos, cercanía y distancia, vida propia y común.

Tales diagnósticos encierran sin duda un núcleo de verdad: el amor a distancia no descansa únicamente en la separación entre amor y sexualidad, sino también entre amor y vida cotidiana. El amor a distancia es como el sexo sin tener que lavar después la ropa de cama, como comer sin fregar los platos, como un tour en bici sin sudor ni dolor de piernas. ¿Quién echaría ahí algo de menos?

Pero el amor a distancia no es la receta de la felicidad eterna, ni traslada a sus cultivadores a la Isla de los Bienaventurados mientras la mayoría de las parejas de nuestro entorno se enfanga en sus rutinas.

No pueden pasarse por alto los peligros a los que lo expone quedar exonerado de la vida cotidiana. Por ejemplo, que el autorretrato no nos presente a nosotros mismos, sino una versión corregida de nuestra persona.

O, a la inversa, el peligro de transfigurar al compañero, de elaborar una imagen idealizada de él que no aprobaría el test de la realidad. Desde este punto de vista, amar a distancia equivale a aprender a soñar.

El amor a distancia es el amor de un yo festivo por un otro festivo, purificado de la banalidad de la vida cotidiana. Cuando uno no tiene que entenderse con su compañero en las normas relativas al orden doméstico o en las terribles dificultades asociadas a las visitas familiares se libera de numerosas obligaciones.

Pero cuando solo se vive fragmentariamente al otro y muchos aspectos de su vida solo se conocen a través de sus narraciones –o lo que es lo mismo, cuando múltiples conflictos potenciales quedan ocultos– falta el aterrizaje.

Y la fantasía puede llegar demasiado lejos. El amor a distancia puede ser engañoso. Uno idealiza a la pareja, porque no vemos muchas cosas que también forman parte de él.

O uno lo minusvalora porque proyecta sus propias decepciones en él: si a mí me va mal, también a él debe irle mal, de lo contrario no me quiere. A menudo resulta especialmente difícil conectar con la evolución del otro. O uno mismo no está ahí donde se lo supone.

Cuando un día el gran sueño de los amantes separados se cumple, es decir, se reencuentran y se convierten en una pareja en cercanía, el test de la realidad se hace inminente.

Uno se olvida de las despedidas y descubre algunas facetas antes desconocidas del otro que la distancia había ocultado piadosamente. Es muy posible que entonces el amor a distancia vuelva a parecernos un sueño, y que el “ojalá estuvieras aquí” de los amantes a distancia se convierta en un “ojalá estuvieras allí”.

* Extractado de Amor a distancia. nuevas formas de vida en la era global, de reciente aparición (Ed. Paidós).


Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.


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