Archive for the ‘PSI’ Category

El ser humano miente siempre. La mentira nos es consubstancial

mayo 28, 2014

Tú mientes, yo no

La mentira, bajo cualquiera de sus presentaciones nos es consubstancial. 

Marcelinoperello28–05–2014 / Todos decimos mentiras, y no es una mentira decirlo. Cuando Jacques Lacan, el insoslayable, afirma que el psicoanálisis no es ni podrá ser nunca una ciencia, lo exhibe en una frase mínima y lapidaria: “El sujeto miente”.

Como claramente lo fundamenta la epistemología, toda disciplina científica se propone estudiar objetos y enunciar sus propiedades. Es decir, establecer las relaciones causa-efecto que les son propias.

Los objetos no mienten. No engañan. Puede engañarse el observador, el estudioso al atribuirle rasgos falsos. Pero en este caso la falsedad proviene de aquel que observa, no de aquello que es observado.

Al analizar el comportamiento de una molécula o de un planeta, el hombre de ciencia podrá incurrir en errores y llegar a conclusiones equivocadas, pero nunca será el objeto estudiado el que lo inducirá en esas equivocaciones.

Cuando decimos que tal o cual cosa “engaña”, en realidad somos nosotros los que nos engañamos. Las apariencias de las cosas son responsabilidad de quien las juzga, no de las cosas. Las cosas no hablan, por lo tanto no engañan.

En cambio el sujeto, es decir, el ser humano, sí habla. Y puesto que habla, miente. Mentimos. Mentimos desde el momento en que podemos, sabemos y queremos hablar, antes no. El bebé de seis meses es un objeto, que no intentará vendernos pesos a tostón.

En cuanto pueda formular oraciones, empezará a tener ideas y empezará a mentir. Es ineluctable. Es ésta una de las características definitorias del ser humano y que lo distingue del reino de las cosas inanimadas y del resto de los animales.

Es por ello que Lacan sentencia que el psicoanálisis no puede pretender constituirse en una disciplina científica ni estudiar al “paciente”. Ese individuo que está sentado frente al terapeuta o recostado sobre un diván no es “estudiable”.

Se puede establecer una relación intersubjetiva con él, y esa relación podrá ser, si todo va bien, propiciatoria, y analista y analizante llegarán eventualmente a conocerse bien.

Hasta donde una persona puede conocer a otra. Sin olvidar nunca que toda persona, si es persona, es siempre impredecible.

Es ahí donde tropiezan los abordajes mecanicistas y conductistas de la condición humana.

En esta semiserie dedicada a la actuación y a sus oficiantes, actores y actrices, he afirmado de manera contundente que aquel que actúa no miente, puesto que su propuesta escénica es patente y exige la complicidad del espectador. En otras palabras, el histrión finge, pero no engaña. Al menos en el ejercicio estricto de su profesión.

Hay por lo menos dos maneras distintas en las que el sujeto miente. La primera, por obvia, es aquella en la que el hombre sabe que está mintiendo. Es consciente de que esconde, inventa, deforma o manipula. Tal categoría conoce a su vez un buen número de variedades.

Existe la mentira-mentira con la que estamos bien familiarizados y a la que recurrimos a cada rato con tal de ofrecer el blanco menos vulnerable posible a los juicios del congénere, sea éste el jefe, el maestro, el colega, el padre, el hijo o el espíritu santo.

Se trata de esquivar las saetas y de no dar una impresión distinta a la que nosotros creemos conveniente. No se trata de evitar el ofrecer una falsa imagen. Se trata, exactamente al contrario, de ofrecerla.

A menudo esa falsa imagen que construimos e intentamos vender, está paradójicamente sustentada en nuestro deseo de verdad, en el propósito de evitar una impresión que consideramos errónea. “No se vaya a hacer ella una opinión equivocada” o “qué iba a pensar de mí” son coartadas morales frecuentes en las que se sustenta la mentira.

También es habitual recurrir a las distintas modalidades del engaño como una manera de simplificar la vida y evitar conflictos o situaciones embarazosas de las que no necesariamente saldría uno mal librado, pero que de todos modos prefiere ahorrarse.

En otras ocasiones la mentira se presenta como piadosa, y su propósito es el de no lastimar. Así se le esconde su dolencia al que padece una enfermedad terminal, por ejemplo.

Tales hábitos y recursos conocen su contraparte en aquellos que en nombre de la sinceridad y bajo el estandarte del combate a muerte contra la hipocresía, van lanzandoverdadesa diestra y siniestra por innecesarias, incómodas o hirientes que sean.

En nombre de la “franqueza” no titubean en amarrar navajas o humillar al que cometa la imprudencia de parárseles enfrente en momentos inadecuados.

“Qué mal te ves, ¿has estado enfermo?”, “pero qué vestido horrible te pusiste, te sienta fatal, ¿dónde te lo agenciaste, en el tianguis de la San Felipe?”, son algunas de las fórmulas punzo cortantes utilizadas por aquellos (as) que se precian de “no tener pelos en la lengua”. Los han de tener en el cerebro.

Existe, sin embargo, otro registro de la mentira, mucho más incisivo y significativo, y por ello mismo mucho más desconocido. Es la mentira inconsciente, en la que el sujeto ignora que la está profiriendo, de palabra o de obra. Es la mentira que se miente a sí misma.

Nadie puede escapar a ella y puede ser mucho más definitiva, y en ocasiones dañina que la otra, la consciente y sabida (sabida por el mentiroso, claro).

En la mentira inconsciente residen las más poderosas componentes de la personalidad, y también los más íntimos e intensos conflictos a los que nos enfrentamos. O no.

De ella hablaré más adelante. Merece capítulo aparte. Hoy me limito a enunciarla. En todo caso, la mentira, bajo cualquiera de sus presentaciones nos es consubstancial. Y esencial. Ni siquiera se trata de que sea benéfica o admisible. Es simplemente inevitable. Sorprendentemente, sin embargo, no es sino hasta el siglo XX que su importancia y autenticidad son formalmente establecidas.

Puestos a reconocer aquí ese lugar genuino ocupado con esmero, procedamos a reconsiderar algunos elementos legítimos antes muy ostentosamente repudiados. Visiones intransigentes concitan animosidades, sólo obstruyen la obligada ecuanimidad liberando la acritud. Nadie ostenta sus aprensiones bajo envoltorios frágiles al lustrar las afrentas recibidas.

En el encuentro con el otro, con el que está enfrente, al lado o en nosotros mismos, asumir el lugar y el peso específico de la buena mentira es un componente fundamental del bienestar y de la sabiduría. Contra viento y marea. Contra la hipocresía de los honestos.


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A propósito de Borges y “Funes el memorioso”

mayo 5, 2014

Entrevista al escritor argentino Jorge Luis Borges (1993)

Borges[ ] ¿No sufre de insomnio?

He sufrido mucho de insomnio y he escrito un cuento que refleja eso.

Por eso le preguntaba. Pensaba en “Funes el memorioso”.

Ese cuento voy a contarle un detalle que quizá pueda interesarle. Yo padecía mucho de insomnio. Me acostaba y empezaba a imaginar. Me imaginaba la pieza, los libros en los estantes, los muebles, los patios. El jardín de la quinta de Adrogué esto era en Adrogué. Imaginaba los eucaliptos, la verja, las diversas casas del pueblo, mi cuerpo tendido en la oscuridad. Y no podía dormir.

De allí salió la idea de un individuo que tuviera una memoria infinita, que estuviera abrumado por su memoria, no pudiera olvidarse de nada, y por consiguiente no pudiera dormirse.

Pienso en una frase común, “recordarse”, que es porque uno se olvidó de uno mismo y al despertarse se recuerda. Y ahora viene un detalle casi psicoanalítico, cuando yo escribí ese cuento se me acabó el insomnio. Como si hubiera encontrado un símbolo adecuado para el insomnio y me liberara de él mediante ese cuento.

Como si el escribir el cuento hubiera tenido una consecuencia terapéutica.

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Eric Laurent. La política ya no brinda más respuestas a la pregunta por el sentido

marzo 27, 2014

Eric Laurent
“La época en que la política daba respuestas a la pregunta por el sentido, está terminada”

26–04–2014 / A pocos días del inicio del IX Congreso Internacional de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP), el psicoanalista francés Eric Laurent argumentó sobre el agotamiento de la búsqueda de sentido en la práctica política y en la religión en una época hegemonizada por el sueño absolutista de la razón científica cifrada en el cálculo y el individualismo democrático de masa, advirtiendo sobre la concentración empresaria en los espacios del común.

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Laurent, quien fue analizante de Jacques Lacan, también es docente; del 2006 al 2010 presidió la AMP, cuya acta de fundación se firmó en Buenos Aires el 3 de enero de 1992.

Entre sus libros figuran El goce sin rostro, La batalla del autismo, Ciudades analíticas, Psicoanálisis y salud mental, Lost in cognition, El sentimiento delirante de la vida y Los objetos de la pasión.
 
Esta es la conversación que sostuvo con Télam desde París, donde reside.
 
- T : El congreso internacional de 2012 se centró en el orden simbólico. Este, que empieza en unos días, tal como indicó Jacques-Alain Miller, sobre un real. Sin embargo, en ambos casos se incluye la perspectiva siglo XXI. ¿Cuáles serían las diferencias respecto al siglo pasado?

- L : La diferencia esencial con el siglo pasado es que estamos en una época de triunfo de los poderes del cálculo; entramos en the digital age. Como dijo Jacques-Alain Miller, esto fue anunciado por Lacan en su fórmula Hay l’ Uno, en francés Y’a dlun.

Con esta contracción, quienes piensan que el individualismo democrático de masa está fundamentado sobre el uno del cuerpo, se equivocan. Lo nuevo es la manera con la cual los cuerpos se articulan con el uno del cálculo.

Esto se puede ver en el libro de los responsables de Google, Jared Cohen y Eric Schmidt, The new digital age, como en Big Data, de Viktor Mayer-Schönberger y Kenneth Niel Cukier. Ambos exploran cómo la acumulación de los cálculos cambian nuestra relación con el mundo.

El horizonte del cálculo es una utopía. Un mundo puramenta calculable, sin nada que pueda quedar afuera. Si nada escapa al cálculo, estaríamos en un mundo sin contingencia, un mundo sin Real. El psicoanálisis propone, al revés de esta utopía, el reconocimiento de un real: un real vinculado al hecho de que la relación sexual como tal no se puede calcular.

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- T : Precisamente, uno de los últimos seminarios de Miller en castellano se titula El ultimísimo Lacan. ¿Qué hay más allá de ese ultimísimo?

- L : Las consecuencias clínicas que hay que explorar. La articulación de los cuerpos al cálculo de las máquinas permite el sueño de una transparencia total del uso de los cuerpos. Se sueña un yo cuantificado, quantified self.

Pero esta articulación a las máquinas, a los smartphones, que pueden saber todo del funcionamiento del cuerpo, sólo sostienen el discurso del superyo contemporáneo. Un superyo a medida que nos grita ¡Goza!, o tenés que mejorar tu performance. El goce se revela aún más como lo que escapa al cálculo. Lo que huye.
 
- T : El discurso de la ciencia, ¿en qué relación cree usted está con las infinitas variantes de la religión (incluso laicas) y con cierto agotamiento epocal de las formas republicanas de la política?

- L : El discurso de la ciencia nos promete the theory of everything. Lo que hay de común con las promesas del Big Data es el sueño de un mundo completamente simbolizado, pero sin sentido. El sentido es de lo que se ocupa la religión. Es la nueva complementariedad entre ciencia y religión. No fue siempre así. En el siglo XVII, cuando surgió la ciencia, era considerada un peligro para las creencias. Ya no es el caso.

La época del todo político en la cual la política daba respuestas a las preguntas sobre el sentido, está terminada. Las religiones laicas que cumplían esa función son cosas del siglo XX. El individualismo de masa no permite más estas creencias absolutas. Hay una fragmentación de los modos de vivir la pulsión. Pero subsisten trozos de común.

El problema de la política mundial, como dice Paul Krugman, es saber si la concentración oligárquica del capital no pone en peligro todo el espacio de lo común. Parece que la política ha perdido su poder de regulación. Hay una llamada a un más allá de la política. Es un síntoma de la época. 


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Los vericuetos del Deseo y las trampas de la Demanda

febrero 18, 2014

Originalmente publicado en Planeta Freud:

por Isidoro Vegh

Que hoy nos encontremosquiere decir que tanto ustedes como yodeponemos nuestra soberbia y decimos: necesito del otro para sostener esto a la cual me dedico, porque ?ahora, avanzo a puertas cerradas, espero que no haya ningún infiltrado- nosotros somos gente rara.

Psimiau

Ustedes pasan por Lázaro Costa o Casa Sierra, comentan : ¡Mirá este tipo a qué se dedica ! Y ustedes a qué se dedican ?

Advirtieron que cuando hay una reunión familiar a veces algunos nos miran con aprehensión, hacen chistes. Siempre hay una broma para el psicoanalista. Por qué ? Porque intuyen que somos tipos raros : no tenemos resuelta la relación con el sexo, con la muerte, con el amor, igual que todo el mundo, patinamos igual que cualquiera y dedicamos el tiempo a eso.

A veces recuerdo una tía que me quiere mucho y…

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El imperio del yo. Una marca de época. Yo, yo, mi, me, conmigo

enero 27, 2014

Egolandia: cuando el imperio del yo es marca de época

Por Fernanda Sandez

Egolandia20–10–2013 / Es levantar la mirada en el subte, y ver: cada quien con los ojos en su propia pantalla.

Hace tiempo ya que Italo Calvino tuvo una visión de todo esto en Tokio, y la contó en su texto Los flippers de la soledad.

“Si no fuera por la agresividad cromática y acústica, no nos percataríamos de que se trata de un lugar de diversión al ver a las personas sentadas, cada una frente a su pequeño escaparate como en un lugar de trabajo, los ojos fijos en el centelleo del mecanismo relumbrante, maniobrando los botones con gesto de autómata”, anotó.

Tres décadas más tarde en ésas seguimos, sólo que ahora la pantalla -y el mundo- se han vuelto más pequeños. Apenas un rectángulo posado en la mano, y esa geometría plagada de “marcas de identidad”.

Hoy, por lo visto, todo eso que no haya sido previamente procesado por el Yo Estampador (“mi” música, “mis” videos, “mis” contactos, mis, mis, mis) es parte de algún otro redil extraño, y potencialmente peligroso.

Por fuera de ese mundo a escala personal, todo parece inquietar, empezando por la mirada ajena. Vamos pues con los ojos puestos en el único espacio “seguro”: el nuestro, ese que se controla y se dibuja a gusto, y en donde nada importa tanto como lo propio. “¿En qué estás pensando?”, interroga una y otra vez el Oráculo de Facebook, a modo de ciberidishe mame, y uno responde.

Ya en su imprescindible Postdata sobre las sociedades de control, Gilles Deleuze advertía sobre un futuro de “nuevas libertades“, pero también “de nuevos mecanismos de control que rivalizan con los más duros encierros“.

Por eso, en este nuevo escenario en donde el yo se ausculta, interesadísimo, y se vuelve a revisar dentro de un instante, sus palabras se vuelven revelación. Es el minuto a minuto del alma, su rating sentimental.

El egosistema depende de eso: de preguntarse, una y otra vez, cómo se siente. Qué tal está. Del todos para uno, al uno para todo, en una apoteosis de la autosuficiencia que Gilles Lipovetsky llama “hiperindividualismo” y en la que reconoce el clímax de lo que se venía gestando desde hace tres décadas.

En la misma línea, la antropóloga Paula Sibilia hace notar que

antes calificadas como enfermedades mentales o desvíos patológicos de la normalidad ejemplar, hoy la megalomanía y la excentricidad no parecen disfrutar de esa misma demonización. En una atmósfera que estimula la hipertrofia del yo hasta el paroxismo, que enaltece y premia el deseo de «ser distinto» y «querer siempre más», son otros los desvaríos que nos hechizan“.

Y también otras las penas, ya que, como precisa la psicoanalista Patricia Faur, “el costo de esta consagración del yo es un enorme sentimiento de vacío que ha hecho de la depresión la enfermedad del siglo XXI. Vivimos en una sociedad que crea la ilusión de estar hiperconectada, como si ese encuentro virtual los dejara menos solos. Pero en ese encierro dentro del hardware la sexualidad se vuelve virtual, la amistad es un contacto, los olores dejan de existir. Y nada bueno puede derivarse de esto“, dice.

Santiago (veinte años, pelo bicolor, tres pantallas a su alrededor a modo de ciberhijitos) no tuvo aún el gusto de leer a Lipovetsky, pero encarna su idea a la perfección. Hete aquí un hiperindividuo: todo en él y su circunstancia (la ropa, la música que suena en sus oídos, la cría de pantallas) lleva su impronta.

Tal el mandato: hoy todo puede (y debe) “personalizarse”, incluido en esto desde el auto hasta las noticias que recibimos.

Experiencias tales como las de Trove (la aplicación de The Washington Post que permite seleccionar sólo las noticias que le interesen al usuario), Livestand (la misma idea, pero desarrollada por Yahoo), Pulse y Flipboard (que permite “tunear” las noticias y leerlas en la IPad) o News.me (un desarrollo parecido impulsado por The New York Times) son apenas distintas versiones de una misma idea: acercarle al lector un espejo informativo. Un mundo sólo para sus ojos.

Mundos a medida

Hace tiempo ya que se habla del siglo pasado como “El siglo del yo”.

Ése es, de hecho, el título de un maravilloso documental de la BBC en el que la lupa se pone por casi cuatro horas sobre la fundación del sujeto contemporáneo, consumidor antes que ciudadano e insatisfecho antes que cualquier otra cosa.

Hace ya tres décadas que Christopher Lasch escribió La cultura del narcisismo y hace tiempo también que el psiquiatra Elías Aboujaoude (autor del libro Virtually You) teorizó sobre la “e-personalidad” o personalidad electrónica, una suerte de invención a la medida de nuestros sueños. Sin embargo, esto es otra cosa.

Algo así como el resultado de llevar al yo engendrado por la publicidad y el denominado “marketing uno a uno” hasta la incubadora de Internet. ¿El resultado?

Un fenómeno que los psicólogos Jean Twenge y Keith Campbell analizan en el libro La epidemia del narcisismo (una radiografía del Big Bang del ego en el siglo XXI) y los especialistas en marketing, más modestos, resumen en algo llamado “el hiperconsumidor”.

Entre sus características mencionan la independencia, el egocentrismo, la falta de empatía y una insatisfacción permanente formateada como una nueva “virtud”: la exigencia.

La vida pues siempre parece deberle algo (empezando por mucha, muchísima atención), y en ese caldo el ego crece y lo invade todo.

Por algo, si hace ya rato que la revista Time (en su edición dedicada al Personaje del Año) no tuvo mejor idea que colocar un espejo en su portada, hoy no hay producto ni servicio que no recurra a la “personalización” para vender asesoramiento financiero (estamos en el boom de las “finanzas personales“), comida (hoy todo es “cocina de autor“), candidatos políticos o entretenimiento.

Pablo Bendersky, de la firma Quadion (una empresa dedicada a las aplicaciones para móviles), explica al respecto que hoy “la mayor parte de los ingresos que generan los juegos tiene que ver con la customización. Es decir, la posibilidad de dotar a mi avatar del modo que quiera, ponerle un sombrero o un determinado traje. Lo caro no son los juegos, sino la posibilidad de «personalizar» a mi jugador. Y en eso sí se gastan verdaderas fortunas“, resalta.

“¿Te gusta? Es un conejito“, explica feliz de la vida Diana sobre su nueva funda de celular, con dos enormes orejas rosadas.

“También tuve uno dorado. Yo siempre necesito cosas diferentes, mías, porque si no, me aburro“, explica, con esa contundencia de los 19 años. Sin embargo, se puede escuchar a personas mayores que ella argumentando algo por el estilo aun cuando lo que modifiquen al compás de sus ganas no sea un simple accesorio sino una carrera, una casa.

Una vida: el mundo según yo. La cápsula perfecta, el ciberútero que a cada quien contiene y por fuera del cual todo es hostil, imprevisto. Distinto. Tal vez por eso también hoy contamos con una exitosa aplicación llamada Instant Mirror, capaz de convertir todo descanso de pantalla de celular en… un espejo, claro.

Tuneo, luego existo

Vivimos, dice el sociólogo Ulrich Beck, en “sociedades de riesgo“, donde nada está garantizado y nadie parece decir la verdad. Y si los gobiernos mienten, las empresas engañan y hasta creencias tan módicas como saber qué es lo que vamos a comer mañana se han vuelto quimera, más vale no quitar la cerca.

El discurso del exterior como amenaza y la sospecha como única actitud inteligente no sólo permiten entender a los preppers (los milenaristas norteamericanos que hacen de sus propias casas un búnker, a la espera de alguna variante del Armagedón, no importa si química, atómica o islámica), sino también a estos nuevos comandos de la soledad.

Esos a los que la empresa Trendwatching (una consultora de tendencias globales) definió como youniverse. Esto es, “tu universo“, mundos a escala personal, donde uno no sólo puede decidir si habrá palmeras, edificios o playas, sino también vivir una vida alternativa, en un cuerpo digital “tuneado” a gusto.

Pero ¿alcanza impregnar de uno mismo hasta el último detalle para saber quién se es? Según Graciela Moreschi, médica psiquiatra especializada en vínculos, no. ¿Por qué?

Porque es justamente la mirada del otro la que nos vuelve sujetos. Relacionarse implica todo un esfuerzo adaptativo a través del cual maduramos porque aprendemos a ceder y a negociar. Pero en un mundo narcisista no hay cambio ni crecimiento porque tampoco hay vínculo. El otro es sólo un espejo frente al que lo único que se busca es aprobación“, dice.

De hecho, según un reciente estudio de la Universidad de Freie, en Berlín, “se ha demostrado que frente a cada «like», se activan zonas del cerebro que tienen que ver con los mecanismos de recompensa“, confirma Alejandro Tortolini, experto en mundos virtuales y docente de la Universidad de San Andrés.

Pero hay en el egosistema algo que lo vuelve inestable desde el vamos, y que es -valga la ironía- su falta de ventanas. Vuelto sobre sí, estático y perfecto, sometido a interminables reediciones y “tuneos”, es justamente salir a la luz del día lo que lo revela en su trágica de Drácula electrónico: existe a condición de que el otro nunca pase de ser un pulgar hacia arriba o una cara sonriente.”

¿Por qué uso emoticones? No sé. Porque son más claros. Con las palabras siempre hay confusiones, malentendidos. Con el emoticón no, porque si uno ve una carita feliz, ya sabe que el otro está feliz.

Entonces le manda otra carita y todo el mundo contento“, declara Javier, parafraseando a Aldous Huxley, pero también dando cuenta de por qué hoy -separado, padre de dos hijos y con más de cuarenta años- todavía sigue espolvoreando sus mensajes con dibujos de animales furiosos, felices o tristes.

También para Guillermo Tragant, director creativo de su propia agencia de publicidad y conocedor como pocos del mundo de las marcas, éstos son buenos tiempos.

“Donde algunos ven el mito de Narciso, yo veo un momento de reflexión, dispersión y funcionalidad. La tecnología es buena amiga, hoy el poder del usuario es surreal y las buenas marcas están atentas a eso; escuchan y se crea un ida y vuelta muy rico. Las marcas buscan cada vez más comunicarse con sus clientes mediante voces personalizadas, identificando nichos o creando niveles de comunicación en los que el mensaje se va destilando. Y eso es bueno”, asegura.

Yo, mi, me, conmigo

Cada noche, a las nueve en punto, una bandeja repleta de comida aterriza frente a la puerta del cuarto. Cada noche, a las nueve y cinco, la bandeja desaparece. Reaparecerá -vacía- a eso de las nueve y media. Del otro lado de la puerta de la habitación está el hijo de la mujer que trae la bandeja.

Pero madre e hijo no se ven desde hace cuatro años, cuando el chico (por entonces a punto de rendir los exámenes para entrar a la universidad) simplemente colapsó. Desde entonces, vive encerrado en su habitación y su único contacto con el mundo son su computadora y esa bandeja puntual.

En Japón se los conoce como hikikomori (“apartados de la sociedad“) y son más de un millón de adolescentes y jóvenes, por lo general primogénitos varones, esos sobre los que las expectativas familiares caen como un tronco sobre el gong y así los dejan: solos y vibrando.

¿Adónde van entonces los que simplemente no pueden responder a la demanda social de un yo que brille hasta enceguecer? Hacia adentro, hacia ese último reino de lo privado.

El sueño del cuarto propio, pero ya no en versión Virginia Woolf, sino en modo siniestro: afuera está el mal; adentro estoy yo.

Y mis pantallas y videojuegos. Tal vez por eso hay también quienes ven en los hikikomori algo así como la versión (extrema y animé) de eso en lo que todos, llegado el caso, podríamos llegar a convertirnos. De eso en lo que todos, quizá, ya estamos en camino de convertirnos.

¿Será acaso el derrame del yo un modo de controlar -en la sociedad del riesgo- el mayor de todos los peligros: que otro descubra nuestra humanidad, nuestras zonas débiles, nuestros “defectos de fabricación”?

Para la antropóloga e investigadora Rosalía Winocur no cabe duda, y es precisamente eso lo que reside en el fondo del “boom móvil”.

Esto es, que en un planeta con 8000 millones de humanos haya hoy 10.000 millones de celulares. Ergo, más dispositivos que gente. Según Winocur, el cordón umbilical afectivo que crea el aparato entre nosotros y nuestros seres queridos es lo que explica su crecimiento monstruoso.

“Este aparato se volvió clave para mantener la cohesión imaginaria de los espacios seguros donde habitan nuestras certezas, porque nos permite exorcizar los fantasmas de la otredad“, anota.

También para Moreschi la pasión por aferrarse a lo propio (después de todo, tal vez no sea casual que la aprobación se represente con un pulgar en alto idéntico a ese que chupan todos los bebes) y exaltarlo, y hacer del “yo mismo” una marca, no revela más que una incurable soledad.

O, parafraseando a Deleuze, exhibe hasta qué punto los nuevos mecanismos de control nada tienen que envidar a los más duros encierros..


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