El psicoanálisis… entre la ciencia y la religión

por Héctor Rúpolo

Haré un bosquejo del sustrato que diferencia al discurso científico y al religioso del psicoanalítico. Es por ello que voy directamente a considerar los efectos de estos discursos en la práctica analítica.

Abordaré dos desviaciones actuales del psicoanálisis, que al tergiversar la práctica analítica, se alejan de la misma tal como fue creada por Freud y continuada por Lacan. Cuando hablo de las influencias de la ciencia y de la religión, me refiero a cómo el discurso religioso por un lado, y el científico por el otro, producen –cuando el contexto institucional lo favorece- algunas de las siguientes desviaciones:

El curanalista

El analista religioso es aquel que le da importancia extrema a los rituales de la clínica psicoanalítica. La frecuencia de las sesiones, el horario rígido de las mismas, los honorarios, el lugar, el diván, todo estos elementos que se reúnen bajo el nombre de encuadre, pasan a ser más importantes que lo que diga el paciente o lo que escuche el analista.

Si bien es cierto que una tal tarea ritualizada, como si fuera una misa, permitió que el psicoanálisis sobreviviera y nos fuera transmitido a aquellos que nos formamos después con las enseñanzas de Lacan, también es cierto que muchos pacientes han fracasado en sus análisis por esta insistencia hueca, vacía y ritualizada que se llama encuadre.

Sin embargo, no es esto lo único que produce lo que he definido como desviación de la práctica analítica influida por el discurso religioso; hay otra más importante, que es la interpretación que tiende siempre a dar sentido, y que se denominó análisis del material para diferenciarlo del análisis de la transferencia.

La interpretación del material, ejerce sobre el curanalista una atracción imposible de dominar: siempre se debe interpretar, es la función del analista y por lo tanto no decir nada sería contradecir su tarea, siempre hay algo para decir desde el lugar del analista. Se produce entonces, una tarea de traducción continua de aquello que va aportando el paciente: hay que hablarlo; se usa a veces la palabra trabajo, “esto ya fue trabajado en el análisis”, lo que quiere decir que ya recibió su traducción-interpretación.

El supuesto que fundamenta esta constante intervención del analista es la de hacer conciente lo inconciente. Podría llegar el caso en el cual el analista así situado se preguntara por qué el paciente insiste con el mismo tema si ya tendría que haber sido resuelto.

Y no sería descabellado decir que hasta se llega a pensar que el paciente “no escucha” lo que dice el analista, cuando sabemos que la tarea de escuchar debe recaer en el analista, y no en el paciente.

Podría darse el caso en que el paciente haya tenido la amabilidad de dejar pasar la intervención del analista, sea porque ningún efecto produjo en él, sea porque no era el tiempo de esa interpretación, sea porque la interpretación era incorrecta.

El psicoanalista ritualizado increpará al paciente por no escuchar lo virtuoso que le ha dicho el analista, y adjudicará este estado de los hechos a las resistencias.

El curanalista entonces, influido por el discurso religioso, tiende a considerar al análisis como una práctica ritualizada, y a la vez una práctica en la cual la tarea del analista es la de dar sentido a aquéllo que el paciente no entiende. Todo aquello que el analizante no entiende está en el dogma que el analista conoce suficientemente, por haberlo memorizado como una plegaria.

El catedranalista

En el otro caso, tenemos al psicoanalista influido por el discurso científico. Es el analista que cree y sostiene en su práctica que lo más importante del psicoanálisis es lo real.

Así es como la experiencia analítica se debe transformar en algo único y original, tanto en el manejo del tiempo de la sesión como las intervenciones, que deben ser en lo real .

Todo lo que en el curanalista es cuidadosamente sostenido a nivel del encuadre, en el ritual, es dejado de lado por el catedranalista, ya que el objetivo del análisis es que el paciente se enfrente con lo real, lo real del corte, lo real de la intepretación (que es un acto), lo real del saber.

Ahora bien, ese saber es el de la teoría; son analistas que no escuchan el sufrimiento de sus pacientes, el decir queda relevado por un acto que dará una nueva significación a todo lo que dijo el paciente.

Las sesiones quedan reducidas a pocas palabras, la interrupción de la sesión se torna un capricho del analista, las intervenciones son tan reducidas que los análisis transcurren ya sea en entrevistas o en sesiones en las cuales el analista no interviene, no dice nada, tratando de escapar a la posibilidad de dar sentido: no hay ninguno.

Los pacientes que resisten son pocos, generalmente aquellos que han sido adiestrados en la cátedra, donde la transmisión del saber es fundamental para que el paciente obtenga algún sentido de aquello que el analista realiza en su práctica.

Si digo que esta desviación toma su fuerza de la ciencia, es por el hecho de que la operación analítica está ligada al saber de la teoría, de tal manera que un psicoanálisis pasa a ser un campo de experimentación de tal o cual concepto teórico, que queda corroborado por la respuesta del paciente.

Aquí se da plenamente en un límite el encuentro con lo real, y en el otro la corroboración de la búsqueda científica, es decir que se encuentra lo que ya se buscaba.

Para el catedranalista el principio lacaniano de que lo real es el momento en el que la demanda se vuelve a encontrar con su comienzo, es decir cuando se muerde la cola es, inentendible, dado que no hay tiempo para que el paciente mediante su discurso desarrolle la demanda.

Recordemos que Lacan caracteriza al significante desarrollándose en la demanda, la demanda es su suceder, su movimiento.

Es debido a esto que en otro de sus extremos, las formaciones del inconciente son tomadas en sí mismas. No es necesario interpretar ni un sueño ni un fallido, pues lo que escucha el catedranalista es lo real de la formación del inconciente. Es así como un sueño relatado por un paciente es en sí mismo una interpretación del deseo.

En el curanalista lo real no existe; siempre es posible una interpretación más, la demanda se infinitiza, y el corte es un ritual .

En el caso del catedranalista la demanda no llega a desplegarse, el decir del paciente es interrumpido antes que se desarrolle el discurso necesario para que lo real aparezca.

Así como la práctica que despliega el curanalista es carente de real, en la praxis del catedranalista está ausente lo simbólico.

Fuente: El Sigma


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2 Comments »

  1. 1

    Excelente descripción de gran parte de la fauna analítica!
    Se me ocurre que en el caso de los curaanalistas, sus pacientes serían fieles; mientras que quienes sólo pueden soportar al catedranalista son los Lacananalistas (se han malformado en la enseñanza de Lacan y llevan al absurdo sus valiosas enseñanzas). Saludos. Natalia

  2. 2
    Angélica Ballón Sánchez Says:

    Me parece que te equivocas, el saber al que se hace referencia en el psicoanálisis lacaniano es el saber sobre el sujeto, el cuál no se puede haber estudiado antes en algún libro. Por lo cual lo que se descubre en el análisis es nuevo y único. Otra cosa, los sueños y actos fallidos resultan valiosísimos, lo digo por experiencia. Bueno hay muchas cosas que podrías entender mejor -y claro, yo también- me imagino que sabes dónde leerlas aunque principalmente para saber (ahora sí en el sentido al que te referías) algo de la práctica lacaniana tendrías que pasar por la experiencia.


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