Si YO no soy el amo de mi propia casa. Quién lo es entonces ?

Usted ya no es el amo de su propia casa
27/11/2008

El psicoanálisis plantea una novedad inquietante, y revolucionaria

Así como el descubrimiento copernicano del mundo planteó que la tierra, lugar de habitación del hombre, no es más el centro del mundo, el psicoanálisis le anuncia, que usted no es más el centro de usted mismo, ya que antes había allí otro sujeto, el inconsciente.

«El yo ya no es amo en su propia casa» (Freud).

Es una novedad que no ha sido de entrada bien aceptada. No hay que ver en el psicoanálisis una ingeniería de las almas; no es física, no se procede estableciendo relaciones de causa a efecto: lo que hace es una lectura, una lectura del sentido.

Para el psicoanálisis, las acciones, pensamientos, creencias, y los conceptos del “yo” están todos determinados, toman forma, gracias al inconsciente, y a sus impulsos y deseos.

Una de las premisas básicas del humanismo, como se recordará, es que hay de hecho un “yo” estable, que tiene todas esas cosas tan interesantes como la libre voluntad y la autodeterminación.

La noción de Freud del inconsciente fue una de las ideas que empezaron a cuestionar, o a desestabilizar, el ideal humanista del yo. El ego o “Yo” es tan sólo una ilusión, un producto del inconsciente en sí mismo, el inconsciente es la base de la existencia.

El psicoanálisis rompe con la idea de un individuo que se propone un objetivo y se prepara para cumplirlo.

Entonces comienza a plantear la noción de un “sujeto” como atado a una estructura que lo preexiste. Así la sensación de autonomía de una persona, su mismidad, (el yo), no resulta confiable, sino que autoengaña, en el sentido de realizar acciones que no coinciden con lo que esa persona quisiera realizar.
De esta manera las personas realizan maniobras tales como no poder estudiar a pesar de proponérselo, decir algo que no se quería, fracasar al triunfar, olvidos, actos fallidos, errores, mantener relaciones que causan daño, etc.

El psicoanálisis postula la noción de representaciones inconscientes. El psicoanálisis de la corriente llamada francesa (partiendo de la lectura de J. Lacan), rompe con la idea de una vida inconsciente y otra conciente.

No acepta que exista una vida inconsciente separada, como si se tratara de un psiquismo paralelo. Por el contrario postula que el inconsciente no está ni se ubica en ningún lado, sino que éste se produce.

moebiusPor lo tanto, los fallidos son la irrupción de una representación inconsciente que no estaba en ninguna parte, sino que se produjo en ese momento.

Aunque uno de los libros escritos por S. Freud se llamó “la interpretación de los sueños”, los sueños no tienen significado, sino que lo que cuenta es lo que un sujeto puede decir sobre ellos.

Esto lo digo refiriéndome a que muchas veces escuchamos decir: “si sueñas con una escalera, quiere decir tal cosa…”

Entonces cobra importancia los dichos de un sujeto, su padecer, y también las irrupciones del inconsciente.

Lacan se interesa sobre cómo el niño forma la ilusión que llamamos un “yo”. Su ensayo sobre la Etapa del Espejo describe ese proceso, mostrando cómo el niño forma la ilusión de un ego, de una conciencia unificada de sí mismo identificada por la palabra “Yo”.

El imaginario, que designa la relación entre la imagen del semejante y el cuerpo propio, es el registro del Yo, de la identificación, de la relación dual y del narcisismo, característicos del estadio del espejo.

El sujeto es lo que antes debe ser pensado en la construcción del yo.

Para Freud el yo es un concepto sin mucho misterio, es el sistema percepción consciencia mientras que en Lacan en el momento del conocido escrito sobre el estadio del espejo, el yo es el resultado del otro, es decir que mi yo es esa imagen de mi mismo, es un yo especular que se refleja en el espejo del otro y que me es devuelto, por explicarlo de una manera sencilla, y a quién es devuelto, pues a algo enigmático que pronto se llamará el sujeto.
De modo que el yo es esencialmente ilusorio o lugar de ilusión.

El estadio del espejo es el momento durante el cual el niño entre los 6 y los 18 meses, anticipa el dominio su unidad corporal por la captación de su imagen en un espejo.

El niño se habrá de separar de su madre y formar una identidad separada, para poder entrar en la civilización. Esta separación conlleva un tipo de pérdida; cuando el niño conoce la diferencia entre él y su madre, empieza a convertirse en un ser individuado, pierde ese sentimiento primario de unidad y seguridad para convertirse en un “adulto” civilizado, siempre conlleva la profunda pérdida de una unidad original.

El bebé que todavía no ha hecho esta separación, que sólo tiene necesidades satisfechas, y que no hace distinciones entre sí mismo y los objetos que satisfacen sus necesidades, existe en el reino de lo Real, según Lacan. El concepto de lo Real para Lacan es más complejo de lo que parece: lo Real es un lugar (un lugar psíquico, no físico) donde se encuentra esta unidad original.

Debido a esto, no hay ausencia o falta o pérdida; lo Real es todo plenitud y completitud, donde no hay necesidad que no pueda ser satisfecha.

Y debido a que no hay ausencia o pérdida o falta, no hay lenguaje en lo Real, el lenguaje es siempre acerca de pérdida o ausencia; sólo se necesitan palabras cuando el objeto que quieres se ha ido. Si tu mundo fuera totalmente completo, sin ausencia, entonces no necesitarías el lenguaje.

Lo Real y la fase de necesidad, duran desde el nacimiento hasta algún lugar entre los 6 y los 18 meses, cuando el bebé empieza a ser capaz de distinguir entre su cuerpo y el resto de las cosas en el mundo.

En este punto, el bebé cambia de tener necesidades a tener demandas.

Las demandas no pueden satisfacerse con objetos; una demanda siempre hace referencia al reconocimiento desde otro, al amor desde otro.

Cuando intento tomar consciencia de mi mismo, es decir de mi existencia, me veo obligado a solicitar el reconocimiento de dicha existencia al otro y como consecuencia el otro se transforma en el amo de mi propio ser.

Mi discurso tiene su causa en el otro. Como la causa de mi discurso es siempre el otro, existe un lugar del Otro que es ese lugar de significantes donde en cierta manera se constituye para mí la lengua, la lengua real que se estructura en ese lugar del Otro y es lo que me proporciona los fragmentos del discurso que voy a articular.

Por otro lado el lugar del Otro es ese lugar donde se articula la estructura misma de mi deseo.

El deseo del hombre es el deseo del Otro

Antes de que un niño nazca ya es pensado y recreado por sus mayores, se lo busca ardientemente o no, se le da o no un nombre, se le carga o no de proyectos. Muchas palabras le preceden, palabras y planes, deseos y temores que los padres aportan desde su propia historia y que independientemente de que lo formulen abiertamente, lo callen pudorosamente o, simplemente, desconozcan que lo portan, determinará un cierto lugar en el que ubicarán a ese bebé en su propia vida.

Así, un niño puede venir a ocupar el lugar de un familiar muerto, de un compañero de juegos para otro hijo, de un castigo, de un regalo para los padres de sus padres, etc., pero sea cual fuere el lugar consciente o inconsciente que se le otorgue, su supervivencia implica, indefectiblemente, que se le otorgue un lugar.

Pero tomemos la hipótesis más simple: un niño es deseado por sus padres, un niño pues, viene al lugar del objeto que desean, que les falta, ya que solo se puede desear lo que no tenemos.

¿Qué sucede en el mejor de los casos?

En el mejor de los casos el niño -podemos imaginarlo embelesado satisfaciendo el deseo de la madre y sin tener que preguntarse nada sobre su ser de sujeto- tendrá que en algún momento que enfrentarse al hecho de que la madre, y en especial el deseo de ésta, no se satisface totalmente con él, a que la madre está interesada además por otras cosas: por su trabajo, por su marido, por sus amigas…

Tendremos entonces la evidencia de dos cosas: la madre no está completa -ni aun con la posesión del niño-, y, al tiempo, él no es o no tiene todo lo que la puede satisfacer, por tanto, también está incompleto.

Esa incompletud, esa falta, significa pues el paso definitivo del lugar de un objeto a la posición de un sujeto que irremediablemente le llevará a formularse las preguntas:

¿Quién soy yo?, ¿Qué quiere de mí el Otro?, ¿Qué deseo?

El psicoanálisis se basa en la idea de estructura, de cómo un sujeto es determinado por la relación con los demás, de cómo esta relación constituye un verdadero molde (fantasma) en que se funden modos de comportarse basadas en rasgos estructurales.

De esta manera poco importa un síntoma aislado, ni sirve de nada proponerse corregirlo de por sí solo, sino que un síntoma es un anudamiento significante que dice mucho más de lo que aparentemente dice. Por lo tanto los síntomas no son equivalentes a una estructura. Cobra entonces significación los trazos simbólicos que operan estructuralmente.

Esta postura traza una línea divisoria entre la psicología, basada en el aprendizaje, la reeducación, el dominio, el aprendizaje, el acomodamiento, etc., y el psicoanálisis preocupado por el deseo del sujeto. Aquí se habla de sujeto, del deseo, y de un más allá que implica la noción de “goce” como un más allá del principio de placer.

Esta toma de conciencia de la separación, o del hecho de la otredad, crea una ansiedad, un sentimiento de pérdida. El bebé entonces demanda una reunión, un retorno a ese sentido original de plenitud y no-separación que tenía en lo Real. El bebé demanda ser llenado por el otro, para regresar al sentido de unidad original; el bebé quiere que la idea de “otro” desaparezca.

“Demanda” es por tanto la demanda de la completitud, de la plenitud, del otro que detendrá la pérdida que el bebé está sintiendo.

El niño decide que puede unirse al otro si se convierte en lo que su madre quiere que sea – en términos de Lacan, el niño intenta completar el deseo de la madre.

Cuando el sujeto reconoce al prójimo alcanza la socialización y se desprende del mundo interior centrado en el yo. Cuando retrocede a un narcisismo primario, se abandona en un universo cerrado donde el otro no existe.

Desde Freud, el centro del hombre no está más allí donde se lo creía, hace falta considerar sobre eso.

Poseer un inconsciente no es un privilegio de los neuróticos.

Porque, en suma, en el hecho de ser psicoanalizado, no se trata de ninguna otra cosa sino de conocer su historia aportándole sentido.

Horacio Cervieri Beltrán
Lic. en Psicología

Fuente: Saforguia


Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.


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