De Alfonsín a los Kirchner. 30 años de democracia ininterrumpida

La reparación

por Roberto Caballero

08–12–2013 / El martes se cumplen 30 años de democracia ininterrumpida. De Alfonsín a los Kirchner, la larga lucha de la sociedad argentina para sacudirse la herencia de la dictadura.


ElabrazoEste martes, los argentinos festejaremos los primeros 30 años de democracia ininterrumpida. Se trata del ciclo más extenso de gobiernos constitucionales del que tengamos memoria.

La fecha es un hito en sí mismo, un mojón simbólico extraordinario. Al fin, para las generaciones que no vivieron en dictadura, la democracia se volvió un paisaje institucional obvio, casi naturalizado, con todo lo bueno que eso implica.

Pero para los que padecieron la represión, el exilio, la ausencia de libertades, la censura, el recorte de derechos o pusieron en juego su vida bajo los sucesivos gobiernos de facto que asolaron nuestro país, estas tres décadas tienen el sentido de una meta largamente añorada y, finalmente, alcanzada. Una pesadilla dejada atrás, un sueño dulce hecho costumbre.

El 10 de diciembre de 1983, Raúl Alfonsín asumió la presidencia citando el preámbulo de la Constitución Nacional y prometiendo 100 años de democracia. La transición no acabó con el legado de terror de un día para el otro.

Si aún hoy sus secuelas criminales son evidentemente dañinas, a la distancia puede decirse que atravesar aquellos años inciertos fue una verdadera proeza.

Cuando todavía el Partido Militar autor del genocidio era fuerte y los grupos concentrados que lo alentaron regían la economía sin cuestionamientos, el alfonsinismo dio una batalla inmensa para recuperar las formas de la legalidad constitucional.

El Juicio a las Juntas fue una epopeya. La Teoría de los Dos Demonios, una ofensa. Las leyes del perdón, la muestra acabada de la impotencia.
 
El Nunca Más, un desafío al futuro. Pero el contexto era un campo minado; y cada nueva elección, un milagro que se iba produciendo en cuotas.

Alfonsín fue un líder controversial, con dosis iguales del coraje fruto de la sangre gallega que le surcaba las venas y una prudencia paternal exasperante, que trasladada a la política mutó en posibilismo.

Al discurso antimperialista en los jardines de la Casa Blanca contra la invasión a Nicaragua frente a Ronald Reagan, le sucedió la economía de guerra anunciada desde los balcones del Cabildo.

A la pelea por el divorcio vincular, le siguió el Felices Pascuas en la Plaza de Mayo ante una multitud que no podía creer lo que escuchaba. Su estrella finalmente se fue apagando, jaqueado por los carapintadas, la deuda externa, los golpes de mercado, los saqueos organizados y una hiperinflación descontrolada.

Decir que hizo poco es mezquino. Plantear que hizo todo bien, una falsedad. Negarle que al menos lo intentó, un acto de omisión. Alfonsín soñó más de la cuenta en un país urgido por despertar. Quiso llevar la capital al sur y no pudo.

Quiso disciplinar a los sindicatos y no lo dejaron. Quiso fundar el Tercer Movimiento Histórico desde Parque Norte y la historia lo pasó por encima.

A través de Juan Carlos Pugliese les habló con el corazón a empresarios y banqueros, y estos le respondieron con el bolsillo. Visto a la distancia, con el diario de varios lunes después, puede decirse que Alfonsín tuvo un plan perfecto difícil de explicar para un país imperfecto claramente explicable.

Hoy su figura, despojada de incidencias concretas en los fulgores de la política presente, es reivindicada por muchos de los que le hicieron la vida prácticamente imposible. Se tuvo que ir antes de tiempo de la Casa Rosada. La alianza contra natura del peronismo de Carlos Menem y los mercados de Domingo Cavallo se lo llevó puesto.

Así comenzaba la etapa neoliberal en la Argentina. De las leyes de impunidad al indulto y las políticas de reconciliación. Del Plan Austral a la Convertibilidad. Del gran relato, donde la democracia venía a dar de comer, a educar y a curar, al fin de la historia, de los grandes relatos y cualquier esperanza de equidad social.

Del Estado como expresión organizada del patrimonio colectivo al remate vil de lo público con privatizaciones amañadas.

El menemismo, que desbancó a Alfonsín prometiendo el salariazo y la revolución productiva, cedió ante el neoconservadurismo y se convirtió en alumno patológicamente aplicado de las recetas del fondomonetarismo y el Consenso de Washington, mientras su líder se abrazaba con Isaac Rojas, Álvaro Alsogaray y George Bush padre.

Con el aval de Alfonsín, Menem modificó la Constitución Nacional, lo que le permitió ser reelegido. Entonces, donde había fábricas aparecieron galpones vacíos. Donde había algo de industria nacional comenzó un festival de lo importado. Donde había regulación dejó de haberla. Donde había soberanía se comenzó a hablar de relaciones carnales.
 
La desocupación fue en aumento, los campos eran rematados y la lógica de un peso-un dólar terminó por devorarse a sus propios promotores. En una década, el sueño económico de la dictadura se convirtió en realidad lacerante.

Paradójicamente, fue bajo la presidencia de Menem que el Partido Militar cedió protagonismo y hasta dejó de existir la colimba.

Su herencia, de todos modos, fue macabra: una sociedad desigual, un Estado corrompido y quebrado, una deuda externa sideral y un corset monetario convertido en bomba de tiempo.

Así llegó la Alianza al poder, esa sociedad entre radicales, frepasistas y progresistas varios.

El agua y el aceite aprovechando que Menem no podía ser reelecto. Fernando De la Rúa empeoró todo lo que podía empeorarse en apenas dos años.
 
Su eficacia para generar desastres está fuera de discusión. Si la herencia recibida fue un lastre pesado, su gobierno se ocupó desde el primer día en averiar la nave, hasta hundirla del todo.

Leyes antilaborales, podas salariales, superendeudamiento, un ajuste tras otro, el retorno de Cavallo al Ministerio de Economía, el corralito, el corralón, el resultado no podía ser otro que el que fue: el estallido social de 2001, con su secuela de más de 30 muertos por la represión policial, la mitad de la población bajo la línea de pobreza y uno de cada cuatro argentinos desocupado.
 
Los tres primeros gobiernos de la democracia recuperada fueron una sumatoria de esperanzas astilladas. La fuga en helicóptero de De la Rúa cerró un ciclo atravesado una y otra vez por la desilusión.

El lapso de cinco presidentes evaporados en una semana, el fracaso dantesco del sistema de relevos previstos. El default, la drástica consecuencia de programas económicos pensados para la timba financiera.

El ejercicio provisional de Eduardo Duhalde, un atajo que allanó el camino a la hiperdevaluación que volvió más ricos a los ricos y más pobres a los pobres.
 
Con el apoyo de la Iglesia, Duhalde timoneó los mínimos consensos para atacar las llamas del incendio desatado. Hasta que los crímenes de Kosteki y Santillán lo eyectaron del sillón presidencial que ocupaba de prestado.

Antes de partir, de todos modos, eligió un delfín para asegurarse de que su viejo archienemigo Menem no volviera a ser reelecto. Néstor Kirchner asumió después de que Menem, ganador en primera vuelta, desistiera de competir en el balotaje.

El santacruceño llegó al poder en 2003 con más desocupados que votos y con una impresionante mochila social de frustraciones previas.
 
Del kirchnerismo, protagonista del último tercio de la democracia, se escribió, se escribe y se va a escribir mucho más todavía. Este aniversario lo encuentra aún en la Casa Rosada, encarnado en la figura de Cristina Fernández de Kirchner.

Cuando cumpla su mandato, dentro de dos años, habrá gobernado doce años consecutivos. Más que el peronismo original y más que el menemismo reciente.
 
¿Qué cosa le aportó el kirchnerismo a la democracia en estos últimos años? El sentido de reparación. Puso esperanza donde había desazón. Estado donde no había nada.

Proteína animal donde había apenas mate cocido. Puestos de trabajo donde faltaban. Fábricas abiertas en galpones cerrados. Dignidad donde había subordinación carnal. Justicia contra la impunidad.
 
Memoria sobre el olvido. Otras voces donde hablaba sólo el monopolio. Goles donde había fútbol prohibido. Ganas de no dejarse pechear por las corridas cambiarias. La lista de hechos es interminable, tan larga y extensa como todo lo que falta.

Porque es cierto: el kirchnerismo no pudo construir el paraíso en la tierra. La democracia arrastra y seguirá arrastrando muchos problemas, durante un largo tiempo. Los desafíos que quedan son enormes y la coyuntura pesa como un elefante en el pecho.
 
Pero sería descabellado que, en el balance de estos 30 años, no se advirtiera que esta última década turbulenta, con sus más y con sus menos, recuperó las palabras esenciales del diccionario democrático que comenzamos a balbucear el 10 de diciembre de 1983.
 
El Nunca Más fue Nunca Más de verdad en estos años, en los que el dictador Jorge Rafael Videla murió estando preso en una cárcel común, como sucede en un país serio.

Y la FAO, la agencia de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, y no la propaganda oficial, acaba de reconocer que Argentina llegó al “hambre cero” junto a otros once países de América Latina. Como se ve, también en estos años se concretó eso de que “con la democracia se come“.
 
Las tareas pendientes siguen ahí y son muchas. Sería estúpido negarlo. Igualmente necio es mirar hacia atrás y creer que estamos parados en el mismo lugar del que partimos atemorizados como un pájaro sin luz después de haber vivido la mayor tragedia de nuestra historia. 

Sólo por eso, el martes merecemos festejar.


Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.


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