Vivir en estado de alarma perpetua, de espanto infinito.

Hacer política del espanto

Por Roberto Caballero

06–04–2014 / Mientras Macri y Massa hablaban de “Estado ausentepara justificar los linchamientos, referentes de distintos credos religiosos salieron a repudiarlos. ¿Por qué lo obvio, de repente, dejó de serlo? Los efectos del pánico social.


LinchadoAlgo sucede en lo profundo de nuestra sociedad para que las escenas de violencia y linchamientos callejeros –el intento de homicidio o el homicidio en banda, está claro–, se multipliquen en las pantallas de TV junto a los escándalos de la farándula.

Algo inusual ocurre cuando los referentes de distintos credos religiosos deben salir a explicar que matar a otro está mal, recordándonos no sólo un mandato básico de respeto a la vida humana, sino algo mucho más preocupante: que lo obvio, de repente, dejó de serlo.
 
Monseñor Jorge Lozano, de la Pastoral Social de la Iglesia Católica, fue el primero en recoger el guante en diálogo con el programa Mañana es hoy, de Radio Nacional: “No hay ninguna justificación para los linchamientos (…) Vivimos en un Estado de Derecho y tenemos instituciones para resolver los conflictos y las situaciones que nos preocupan.”
 
Al día siguiente, el que habló también por radio fue un representante del judaísmo, el rabino Daniel Goldman: “Los mandamientos son absolutos, no relativos. El ‘no matarás’ quiere decir no matarás. Sin peros. Es un tema que tenemos que condenar todos. No hay pero que valga.”
 
Lo secundó un hombre del Islam, como Omar Abboud, quien se manifestó asombrado por lo que consideró un “fenómeno atípico, porque un delito no se responde con otro delito (…) Esto no debe ocurrir, de ninguna manera. Vivimos en una sociedad, somos socios, no podemos romper el pacto social.”

Cuando Macri plantea la deserción del Estado como justificación, no parece hacer otra cosa que autoincriminarse.

Más tarde se pronunció Néstor Míguez, de la Iglesia Metodista y presidente de la Federación de Iglesias Evangélicas de la República Argentina: “La vida y la dignidad humana son el principio a proteger. La justicia por mano propia no es justicia.”
 
Igual de contundente resultó el premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel: “Quienes asumen la justicia por mano propia se convierten en asesinos (…) Hay medios de comunicación que fomentan una ola de violencia. Una cosa es información y otra el morbo periodístico.”
 
Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo tuvieron que salir a recordar que ellas, víctimas del terrorismo de Estado, jamás lincharon a los genocidas desaparecedores de sus hijos y nietos.
 
La Federación Nacional de Psicólogos de la República Argentina (FEPRA) sacó un comunicado estremecedor, luego del asesinato a golpes, en Rosario, de David Moreyra, de 18 años:

“Linchar hasta matar es homicidio calificado. Es un delito grave que convierte al sujeto (individual y/o grupal) que aniquila en asesino de otro sujeto.  No avalamos el robo, ni la apropiación de propiedades ajenas ni la matanza de otros seres humanos. Será tarea de la Justicia investigar, juzgar y sancionar a los responsables como plantea nuestra Constitución Nacional. Los derechos humanos son de todos los habitantes del país: derecho a la defensa y a un juicio justo. Las empresas de prensa a través de medios de comunicación y profesionales pretenden imponer estos hechos como ‘protesta social’, ‘falta de políticas en seguridad’, ‘enfermedad psicosocial’, que reproducen los hechos ilícitos, inciden en el terror de la población, confunden al pueblo y perjudican la integridad nacional.”
 
Es decir, líderes morales, espirituales y laicos –católicos, judíos, musulmanes, evangélicos y psicoanalizados– fijaron posición tajante contra los linchamientos en serie; y, a pesar a todo, con aplastante naturalidad, la privatización del castigo hasta la muerte contra el delito entró como tromba en la discusión mediatizada donde, se sabe, un gran profesor y un burro son lo mismo.
 
Por caso, como si se tratara de un librepensador que por las tardes atiende un kiosco de revistas y no el responsable del Estado municipal de la ciudad capital de todos los argentinos, Mauricio Macri, echó a rodar la tesis del “Estado ausente” para justificar los linchamientos.
 
Salvo que se trate de una autocrítica por sus reiteradas escapadas al exterior, no se entiende cómo el jefe de gobierno que tiene a su cargo la Policía Metropolitana y los servicios de justicia local pudo incurrir en un exabrupto tan infantil.
 
Decodificando, tal vez el líder del PRO haya querido decir que hace falta una mayor presencia del Estado en asuntos policiales y una menor injerencia en asuntos sociales, como para tomar distancia del Ejecutivo Nacional. Esa es una propuesta clásica de la derecha ideológica, el jarabe de palo habitual que encabeza sus obsesiones.
 
Pero el linchamiento más televisado, donde zafó de milagro el ladrón de una mujer gracias a los oficios humanitarios de un portero, tomado por las cámaras de su Policía Metropolitana y repetido hasta el empacho por –su canal amigo– TN, ocurrió en Palermo, un barrio que está dentro del distrito que él mismo gobierna. 
 
Sin embargo, la decisión no es la de un político atolondrado. Macri habla en función de lo que dicen las encuestas. Las hay muy serias y también existen las de los diarios digitales. Estas últimas reflejan que una porción nada desdeñable de la sociedad explica los sucesos de enardecida violencia criminal por la inseguridad. 
 
Son los mismos relevamientos que lee Sergio Massa, que a esta altura ya no disimula el sesgo autoritario y neoconservador de su propuesta.
 
Hay una puja ahí, entre Macri y Massa –ahora también se sumó Daniel Scioli, aunque con matices– por cosechar esa sensación ciudadana de desprotección que avanza como nauseabunda marea, mezcla confusa de dolorosa realidad y de fantasmal irrealidad.
 
En parte, porque ocurren hechos criminales y, en parte, también, porque el relato mediatizado de estos episodios transforma el espacio público común en un inmenso set de filmación donde se está rodando una película de terror sin final donde todos podemos ser víctimas y, ahora vemos con asombro y estupor, también salvajes victimarios.
 
Si hasta el paro de Hugo Moyano y Luis Barrionuevo está siendo convocado contra la inseguridad.
 
La verdad es que, además de “asesinar” o “ser asesinados” en cada esquina, la mayoría de la sociedad hace otras cosas como trabajar, cuidar a sus hijos, vacunarlos, mandarlos a la escuela, pagar las cuentas de la casa y reunirse con sus amigos el fin de semana.

No parece importar demasiado. La nueva norma exige inscribirse en alguno de los bandos que ofrece el paradigma policíaco reforzado desde la pantalla: todos podemos ser víctimas o victimariosEso es vivir en estado de alarma perpetua, de espanto infinito.
 
Un relevamiento de la Dirección de Investigación de la Defensoría del Público de la LSCA revela que los noticieros de la televisión abierta dedican más del 30% de su tiempo a reproducir hechos criminales con tratamiento truculento y morboso.
 
Es evidente que hay una decisión editorial de espectacularizar el delito tomando las imágenes de las cámaras de seguridad y los CCTV y el sugestivo acompañamiento de música incidental que involucra al espectador en situaciones de peligro.
 
Décadas atrás, esto lo hacía sólo Crónica TV. Se lo acusaba entonces de amarillento. Hoy son todas las señales de noticias y los noticieros de abierta, con la excepción de Canal 7.
 
El efecto de este tipo de coberturas no ha sido saldado en conclusiones académicas. Todavía no queda claro cómo impacta esta catarata de podredumbre cotidiana en las audiencias. Aunque cualquier charla entre conocidos revela la asfixia social que produce vivir donde los noticieros dicen que vivimos, rodeados de las cosas que nos rodean, “con las cosas que están pasando”.
 
En la época victoriana, por ejemplo, los diarios y pasquines envenenaban el aire postulando la interacción de clases y de géneros como un desafío al orden natural.
 
La gente vivía en pánico social, bajo amenaza constante. Como si las reglas de un nuevo tiempo, distinto al anterior, dejaran a la sociedad sin el piso, el techo y las paredes de un sentido convenido anteriormente. Anómica, espantada, con la sensación de una intemperie absoluta.
 
¿Ayer eran los diarios y hoy la televisión? Tal vez. Lo cierto es que, así como la OMS (Organización Mundial de la Salud) promueve un tratamiento responsable de las muertes por suicidio para evitar el efecto imitación, sobre todo, en adolescentes, ¿qué pasa con una sociedad cuyo menú principal de noticias son los delitos violentos?
 
Los liderazgos excepcionales suelen emerger en situaciones excepcionales, lo sean o no. Cuanto más grande es la emergencia, concreta o prefabricada, más cotizan las acciones de los cirujanos que proponen operar sin anestesia.
 
En muchos casos, son políticos a los que la sociedad les da la espalda en tiempos mansos, pero que ven revalorizados sus discursos cuando la denuncia apocalíptica se vuelve verosímil. Este mecanismo explica por qué Carlos Ruckauf pudo ser gobernador bonaerense, por ejemplo. O Eduardo Duhalde, presidente de la Nación. O Luis Abelardo Patti, intendente de Escobar.
 
Dos de ellos hoy están políticamente jubilados y uno preso en cárcel común por represor. El paso del tiempo melló sus encandilantes protagonismos de antaño. Pero en su momento fueron la satisfacción urgente de una sociedad sin esperanzas.

Cuando, paradójicamente, el jefe de gobierno porteño sostiene que la raíz del problema es un Estado desertor, repite la receta e intenta conectar con ese caudal ciudadano que se autopercibe desguarnecido y en situación de espanto.
 
No es difícil sentir una cosa así después de semanas de lacerante inoculación de imágenes exaltadas. Los mensajes que dominan la agenda pública son bestiales: todos podemos ser asesinados o convertirnos en asesinos, los asaltos son moneda corriente, nadie hace nada, la cabeza del gobierno está corrompida, la democracia es una falla porque encumbra a deshonestos, los ladrones hacen lo que quieren, los impuestos son un robo y decenas de desagradables etcéteras igual de descorazonadores.
 
El resultado es un enorme daño a la estima y la confianza públicas. Es la instalación de la sospecha general y la derrota de la mínima fe en el otro que exige la convivencia.
 
El desaliento se huele en la calle. No es todo el mundo ni todo el tiempo, pero pasa. Macri, Massa, el conglomerado mediático y corporativo nacional en pleno se ubican, incluso, a la derecha de Francisco, el profeta de “la cultura del encuentro” que fascina a Barack Obama por besar a los presos en sus pies, mientras en su antigua diócesis del Río de la Plata, al sur del mundo, se discute en las redes sociales cuál es la manera más eficaz de arrebatarle la vida a un arrebatador. En lo posible, con saña.
 
El actor Gerardo Romano, esta vez sin querer, protagonizó un episodio en la vida real digno de una película. Intervino en la detención de un ladrón después de una intensa corrida por Palermo. Impidió su linchamiento tras interponerse entre el reducido en el suelo y un automovilista con un machete.

Se perdió toda una jornada entre papeleríos y declaraciones. Once horas después, mientras él daba explicaciones de lo sucedido por radio, el detenido salió en libertad. Su caso exacerbó los comentarios, le tocó la peor parte. Pasó de héroe a villano y de villano a alelado, en un contexto de guerra mediática sin cuartel.
 
¿El actual Código Penal es laxo con los intentos de robo sin arma? Mientras el delincuente no tenga una condena en firme como antecedente, cualquier juez puede decidir que siga en libertad hasta el juicio. Esto puede parecer justo o injusto, pero es la ley que hay.
 
Los que se burlaron de Romano, seguramente, están en el bando de los que atacaron el anteproyecto de reforma del Código, último embrión de una política de Estado presente decidida de modo transversal por juristas de extracciones ideológicas diversas.

Muy probablemente, entre los que no quieren que nada se cambie. Al menos, en el anteproyecto actualmente en el limbo está la posibilidad de una acción reparatoria del agresor, una figura ahora inexistente. Y, en una eventual modificación del Código Procesal, la eventualidad de debatir sobre juicios abreviados, por qué no.
 
Pero nada de eso importa mucho cuando el petardeo efectista se antepone a la solución democrática de los problemas. Siempre es más sencillo retroceder en cuatro patas. También más peligroso.
 
A propósito, el mal trago de Romano ocurrió en la Capital que gobierna el macrismo, donde el mismo Estado, a través de su administrador, se declaró ausente por mano propia.
 
Volviendo a analizar este argumento, no hay que tomarlo a la ligera. Para un sector social sería la traducción de la inacción policial o la ineficiencia judicial, o de las dos cosas juntas, en el fracaso del combate contra el delito, siempre apuntándole al kirchnerismo gobernante.
 
Pero para las usinas que fabrican a los candidatos que hacen política con el espanto, hablar de “ausencia del Estado” es un eufemismo cínico que los ayuda a reproducir la idea de que el gobierno, al que combaten, se declaró cesante en sus funciones primordiales.

Es el tristemente célebre latiguillo del “vacío de poder” agitado por todos los movimientos golpistas de nuestro pasado reciente.

La configuración de un escenario caótico y a la deriva, donde un presunto partido del orden, divinamente llamado a intervenir para evitar la anarquía social, consagra a un líder restaurador que ofrece jarabe de palo para resolver la anomia. Ya lo sabemos. Convendría no olvidarlo.
 
La diferencia con el pasado es que hoy no saldrían de los cuarteles, sino de las pantallas, como esos personajes de La rosa púrpura del Cairo, prometiendo que “el que las hace, las paga“, ante una audiencia presa del pánico, inmovilizada por “las cosas que están pasando“.


Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.


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