Los llorones

SaucelloronMuchos de los que lloran a viva voz a los famosos que se mueren, no lloran a los muertos sino a la muerte. El mayor ícono de la vida actual es la fama. Solo cuando muere un famoso, la muerte encara a los llorones con su poder inapelable, irrespetuoso y definitivo. El resto del tiempo viven ignorándola malamente.

Los llorones no hacen diferencia entre la fama meritoria o la insustancial. Basta que el muerto tenga fama, dá igual el mérito o la banalidad que se las haya deparado.

Ayer lloraron a Lady “D” y hoy a García Márquez, aunque no hayan leído ni leerán jamás, siquiera el extraordinario primer párrafo de Cien años de soledad. A ellos los llorarán, pero no lloran a un pobre hombre desocupado que se suicidó en Madrid después de haber sido desahuciado. Este, de alguna manera, tiene para ellos, la muerte justificada.

Cuando alguien muere, necesitan saber imperiosamente de qué murió. Quieren saber si “se cuidaba”, si fumaba, si comía comida sana, si consultaba a los médicos. Y si alguien se muere por accidente, quieren saber los riesgos que el muerto asumió despreocupado. Todo para justificar la muerte, para hacer responsable al muerto de no estar vivo. O para explicarla con la mala suerte, cuando el muerto no tuvo ninguna responsabilidad.

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