Fondos buitre. La disputa entre dos molelos de gobernanza global

por Carlos Raimundi

RaimnundiEl objetivo de este trabajo es intentar encontrar una racionalidad al proceso de los fondos-buitre, dado que, por momentos, éste parece reducirse a un combate contra una gran locura.

A mi juicio, en cambio, se trata de un combate de una racionalidad contra otra. Una disputa entre dos modelos de gobernanza mundial en la cual, por diversas razones, le toca a la Argentina un rol principal.

Una disputa sobre los parámetros que van a orientar al mundo, partiendo de un marco de condiciones generales, una de excedencia, las otras dos, de escasez.

La primera, una abundancia de recursos financieros que ha llegado a un límite de concentración irrespirable, a tal punto que ha llegado a devorarse a sus propios socios, esto es, parte importante de Europa y palpable también en los crecientes niveles de desigualdad en la sociedad estadounidense.

Esto lleva a la segunda situación, que es la disminución de los socios políticos con que históricamente ha contado el poder financiero para sostener su pulsión por la concentración.

A las áreas aludidas se agrega hoy América Latina, otrora funcional a sus intereses bajo el peso de gobiernos complacientes, y la aparición en escena de nuevos actores globales como una China en expansión y una Rusia que recupera su rol en el balance de poder mundial.

La tercera situación está dada por la escasez de recursos energéticos convencionales. O, más bien, por la necesidad del poder concentrado de seguir asegurándose la provisión de más del 30% de la energía del planeta para sostener los altísimos niveles de vida de sólo el 4% de la población mundial.

Todo esto conlleva a una verdadera disputa entre quienes históricamente hemos ostentado la posesión formal de estos recursos, es decir, los pueblos a través de sus Estados soberanos, y del otro lado los grandes conglomerados del capital financiero trasnacionalizado.

Una disputa nada sencilla, desde el momento que el capital privado concentra un volumen de recursos decenas de veces superior a los recursos públicos que están en posesión de los bancos centrales de los Estados. lo cual indica claramente el desbalance en cuanto a la incidencia de cada una de esas esferas en las decisiones de política financiera.

En otras palabras, la subordinación de la política al mercado.

Otra llamativa asimetría surge de comparar el volumen de intercambio de los bienes y servicios que las personas comunes consumen diariamente, con la masa de recursos varias veces superior que explica el comercio de armas, el narcotráfico, el petróleo, los medicamentos; un intercambio a veces lícito, a veces ilícito, donde las fronteras entre lo uno y lo otro se tornan por demás difusas.

Esto es lo que nuestra Presidenta ha titulado reiteradamente como ‘anarco-capitalismo financiero internacional’, y que lleva a Jorge Alemán a catalogar como ‘la globalización, el golpe de Estado financiero’.

Insisto, este poder económico tan dispar respecto del poder político de los Estados, se refleja, por lo tanto, en la capacidad de incidir sobre las diversas políticas, sobre las grandes cadenas de medios, sobre sectores de la justicia de los países y sobre los grandes estudios privados de abogados.

No es casual que el editor general de Clarín, Ricardo Kirschbaum haya sido reelecto como presidente del Global Editors Network (que, entre otros, reúne al New York Times, El País de España y el grupo Clarín, La Nación y Perfil), para concentrar la información externa sobre la Argentina, deteriorar nuestra imagen política y económica, y de ese modo, por ejemplo, desalentar inversiones.

Las notas que, día a día, dan cuenta de un posible default argentino en el diario que Kirschbaum dirige, persiguen además, la finalidad de no dejar otro camino que el acuerdo con los fondos-buitre, ya sea por vía de revincular a nuestro país con el FMI, o bien de ejecutar nuevamente nuestros activos más preciados, léase nuestros recursos naturales.

En cuanto a la Corte de los EE.UU. que desestimó el reclamo argentino de reconocer la histórica doctrina de las deudas soberanas de los Estados, tanto Ted Olson como John Glover Roberts, provienen de bufetes ligados a los mercados de capitales que han litigado reiteradamente contra países latinoamericanos.

En los últimos tiempos, por ejemplo, representando los intereses de Chevrón en Ecuador. El primero de ellos, incluso, fue asesor del ex presidente Ronald Reagan, y argumentó ante la corte de Florida en contra de Al Gore, durante el recuento de votos que coronó a George W. Bush a fines de 2000.

El propio Daniel Pollack, designado mediador por el juez Griesa, es también un hombre de Wall Street.

A la Argentina le toca, una vez más, un papel fundamental.

Así como en los setenta hubo dictaduras en el 80% de la región, pero en Argentina se presentó con un salvajismo particular, y en los noventa hubo Consenso de Washington en toda la región pero en la Argentina se aplicó con una virulencia especial, tal vez ahora también nos toque un papel destacado, pero esta vez por razones positivas.

Está en litigio la vigencia de los Estados nacionales, del derecho de los pueblos a elegir a sus gobernantes. Del otro lado, los conglomerados privados que se proponen manejar dichos recursos al margen de la soberanía estatal, tal como se infiere del borrador de acuerdo bilateral entre los EE.UU. y la Unión Europea (Trans-Atlantic Free Trade Agreement).

No se trata de un solo conflicto que nos permita pintar la mitad del mundo de un color y a la otra mitad del otro. Es más complejo. Coexisten varios conflictos superpuestos, no siempre del mismo nivel, y donde un mismo actor no juega necesariamente siempre en defensa de un mismo espacio.

No es un conflicto que podamos decir que se da estrictamente entre Estados determinados, aunque los núcleos de poder en disputa surjan predominantemente de algunos de esos Estados centrales. Europa, por ejemplo, juega en un mismo equipo con los EE.UU. en la cuestión ucraniana.

La primera, por el rol central que Ucrania desempeña en la provisión de su energía; los segundos, por su disputa geopolítica con Rusia. Pero, en otros aspectos no estamos ante la misma unidad de criterios.

En la incipiente guerra de monedas que aparecía en el horizonte mundial un lustro atrás, y que proponía una revaluación del euro frente al dólar, los EE.UU. pusieron en crisis a la moneda europea.

En lo que comunicaron a la opinión pública mundial como la ‘primavera árabe’, el capítulo libio trajo aparejado, con la destitución de Kadafi, la supremacía de las empresas petroleras por sobre la estatalidad que el líder había mantenido, lo que repuso al dólar como moneda de intercambio del petróleo libio para Europa, en detrimento del acuerdo que el gobierno de Kadafi había establecido para comercializarlo en la moneda europea.

La misma ruptura de la estatalidad en los países de Medio Oriente tuvo lugar en Egipto, donde se forzó la destitución de Hosni Mubarak y la realización de comicios, pero luego se promovió el golpe militar contra los Hermanos Musulmanes, que habían resultado vencedores.

Y lo mismo trató de hacerse con la afortunadamente frustrada intervención militar a Siria, detenida, entre otras acciones, por la Asamblea General de la ONU, la firme posición del Vaticano bajo la conducción del Papa Francisco y el acuerdo de China y Rusia en el Consejo de Seguridad de la ONU, a partir de la reaparición de este último país en un rol protagónico para discutir el balance de poder mundial, que ya había insinuado con la recepción del arrepentido espía estadounidense Edward Snowden.

El agravamiento de la situación en Medio Oriente, que atesora un porcentaje vital de las reservas petroleras y gasíferas destinadas a los países centrales, está directamente relacionado con esta búsqueda de ruptura de lo estatal, de modo de hacerlo hocicar ante las empresas globalizadas de armas y petróleo.

Las acciones de la organización EIIL (Estado Islámico en Irak y el Levante), así como el sospechoso asesinato de tres niños israelíes que diera lugar a los posteriores ataques a Gaza, adjudicados a sendos grupos radicalizados y terroristas, con mayor o menor vínculo con Al Queda, lejos de favorecer una reivindicación de los pueblos oprimidos, no hacen otra cosa que justificar y ser funcionales a la más violenta reacción de las tropas estadounidenses apostadas en la región y la de sus aliados militares, como Arabia Saudita y el gobierno de Benjamín Netanyaju. 

La disputa de mediados de los 70 Si bien ha adquirido connotaciones actuales, esta disputa no es nueva en términos estructurales, por lo que intentaré un brevísimo racconto histórico.

Al repasar la historia de nuestro endeudamiento externo, nuestro Ministro de Economía parte del período emancipatorio, y luego señala una marcada aceleración a partir de la última dictadura.

Quisiera retrotraerme a ese momento histórico, porque lo que sucede en América Latina a mediados de los años setenta no es ajeno a todo un contexto mundial.

Entre la finalización de la II Guerra Mundial y mediados de los setenta, el mundo había generado un conjunto de bienes y servicios similar a los que había producido desde el origen de la cultura hasta ese momento.

Es decir, en esos 30 años se había duplicado la riqueza del planeta. Y es precisamente ese excedente económico generado por el sistema económico mundial lo que se pone en disputa a mediados de los setenta. ¿Entre quiénes, entre cuáles sectores?

Muy resumidamente, describo a uno de esos sectores en disputa.

A partir de 1947, con la emblemática independencia de la India –que desaloja al imperio británico del segundo país más poblado de la Tierra- se inicia el llamado proceso de ‘descolonización afro-asiática’.

Esto es, el reconocimiento como estados soberanos de la mayoría de las ex colonias de Asia y África, a través de fuertes luchas emancipadoras encarnadas por movimientos de liberación nacional, que perseguían objetivos éticos en términos de libertad e igualdad, y económicos, en pos del manejo de sus recursos, hasta entonces expoliados por las metrópolis.

Hacia fines de los años cincuenta, el Papa Juan XXIII convoca al Concilio Vaticano II y promueve una serie de reformas a la liturgia del catolicismo, todas ellas con sentido popular.

En 1959 triunfa la Revolución Cubana y se proyecta hacia toda América Latina, dando lugar a múltiples movimientos insurreccionales en pos de los valores del ‘Hombre Nuevo’ proclamados por el Che Guevara.

La conexión entre estos dos fenómenos da origen a la Teología de la Liberación y a una Iglesia comprometida con la pobreza, y en nuestro país al movimiento de curas del Tercer Mundo.

Unos años después se inicia el retiro estadounidense de Vietnam, junto a todo un movimiento cultural entre los jóvenes de los EE.UU. que se plasma en el rock, el pacifismo y diversas formas de protesta.

En simultáneo, se da la lucha por los derechos de los afrodescendientes que, por caminos diversos, encarnan Malcolm X en el norte y Martin Luther King en el sur, detrás de un ‘sueño’ igualitario. Hasta el propio boxeador Cassius Clay, luego Muhammad Ali, se convierte en un luchador de estas causas, renunciando a los 22 años a su título mundial por negarse a alistar las tropas que debían viajar a Vietnam.

En Europa, y de manera casi contemporánea, se produce el ‘Mayo Francés’ y la ‘Primavera de Praga’. En definitiva, desde distintos horizontes surge una serie de movimientos sociales –mayoritariamente juveniles- con objetivos colectivos y solidarios, que perseguían valores muy diferentes a la exacerbación del individualismo y del materialismo que sobrevendría en los años noventa.

De un lado, estos movimientos sociales que, de haber prevalecido, hubieran dado al mundo a partir de los años setenta y a aquel excedente económico que mencionábamos, una impronta completamente distinta a la que tuvo.

Del otro lado, el sector en disputa lo constituían los grupos más concentrados del capital financiero internacional, que fueron, en definitiva, los que ganaron la contienda.

En medio de todo esto tienen lugar dos hechos fundamentales. primero, en 1971: la inconvertibilidad del dólar.

El y segundo, en 1973, la crisis del petróleo.

En agosto de 1971 el presidente Nixon decretó la ‘inconvertibilidad del dólar’, es decir, en virtud del predominio del dólar como moneda internacional, desligó su cotización del respaldo en oro que tenía hasta ese momento, y la relacionó con una decisión autónoma de política monetaria de la Reserva Federal.

El dólar tendría a partir de ese momento una valuación estrictamente financiera, dando inicio al proceso de financierización de la economía internacional cuyas consecuencias padecemos en nuestros días.

Esto es, la realización de ganancias extraordinarias a partir de la transacción de derivados estrictamente financieros, con prescindencia del intercambio de bienes y servicios de la economía real.

Junto a esta medida, se toma la decisión de multiplicar las plazas financieras en todo el hemisferio norte (EE.UU., Europa y Japón), de modo de captar divisas a partir de las altas tasas de interés que se ofrecían. En 1973 se desata la denominada ‘Crisis del Petróleo’.

La OPPEP (Organización de Países Productores y Exportadores de Petróleo) decide aumentar intempestiva y significativamente el precio del barril, lo que impacta negativamente en las economías industriales.

Estas necesitan morigerar los efectos del impacto, y se encaminan para ello a encontrar alternativas de desarrollo capaces de mantener la tasa de acumulación, pero con menor consumo de energía hidrocarburífera, lo que, en los hechos, aceleró el ritmo de la revolución tecnológica en ciernes.

Ahora bien: ¿quién financiaría esa revolución tecnológica, con miras a obtener nuevas formas de producción menos dependientes del combustible tradicional? Esas fuentes de financiamiento fueron dos. La primera fue lo que se denominó la etapa de los petro-dólares.

Los dólares que recibían los países productores, todos ellos subdesarrollados, no se encaminaron a financiar el desarrollo de sus estados y sociedades, de sus propias tecnologías, de sus organizaciones sociales.

Ellos prefirieron colocarlos en las plazas financieras del norte, a partir de los enormes márgenes de ganancia garantizados por las altas tasas de interés, desde aquel proceso de financierización que Richard Nixon había establecido.

En lugar de desplegar procesos nacionales autónomos de desarrollo, las empresas de los países emergentes, con la connivencia de sus gobiernos neo-colonialistas, terminaron sosteniendo las innovaciones tecnológicas de las potencias, y ayudaron así a ampliar la brecha de la investigación, el conocimiento y la información.

La segunda fuente de financiamiento de la revolución tecnológica del Norte fueron las deudas externas contraídas por las dictaduras latinoamericanas, al calor de la Doctrina de la Seguridad Nacional y el terrorismo de Estado.

En definitiva, aquella disputa del excedente económico de posguerra fue ganada por el capital financiero trasnacional por sobre todo el clima de movilización y participación social de la época, y ello marcó el rumbo que tomaría el sistema de poder a nivel mundial a partir de esos momentos.

Primera fase del ajuste estructural Hacia finales de los setenta, Margaret Thatcher asume la jefatura de gobierno en el Reino Unido, y Ronald Reagan hace lo propio en los EE.UU., iniciando lo que se conoce como la revolución conservadora de los años ochenta en el Norte, que tiene su correlato en la primera fase del ajuste estructural en los países subdesarrollados, particularmente en América Latina.

Aquella primera fase del ajuste estructural determinó, en países como el nuestro, la desarticulación del aparato productivo interno y su transferencia a los grandes grupos concentrados vinculados a matrices externas, gestando el proceso de concentración y extranjerización económica que aún padecemos.

Y dejó sentadas las bases de la segunda fase. Dado que la estrategia de endeudamiento fue diseñada con toda la intencionalidad de que no fuera posible pagarlo, nos asfixiaron desde el punto de vista financiero, y a continuación de ello, ante la previsible incobrabilidad de las deudas, se abalanzaron sobre los bienes del Estado, en una especie de ejecución hipotecaria de las deudas soberanas.

Eso fueron los noventa en la Argentina, con la correlativa transferencia de activos estratégicos como nuestro petróleo, nuestra energía, nuestras telecomunicaciones, nuestra aerolínea de bandera, y otros múltiples resortes indispensables para nuestro desarrollo.

Reagan termina derrotando al bloque socialista y estableciendo un sistema unipolar de poder, basado en la democracia política y la economía de mercado.Y aplica todo un programa de desregulación, privatizaciones, resignación de las soberanías jurisdiccionales y otras medidas de reducción de las capacidades estatales del mundo subdesarrollado, conocido como el Consenso de Washington.

Segunda fase

A partir de esos momentos, la década de los noventa se presenta en términos de la política internacional de los EE.UU. con un rostro menos fundamentalista que el de su predecesor.

Se trata del soft-power de Bill Clinton frente a la dureza de Reagan, porque debía seducirse a los países recién integrados a la órbita capitalista respecto de los beneficios del nuevo sistema.

La etapa de Clinton se inclina por el paradigma del libre comercio por sobre la agresión militar, y desde esa lógica se logran los acuerdos de Oslo entre Yitshak Rabin y Yasser Arafat, concluye la cruenta guerra religiosa de Irlanda y se firma el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

No se trata de buenos y malos, sino, más bien, de un imperialismo que fusila y otro que mata lentamente, y que en el caso de México construyó las maquilas de explotación, y no un muro contra los ilegales y decenas de miles de asesinados por el narcotráfico, como haría George Bush una década más tarde.

Concluida la era Clinton, los EE.UU. permanecen 59 días sin presidente, entre la jornada electoral de noviembre de 2000 y el fallo definitivo de la Corte de La Florida (otro fallo político), que pese a haber obtenido menos votos le otorga el triunfo a George Bush por sobre Al Gore, y restaura los rasgos más duros y sanguinarios del capitalismo financiero.

El paradigma del libre comercio de la década anterior es relevado por el de los grupos financieros más concentrados, las empresas petroleras y el comercio de armas.

La disputa al interior del poder financiero Ya en nuestros días, la posición de Barack Obama y de parte del gobierno de los EE.UU. (no olvidemos que hace menos de dos años el Tea Party tuvo al borde del default interno al gobierno demócrata), así como de otros organismos internacionales es una nueva muestra de la fragmentación del poder interno e internacional de esa potencia, y expresa de alguna manera la disputa de poder al interior del sistema financiero en la que se enmarca la situación argentina, el fallo del juez Griesa y la decisión de la Corte estadounidense.

Es decir, no se trata de un imperialismo ejercido por una nación sobre otra, sino de una disputa acerca de cuáles serán los rieles de poder sobre los cuales evolucionará el capitalismo internacional.

De un lado, una porción del capital dispuesto a financiar proyectos de desarrollo encarnados a partir de cierta injerencia estatal, de cierta vigencia –cuanto menos formal y testimonial- del principio de soberanía, y del otro lado los grandes conglomerados, con políticas duras que agravian y lesionan severamente la soberanía estatal. La dimensión planetaria del conflicto

¿En miras de cuáles objetivos? En miras de sostener un modelo de acumulación que ha llevado a que las 85 fortunas personales más importantes del mundo concentren más recursos que los 3.500 millones de personas, esto es, el 50% más pobre de la población mundial.

Un modelo de acumulación, que, además, está en plena crisis productiva, y por lo tanto necesita trasladar a los países del Sur –una vez más- el costo de su crisis.

Un modelo que si tuviera que ser dibujado en sendas láminas, haría coincidir con una similitud asombrosa las áreas con mayor presencia de yacimientos energéticos con aquellas áreas de mayor despliegue de bases militares de ese poder más duro que vincula lo financiero con las armas y el petróleo.

Un modelo que, a partir de su conexión directa e imprescindible con las grandes cadenas de medios internacionales, nos ha hablado de movimientos populares supuestamente libertarios, englobados en lo que bautizaron como ‘primaveras árabes’ en lucha contra dictadores autoritarios, cuando en realidad se trataba de la lisa y llana contratación de sicarios y mercenarios para terminar con la estatalidad que controlaba los recursos energéticos de aquellos países, como Libia, Irak, Egipto, y recientemente Siria, Irán, Venezuela y Ucrania.

Todos estos procesos de desestabilización están guiados por el mismo hilo conductor: la ruptura de los poderes estatales en pos del control privado de los recursos.

De modo de asimilar a Medio Oriente y a América Latina a esa África olvidada, sin Estados, sumergida en disputas tribales mientras las empresas la expolian de sus recursos, y donde ha aparecido un nuevo actor económico que son las inversiones chinas.Las decisiones que han tomado América Latina y la Argentina en particular.

La situación argentina no es ajena a este marco internacional. El caso de los fondos buitre no se trata de una mera disputa entre un juez que está loco contra el resto de la humanidad que sí está en sus cabales. Es una disputa por cómo se va a desarrollar el mundo, quién va a usufructuar de los recursos naturales, si las soberanías estatal-populares o el capital privado trasnacional.

A través de dictaduras adeptas o de gobiernos civiles serviles, América Latina había cumplido históricamente un rol funcional a los intereses foráneos implicados en esta disputa.

En cambio, a partir de comienzos del siglo XXI, la eclosión social devenida de diversas crisis desatadas en la región, en convergencia con la aparición providencial de un puñado de líderes populares que supieron interpretar el hartazgo y la voluntad de cambio de sus pueblos, puso un corte histórico a esa relación complaciente con los poderes fácticos.

En noviembre de 2005 la región rehusó integrarse al ALCA, el proyecto estratégico de mayor envergadura que el gobierno de George Bush le tenía reservado, desacoplándose de manera sabia y anticipada al desplome del capitalismo mundial que sobrevendría tres años después.

En la Argentina en particular, este proceso de autonomización financiera se completó con los dos tramos del canje de la deuda privada, la cancelación de la deuda con el Fondo Monetario Internacional, y los recientes arreglos con el CIADI, Repsol y el Club de París.

Es decir, no sólo desendeudamiento sino autonomía del sistema financiero internacional, lo cual rompe con el mito fundador del sistema, que sostiene la inviabilidad de todo aquel país que no se amolde a sus condicionalidades.

A lo largo de todos estos últimos años, la Argentina no sólo se sobrepuso a dicha premisa, sino que cumplió puntualmente con los compromisos asumidos a la salida del default, lo cual evitó las conocidas crisis financieras y/o políticas del sector externo.

Y lo hizo mientras sostenía –y sostiene- en paralelo, un modelo sustitutivo de importaciones, que promueve la aplicación de estímulos fiscales para sostener actividad del mercado interno, el consumo popular y la inclusión social.

A esto se añade otra medida trascendental; el cambio de paradigma energético a partir de la recuperación de YPF.

Hasta entonces, el petróleo se consideraba un commodity destinado básicamente a la ganancia empresaria de Repsol, a raíz de lo cual se secaron los pozos de gas y petróleo, se interrumpió la exploración y se sostuvo el giro de utilidades al exterior de modo de renovar el proceso en los pozos más jóvenes de otras áreas del planeta.

A su vez, esto profundizó el drenaje de divisas porque se debieron abastecer los requerimientos del crecimiento industrial y del consumo de los particulares con importación de energía.

El remplazo de este paradigma por el de ‘petróleo = palanca de desarrollo’, reorientó el reparto de ganancias hacia la inversión productiva y revirtió la curva importadora.

En materia energética, la Argentina ha encontrado nuevos yacimientos de petróleo convencional, proyecta la exploración de su plataforma marítima, sus reservas de petróleo no-convencional y gas de esa misma condición, además de atesorar una ingente reserva de litio y nuevos minerales, y una inmensa reserva de agua dulce y biodiversidad.

La posibilidades que abre el futuro

En definitiva, es precisamente este ciclo virtuoso de autonomía financiera e inminente autoabastecimiento energético (previsto para el próximo quinquenio), lo que intensifica la virulencia de los factores de poder mundial frente al desafío de independencia relativa de criterio y dignidad nacional planteado por el proyecto que conduce la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

La Argentina, en el marco de una situación congruente de toda la región, atesora el tercer acuífero de agua dulce más grande del subcontinente, la primera cuenca de litio, la segunda reserva de gas y la cuarta de petróleo no convencionales, además de sus reservas convencionales en el territorio y en su litoral atlántico, yacimientos de nuevos minerales, centrales nucleares, represas en construcción y un gran potencial de despliegue de energías mal llamadas alternativas, como la eólica.

Dicho potencial, en el marco del desendeudamiento y la autonomía financiera, la sitúan en una inmejorable plataforma de lanzamiento hacia un futuro venturoso.

Pero el poder real también lo sabe, y es en este punto donde nuestras principales virtudes se convierten en el presente escollo, desde el momento que nos encontramos ante la confirmación de un nuevo paradigma de desarrollo.

Es precisamente este punto, este lugar, este tramo del proyecto nacional y popular, el eje de una disputa entre los propios factores de poder mundial: aquellos que aceptan financiar un proceso de desarrollo en convivencia con las soberanías estatales –en este caso la nuestra- y aquellos que buscan desangrar cuanto antes las soberanías estatales, que se constituyen en un estorbo difícil de franquear para sus intereses, entre las cuales nuestro país se ha convertido en poco menos que un símbolo.

De aquí la tremenda presión de los grupos internos, su intento de que se desmadren los precios internos, su especulación a la hora de liquidar divisas, su pugna por devaular el peso y secar las reservas del Banco Central.

Y de aquí que esos mismos grupos internos, entre los cuales las cadenas hegemónicas de medios operan como una palanca central, sean los portavoces de los fondos-buitre que acechan nuestra soberanía.Este es el eje de la disputa.

El juez Griesa no está senil ni es un loco que se está cargando en contra a una parte importante de las organizaciones internacionales y gobiernos soberanos.

Es una pieza central de un engranaje mucho mayor, vinculado a los intereses financieros más concentrados, las empresas de petróleo y los comerciantes de armas. Y, en términos políticos, a la derecha más extrema representada por el Tea Party dentro del ala republicana de los EE.UU. (aunque Robert Shapiro y Nancy Soderberg, y Robert Menendez y Marcos Rubio, miembros de la Task Force americana, pertenecen al partido demócrata) y a la desestabilización, por distintas vías, de los países emergentes.

Es decir, en el fallo de Griesa hay un claro objetivo monetario, cuantificable, que está dado por el cobro de la totalidad de los bonos espuriamente comprados por Paul Singer y otros fondos de inversión de sesgo netamente usurario.

Pero ese objetivo económico se inscribe en un marco político mucho más amplio, vinculado al rol que debemos tener a futuro los Estados soberanos, los gobiernos populares, los pueblos, las democracias: pugnar en esa batalla frente a los poderes fácticos más concentrados, o caer definitivamente bajo sus garras.Correlato en la política nacional.

La necesaria unidad del Campo Popular Latinoamericano Fuera de todo fundamentalismo ideológico, sino como resultado del análisis político que realizamos, los códigos procesales nacionales y el proyecto de reforma al código civil y comercial deben restringir de manera absoluta la posibilidad de que sea prorrogada la jurisdicción nacional, tal como sucediera en el pasado, es decir, la posibilidad de que un tribunal extranjero decida sobre los destinos de nuestro país.

Otro de los desafíos de la Argentina y la región frente a una relación más intensa con nuevos actores globales como el Grupo BRICS, y frente a los acuerdos estratégicos establecidos a partir de las visitas de Vladimir Putin y de Xi-Jimping, es afrontarlos a partir de criterios conjuntos capaces de prevenir y evitar los perjuicios que ya conocemos de la relación centro-periferia.

Por el contrario, el invalorable eje de cooperación Sur-Sur que supone esta nueva relación y los recientes acuerdos, deben transformarse en un círculo virtuoso gobernado por el criterio de ganar-ganar, esto es, de ampliar el universo de ventajas para ambas partes de la relación.

Y asimismo, para fortalecer el marco de acuerdos regionales para vincularnos con otras áreas de la gobernanza mundial.

Las autoridades argentinas están actuando con idoneidad técnica y dignidad política.Todos los sectores de la vida nacional deberíamos encolumnarnos detrás de los grandes lineamientos del proyecto nacional –no únicamente gubernamental- tales como el aprovechamiento de nuestra posición geopolítica capaz de unir la región con el Pacífico, la autonomía financiera, el autoabastecimiento energético, el desarrollo industrial y tecnológico, el mercado interno, el empleo formal, la inclusión social, el incremento de derechos.

Así, una vez sorteada esta dificultad central que atravesamos, con mucha conciencia y capacidad de organización y movilización popular, podremos ser protagonistas de una epopeya que nos llevará definitivamente a la grandeza que anhelamos desde hace tanto tiempo.

Leido en Indec que trabaja


 

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