El Plan A de Macri: el Gran Apriete Nacional

 Por Axel Kicillof *

No suena a extorsión. Es una extorsión, y a gran escala. Extorsión al Congreso para que vote el pago a los buitres; extorsión a la sociedad en su conjunto para que no se queje y lo acepte con resignación. Dijo Prat-Gay en la Cámara de Diputados: “Con este acuerdo podemos evitar un ajuste brutal […] es una gestión poco agradable pero que hay que hacer porque sin esto no volvemos a crecer”.

El jefe de Gabinete, por su parte, sostuvo: “El acuerdo con los holdouts tiene que salir; no hay plan B”. Y Macri remató: “Sin acuerdo con los holdouts habrá ajuste o hiperinflación”.

A decir verdad, no es la primera vez que se presenta ante la sociedad un “dilema” de este tipo, ni es tampoco el primer gobierno que utiliza este recurso. Más aun, algunas de las peores leyes y decisiones que se tomaron en nuestra historia reciente, como el Megacanje, el Blindaje, el Déficit Cero, la flexibilización laboral conocida como Ley Banelco, estuvieron acompañadas por una campaña de chantaje de este mismo tenor.

Siempre el mismo argumento: si la medida no se toma, viene el desastre. Si, en cambio, la medida se toma, prometen el paraíso.

En esta línea, según Macri, el destino de la Argentina depende hoy íntegramente del pago a los fondos buitre. Si no se paga a los buitres, habrá un “ajuste bestial”, desempleo, recesión, “¡hiperinflación!” (sic).

Si, en cambio, los buitres reciben su gigantesca tajada, lloverán inversiones nacionales y extranjeras, crédito barato en pesos y dólares, y tendremos el crecimiento asegurado.

¿Cómo fue que los argentinos llegamos a esta encrucijada de vida o muerte, cuando durante la campaña el propio Macri prometía una revolución de la alegría? Cristina Kirchner entregó, por primera vez en democracia, un país sin crisis, con bajo desempleo y, aun para las consultoras privadas, en crecimiento.

Así que esta sensación de zozobra y urgencia se instaló después. Repasemos, pues, brevemente el desarrollo del plan económico de Macri y sus resultados. Ahí está la clave para entender la desesperación de Macri por, como dicen en los canales de venta por cable, pagarle a los buitres ¡ya, ya, ya!

A menos de una semana de asumir, el gobierno anunció en tono épico “el fin del cepo” como si se tratara de una conquista de más libertad para todos los argentinos. No obstante, en su anuncio, Prat-Gay omitió mencionar un pequeño detalle: el llamado “cepo” se abría con una devaluación del 40 por ciento lo que llevó el tipo de cambio oficial a $13,50 desatando de inmediato, como no podía ser de otra manera, una estampida inflacionaria.

También se olvidó de decir que al mismo tiempo el Banco Central estaba levantando todos los controles a la fuga de capitales y que la Secretaría de Comercio estaba abriendo la economía al ingreso de importaciones en todos los rubros. Era un programa de liberalización total de la economía: libre flujo de capitales y libre comercio acompañaban a la nueva “libertad cambiaria”.

En la misma conferencia de prensa conocimos las condiciones que el gobierno de Macri necesitaba para devaluar. El ministro Prat-Gay los explicó extensamente:

“Entre nosotros decíamos que necesitábamos un ingreso adicional de 10 mil millones de dólares para tener la confianza de que podíamos efectivamente levantar las restricciones cambiarias […]. Estamos hablando con bancos extranjeros, estamos hablando con las cerealeras, hemos llegado a acuerdos en muchos casos, estamos hablando con empresarios argentinos, más allá de las cerealeras, que están dispuestos a adelantar algunos fondos que tenían planeado para la inversión […] podemos decir que esos 10 mil millones dólares con los cuales nos sentíamos cómodos, estamos hablando de un rango de entre 15 mil y 25 mil millones de dólares de ingreso de divisas en los próximos cuatro semanas en Argentina. Con esa tranquilidad es que hoy, como dijimos antes, nos animamos a levantar esas restricciones, sin esa tranquilidad por supuesto no hubiéramos podido hacerlo. […] tenemos un acuerdo con todo el sector de empresas cerealeras que se han comprometido a partir de mañana a liquidar 400 millones de dólares por día, durante las próximas tres semanas. Para que se entienda bien, esto implica un flujo de 2000 millones de dólares por semana”.

Macri se tiró a una pileta sin agua, confiando en las promesas que le hicieron las empresas y bancos, de aportar entre 15 mil y 25 mil millones de dólares en un mes.

La verdad es que todos estos sectores, uno por uno, le fueron dando la espalda. Empecemos por las cerealeras: a pesar de la inmensa transferencia de ingresos que recibió el sector con la devaluación del 40 por ciento y la reducción de retenciones, la liquidación quedó muy por debajo del anuncio del ministro.

En lugar de los 8000 liquidaron en las siguientes cuatro semanas 481, 756, 752 y 870, es decir, menos de 2900 millones. Los bancos extranjeros no se portaron mucho mejor con su presidente. Hubo gestiones, trascendidos, idas y vueltas, pero lo cierto es que recién el 21 de enero los bancos HSBC, JP Morgan y Santander anunciaron que aportarían 1000 millones de dólares cada uno, y el Deutsche, BBVA, Citi y UBS, 500 millones.

Se trató de un préstamo al Banco Central otorgado en las peores condiciones imaginables: por 11 meses, con una tasa de casi 7 por ciento y con una garantía en títulos de ¡10.000 millones! Hubo que poner 10.000 millones para conseguir 5000. De los bancos y empresas nacionales, no llegó nada de nada.

El temprano fracaso del plan de Macri lo empujó a las fauces de los buitres.

Hace unos días Marcos Peña dijo que no había Plan B. Pero, como veremos, el problema es más grave: tampoco hay plan A. Macri “pagó” todos los apoyos de campaña, les habló con su corazón y le contestaron no “con”, sino “sin”, el bolsillo.

De los “entre 15 mil y 25 mil millones de dólares de ingreso de divisas en los próximos cuatro semanas en Argentina” de Prat-Gay, entraron a lo sumo 7500 millones. A un mes de devaluar, el plan de Macri ya había fracasado.

Y entonces comenzaron los problemas. El BCRA se había comprometido a no intervenir en el mercado cambiario, dejando “flotar” el dólar. Pero el 1 de febrero el tipo de cambio superó la barrera de los 14 pesos.

Recién en ese momento entraron a las reservas los 5000 millones del crédito de los bancos al Central. Lejos de calmarse, el “mercado” produce una nueva devaluación que lleva el dólar a 15 pesos. El BCRA seguía sin intervenir.

Pero entonces, algún teléfono debe haber sonado en la oficina de Sturzenegger y el Banco Central empezó a vender dólares, sacrificando más de 750 millones de las reservas para contener el dólar cerca de los 15 pesos.

Así y todo, hacia fines de febrero se produce la tercera devaluación de la era Macri y el 1 de marzo el dólar toca los 16 pesos. Lo que ocurrió tiene un solo nombre: a Macri no le dieron los dólares y además le hicieron una corrida cambiaria, bien tapada y disimulada por la prensa “independiente” oficialista.

La reacción del Banco Central fue la clásica: además de vender dólares para bajarlo, elevó la tasa de interés para que los inversores se queden en pesos y no se vayan al dólar. El resultado de estas operaciones está a la vista: las reservas terminaron a 23.124 millones (si se descuentan los 5000 millones).

Se perdieron 2.600 millones de dólares de fuga de capitales. Mientras tanto, la devaluación pasó de un 40 por ciento a un 60. Y la tasa de interés que el Central (Lebac) le paga a los bancos es de 38 por ciento. Por eso no hay Plan A: Macri quería un dólar a 13 pesos con 50.000 millones de reservas y terminó su primer trimestre con un dólar a 15,5 y con 23.000. Lo dejaron pagando.

El costo de este temprano fiasco financiero fue muy alto, por sus “efectos secundarios”. La violenta devaluación produjo una aceleración de los precios que llevó la inflación a más de 4 por ciento mensual. Macri mientras tanto seguía avanzando en el ajuste despidiendo estatales, contribuyendo a la caída de los ingresos con un tarifazo eléctrico, con el aumento de naftas, los peajes y los impuestos.

Y también seguía pagando los apoyos de campaña: baja de retenciones para cerealeras, mineras, petroleras, grandes exportadores industriales y aumento tarifario del 600 por ciento para engrosar el balance de las empresas eléctricas. Todo esto afectó fuertemente la actividad: la caída del poder adquisitivo de los ingresos redujo a su vez a la demanda agregada y el mercado interno.

A eso se agrega el encarecimiento del crédito. Es así que la economía de la era de Macri empieza con aceleración inflacionaria, caída del salario real, más de 100.000 despidos y represión.

Estos son los factores que explican la urgencia de pagarle a los buitres. Macri sigue buscando los 15.000 o 25.000 millones de dólares que necesitaba en enero para su devaluación. El tema es que estamos en marzo y en la búsqueda de ese flujo se le va el gobierno.

Los recursos los van a traer los bancos extranjeros y los bancos le impusieron una condición: rendirse incondicionalmente ante los fondos buitre. Recién después llegará la plata para Argentina.

Ahora bien, si se le paga a los buitres “lo que Griesa dijo”, ¿bajará la tasa de interés como promete Macri? ¿Llegará la esperada “lluvia de dólares”? ¿Se aplicará la deuda externa que se contraiga a inversiones productivas, infraestructura y a los más necesitados?

Hay más dudas que certezas. Empecemos por los montos. Entre lo que el gobierno va a pedir prestado para pagar a los buitres y lo que pidieron desde el Central, ya nos habrán endeudado en casi 20.000 millones en tres meses.

No parece que nos vayan a prestar mucha más plata, cuando en el marco de la crisis mundial los capitales están huyendo de países más “apetecibles” de América Latina. En cuanto al costo del financiamiento, si arreglar con los fondos buitre implicara directamente una reducción de la tasa, ¿cómo puede ser que para conseguir los 12.000 millones que prestan los bancos para justamente cerrar este asunto la tasa sea, según dicen, de 7 o 7,5 por ciento?

No parece muy factible que entren muchos fondos y baratos, y menos todavía que vayan al venturoso destino que promete Macri, cuando para atender la presión cambiaria dicen necesitar una fortuna, dada la absoluta libertad para la fuga de capitales. Además, reconozcamos que si la deuda externa fuera a utilizarse para el desarrollo y la inclusión social, sería la primera vez en la historia Argentina (¿y mundial?) que esto pasa.

La historia, por otra parte, no se termina acá. Pagarle rapidito y sin chistar a los buitres no es otra cosa que una condición impuesta por los bancos extranjeros para prestarle a Macri la plata que necesita. Es la primera de las condiciones. Después aparecerá, seguramente, la “sugerencia” de aplicar un programa de ajuste del FMI.

Los bancos reclaman siempre la intervención del Fondo cuando realizan préstamos porque es la garantía más firme que tienen de que van a conseguir el repago. Porque el Fondo Monetario se ocupa de que los recursos del país no se utilicen para el bienestar social (como la salud, la educación, la cultura) y de que, además, se vendan todos los activos para pagar a los acreedores.

Es por eso que, claramente, no es cierto que la disyuntiva de Argentina sea deuda o ajuste. Como ocurrió tantas veces en el país, para tomar deuda externa probablemente sea necesario aplicar un ajuste supervisado por el FMI: el único plan que tiene Macri por delante es el de deuda y ajuste.

* Diputado nacional. Ex ministro de Economía.

Fuente: Pagina/12


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