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Un nuevo terrorismo cuyo operador principal es el delirio de medir

mayo 22, 2015

por Gustavo Dessal

El psicoanalista y escritor argentino Gustavo Dessal, radicado en España desde 1982, reflexiona en este artículo exclusivo para esta agencia sobre la obsesión por la felicidad y por la seguridad, desplazada también en la actualidad sobre la salud, componiendo un nuevo terrorismo cuyo operador principal es la medición.
 
Dessal es miembro de la Escuela Española de Psicoanálisis (ELP) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP). Es autor de un libro en conjunto con el sociólogo polaco Zigmunt Bauman y de varias novelas, de las cuales Clandestinidad y Micronesia han sido publicadas por Interzona.
 

Este es el texto:

medicionSi hasta ahora hemos podido referirnos a la Historia del Pensamiento, la debilidad del pensar contemporáneo da paso a otra Historia, no completamente nueva, pero que asume rasgos inéditos: la Historia del Cuerpo. El siglo XXI inaugura un nuevo paradigma del cuerpo, que ya no es exaltado por la pasión cristiana sino convertido en uno de los objetivos prioritarios de la industria posmoderna de la felicidad.
           
Desde los albores de la humanidad, la felicidad ha sido un objeto de la reflexión filosófica, es decir, un concepto abordado con los instrumentos del pensamiento, sometidos ellos mismos a la relatividad de las épocas, las ideologías y los condicionamientos culturales.

En las últimas décadas la tendencia comienza a cambiar, y la felicidad ya no es un objeto disputado por el debate político, ético o psicológico sino que se ha convertido en un campo de experimentación y análisis científico.

La aspiración consiste en suponer que los instrumentos de la ciencia y la técnica pueden ponerse al servicio de la construcción de un modelo objetivo de felicidad, una felicidad que no dependa de lo que el sujeto siente, sino que se propague como una fórmula apoyada en funciones inobjetables, no sometidas a las variabilidades culturales, subjetivas o locales, sino elevadas a la categoría de una verdad absoluta, respaldada por el conocimiento pretendidamente científico, término que ha ido cobrando la sacralidad que hasta no mucho tiempo era solo patrimonio de las religiones.

Haciendo gala de una extraordinaria clarividencia, el revolucionario francés Saint Just (uno de los grandes protagonistas de la revolución francesa) llegó a proponer que la felicidad era una cuestión política, adelantándose casi doscientos años al pensamiento biopolítico actual.

No obstante, las transformaciones de la cultura se suceden a un ritmo vertiginoso, y la felicidad va siendo rápidamente colonizada como un objetivo de la ciencia, o más específicamente de la técnica.

Y dado que la satisfacción es inconcebible sin la dimensión del cuerpo (incluso en aquellas satisfacciones que suelen considerarse propiamente sublimadas o intelectuales), ahora se trata de concentrarse en él, de exaltarlo, pero no a través de la promoción perversa del dolor y la llaga, de la concupiscencia y el pecado, sino como destinatario de la promesa de bienestar supremo.

El discurso contemporáneo ha abonado el terreno para cultivar la ideología de la salud, a fin de hacerle rendir los frutos que alimenten los dictámenes del mercado.

Todas las piezas de la maquinaria neoliberal se han puesto en funcionamiento, alentadas por el evangelio de la seguridad, que no solo se ocupa de la prevención de los atentados terroristas sino también de los enemigos que asaltan nuestro organismo.

La vida sana es una grandiosa industria que demuestra la extraordinaria plasticidad del capitalismo, su inédita astucia para obtener plusvalía mediante un cambio permanente de estrategia, conforme a las necesidades del momento.

En los Estados Unidos, McDonald’s va desapareciendo poco a poco, y en su lugar florecen nuevas cadenas que nos atan a la servidumbre de la comida sana, ecológica y limpia.

El fracking y la minería a cielo abierto, sin escatimar todo el cianuro necesario, conviven con las empresas eco friendly dedicadas a reparar esos daños, y todas tienen accionistas en común.

Pero ahora hay una convergencia cada vez mayor en la venta de la prosperidad corporal, por el bien de los usuarios y la alegría de muchas corporaciones.

El negocio del cuerpo busca la justa medida de los goces que le convienen, y la eternidad ya no pertenece al reino de los cielos, sino al esfuerzo denodado de la ciencia por regalárnosla aquí en la tierra.

Por supuesto, el lector sabrá apreciar el carácter figurado de esta última frase, puesto que en este mundo no se regala nada, todo se compra y se vende, sin desestimar al mismo tiempo la innegable democratización de la técnica, que pone el bienestar cada vez más al alcance de los bolsillos poco abultados.
 
Fumar y ser gordo no solo es malo para la salud. Lo es, y afirmo no formar parte del contraterrorismo que propaga la idea de que el cáncer de pulmón, la diabetes y las enfermedades coronarias son un invento de la Big Pharma para vendernos sus productos.

Pero estar sano no solo es ahora un objetivo razonable, sino un imperativo moral, un propósito que debe conseguirse por todos los medios, porque la enfermedad y la muerte ya no tienen cabida en la mentalidad contemporánea.
            
En los últimos años, un grupo de informáticos, periodistas e investigadores, han puesto en marcha un importante movimiento que posee ya ramificaciones en todo el mundo: The Quantified Self  (El yo cuantificado, http://quantifiedself.com), que agrupa a miles de personas dedicadas al selftracking, un neologismo que se traduce más o menos como autorastreo.

Con la ayuda de toda clase de instrumentos técnicos de medición que pueden llevarse cómodamente en el cuerpo (relojes, pulseras, brazaletes, sensores térmicos y acelerómetros), los adeptos al Quantified Self dedican gran parte de su tiempo a medir: el ritmo cardíaco, la presión sanguínea, el número de pasos andados, las características del sudor.

La filosofía es muy simple: aquello que puede medirse, debe ser medido. O como lo expresa Gary Wolf, uno de los fundadores del movimiento: Se trata de una prueba que comienza por una persona muy importante: tú mismo.

Desde luego, la sacralización del yo no es algo que Wolf haya inventado. Su mérito, junto con el de sus colegas, consiste en promover una presunta objetivación del narcisismo. Todas las constantes que se evalúan, no solo implican para ellos la búsqueda de la salud física, sino que suponen la posibilidad de encontrar el algoritmo de la felicidad.

El propósito último es la gigantesca acumulación de datos que presuntamente nos ayudarán a construir un mapa personalizado de cada organismo, y a penetrar en los pliegues secretos donde se inician los mecanismos del humor, los yacimientos escondidos que fabrican la química de nuestros estados de ánimo, emociones y deseos.
 
En su artículo The Measured Man (El hombre medido, http://www.theatlantic.com/magazine/archive/2012/07/the-measured-man/309018/, Mark Bowden, figura destacada del periodismo norteamericano, narra la saga de Larry Smarr, uno de los héroes más aclamados por el movimiento Quantified Self.

Astrofísico, padre fundador de las investigaciones que condujeron a la creación de internet, este genio laureado con todos los honores internacionales a los que un científico puede aspirar, abandonó hace años el rastreo del cosmos para dirigir su enfoque hacia un universo más apasionante e infinito: la materia fecal.

Larry mide diariamente todos los marcadores orgánicos de su cuerpo: temperatura, ritmo cardíaco, presión arterial, análisis de sangre y de orina, pero su pasión fundamental se centra en sus propios excrementos, de los que extrae muestras permanentes que envía a los laboratorios para guardarlas más tarde en un gran congelador.

Citémosle, puesto que sus palabras, pese a referirse a sus desperdicios, no tiene por el contrario desperdicio alguno: ¿Se ha preguntado alguna vez la riqueza de información que hay en su caca? Hay alrededor de cien mil millones de bacterias por gramo.

Cada bacteria posee un ADN cuya longitud  promedio es aproximadamente de diez megabases, digamos que un millón de bytes de información.

Eso significa que la materia fecal humana tiene una capacidad de datos de aproximadamente cien mil terabytes de información acumulada en cada gramo. Eso es infinitamente más información de la que contiene el chip de su smartphone o su PC.

De modo que la caca es muchísimo más interesante que un ordenador. Larry habla con indisimulado entusiasmo sobre su caca, y no tiene reparos en abrir su congelador para mostrar las miles de muestras que almacena.

Larry, posiblemente sin saberlo, no solo es el hombre medido, sino la metáfora viva del núcleo más profundo del capitalismo: una sistema cósmico, un universo cerrado y regido por fuerzas incontrolables, que gira alrededor de un núcleo central: la mierda.

Larry acumula mierda, pero enseña que la mierda no solo es riqueza, oro puro, como Freud supo demostrarlo al echar luz sobre la equivalencia entre el dinero y las heces, sino también una fuente inagotable de datos.

Caca=datos=dinero, es la fórmula definitiva de la civilización contemporánea, donde todo (incluida la caca) es mercancía negociable, sin olvidarnos de que en el conjunto se incluye a los seres humanos como desechos potenciales o realizados, según las circunstancias.

En el gran manicomio global, el cuerpo puede ser secuestrado para experimentos farmacológicos (de los que Joseph Mengele fue el pionero indiscutible) o puesto en el circuito de la salud compulsiva.

La diferencia depende en gran parte del lugar donde a cada cuerpo le ha tocado nacer.

El músculo financiero es un fabuloso esfínter virtual que retiene, acumula o evacúa, según los ritmos poderosos del mercado. Larry mide los índices de su cuerpo con más ahínco y rigurosidad que los Down Jones, Nasdaq, Nikkei o Ibex 35, pero la esencia es la misma: la acumulación de capital y de mierda, indistintos en su materialidad informativa.
           
Por fortuna, no faltan algunas voces reflexivas. El doctor H. Gilbert Welch, profesor de medicina en el Dartmouth Institute for Health Policy and Clinical Practice (Instituto Dartmouth de Política Sanitaria y Práctica Clínica) escribió un libro titulado Overdiagnosed: Making People Sick in the Pursuit of Health  (Sobrediagnóstico: cómo enfermar a la gente en la búsqueda de la salud) en el que se muestra escéptico sobre las nuevas tecnologías aplicadas a la promoción delirante de la salud.

Los datos no son información. La información no es conocimiento. Y desde luego, el conocimiento no es sabiduría. Es probable que Welch no haya leído a Jacques Lacan, pero no lo ha necesitado para afirmar que aunque suene contradictorio, la anormalidad es normal.

Toda medición del cuerpo necesariamente acabará por hallar algo que va mal. La esencia de la vida es la variabilidad. El monitoreo constante es una receta para todos que nos juzga como enfermos. De ese modo, se promueve el intervencionismo. Y el intervencionismo, aclara, nunca está exento de riesgos.

La sociedad que nunca jamás se empeñó tanto y tan obsesivamente en la prevención de los riesgos, está sórdidamente empujada hacia un horizonte que los multiplica, creándose de este modo un movimiento circular que nadie sabe cómo detener.

Kevin Ashton, un informático británico del MIT, creó el término Internet de las cosas para designar la red que vincula objetos físicos (cosas) provistos de componentes electrónicos, sensores y conectividad, capaces de intercambiar datos entre sí y con un operador a distancia.

Por cosas se entiende una gran variedad de dispositivos, desde monitores cardíacos implantados en el cuerpo, biochips insertados en personas o animales, sistemas de termostato o lavavajillas activados y monitorizados desde el teléfono móvil.

Pero por si acaso nos faltaba alguna cosa por medir, controlar y vigilar en el panóptico de la red, el mercado lo ha encontrado antes de que a usted se le ocurra imaginarlo.

La compañía Sproutling, con sede en San Francisco, agotó los pedidos de sus monitores para bebés antes de que salieran a la venta.

Una suave banda elástica que se coloca en uno de los tobillos del bebé mide la temperatura, el ritmo cardíaco y respiratorio, los movimientos cuando duerme, y es incluso capaz de predecir en cuánto tiempo el niño habrá de despertarse, a fin de que sus padres puedan planificar mejor sus tareas.

Todo ello queda registrado y llega de inmediato a la pantalla de un dispositivo móvil IOS o Android que los progenitores revisan constantemente. Los padres -en especial los primerizosson el blanco fundamental y explícito de estos nuevos objetos de consumo bendecidos por el credo de la seguridad.

Cada vez que un dato evidencia algo anómalo, suena una alarma. La frecuencia de falsos positivos es tan grande, que muchos padres viven angustiados durante el día y no logran dormir por la noche, produciéndose el efecto exactamente contrario al esperado: que el Internet de las cosas contribuya a aumentar la inquietud de los tecnoprogenitores, en lugar de aliviarla.

El fantasma que se agita en el fondo de esta moderna locura de control (que incluye el uso de pañales inteligentes que analizan la orina del bebé y envían los datos de los marcadores bioquímicos al smartphone) es el temor al síndrome de muerte súbita, una enfermedad de causa desconocida, y que para la que ningún dispositivo de control preventivo posee la más mínima utilidad.

Para colmo, los bebés perfectamente normales tienen variaciones cardíacas y respiratorias frecuentes que obsesionan a los padres, obligándolos a aumentar la frecuencia con la que -presa de la angustia latente- consultan sus pantallas, literalmente desbordados con datos que exceden por completo la capacidad de ser comprendidos, analizados y transformados en una intervención sensata.

Los médicos son por ahora escépticos respecto de la utilidad de estos aparatitos, puesto que incluso los monitores hospitalarios dotados de una tecnología cien veces más sofisticada suelen enviar datos erróneos o falsas alarmas.

Sin embargo, los fanáticos del selftracking, no conformes con rastrearse a sí mismos, admiten en Quantifiedbabies su obsesión por rastrear a nuestros pequeños (sic).

Su lema, reza: Somos padres que nos cuantificamos a nosotros mismos, empleando todos los instrumentos, desde Fitbit a Withings. Queremos aplicar el mismo rigor [sic] a aquellos que no pueden aplicárselo a sí mismos: nuestros hijos.

En el año 2004, el psicoanalista francés Jaques-Alain Miller y el filósofo Jean Claude Milner publicaron el libro ¿Desea usted ser evaluado?, en el que analizaban y advertían sobre la verdadera voluntad aniquiladora de la subjetividad que subyace a la ideología de la medición absoluta.

Kevin Gaut, Julia Nacsa y Marcel Penz, investigadores de la Universidad de Umea en Suecia, crearon un experimento denominado Baby Lucent para estudiar los peligros potenciales generados por los dispositivos para bebés: el aumento de la angustia en los padres, la inhibición de lo que consideran intuición parenta” y el incremento de la distancia entre padres e hijos.

Durante los 50, siguiendo las huellas del descubrimiento freudiano, Lacan propuso una teoría para demostrar que lo específicamente humano de la comunicación entre el bebé y la madre (entendiéndose aquí por madre cualquier figura que cumpla dicha función) es el proceso por el cual el grito del bebé, provocado por el estímulo de una necesidad orgánica, es decodificado por el adulto, es decir, transformado en un significado humano, subjetivo, y por lo tanto encriptado según el modo en que es traducido por el receptor.

Este pasaje del grito a su encriptación significativa, lejos de realizarse según un patrón de análisis algorítmico, se procesa conforme al inconsciente de la madre, lo cual da lugar a la mayor equivocación de la existencia: que la respuesta que el bebé obtiene le reserva siempre una satisfacción fallida.

Pero la paradoja consiste en que de no mediar esa falla originaria los seres hablantes no tendríamos deseos, puesto que los deseos son el residuo reactivo que sedimenta como resultado de esa frustración inevitable, y que forma el lecho vital de todo sujeto humano, el verdadero y constante motor de búsqueda.

A pesar de los esfuerzos de Miller y Milner, la respuesta a la pregunta que dio título a su ensayo es: Sí. Todos queremos ser evaluados, medidos, tasados, confiados a la supuesta infalibilidad de los datos, las cifras, las estadísticas, la falsa objetividad con la que se pretende “iluminar” los rincones opacos y sutiles del ser hablante.

Aunque es pronto para aventurarse, no podemos descartar que el Internet de las cosas, en su aspiración por obtener una lectura del grito primario limpia y libre de las impurezas del deseo de la madre, pueda ser un factor determinante en la causalidad de la psicosis infantil.

Lo que sí se posible afirmar sin temor a equivocarse, es que el triunfo de la religión previsto por Lacan no proviene de una reacción al sinsentido del discurso científico-técnico. Ese discurso es ahora la religión, la única y la verdadera.

Fuente: Telam


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Nada es más disparatado que la realidad humana

marzo 6, 2015

lacan

(…) Siempre hay cosas que no encajan. Es algo evidente, si no partimos de la idea que inspira a toda la psicología clásica, académica, a saber, que los seres vivos son seres adaptados, como suele decirse, ya que viven, y que por ende todo debe encajar bien. Si piensan así no son psicoanalistas.

Ser psicoanalista es, sencillamente, abrir los ojos ante la evidencia de que nada es más disparatado que la realidad humana.

Si creen tener un yo bien adaptado, razonable, que sabe navegar, reconocer lo que debe y lo que no debe hacer, tener en cuenta las realidades, sólo queda apartarlos de aquí.

El psicoanálisis, coincidiendo al respecto con la experiencia común, muestra que no hay nada más necio que un destino humano, o sea, que siempre somos embaucados. No hay nada mas desencantado que quien supuestamente alcanza su ensueño dorado, basta hablar tres minutos con él, francamente, como quizá solo lo permite el artificio del diván psicoanalítico, para saber que, a fin de cuentas, el sueño es precisamente la bagatela que le importa un bledo, y que además esta muy molesto por un montón de cosas.

El análisis es darse cuenta de esto, y tenerlo en cuenta.

Si por una suerte extraña atravesamos la vida encontrándonos solamente con gente desdichada, no es accidental, no es porque pudiese ser de otro modo. Uno piensa que la gente feliz debe estar en algún lado.

Pues bien, si no se quitan eso de la cabeza, es que no han entendido nada del psicoanálisis, Esto es lo que yo llamo tomar las cosas en serio. Cuando les dije que era preciso tomarse las cosas en serio, era precisamente para que se tomaran en serio el hecho de que nunca las toman en serio.

Jacques Lacan.


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Charlie Hebdo. El retorno de la blasfemia

enero 11, 2015

Jacques-Alain Miller – El retorno de la blasfemia (08/01/2015)

En este artículo escrito a partir del atentado del 7 de enero de 2015 a Charlie Hebdo, el autor resalta que las nociones de blasfemia, sacrilegio o profanación no son, como se creía, vestigios de otro tiempo, sino que, por el contrario, la era de la ciencia no hizo desvanecer el sentido de lo sagrado, que es la piedra angular del orden simbólico de una comunidad.
 
Destaca al respecto que «en ninguna parte, nunca, desde que hay hombres que hablan, fue lícito decirlo todo». Ubica que lo sagrado no es real, pero sí el goce que allí se condensa. Y que un psicoanalista sabe a qué nos exponemos cuando provocamos en el prójimo «lo imposible de soportar».
 
Entonces, lo ocurrido en Charlie Hebdo muestra que los universos de discurso de antaño se encuentran ahora imbricados: lo sagrado de uno y lo nada sagrado del otro están en las antípodas.
 
«La cuestión de la vida o la muerte será saber si el gusto por la risa, el derecho a ridiculizar y el desprecio iconoclasta, son tan esenciales para nuestro modo de gozar como lo es la sumisión al Uno en la tradición islámica.»
 


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Laura Gutman. Una “provocadora” mediática ?

noviembre 8, 2014

La “provocadora” Laura Gutman

07–11–2014 / La mediática Laura Gutman publicó un artículo sobre el abuso sexual infantil en el que la autora se reconoce entre los abusadores y los abusados.

Lauragutman

Por Santiago Gómez *

La mediática psicopedagoga y escritora Laura Gutman difundió un texto tituladoLa sistematización del abuso sexual sobre los niños” que tuvo un merecido rechazo y repudio en los lectores. En él, la autora aborda la sensible problemática del abuso infantil con la liviandad típica de  los gurúes y maestros del buen vivir, llámese Bucay, Coelho o la mismísima Laura Gutman.

El reconocimiento que estos sujetos tienen en la sociedad debe llamarnos a reflexionar al respecto. La problemática del abuso infantil merece un análisis profundo y cuidadoso, que como bien dice la autora va más allá de las demandas punitivas.

El hecho de que la autora escribió su artículo en primera persona, complejiza aún más un análisis sobre el mismo, ya que exige el respetuoso cuidado que merece el testimonio de una víctima de abuso.

La autora se reconoce entre los abusadores y los abusados. Pero eso no nos exime de las críticas pertinentes ante el relativismo cultural que expresa, que nos recuerda a otro “especialista”, el condenado por pedofilia Jorge Corsi, diciendo que “si llevamos las cosas al extremo, tendríamos que decir que San Martín fue un pedófilo porque Remedios tenía 13 años“.

Sabemos que Laura Gutman no hace más que lucrar con las inseguridades de miles de mujeres que, condicionadas por la venta del ideal de “la buena madre”, con fe intentan alcanzarlo. Son las hijas de la generación “Ser padres hoy”, las que compran sus libros.

“Los abusos no los cometemos las personas de mente atormentada”

Con esa frase la autora comienza su artículo, por lo que se presenta entre los que cometen abusos. Se reconoce entre los adultos que se enamoran de niños y de un modo, que no puede generar más que asco, describe el tipo de niños que elige. Afirma que los niños le generan una atracción automática y se pregunta cuál es el problema.

Uno de los problemas, además de que es delito, es que esta mujer tiene miles de lectores y atiende. La autora reconoce que cuando se relaciona con un niño tierno, siente deseos de devorarlo y lo devora tocándolo, frotándose contra él, por lo que le compra regalos para que guarde el secreto.

El texto de Laura Gutman es de difícil lectura, por la perversidad del mismo. Describe el patrón difundido de los abusadores que les exigen a los niños no contar nada y se pregunta. “¿Pero acaso no nos damos cuenta que estamos haciendo algo malo? Depende.

Podemos percibir que es una relación socialmente condenable. Pero honestamente, también es condenable que nuestra infancia haya sido horrible, que nadie se haya ocupado de nosotros o incluso que la única persona que nos cuidó, nos haya proporcionado amor bajo la misma forma de abuso.

¿Entonces? ¿Qué es lo que está bien y qué es lo que está mal? Desde nuestro punto de vista de adultos con emocionalidad de niños…sólo tratamos de satisfacer nuestro vacío”. Ante esto solo voy a decir: sé de un abusado, que luego de abusar de una niña, se fue de su ciudad creyendo que así escaparía de sí, y al no poder evitar repetirlo con otra criatura, se suicidó.

No hay “depende” en el abuso

La referencia a “adultos con emocionalidad de niños”, no debe ser tomada más que como una referencia personal de la autora. El abuso sexual de un niño es condenable social y jurídicamente. Lamentamos que la Laura Gutman haya padecido abusos, y alarma que cuestione lo que está bien y lo que está mal, para justificar por qué se frota lo que no debe.

Podrán decirme que no se trata de un testimonio, que la narración en primera persona no se trata más que de un recurso literario, pero hasta el momento no leí ningún historiador narrar el nazismo diciendo “nosotros los nazis”.

“¿Pero cómo vamos a afirmar algo así tan alegremente, sin tomar en cuenta las horribles repercusiones que tiene el abuso sistemático sobre un niño? Por supuesto que las consecuencias son nefastas. Sin embargo es preciso que comprendamos las dinámicas completas con la lógica que las sostiene, si nos interesa abandonar las instancias cotidianas de dominación”.

Esperamos que no haya sido alegremente que escribió un texto como ese.

¿El peligro de comprender al pedófilo?

Entre las respuestas al texto de Laura Gutman, encontramos un artículo en Infobae titulado “Abuso infantil: el peligro de comprender al pedófilo” y citó la declaración de una profesional (a quien no nombro porque no sé si fue así su afirmación), que señaló que el artículo en cuestión “Es un texto que ante todo no piensa en las víctimas.

Y lo que hace, con una enorme ligereza y desconocimiento del tema, es ignorar las profundas consecuencias del abuso sexual infantil. Pareciera que el escrito está pensado para comprender la psicología del pedófilo. Y eso es algo grave para quienes trabajamos con víctimas“.

En lo único que concuerdo de esa afirmación es en la ligereza de Laura Gutman, pero comprender o analizar el comportamiento humano, la psicología humana, aún de los seres humanos más aborrecibles, está dentro del campo de la psicología y el psicoanálisis.

Esto no quiere decir que porque uno comprenda justifique. Adentro del campo psi se puede hablar de una perversión, afuera se trata de un o una hijx de puta. Comprender la psicología o la estructura de un sujeto no es grave para quienes trabajamos con víctimas, sino que nos ayuda a pensar en nuestro trabajo.

Cuando Freud y Lacan se referían a la perversión, no estaban pensando ni en Santos ni Carmelitas descalzas. Si comparto con la colega que citó Infobae que “el pedófilo tuvo una elección ética si fue abusado en la infancia; puede tomar la elección de no dañar a nadie como lo han dañado a él. La víctima, en cambio, no tuvo ninguna elección“.

La peligrosa Laura Gutman

La autora en cuestión no es más que la expresión de una época. Ayer era Coelho, antes de ayer Bucay y hoy los libros de moda son los de ella.

A quienes compran sus libros les decimos que el comportamiento humano, la constitución subjetiva, es producto de diversas variables sociales, a las que si se quiere abordar o se tiene deseo de conocer al respecto, no va a ser a través de un autor de best seller que lo conseguirán.

Recordemos que pasaron décadas hasta que Freud consiguió reconocimiento internacional, y Laura Gutman ya se vende en Brasil.

Lacan, Melanie Klein, Winnicott, Bion, Jorge Alemán, por citar algunos, no escribieron libros de fácil lectura ni escribían frases para señalador, que hoy van a Twitter, como cuando la gurú en cuestión afirma “Si –siendo niños- sostenemos y satisfacemos a nuestra madre, se trata de abuso materno”. Dios nos libre de estos personajes. De lo que no tengan dudas es que si la miran, la sostienen comprándoles los libros, se está abusando de ustedes, no tengan dudas.

Ante el malestar que genera la cultura capitalista, aparecen los mercaderes de la miseria humana a vender recetas de felicidad, sin vergüenzas como la autora, que no asumen la responsabilidad de asumir el lugar de formadores de opinión que la sociedad les otorga, y dar el debido cuidado a las palabras que dicen y escriben, ya que las mismas tienen efecto sobre miles de personas.

Cualquier artículo que uno agarre de Laura Gutman no muestra más que su voracidad de fama y reconocimiento, como fiel reflejo de una época.

Pero debemos reconocer algo, por honestidad intelectual, porque algo de lo que dice es cierto. La autora afirma “Luego -cuando devenimos mayores- quizás recordemos el abuso sexual como una experiencia terrible pero no tendremos conciencia de la entrega de nuestra madre o de quienes tenían que cuidarnos. Al contrario, nos convertiremos en los más firmes defensores de quienes nos lanzaron a la fosa de los leones”.

Ello muestra una realidad conocida por quienes hemos escuchado y acompañado a víctimas de abuso. Muchas veces, el trauma radica en que aquel que debía sancionar el abuso, no lo hizo y tampoco hizo nada para evitar que el mismo se repitiera. Esto merecería un profundo análisis que excede lo que aquí nos hemos propuesto.

Para finalizar, manifiesto mi expreso deseo de que dejen de comprar los libros de esta mujer y de todos aquellos que vendan recetas de vida.

* El autor es periodista y psiconalista


Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.


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“La obligación de ser feliz es agotadora, como la de ser un triunfador”

agosto 28, 2014

Gustavo Dessal

27–08–2014 / El psicoanalista y escritor Gustavo Dessal considera que la sociedad terapéutica que da forma a una de las versiones del mundo contemporáneo, es de una sofisticación acorde su objetivo: división entre privilegiados y excluidos, mercantilización de la vida y la muerte, ilusiones de prevención de la contingencia.

Dessal


El ensayista -que acaba de publicar un libro junto al sociólogo polaco Zygmunt Bauman– vive en España desde 1982. Es analista de la ELP (Escuela Lacaniana de Psicoanálisis) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).

Este es el diálogo que sostuvo con Télam desde Madrid, donde reside.
 
T : ¿Cómo piensa un psicoanalista el auge de la sociedad terapéutica, ese modelo de asistencialismo evangélico, digno heredero de Teresa de Calcuta, saturado de intensivistas y otros profesionales del laicismo policial?

D : Me gusta mucho esa expresión: sociedad terapéutica. No era esa la idea que Freud tenía de la sociedad. Pensaba que una de las fuentes fundamentales del sufrimiento humano reside precisamente en la relación con los otros.

Pero el amo moderno (que por supuesto no se encarna en ningún ente real, sino que es un modo de nombrar la complejidad actual de los poderes) ha decidido que el orden actual debe ser terapéutico. No es una idea totalmente nueva, puesto que el higienismo que surge a finales del siglo XIX ya iba en esa dirección.

Pero aquella ideología estaba avalada por un modelo de tutelaje patriarcal, que en la actualidad ya no funciona de la misma manera. Ahora es el paradigma científico el que asume la responsabilidad de medicalizar y terapeutizar todo.
 
Es apasionante, si uno toma una mínima distancia sentimental, advertir las innumerables formas en las que puede ejercerse un totalitarismo sutil, blando, astutamente disfrazado de buenas intenciones.

Consiste fundamentalmente en elevar los criterios de prevención hasta el extremo de creer (y hacer creer) que, conforme se incremente el progreso tecnológico, la contingencia se irá eliminando cada vez más.

Tenemos muestras elocuentes: detección precoz en la temprana infancia de signos de futuro comportamiento delictivo; protocolos para prolongar la vida que se aproximan al límite del sadismo sublimado; baremos para que las aseguradoras calculen sus primas mediante algoritmos que calculan el riesgo que asumen cuando emiten una póliza.

Por supuesto, la sociedad terapéutica lo es en ciertas regiones del planeta. En otras, se siguen empleando métodos de coerción no muy alejados del sistema feudal. No son realidades aisladas. Desde luego, están perfectamente conectadas.
 
El bienestar terapéutico y médico de una parte del mundo se basa en el vampirismo: se extrae la sangre de una parte del mundo, para inyectarla en otro. Es mucho más que una metáfora, desgraciadamente.

No es novedad que algunos ciudadanos de la Comunidad Europea, por ejemplo, viven gracias a un órgano que ha sido vendido por alguien de Bangladesh. Pero tu pregunta tiene muchas más facetas y aristas.

La sociedad terapéutica está diseñada siguiendo un protocolo que tiene que definir previamente en qué consiste lo terapéutico. Eso a su vez implica una definición de salud, de bienestar, de felicidad, en suma, de todos esos espejismos que hemos perseguido desde la era de las cavernas.

Por supuesto, nos hemos sofisticado un poco. El discurso capitalista actual es más refinado. Ahora se muerde la lengua (a veces) y aprende a hablar un nuevo lenguaje, eso que se califica como políticamente correcto.

Si algo debemos reconocerle a ese discurso, es su extraordinaria plasticidad. Es camaleónico. Puede asumir todos los semblantes según las circunstancias. El nazismo o la socialdemocracia. Su baúl de disfraces es inagotable.
 
En la actualidad hay muchos ideólogos y políticos que se dan cuenta de los réditos que supone el liberalismo de algunas ideas.

Lo terapéutico ya no es necesariamente ser straight, como dicen los norteamericanos, o sea recto, en alusión a la heterosexualidad. La nueva sociedad terapéutica tiene manga ancha, y está dispuesta a incorporar toda clase de modalidades de vida y de sexualidad.

Podemos permitirlo casi todo, a condición de que tenga la licencia correspondiente. ¿Usted quiere ser transexual? ¡Ningún problema! Incluso pagamos la intervención. Lo único que nos importa es que siga sirviendo a las leyes del mercado.

Vamos abriendo la mano de a poco, para que no vengan en estampida, y para ir avanzando en los sistemas de control que vamos a aplicar para que la supuesta libertad de elección esté debidamente vigilada. ¡Pasen, pasen, que podemos hacer muy buenos negocios!


Gustavo Dessal – ¿Qué sentido tiene hoy la felicidad?
 
T : ¿Qué dice el psicoanálisis lacaniano de síntomas como la fatiga crónica, la falta de atención, el cansancio del que habla el filósofo coreano-alemán Byung Chul Han?

D : Creo haber dicho en una ocasión que ese nuevo síndrome de fatiga crónica es el correlato del imperativo moderno a vivir sin límites, a extraer de la vida lo máximo (lo cual suele ser casualmente lo más caro).

La obligación de ser feliz es agotadora, como la de ser un consumidor modélico, o un triunfador. En los Estados Unidos, los padres de clase adinerada preparan con psicólogos y pedagogos a sus niños para que puedan pasar las severas pruebas que les imponen en las guarderías de elite.

La carrera hacia el éxito debe asegurarse desde el principio. Aunque se trate de una aberración, tiene sentido. Para garantizar el éxito hay que empezar por elegir el terreno apropiado donde sembrar la semilla. ¿Es delirante? Por supuesto que lo es.

Tan delirante como el concepto de triunfo social. Se habla mucho de los niños hiperactivos. Pero muy poco de los padres hiperactivistas, que imponen a los hijos una agenda diaria extra escolar más ocupada que la de un ejecutivo de Wall Street: clases de música, idiomas, artes marciales, squash, tenis.

No es una crítica a los padres, pobres diablos prisioneros del imperativo del éxito. Vivimos una crisis del saber.

Lacan descubrió una cosa muy interesante: que no existe el deseo de saber. Es una idea extrañísima, puesto que el sentido común parece indicar lo contrario, que el ser humano es una criatura ávida de saber.

Sin embargo, Lacan es muy astuto. Que no exista el deseo de saber, no implica que no se quiera saber. Uno no busca el saber por deseo, lo hace por la satisfacción que puede aportar. El saber no es objeto de un deseo, sino algo de lo que puede obtenerse un goce.

No todo el mundo lo obtiene. El síndrome de desatención en los niños es el síntoma de un mundo en el cual el saber ya no produce gran cosa en materia de goce. Freud lo comprendió muy rápidamente.

Se dio cuenta de que el aprendizaje está articulado a la libido, y que sin libido no se puede aprender nada. Eros es imprescindible para que alguien pueda saber algo.

Pero la sociedad terapéutica no promueve el Eros, sino que administra la pulsión de muerte de forma liminar.
 
T : Marcelo Barros habla de una articulación entre la psicosis y la sociedad de control, en tanto la segunda opera mejor -según entiendo- sobre la forclusión del Nombre del Padre. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

D : No he leído aún el libro de Marcelo, pero en la entrevista que le hiciste, aprecio de entrada algo que para mí es fundamental. Y lo voy a decir con un rodeo. Lacan comentó un caso clínico muy famoso, que había sido analizado por dos célebres analistas.

Se trataba de un hombre que tenía la obsesión de ser un plagiario. Voy directamente a la conclusión que saca Lacan en su lectura de esta historia clínica: al ser humano le resulta verdaderamente difícil soportar el hecho de tener una idea propia, de pensar por sí mismo. Por fortuna, no le sucede a todos.

A lo que iba: Marcelo Barros parece no tenerle miedo a eso, y apagó la Máquina de Citar. Cuando uno se aparta del pensamiento canónico, es posible que tenga una idea interesante.

En El retorno del péndulo, el libro que escribí junto con Zygmunt Bauman, se plantea la idea de que el paradigma contemporáneo invierte lo que Freud afirmaba en El malestar en la cultura.

En esa época, los hombres estaban dispuestos a renunciar a la seguridad en pos de un aumento de libertad. En la actualidad los valores se han invertido, y la sociedad de control ajusta con mayor fuerza sus instrumentos de restricción de las libertades, con la coartada de mejorar la seguridad.

El control se expande en todos los ámbitos, y ya no solo la felicidad es una cuestión de estado, sino que la vida individual ha dejado de pertenecernos.

En El marketing existencial, el ensayista Miguel Roig ha formulado con extraordinaria claridad lo que este título anticipa: que la existencia misma, en todas sus dimensiones, ha entrado en un proceso de cálculo y protocolización.

La vida y la muerte, la enfermedad y la salud, se administran como otras tantas mercancías, siguiendo una lógica de costo/beneficio idéntica a la que se emplea para cualquier proceso de explotación y comercialización de bienes de consumo.

No sé de qué modo Marcelo Barros articula este tema a la idea de la psicosis, en un sentido transclínico, supongo, pero imagino que debe referirse a que el estado actual del poder y sus efectos sociales no pueden entenderse si no se introduce el problema de la descomposición del orden simbólico tradicional, es decir, lo que ocurre cuando no hay mapa con el que orientarse, salvo el de Google, o el Ton Ton, cuyo solo nombre lo dice todo…
 
T : ¿Qué cosa es la práctica política en el siglo XXI bajo la mirada del psicoanálisis? Ayer leí una columna donde un tipo dice que las sociedades que cultivan arroz tienden a formar lazos comunitarios, mucho más que las que cultivan trigo, soja, etcétera, paradigmas individualistas.

D : Tu pregunta es más adecuada para mi colega Jorge Alemán, que ha dedicado muchos años a pensar este tema de la relación entre psicoanálisis y política, y lo hace con gran rigor.

No obstante, me limito a señalar que el psicoanálisis puede aportar a la política precisamente aquello que contribuya a salvarla del desprestigio y la degradación absoluta.

Sin el reconocimiento del factor subjetivo en la acción política, en la vida social, en la relación del hombre con la economía, la praxis política queda reducida a una burocracia ineficiente, reaccionaria y envenenada por la corrupción.

Pero a la vez, y es mi posición personal, el psicoanálisis no debe adscribirse a una corriente política determinada y oficial. En ese sentido, creo que Freud y Lacan lograron construir algo diferente, un discurso que no se deja inscribir en una definición política al uso.

Lacan admiraba a Sócrates por su atopía, porque sus ideas no admitían una etiqueta. Creo que, en ese punto, Lacan se identificaba a Sócrates. Lacan era inclasificable, incluso políticamente.

  
Gustavo Dessal – Algunas maneras discretas de estar loco


Las negritas y cursivas y algunos enlaces no pertenecen al texto original. Son un modo de destacar y facilitar mi propia lectura de porciones que considero de mayor relevancia.


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