Archive for the ‘PSI’ Category

Psicoanálisis y filosofía sin seriedad

junio 25, 2015

“¿Sabés el chiste de…?”

Mediante chistes y más chistes, Slavoj Zizek escribe sobre cuestiones como el Otro del Otro, la caída del Edén, el vínculo entre la visión del sexo femenino y “la realidad precolonial”, la metáfora, la metonimia, la fantasía fundamental y la versión actual del argumento de que “hoy mejor no…, me duele la cabeza”.


 Por Slavoj Zizek *

zizekchistesUno de los mitos más extendidos de la última época de los regímenes comunistas de Europa del Este era que existía un departamento de la policía secreta cuya función era (no reunir, sino) inventar y poner en circulación chistes políticos contra el régimen y sus representantes, pues eran conscientes de la positiva función estabilizadora de los chistes (los chistes políticos le proporcionan a la gente corriente una manera fácil y tolerable de desahogarse, de mitigar sus frustraciones).

Aunque se trata de un mito atractivo, pasa por alto un rasgo rara vez mencionado pero sin embargo crucial de los chistes: parece que siempre carecen de autor, como si la pregunta “¿quién es el autor de este chiste?” fuera imposible.

En su origen, los chistes “se cuentan”, siempre ocurre que ya se han “oído” (recordemos la proverbial expresión “¿Sabes el chiste de…?”).

Ahí reside su misterio: son idiosincrásicos, representan una singular creatividad del lenguaje y sin embargo son “colectivos”, anónimos, sin autor, de repente aparecen de la nada.

La idea de que tiene que existir un autor es convenientemente paranoica: significa que tiene que haber un “Otro del Otro”, del anónimo orden simbólico, como si el mismísimo poder generativo del lenguaje, contingente e insondable, tuviera que personalizarse, localizado en un agente que lo controla y en secreto maneja los hilos.

Por eso, desde la perspectiva teológica, Dios es el bromista supremo. Esa es la tesis del delicioso relato de Isaac Asimov “El bromista”, acerca de un grupo de historiadores del lenguaje que, a fin de sustentar la hipótesis de que Dios creó al hombre a partir de los monos contándoles a éstos un chiste (les contó a los monos, que hasta ese momento simplemente habían intercambiado signos animales, el primer chiste que hizo nacer el espíritu), intentan reconstruir ese chiste, la “madre de todos los chistes”.

(Por cierto, para un miembro de la tradición judeocristiana, esta labor es superflua, puesto que todos sabemos cuál era ese chiste: “¡No comas del árbol del conocimiento!”, La primera prohibición, que, claramente, es un chiste, una desconcertante tentación cuyo sentido no está claro.)

Herida terrible

Hay un chiste agradablemente vulgar acerca de Cristo: la noche antes de que lo arresten y lo crucifiquen, sus seguidores comienzan a preocuparse: Cristo todavía es virgen; ¿no sería bonito que tuviera una experiencia un poco agradable antes de morir?

Así que le piden a María Magdalena que vaya a la tienda donde Cristo está descansando y lo seduzca; María dice que lo hará encantada y entra, pero cinco minutos después sale chillando, aterrada y furiosa.

Los seguidores de Cristo le preguntan qué ha pasado, y ella les contesta: “Me he desvestido poco a poco, he abierto las piernas y le he enseñado el coño a Cristo; él se lo ha quedado mirando y ha dicho: ‘¡Qué herida tan terrible! ¡Deberíamos curarla!’, y suavemente ha colocado encima la palma de la mano”.

Así que hay que andarse con ojo con la gente demasiado empeñada en curar las heridas de los demás: ¿y si uno disfruta de su propia herida? Justo de la misma manera, la curación directa de la herida del colonialismo (regresar con todas las de la ley a la realidad precolonial) sería una pesadilla: si los indios de hoy en día se encontraran en la realidad precolonial, sin duda proferirían el mismo grito aterrado de María Magdalena.

Terrible jaqueca

La lógica de la tríada hegeliana se puede transmitir perfectamente mediante las tres versiones de la relación entre el sexo y las jaquecas.

Comencemos con la escena clásica: un hombre quiere tener relaciones con su mujer, y ella le contesta: “Lo siento, cariño, pero tengo una terrible jaqueca, ¡ahora no puedo hacerlo!”.

Esta posición de arranque es negada/invertida con el apogeo de la liberación feminista: ahora es la esposa la que exige sexo, y el pobre hombre, cansado, el que contesta: “Lo siento, querida, tengo una terrible jaqueca…”.

En el momento concluyente de la negación de la negación que de nuevo invierte toda la lógica, transformando esta vez el argumento en contra en un argumento a favor, la mujer afirma: “Cariño, tengo una terrible jaqueca, ¡así que vamos a hacerlo para que se me pase!”.

Y uno incluso puede imaginar un momento bastante depresivo de negatividad radical entre la segunda y la tercera versión: tanto el marido como la mujer sufren jaqueca, y acuerdan simplemente tomarse una taza de té.

Para la profe

Existe un chiste bosnio contemporáneo bastante vulgar acerca de la popular pieza para piano de Beethoven Für Elise (Para Elisa), que se ríe de los “ilustrados” profesores de Europa occidental enviados para civilizar a los bosnios “primitivos”.

En un instituto de secundaria, durante la clase de historia de la música, una profesora afirma que no estudiarán a Beethoven de la forma tradicional, aprendiéndose los datos, sino de una manera creativa: cada alumno mencionará una idea o una imagen y a continuación una pieza de Beethoven que encaje con ella.

La primera en hablar es una chica tímida que dice: “Un hermoso prado verde delante de un bosque, con un ciervo bebiendo agua de un arroyo… ¡La Sinfonía Pastoral!”.

A continuación le toca a un chico: “¡Una guerra revolucionaria, heroísmo, libertad… ¡La Heroica!”.

Finalmente un muchacho bosnio dice: “¡Una pija grande, gorda, dura y erecta!”. “¿Y para quién es eso?”, pregunta molesta la profesora. “Para Elisa.”

El comentario del muchacho obedece a la lógica del significante fálico que “sutura” la serie, no porque mencione de manera explícita el órgano, sino porque concluye la serie mediante un desplazamiento de la metáfora a la metonimia: mientras los dos primeros alumnos proporcionan un significado metafórico (la Sinfonía Pastoral significa/evoca un prado con un arroyo, etc.), la pija erecta mencionada por el muchacho bosnio no significa ni evoca a Elisa, sino que se pretende utilizarla para satisfacerla sexualmente.

(La implicación obscena extra, naturalmente, es que la propia profesora pasa hambre sexual, necesita un buen polvo para dejar de molestar a sus alumnos con tareas estúpidas.)

El factor

Hace un par de años, las feministas eslovenas reaccionaron con gran indignación al cartel publicitario de una gran empresa de cosmética que producía una loción bronceadora y mostraba una serie de traseros de mujer bronceados a la perfección dentro de unos bañadores ceñidos, acompañados del logo: “Cada una tiene su propio factor”.

Naturalmente, la publicidad se basaba en un doble sentido bastante vulgar: se suponía que el logo hacía referencia a la loción bronceadora, que se ofrecía a los clientes con diferentes factores de protección solar para distintos tipos de piel; sin embargo, todo su efecto se basaba en su evidente lectura machista: “¡Se puede conseguir a cualquier mujer, sólo con que el hombre conozca su factor, su catalizador específico, lo que la excita!”.

El argumento freudiano referente a la fantasía fundamental sería que cada sujeto, masculino o femenino, posee un “factor” que regula su deseo: “Una mujer, vista desde atrás, a cuatro patas” era el factor del Hombre de los Lobos; una estatua –la de una mujer sin vello púbico– era el factor del célebre crítico inglés John Ruskin; etcétera, etcétera.

No hay nada elevado en nuestra conciencia de ese “factor”: dicha conciencia nunca se puede subjetivizar; es misteriosa, incluso horripilante, puesto que de algún modo “desposee” al sujeto, reduciéndolo al nivel de una marioneta “carente de libertad y dignidad”.

“No soy nada”

Hay un viejo chiste judío que le encantaba a Derrida, en el que un grupo de judíos que está en una sinagoga admite públicamente su nulidad a los ojos de Dios.

Primero, un rabino se pone en pie y dice: “Dios mío, sé que no valgo nada. ¡No soy nada!”.

Cuando ha terminado, un rico hombre de negocios se pone en pie y dice, dándose golpes en el pecho: “¡Dios mío, yo tampoco valgo nada, siempre obsesionado con la riqueza material! ¡No soy nada!”.

Tras este espectáculo, un judío pobre, común y corriente, se pone en pie y proclama: “Dios mío, no soy nada”. El rico hombre de negocios le da una patadita al rabino y le susurra al oído con desdén: “¡Mirá qué insolencia! ¿Quién es este tipo que se atreve a afirmar que él tampoco es nada?”.

Excepto tú

El mejor ejemplo de la paradójica dialéctica de la identidad y la similitud son los chistes de los hermanos Marx (“No es extraño que se parezca a X, ¡es que es usted X!”;Este hombre puede parecer un idiota y actuar como un idiota, pero no se engañe, ¡realmente en un idiota!”.

A partir de él se hace evidente lo rara que resulta la clonación. Supongamos que muere un hijo único muy querido por sus padres y que éstos deciden clonarlo para recuperarlo: ¿no está más que claro que el resultado es monstruoso?

El nuevo niño posee todas las propiedades del fallecido, pero esa mismísima similitud hace que la diferencia sea más palpable.

Aunque parezca exactamente el mismo, no se trata de la misma persona, por lo que es un chiste cruel, un impostor espeluznante; no es el hijo perdido, sino una copia blasfema cuya presencia no puede dejar de recordarnos ese chiste de los hermanos Marx en Una noche en la ópera: “Todo me recuerda a ti: tus ojos, tu cuello, tus labios… Todo excepto tú”.

¿La gallina lo sabe?

Durante décadas, ha circulado entre los lacanianos un chiste clásico para ejemplificar el papel fundamental del conocimiento del Otro: a un hombre que cree ser un grano de maíz lo llevan a un institución mental donde los médicos hacen todo lo posible para convencerlo de que no es un grano de maíz, sino un hombre; sin embargo, cuando está curado (convencido de que ya no es un grano de maíz, sino un hombre) y le permiten salir del hospital, regresa de inmediato, temblando y muy asustado: delante de la puerta hay una gallina y le da miedo que se lo coma. “Pero mi querido amigo”, dice su médico, “sabe perfectamente que no es un grano de maíz, sino un hombre”. “Claro que lo sé”, contesta el paciente, “¿pero lo sabe la gallina?”

Ese es el auténtico meollo del tratamiento psicoanalítico: no basta con convencer al paciente de la verdad inconsciente de sus síntomas: también hay que conseguir que el propio inconsciente asuma esa verdad.

Lo mismo se puede decir de la teoría marxista del fetichismo de la mercancía: podemos imaginar a un burgués asistiendo a un curso de marxismo en el que se explica lo que es el fetichismo de la mercancía. Después del curso, vuelve a visitar a su profesor y se queja de que sigue siendo víctima del fetichismo de la mercancía.

El profesor le dice: “Pero ahora conoce la realidad de la situación, sabe que las mercancías no son más que una expresión de las relaciones sociales, que no hay nada mágico en ellas”.

A lo cual el alumno contesta: “Pues claro que lo sé, pero las mercancías que manejo no parecen saberlo”. A esto apuntaba Lacan con su afirmación de que la auténtica fórmula del materialismo no es “Dios no existe”, sino “Dios es inconsciente”.

* Fragmentos de Mis chistes, mi filosofía, de reciente aparición (ed. Anagrama).

Relacionadas:
Jesucristo juega al golf – Por Slavoj Zizek
El vibrador y la vibradora – Por Slavoj Zizek


Si has disfrutado este post Suscribete al boletin de Novedades de Soy donde no pienso o agregame feeds a tu lector de noticias preferido

Cierta manera de ejercer la práctica analítica amenaza desde nuestro propio campo

junio 4, 2015

CONTRA LOS ANALISTAS “IMPASIBLES”
“Un silencio pesado”

La autora examina la posición del “analista que escucha impasible, calla e interviene sólo con enigmas, retruécanos o intervenciones indicativas” y sostiene que “cierta manera de ejercer la práctica analítica amenaza desde nuestro propio campo”.


 Por Silvia Amigo *

analistasimpasiblesSucedió la primera vez hace ya bastantes años. Durante la primera consulta, un hombre en crisis, culto, refinado y cargando con un grave dolor psíquico, me pregunta: ¿Es usted lacaniana? Interrogué el porqué de su pregunta preocupada.

Se encontraba en medio de una crisis de proporciones: no podía trabajar, no dormía, temores hipocondríacos (cuasicertezas de padecer enfermedades incurables) lo atenazaban y el pánico a la ruina económica lo corroía. En efecto: estaba agotando el límite de faltas por enfermedad… y la paciencia de la empresa para la que trabajaba en un alto puesto.

El analista al que había consultado, enviado por estos mismos amigos, que conocían el medio “psi”, un lacaniano, según le habían dicho, escuchaba impasible su relato, se callaba, gruñía de tanto en tanto y, cuando intervenía lo hacía de un modo muy peculiar: enigmas, retruécanos, juegos de palabras.

A veces emitía intervenciones indicativas del tipo: “Basta, vuelva a trabajar”. A la sesión siguiente, avergonzado y aún más angustiado concurría el doliente a sesión… No había podido cumplir con el diktat.

En medio de esa descripción es que tuvo ocasión nuestro sujeto de mostrar el sentido del humor que, cual leve cuerda de sostén, lo mantenía a flote.

Afirmó: “Las pocas veces que hablaba, parecía que de los cielos había súbitamente descendido El Logos”.

No pude menos que sonreír al escuchar cómo describía con fina ironía una situación que, durante los pocos meses que duró la consulta, lo había sumido en una angustia que crecía exponencialmente, angustia que había soportado sin auxilio de alguna pregunta por el momento de emergencia de estallido de dolor, que había prescindido de todo intento de historización, de invención de un lazo causal, ni qué hablar del auxilio de una medicación que abriera el espacio para que pudiera descansar, dormir, quizá trabajar y que dejara abierta la posibilidad al trabajo analítico.

Angustia que, una vez acentuada en esas sesiones, motivaba el “corte” de la consulta. Un silencio pesado y alguna de estas oraculares intervenciones habían convencido a este señor de que así éramos los lacanianos.

Esa pregunta, “¿no será usted lacaniana, verdad?”, comenzó a hacerse frecuente en cuanto quien consultase no perteneciese a nuestro campo.

Algo debía de suceder, alguna mala interpretación por parte de los analistas de la mención de Lacan a la posición del analista como la del muerto en el juego de bridge debía estar haciendo que una práctica que, así lo creemos, nada tiene que ver con la enseñanza del maestro francés estuviera realmente sucediendo en al menos varios consultorios.

Comencé a colegir que se trataba de una fama que seguramente había sido ganada debido a una mezcla de una mala intelección de algunos tramos de la su enseñanza… sumado esto a ciertos testimonios de la práctica de Lacan durante los últimos años de su vida. (Véase, por ejemplo, El día que Lacan me adoptó, de Gérard Haddad, ed. Letra Viva.)

Respecto de esto último sólo nos cabe afirmar que no se trata de imitar esa práctica, ni ninguna otra, sino de hacernos lectores de su letra y oficiantes de nuestra profesión imposible según una ética que no sabría autorizarse en la mimesis.

Lacan afirmó que la garantía de la transferencia la constituye la suposición hecha por el analizante al analista de saber éste qué le sucede, por qué le pasa lo que le pasa y que tiene con qué resolverlo.

A esta posición inicial, a la que el analista, quien por supuesto del consultante nada sabe, la llamó Sujeto supuesto Saber.

Esta posición, especie de engaño inaugural sin el cual no hay inicio posible de análisis y a la que el analista no puede éticamente ni rehusarse ni asumir con impostura, debe ser interceptada por el deseo del analista.

Pues esa suposición no es ni más ni menos la que el neurótico asigna a cualquier Otro del amor, sea éste el partenaire amoroso, el mejor amigo, el maestro. La suposición de que a quien le asignamos el lugar de ser nuestro Otro posee un saber sobre nosotros y un poder de curar nuestro dolor de existir es una transferencia espontánea en el neurótico.

Sólo interceptada por el deseo del analista esta transferencia podrá no devenir “salvaje” y podrá servir para que el analista vire de posición para devenir el sostén del análisis.
Doble presión

Nada más extraño a la ética del analista que dejar que la angustia inunde al sujeto impidiéndole pensar el saber que lo trabaja desde el ello o lo determina desde el inconsciente.

Ciertamente nada más opuesto a la dirección de la cura que imponer una indicación a la que los recursos del paciente no dan, aún, acceso alguno.

Ninguna duda me cabe de que, en el caso del que hablaba al inicio, el analista obraba de buena fe… pero siguiendo las enseñanzas de moda que se le habían impartido y no dejándose llevar, desde la abstinencia (abstención también de actuar por cualquier ideal propio al analista, fuera éste un ideal teórico) que Freud imponía al analista para hacerse tal hasta encontrar la intervención apropiada, que no se encuentra en manual alguno ni pasa por la imitación de lo que se cuenta que sucedía en el consultorio de Lacan.

El silencio del analista no equivale a su mudez. Sileo, del latín silere, implica ese tejido, esencial, de lo que no puede decirse.

Así también en música (en ello insiste por buenas razones el maestro Barenboim) los silencios son esenciales para que la música cobre vida.

Ese silencio es el sostén de la palabra. Así lo indica el verbo latino, en que silere equivale también a prestar atención. Para prestar atención, para atender pacientes, lo que hay que callar es la subjetividad del analista, ya se trate de sus apetitos respecto del paciente (de su cuerpo, su dinero, su prestigio), ya se trate de sus ideales de cómo hay que vivir. Y por supuesto de los ideales teóricos a los que cada analista adscribe.

Tacere en cambio es callarse en el sentido lato de la mudez, del acallar lo sí podría ser dicho.

El silencio del analista corresponde al silere. Y si de un tacere se trata, es sólo de los intereses de su persona, que no debieran entrar en juego en tanto y en cuanto está dirigiendo la cura.

El psicoanálisis enfrenta hoy una doble presión que amenaza con hacerlo lisa y llanamente desaparecer como praxis de cura de una eficacia sin par, que ha introducido una novedad absoluta en el tratamiento del síntoma como verdad del goce del sujeto y no materia a hacer desaparecer.

Que labora dando la palabra a quien sufre. Que apuesta a algún otro tipo de lazo social que no sea el de la masa, exterminadora de las singularidades.

Por un lado lo acosa el discurso totalizante de las ciencias (no la ciencia, siempre bienvenida) y sus terapias cognitivo conductuales.

Pero por el otro cierta manera de ejercer la práctica analítica amenaza desde nuestro propio campo. Advirtamos cuánto este modo de proceder puede poner en duda la seriedad y eficacia de una práctica indudablemente performante, esa que se inició con la apuesta de Lacan: “reabrir el surco tajante de la enseñanza de Freud”.

* Miembro de la Escuela Freudiana de Buenos Aires (EFBA). Texto extractado de un artículo que aparecerá en el próximo número de la revista Imago Agenda.


Si has disfrutado este post Suscribete al boletin de Novedades de Soy donde no pienso o agregame feeds a tu lector de noticias preferido

Un nuevo terrorismo cuyo operador principal es el delirio de medir

mayo 22, 2015

por Gustavo Dessal

El psicoanalista y escritor argentino Gustavo Dessal, radicado en España desde 1982, reflexiona en este artículo exclusivo para esta agencia sobre la obsesión por la felicidad y por la seguridad, desplazada también en la actualidad sobre la salud, componiendo un nuevo terrorismo cuyo operador principal es la medición.
 
Dessal es miembro de la Escuela Española de Psicoanálisis (ELP) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP). Es autor de un libro en conjunto con el sociólogo polaco Zigmunt Bauman y de varias novelas, de las cuales Clandestinidad y Micronesia han sido publicadas por Interzona.
 

Este es el texto:

medicionSi hasta ahora hemos podido referirnos a la Historia del Pensamiento, la debilidad del pensar contemporáneo da paso a otra Historia, no completamente nueva, pero que asume rasgos inéditos: la Historia del Cuerpo. El siglo XXI inaugura un nuevo paradigma del cuerpo, que ya no es exaltado por la pasión cristiana sino convertido en uno de los objetivos prioritarios de la industria posmoderna de la felicidad.
           
Desde los albores de la humanidad, la felicidad ha sido un objeto de la reflexión filosófica, es decir, un concepto abordado con los instrumentos del pensamiento, sometidos ellos mismos a la relatividad de las épocas, las ideologías y los condicionamientos culturales.

En las últimas décadas la tendencia comienza a cambiar, y la felicidad ya no es un objeto disputado por el debate político, ético o psicológico sino que se ha convertido en un campo de experimentación y análisis científico.

La aspiración consiste en suponer que los instrumentos de la ciencia y la técnica pueden ponerse al servicio de la construcción de un modelo objetivo de felicidad, una felicidad que no dependa de lo que el sujeto siente, sino que se propague como una fórmula apoyada en funciones inobjetables, no sometidas a las variabilidades culturales, subjetivas o locales, sino elevadas a la categoría de una verdad absoluta, respaldada por el conocimiento pretendidamente científico, término que ha ido cobrando la sacralidad que hasta no mucho tiempo era solo patrimonio de las religiones.

Haciendo gala de una extraordinaria clarividencia, el revolucionario francés Saint Just (uno de los grandes protagonistas de la revolución francesa) llegó a proponer que la felicidad era una cuestión política, adelantándose casi doscientos años al pensamiento biopolítico actual.

No obstante, las transformaciones de la cultura se suceden a un ritmo vertiginoso, y la felicidad va siendo rápidamente colonizada como un objetivo de la ciencia, o más específicamente de la técnica.

Y dado que la satisfacción es inconcebible sin la dimensión del cuerpo (incluso en aquellas satisfacciones que suelen considerarse propiamente sublimadas o intelectuales), ahora se trata de concentrarse en él, de exaltarlo, pero no a través de la promoción perversa del dolor y la llaga, de la concupiscencia y el pecado, sino como destinatario de la promesa de bienestar supremo.

El discurso contemporáneo ha abonado el terreno para cultivar la ideología de la salud, a fin de hacerle rendir los frutos que alimenten los dictámenes del mercado.

Todas las piezas de la maquinaria neoliberal se han puesto en funcionamiento, alentadas por el evangelio de la seguridad, que no solo se ocupa de la prevención de los atentados terroristas sino también de los enemigos que asaltan nuestro organismo.

La vida sana es una grandiosa industria que demuestra la extraordinaria plasticidad del capitalismo, su inédita astucia para obtener plusvalía mediante un cambio permanente de estrategia, conforme a las necesidades del momento.

En los Estados Unidos, McDonald’s va desapareciendo poco a poco, y en su lugar florecen nuevas cadenas que nos atan a la servidumbre de la comida sana, ecológica y limpia.

El fracking y la minería a cielo abierto, sin escatimar todo el cianuro necesario, conviven con las empresas eco friendly dedicadas a reparar esos daños, y todas tienen accionistas en común.

Pero ahora hay una convergencia cada vez mayor en la venta de la prosperidad corporal, por el bien de los usuarios y la alegría de muchas corporaciones.

El negocio del cuerpo busca la justa medida de los goces que le convienen, y la eternidad ya no pertenece al reino de los cielos, sino al esfuerzo denodado de la ciencia por regalárnosla aquí en la tierra.

Por supuesto, el lector sabrá apreciar el carácter figurado de esta última frase, puesto que en este mundo no se regala nada, todo se compra y se vende, sin desestimar al mismo tiempo la innegable democratización de la técnica, que pone el bienestar cada vez más al alcance de los bolsillos poco abultados.
 
Fumar y ser gordo no solo es malo para la salud. Lo es, y afirmo no formar parte del contraterrorismo que propaga la idea de que el cáncer de pulmón, la diabetes y las enfermedades coronarias son un invento de la Big Pharma para vendernos sus productos.

Pero estar sano no solo es ahora un objetivo razonable, sino un imperativo moral, un propósito que debe conseguirse por todos los medios, porque la enfermedad y la muerte ya no tienen cabida en la mentalidad contemporánea.
            
En los últimos años, un grupo de informáticos, periodistas e investigadores, han puesto en marcha un importante movimiento que posee ya ramificaciones en todo el mundo: The Quantified Self  (El yo cuantificado, http://quantifiedself.com), que agrupa a miles de personas dedicadas al selftracking, un neologismo que se traduce más o menos como autorastreo.

Con la ayuda de toda clase de instrumentos técnicos de medición que pueden llevarse cómodamente en el cuerpo (relojes, pulseras, brazaletes, sensores térmicos y acelerómetros), los adeptos al Quantified Self dedican gran parte de su tiempo a medir: el ritmo cardíaco, la presión sanguínea, el número de pasos andados, las características del sudor.

La filosofía es muy simple: aquello que puede medirse, debe ser medido. O como lo expresa Gary Wolf, uno de los fundadores del movimiento: Se trata de una prueba que comienza por una persona muy importante: tú mismo.

Desde luego, la sacralización del yo no es algo que Wolf haya inventado. Su mérito, junto con el de sus colegas, consiste en promover una presunta objetivación del narcisismo. Todas las constantes que se evalúan, no solo implican para ellos la búsqueda de la salud física, sino que suponen la posibilidad de encontrar el algoritmo de la felicidad.

El propósito último es la gigantesca acumulación de datos que presuntamente nos ayudarán a construir un mapa personalizado de cada organismo, y a penetrar en los pliegues secretos donde se inician los mecanismos del humor, los yacimientos escondidos que fabrican la química de nuestros estados de ánimo, emociones y deseos.
 
En su artículo The Measured Man (El hombre medido, http://www.theatlantic.com/magazine/archive/2012/07/the-measured-man/309018/, Mark Bowden, figura destacada del periodismo norteamericano, narra la saga de Larry Smarr, uno de los héroes más aclamados por el movimiento Quantified Self.

Astrofísico, padre fundador de las investigaciones que condujeron a la creación de internet, este genio laureado con todos los honores internacionales a los que un científico puede aspirar, abandonó hace años el rastreo del cosmos para dirigir su enfoque hacia un universo más apasionante e infinito: la materia fecal.

Larry mide diariamente todos los marcadores orgánicos de su cuerpo: temperatura, ritmo cardíaco, presión arterial, análisis de sangre y de orina, pero su pasión fundamental se centra en sus propios excrementos, de los que extrae muestras permanentes que envía a los laboratorios para guardarlas más tarde en un gran congelador.

Citémosle, puesto que sus palabras, pese a referirse a sus desperdicios, no tiene por el contrario desperdicio alguno: ¿Se ha preguntado alguna vez la riqueza de información que hay en su caca? Hay alrededor de cien mil millones de bacterias por gramo.

Cada bacteria posee un ADN cuya longitud  promedio es aproximadamente de diez megabases, digamos que un millón de bytes de información.

Eso significa que la materia fecal humana tiene una capacidad de datos de aproximadamente cien mil terabytes de información acumulada en cada gramo. Eso es infinitamente más información de la que contiene el chip de su smartphone o su PC.

De modo que la caca es muchísimo más interesante que un ordenador. Larry habla con indisimulado entusiasmo sobre su caca, y no tiene reparos en abrir su congelador para mostrar las miles de muestras que almacena.

Larry, posiblemente sin saberlo, no solo es el hombre medido, sino la metáfora viva del núcleo más profundo del capitalismo: una sistema cósmico, un universo cerrado y regido por fuerzas incontrolables, que gira alrededor de un núcleo central: la mierda.

Larry acumula mierda, pero enseña que la mierda no solo es riqueza, oro puro, como Freud supo demostrarlo al echar luz sobre la equivalencia entre el dinero y las heces, sino también una fuente inagotable de datos.

Caca=datos=dinero, es la fórmula definitiva de la civilización contemporánea, donde todo (incluida la caca) es mercancía negociable, sin olvidarnos de que en el conjunto se incluye a los seres humanos como desechos potenciales o realizados, según las circunstancias.

En el gran manicomio global, el cuerpo puede ser secuestrado para experimentos farmacológicos (de los que Joseph Mengele fue el pionero indiscutible) o puesto en el circuito de la salud compulsiva.

La diferencia depende en gran parte del lugar donde a cada cuerpo le ha tocado nacer.

El músculo financiero es un fabuloso esfínter virtual que retiene, acumula o evacúa, según los ritmos poderosos del mercado. Larry mide los índices de su cuerpo con más ahínco y rigurosidad que los Down Jones, Nasdaq, Nikkei o Ibex 35, pero la esencia es la misma: la acumulación de capital y de mierda, indistintos en su materialidad informativa.
           
Por fortuna, no faltan algunas voces reflexivas. El doctor H. Gilbert Welch, profesor de medicina en el Dartmouth Institute for Health Policy and Clinical Practice (Instituto Dartmouth de Política Sanitaria y Práctica Clínica) escribió un libro titulado Overdiagnosed: Making People Sick in the Pursuit of Health  (Sobrediagnóstico: cómo enfermar a la gente en la búsqueda de la salud) en el que se muestra escéptico sobre las nuevas tecnologías aplicadas a la promoción delirante de la salud.

Los datos no son información. La información no es conocimiento. Y desde luego, el conocimiento no es sabiduría. Es probable que Welch no haya leído a Jacques Lacan, pero no lo ha necesitado para afirmar que aunque suene contradictorio, la anormalidad es normal.

Toda medición del cuerpo necesariamente acabará por hallar algo que va mal. La esencia de la vida es la variabilidad. El monitoreo constante es una receta para todos que nos juzga como enfermos. De ese modo, se promueve el intervencionismo. Y el intervencionismo, aclara, nunca está exento de riesgos.

La sociedad que nunca jamás se empeñó tanto y tan obsesivamente en la prevención de los riesgos, está sórdidamente empujada hacia un horizonte que los multiplica, creándose de este modo un movimiento circular que nadie sabe cómo detener.

Kevin Ashton, un informático británico del MIT, creó el término Internet de las cosas para designar la red que vincula objetos físicos (cosas) provistos de componentes electrónicos, sensores y conectividad, capaces de intercambiar datos entre sí y con un operador a distancia.

Por cosas se entiende una gran variedad de dispositivos, desde monitores cardíacos implantados en el cuerpo, biochips insertados en personas o animales, sistemas de termostato o lavavajillas activados y monitorizados desde el teléfono móvil.

Pero por si acaso nos faltaba alguna cosa por medir, controlar y vigilar en el panóptico de la red, el mercado lo ha encontrado antes de que a usted se le ocurra imaginarlo.

La compañía Sproutling, con sede en San Francisco, agotó los pedidos de sus monitores para bebés antes de que salieran a la venta.

Una suave banda elástica que se coloca en uno de los tobillos del bebé mide la temperatura, el ritmo cardíaco y respiratorio, los movimientos cuando duerme, y es incluso capaz de predecir en cuánto tiempo el niño habrá de despertarse, a fin de que sus padres puedan planificar mejor sus tareas.

Todo ello queda registrado y llega de inmediato a la pantalla de un dispositivo móvil IOS o Android que los progenitores revisan constantemente. Los padres -en especial los primerizosson el blanco fundamental y explícito de estos nuevos objetos de consumo bendecidos por el credo de la seguridad.

Cada vez que un dato evidencia algo anómalo, suena una alarma. La frecuencia de falsos positivos es tan grande, que muchos padres viven angustiados durante el día y no logran dormir por la noche, produciéndose el efecto exactamente contrario al esperado: que el Internet de las cosas contribuya a aumentar la inquietud de los tecnoprogenitores, en lugar de aliviarla.

El fantasma que se agita en el fondo de esta moderna locura de control (que incluye el uso de pañales inteligentes que analizan la orina del bebé y envían los datos de los marcadores bioquímicos al smartphone) es el temor al síndrome de muerte súbita, una enfermedad de causa desconocida, y que para la que ningún dispositivo de control preventivo posee la más mínima utilidad.

Para colmo, los bebés perfectamente normales tienen variaciones cardíacas y respiratorias frecuentes que obsesionan a los padres, obligándolos a aumentar la frecuencia con la que -presa de la angustia latente- consultan sus pantallas, literalmente desbordados con datos que exceden por completo la capacidad de ser comprendidos, analizados y transformados en una intervención sensata.

Los médicos son por ahora escépticos respecto de la utilidad de estos aparatitos, puesto que incluso los monitores hospitalarios dotados de una tecnología cien veces más sofisticada suelen enviar datos erróneos o falsas alarmas.

Sin embargo, los fanáticos del selftracking, no conformes con rastrearse a sí mismos, admiten en Quantifiedbabies su obsesión por rastrear a nuestros pequeños (sic).

Su lema, reza: Somos padres que nos cuantificamos a nosotros mismos, empleando todos los instrumentos, desde Fitbit a Withings. Queremos aplicar el mismo rigor [sic] a aquellos que no pueden aplicárselo a sí mismos: nuestros hijos.

En el año 2004, el psicoanalista francés Jaques-Alain Miller y el filósofo Jean Claude Milner publicaron el libro ¿Desea usted ser evaluado?, en el que analizaban y advertían sobre la verdadera voluntad aniquiladora de la subjetividad que subyace a la ideología de la medición absoluta.

Kevin Gaut, Julia Nacsa y Marcel Penz, investigadores de la Universidad de Umea en Suecia, crearon un experimento denominado Baby Lucent para estudiar los peligros potenciales generados por los dispositivos para bebés: el aumento de la angustia en los padres, la inhibición de lo que consideran intuición parenta” y el incremento de la distancia entre padres e hijos.

Durante los 50, siguiendo las huellas del descubrimiento freudiano, Lacan propuso una teoría para demostrar que lo específicamente humano de la comunicación entre el bebé y la madre (entendiéndose aquí por madre cualquier figura que cumpla dicha función) es el proceso por el cual el grito del bebé, provocado por el estímulo de una necesidad orgánica, es decodificado por el adulto, es decir, transformado en un significado humano, subjetivo, y por lo tanto encriptado según el modo en que es traducido por el receptor.

Este pasaje del grito a su encriptación significativa, lejos de realizarse según un patrón de análisis algorítmico, se procesa conforme al inconsciente de la madre, lo cual da lugar a la mayor equivocación de la existencia: que la respuesta que el bebé obtiene le reserva siempre una satisfacción fallida.

Pero la paradoja consiste en que de no mediar esa falla originaria los seres hablantes no tendríamos deseos, puesto que los deseos son el residuo reactivo que sedimenta como resultado de esa frustración inevitable, y que forma el lecho vital de todo sujeto humano, el verdadero y constante motor de búsqueda.

A pesar de los esfuerzos de Miller y Milner, la respuesta a la pregunta que dio título a su ensayo es: Sí. Todos queremos ser evaluados, medidos, tasados, confiados a la supuesta infalibilidad de los datos, las cifras, las estadísticas, la falsa objetividad con la que se pretende “iluminar” los rincones opacos y sutiles del ser hablante.

Aunque es pronto para aventurarse, no podemos descartar que el Internet de las cosas, en su aspiración por obtener una lectura del grito primario limpia y libre de las impurezas del deseo de la madre, pueda ser un factor determinante en la causalidad de la psicosis infantil.

Lo que sí se posible afirmar sin temor a equivocarse, es que el triunfo de la religión previsto por Lacan no proviene de una reacción al sinsentido del discurso científico-técnico. Ese discurso es ahora la religión, la única y la verdadera.

Fuente: Telam


Si has disfrutado este post Suscribete al boletin de Novedades de Soy donde no pienso o agregame feeds a tu lector de noticias preferido

Nada es más disparatado que la realidad humana

marzo 6, 2015

lacan

(…) Siempre hay cosas que no encajan. Es algo evidente, si no partimos de la idea que inspira a toda la psicología clásica, académica, a saber, que los seres vivos son seres adaptados, como suele decirse, ya que viven, y que por ende todo debe encajar bien. Si piensan así no son psicoanalistas.

Ser psicoanalista es, sencillamente, abrir los ojos ante la evidencia de que nada es más disparatado que la realidad humana.

Si creen tener un yo bien adaptado, razonable, que sabe navegar, reconocer lo que debe y lo que no debe hacer, tener en cuenta las realidades, sólo queda apartarlos de aquí.

El psicoanálisis, coincidiendo al respecto con la experiencia común, muestra que no hay nada más necio que un destino humano, o sea, que siempre somos embaucados. No hay nada mas desencantado que quien supuestamente alcanza su ensueño dorado, basta hablar tres minutos con él, francamente, como quizá solo lo permite el artificio del diván psicoanalítico, para saber que, a fin de cuentas, el sueño es precisamente la bagatela que le importa un bledo, y que además esta muy molesto por un montón de cosas.

El análisis es darse cuenta de esto, y tenerlo en cuenta.

Si por una suerte extraña atravesamos la vida encontrándonos solamente con gente desdichada, no es accidental, no es porque pudiese ser de otro modo. Uno piensa que la gente feliz debe estar en algún lado.

Pues bien, si no se quitan eso de la cabeza, es que no han entendido nada del psicoanálisis, Esto es lo que yo llamo tomar las cosas en serio. Cuando les dije que era preciso tomarse las cosas en serio, era precisamente para que se tomaran en serio el hecho de que nunca las toman en serio.

Jacques Lacan.


Si has disfrutado este post Suscribete al boletin de Novedades de Soy donde no pienso o agregame feeds a tu lector de noticias preferido

Charlie Hebdo. El retorno de la blasfemia

enero 11, 2015

Jacques-Alain Miller – El retorno de la blasfemia (08/01/2015)

En este artículo escrito a partir del atentado del 7 de enero de 2015 a Charlie Hebdo, el autor resalta que las nociones de blasfemia, sacrilegio o profanación no son, como se creía, vestigios de otro tiempo, sino que, por el contrario, la era de la ciencia no hizo desvanecer el sentido de lo sagrado, que es la piedra angular del orden simbólico de una comunidad.
 
Destaca al respecto que «en ninguna parte, nunca, desde que hay hombres que hablan, fue lícito decirlo todo». Ubica que lo sagrado no es real, pero sí el goce que allí se condensa. Y que un psicoanalista sabe a qué nos exponemos cuando provocamos en el prójimo «lo imposible de soportar».
 
Entonces, lo ocurrido en Charlie Hebdo muestra que los universos de discurso de antaño se encuentran ahora imbricados: lo sagrado de uno y lo nada sagrado del otro están en las antípodas.
 
«La cuestión de la vida o la muerte será saber si el gusto por la risa, el derecho a ridiculizar y el desprecio iconoclasta, son tan esenciales para nuestro modo de gozar como lo es la sumisión al Uno en la tradición islámica.»
 


Si has disfrutado este post Suscribete al boletin de Novedades de Soy donde no pienso o agregame feeds a tu lector de noticias preferido

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 2.087 seguidores